Otra vez el terror

Europa vuelve a despertar atemorizada tras una noche de pánico. Una vez más, el terrorismo nos estalla en la cara sin que podamos evitarlo. Aunque en estos momentos todavía las informaciones son algo confusas, ayer pasadas las 22.30h tras la finalización del concierto de la estadounidense Ariana Grande en el Manchester Arena estalló un artefacto que ha provocado la muerte, hasta ahora, de 22 personas además de contabilizarse cerca de 60 heridos. La mayoría jóvenes y algunos niños que habían acudido a ver a su artista favorita brillar en el escenario. Nada hacía presagiar que una noche de emociones pudiera llegar a convertirse en fatídica. 

La policía trata el suceso de atentado terrorista aunque todavía ningún grupo ha reivindicado el ataque, quizá lo hagan en las próximas horas. Pero lo hagan o no, la realidad es que 22 personas anoche no volvieron a casa como estaba previsto sólo porque un desalmado así lo quiso. Otra vez un artefacto explosivo, otra vez un hombre que se inmola por quién sabe qué escudándose en cualquier fanatismo, invocando a un dios equivocadamente percibido. Otra vez el terror.

paris_bruselas_atentados-910x600Cuando nos sacuden estas informaciones volvemos a lo mismo: el miedo. El miedo a las grandes aglomeraciones, a los conciertos, a los estadios, a los eventos deportivos. Miedo incluso a los mercadillos, a los lugares turísticos, a los paseos tranquilos. ¿Cuántos llevamos ya en los últimos meses? París, Niza, Berlín, Estocolmo, Londres… Y hoy Manchester. Una lista negra que por desgracia no deja de crecer ante nuestros ojos pareciendo que estamos atados de pies y manos, que no podemos combatir, que nos tenemos que limitar a esperar. Pero a esperar ¿qué? ¿Que un hijo de puta se suba a un camión y arrolle a una multitud? ¿Que decida explotar su maldito fervor religioso (si es que a ese fervor se le puede apellidar religión) contra los demás? No dudo que la policía, los organismos internacionales, los gobiernos, los servicios secretos y toda la cúpula de seguridad existente trabaje para controlar los movimientos de los cabecillas de estos grupos radicales, de los que tienen antecedentes, de los líderes cibernéticos que atraen a pobres diablos para convertirlos en asesinos como carne de cañón. No lo dudo. El problema está en que parece que nada de eso es suficiente. Sí, escuchamos en las noticias detenciones de yihadistas y demás calaña, desmantelamientos de zulos con explosivos o descubrimiento de tramas más o menos preparadas para atentar. Y sin embargo eso ni siquiera tranquiliza a una población expuesta a la locura de unos pocos que hacen demasiado ruido. Un ruido rojo, un ruido demasiado cruel.

Europa y el mundo (pues nunca quiero olvidar que no somos los únicos puntos blancos del terrorismo, que los países de Oriente Próximo y África sufren en silencio muchos más atentados sin el dolor mediático) nos enfrentamos a un terror desconocido y difícil de erradicar. Nos asustamos cuando suceden estas cosas porque vemos lo vulnerables que somos: gente normal, gente de a pie como tú y como yo que pierde la vida así sin más, en una noche de concierto, en un bar cualquiera, en una estación de Metro. Estamos capacitados para superar los accidentes que existen, para poder sobrellevarlos. Pero ¿los crímenes? La vida se trunca para los familiares y amigos de las víctimas, el desconsuelo los mata, el odio los mantiene. Qué sociedad estamos creando… La que ellos quieren: una sociedad cada vez más radicalizada y atemorizada. Las alertas son máximas y quiero creer que la seguridad también, pero eso no impide que alguien se coloque un explosivo debajo de la camiseta y se haga detonar. Ése es el peligro, y ahí radica una vez más el miedo. Hoy estamos consternados por la noticia pero que no nos impida seguir viviendo conciertos, partidos y demás eventos. Que al menos el miedo no pueda con la vida, recemos por eso.

 

 

 

 

Autor: Cristina CG

(De)formación periodista, me cubro y descubro según las circunstancias. Acumulo vivencias y archivo recuerdos. Tropiezo, caigo, escribo y me levanto. CRISTINA CG.

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