Epicentro de fuego

Salió el sol aquella mañana de principios de verano con toda la furia contenida tras un largo invierno. Amaneció con ganas, abrasador, casi como ellos dos revueltos entre las sábanas. ¡Qué noche la de aquel día! Fuego que se prende, tremenda llamarada. Una chispa espontánea en un encuentro en cierta manera casual, probablemente la chispa adecuada, ésa que consigue arder incluso en los corazones más yermos. Sí, ésa fue.

Jugaron al gato y al ratón durante horas sabiendo que cuanto más enrevesado, mejor. Se calibraron con miradas intensas y sonrisas impares pidiendo permiso y rogando atención. Barajaron sus cartas más de una vez guiando sutilmente al destino para que no cometiera ningún error. Apostaron al mismo número en los dados y con un beso furtivo bailando al ocaso ya habían ganado los dos.

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Tomados de la mano callejearon al son de una ciudad desconocida mientras la noche se posaba lentamente sobre ellos. Ni siquiera sabían si seguían alguna ruta establecida más allá de la que el brillo en sus ojos parecía indicarles. Pero qué más les daba… El resto del mundo les era ajeno, los adoquines parecían alfombras bajo sus pies, los cláxones ni siquiera sonaban, el gentío se dispersaba a su paso. Casi sentían que les estaban regalando una entrada de gala allá por donde pisaban. Las risas no dejaban lugar a las palabras, que poco a poco se fueron quedando dormidas en algún rincón del alma mientras las vísceras y el deseo se agitaban.

De bar en bar, de copa en copa, de beso en beso. Así los meció libremente la madrugada hasta llegar a una habitación pequeña y desordenada, de paredes blancas y ventanales desproporcionados. La luz tenue de un cuarto menguante en el cielo junto con las farolas que salpicaban las aceras fueron suficientes para bañarles la piel al compás de unos dedos inquietos que elevaban la temperatura en cada roce. Los labios húmedos y carnosos se acoplaron enseguida como piezas perfectas de un rompecabezas. Las lenguas jugaban traviesas y curiosas, entre cosquillas y murmullos de placer. El tiempo se detuvo justo cuando sus cuerpos se acompasaron con la exactitud de un reloj y epicentro de fuego bajo sus ombligos, eso fue al menos lo que ellos quisieron creer. Cayeron rendidos, él cerrando los ojos, ella mordiéndose todavía el labio inferior. ¿Podía ser eso la felicidad? Momentos etéreos que apenas son nada pero que saben a todo.

Un rayo de sol tejió su silueta entrelazada ya bien entrada la mañana. Él, somnoliento, se apretó un poco más buscando cobijo bajo el ángulo del cuello palpitante de ella, que intentaba incorporarse consciente de que hay embrujos que nunca perduran más allá de la oscuridad. Lo miró dormir respirando suavemente y con la yema de los dedos trazó la línea de su boca, ahora reseca, mientras se le dibujaba una sonrisa refleja. Se levantó silenciosa de la cama y desnuda como estaba se acercó a la ventana para abrirla de par en par buscando algo de alivio sin saber muy bien a qué. Pero la tenue brisa de aquella mañana de verano no pudo competir con el ardor de ese sol que quemaba la piel y cegaba los ojos. El cronómetro corría deprisa, se le estaba haciendo tarde. Recogió su ropa del suelo, también el amor que germinaba, y salió de puntillas dirigiéndole a ese loco desconocido una última mirada empañada mientras dos lágrimas saladas le besaban el rostro.

Nos volveremos a ver, le susurró en una promesa al viento…

Pero tras cerrar la puerta de aquella habitación supo que a veces las mejores historias son las que no le dan tregua al corazón. Y aquella mañana de principios de verano él despertó a solas y ella subió a un avión que nunca más regresó.

Autor: Cristina CG

(De)formación periodista, me cubro y descubro según las circunstancias. Acumulo vivencias y archivo recuerdos. Tropiezo, caigo, escribo y me levanto. CRISTINA CG.

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