Ruleta rusa

Lo sabía. Sabía que iba a llegar este vacío. Casi le pude poner fecha y hora y un lugar si me preguntan. Ese tremendo vacío que se burla hasta de las emociones más gélidas alguna vez, toca ahora mi puerta. Y siento cómo se me rompen las alas que apenas comenzaban a levantar el vuelo. Quizá en una ilusión efímera, una fantasía errática, un cuento de nunca acabar.

Ese vacío que tantas veces rocé con la yema de mis dedos me alcanza esta tarde de viento frío y lágrimas saladas. Lo vi venir. Lo supe. Lo quise domar. Estaba advertida. Pero no pude. Cómo le dices a un alma salvaje que se quede quieta. Cómo le justificas a un corazón rebelde e incansable el portazo de despedida.

Ese vacío tan infinito que me visita de madrugada para llenar lo que antes fueron borbotones de besos me deja esta noche sin habla. Sin fuerzas. Sin ganas. Ya no más, me digo. Ya no se puede soportar más. Qué incertidumbre la mía, la tuya, la nuestra. Qué oscuro placer tiene la espera que nunca deja de ser. Y así pasaron los años, y así llegamos a este día. Como dos extraños intentando acabar cuanto antes con el trámite de un adiós forzado y forzoso, quién sabe si será el definitivo.

Pero ¡qué adiós tan triste y vacío! Como toda esta historia de luces y sombras, de medias tintas y morales dispersas. Vacío como el estómago que se me anuda viéndote partir a lo lejos sin mirar atrás. Ni tú ni yo. Recordándome quién soy y flagelándome por intentar ser quien nunca seré. Para qué engañarnos: pidiendo atenciones, vagando interés.

Una chispa de emoción altruista por una puta vez.

Una demostración de poder más allá del deseo y del querer.

Sollozando las penas que atesoro silenciosamente en el baúl de la vida. Quedándome sola y desgarrada, frágil como una bomba en las manos equivocadas. A punto de estallar siempre, contenida y digna, a contrarreloj, ardiente. Demasiado peligrosa para tu statu quo prefieres dejarme marchar. Pero nunca del todo. Y en tu ambigua cobardía de nuevo me enredo, me mojo, me quiebro.

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La ruleta rusa es un juego de niños comparado con esto, contigo, con nosotros. Pero todos los juegos tienen un final y ahora que estamos pendidos de un hilo siento que esta vez lo que nos sigue no es más que un largo abismo hacia el vacío…

Aprieta el gatillo

No mires atrás.

 

En el ojo ajeno

Dice el refrán aquello de que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. ¡Cuánta verdad! Ahora que estamos en plena campaña electoral, por ejemplo, asisto perpleja a los debates que enzarzan a unos contra otros en el eterno “y tú más” que solo genera discordia en un momento en el que más que nunca lo necesario es bajar las revoluciones y levantar de vez en cuando el pie del acelerador del ataque por el bien común. Pero qué utopía, si estoy hablando de política, irónicamente el lugar en el que más sentido de lo común debería haber y sin embargo donde cada vez es más raro encontrarlo. Penoso.

Me cansan los reproches y las pullitas que se lanzan por doquier casi tanto como la soberbia de quienes se creen mejores en sus actos, en sus pensamientos, en sus ideales. De quienes no ceden posiciones ni dejan espacio al diálogo. De quienes se sienten moralmente superiores basándose en temas como la propia identidad o cultura, olvidando que hay muchos rasgos culturales diversos y no por ello unos van a ser mejores que otros. De quienes desprecian a todo el que no piensa igual. De quienes intentan imponer en vez de proponer. Me cansa ver a una clase política más empeñada en dejar evidencia de la paja en el ojo ajeno que en reconocer bajo un sincero mea culpa la viga de sus errores, conflictos y fracasos con el ánimo y la vocación de mejorar lo que presumen como Estado del bienestar. Cada vez más raquítico, por cierto.

Y, mientras esta pandilla de políticos mediocres que encabezan los partidos “de toda la vida” ha resultado ser incapaz de gestionar el país, otros listillos aprovechan el tirón del descontento general para lanzar discursos populistas cada vez más radicales y temerarios. Así surgió Podemos hace unos años, aunque se presume más desinflado últimamente. Y así escuchamos en estos momentos a Vox, haciendo apología de los toros y de la caza como estandartes inequívocos de la patria y envueltos en una bandera tan brillante y rojigualda que consigue cegar todo lo demás. Por amor a España, dicen. Pero lo mismo ocurre con los nacionalismos varios que sobrevuelan la península prometiendo el paraíso en la autodeterminación. Por amor a Catalunya, por ejemplo. Y no se dan cuenta, unos y otros, que son los mismos ojos con las mismas vigas dentro. Que defienden exactamente lo mismo, le pongan la etiqueta que le pongan, se quieran llamar como se llamen. Que por el amor a su tierra (amor, dicen) exaltan cuestiones que poco tienen que ver con el día a día de los ciudadanos, lo que de verdad nos importa.

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Estoy harta de escuchar en mi tierra catalana las voces democráticas y cultas (ejem) de los que abogan por la independencia como única tabla de salvación menospreciando todo lo que no forme parte de ese mantra, en concreto a esa España “profunda” que catalogan como país de garrulos y de pandereta. Como si no existiera también la misma Cataluña “profunda”. Pero es que aquí vamos de modernos, demócratas, adelantados y europeos. De respetuosos, liberales y dialogantes. De defensores de la libertad de expresión y de todas esas cosas que llenan muy bien la boca de educación y de saber estar. Pero después ponemos el grito en el cielo cuando en un pueblo de Sevilla queman un muñeco de Puigdemont en el marco de una festividad tradicional llamada la “Quema de Judas” y que cada año protagoniza un personaje popular diferente desde hace décadas. Llevamos el tema a la Fiscalía. Lo hacemos internacional (como toda la cuestión catalana, claro). Y sin embargo, quemar banderas españolas o muñecos y fotos del Rey (u otros dirigentes españoles) cuando nos venga en gana es un ejercicio de libertad. Pues qué piel tan finita tenemos, oigan. Y que conste que no defiendo ni justifico ni una cosa ni la otra, pero lo que no está bien para unos, tampoco para los otros. Eso sería lo justo y democrático, ¿no?

En definitiva, que más nos valdría a todos hacer un poquito de introspección antes de ponernos a dar lecciones al prójimo como si fuéramos poseedores de la verdad absoluta. Ojalá que nos escuchemos más y nos juzguemos menos. Y que el que gane las elecciones generales el próximo domingo sepa estar a la altura de lo que demandan los tiempos que corren y no se pierda en pajas ajenas. Ojalá. Por mi parte, tal es el panorama, que todavía ni siquiera sé a quien voy a votar.

¡Suerte! La vamos a necesitar…

 

 

Lágrimas poderosas

¿Alguna vez has llorado frente al espejo? Pero no de forma actuada como si de un ensayo teatral se tratara, que a lo mejor también. Sino llorar de verdad, con el alma desgarrada y las entrañas doloridas. De esas veces en las que lloras a solas, escondida del mundo, de la manera más fuerte y bochornosa hasta para ti. ¿Alguna vez has llorado así mirándote al espejo? A lo mejor piensas que es una tontería y que qué necesidad tienes de verte en esas circunstancias, en las que normalmente te aplastas contra la almohada o te tapas la cara con las manos, porque qué penoso eso de llorar… Pues no, hazlo.

depositphotos_139749822-stock-illustration-pop-art-comics-style-crying recort okLlora. Llora tu rabia, tus miedos, tus iras, tus reproches, tus malos ratos. Llora todo lo que te quiebra, te arde, te aprisiona. Llora como si no hubiera un mañana para que precisamente lo haya. Y mírate mientras lo haces para ver a la mujer que hay tras esas lágrimas. Al principio rehuirás de tu propia imagen: qué patético eso de estropear una bonita cara regándola por nada. O por demasiado. Pero si superas ese primer pudor hacia ti misma y consigues alzar la mirada y verte mientras brotan lagrimones de tus ojos ya enrojecidos te darás cuenta del poder que tienes. Sí, aunque parezca paradójico y creas que no es posible que alguien sumergido en el llanto pueda mostrarse de una manera distinta a la miseria, no es cierto. Fíjate en ti, deja que fluya todo tu dolor, suéltalo y siente cómo cae a borbotones por tus mejillas. Libérate. No hay alternativa, llorar es justo y necesario por mucho que hayamos crecido reprimiendo esas lágrimas que comportan emociones y parecen síntoma de debilidad. Qué equivocados estábamos: las lágrimas son la reacción a nuestra fortaleza mantenida en el tiempo y un día, sin más, el aguante nos dice basta. Basta de reprimir, de callar, de dejar pasar. Basta de echarse a la espalda lo que no nos corresponde, de mirar para otro lado, de no afrontar las dudas, de preferir vivir en la incertidumbre y en un falso “todo está bien”. Basta de no coger el toro por los cuernos por miedo a soltar, a llorar, a perder.

El llanto permite manifestar nuestras emociones y debemos desterrar la idea de que el que no llora es más fuerte y que el que lo hace es psicológicamente inestable. No, llorar es sano, natural y conveniente. Cuando lo hacemos, las lágrimas desprenden una serie de componentes químicos presentes en nuestro cuerpo, como la oxitocina y las endorfinas, que actúan como analgésicos naturales. Es por eso que tras una buena sesión de llantina nos sentimos más desahogados y probablemente mucho más capacitados para poner en perspectiva aquello que nos provocó la crisis de llanto. Aliviamos el malestar y mejoramos el humor, nos relajamos y en cierta manera le bajamos las revoluciones al estrés, la ansiedad y el nerviosismo que veníamos acumulando momentos antes de romper a llorar. Y lo que es mejor, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos: las lágrimas nos permiten saber cuáles son nuestras vulnerabilidades, qué nos afecta, con qué podemos lidiar, hasta dónde somos capaces de llegar, qué respuesta intentamos dar.

Así que no reprimas tus lágrimas ni fuerces tu bloqueo emocional simplemente por el qué dirán. Tú no eres una loca exagerada que llora por cualquier cosa, que no te quiten importancia. Tú no eres una histérica ni una paranoica por mostrar tus sentimientos más reales aunque eso le incomode a alguien más. A veces la gente no sabe qué hacer frente a las lágrimas del prójimo pero que eso no nos impida brotar todo lo que llevamos dentro sin miedo, temor o vergüenza. Peor están aquellos que por una absurda cuestión de apariencia no se quieren sanar. Así que ahora mírate al espejo y llóralo todo contra ti misma. Verás que pasas por diferentes fases hasta llegar al final. Entonces, ya libre, enjúgate las lágrimas, levanta la mirada y sal ahí afuera dispuesta a continuar.

 

Volcán de obsidiana

Hoy me acordé de ti. Así, sin previo aviso, sin anestesia, sin más. Es lo que tienen las mañanas perezosas en el Metro, que a una le da por mirar el móvil o a veces incluso por pensar. Hoy hice las dos cosas y no sé cuál de ellas fue la que desencadenó tu recuerdo. Dibujé una sonrisa al rememorar aquellos comentarios ácidos que primero con gracia me provocaban y que después terminaron por sacarme de quicio. Regresé a la cama que compartimos y te acaricié la espalda por debajo de la camiseta del pijama sintiendo tu escalofrío espontáneo, y el mío. Reí extrañando esa sensación y comparándola con otras que fueron antes, y que vinieron después. Noté tus dedos correspondiéndome casi de forma autómata y soñolienta mientras poco a poco, y a besos, nos despertábamos el uno al otro. Oí de nuevo los susurros, los qué loca estás, los gemidos, nuestro unísono a la perfección. Descubrí otra vez tus ojos posándose a dos centímetros de los míos, tan brillantes, tan astutos, tan profundos. Y me vi reflejada en ellos como tantas otras veces en las que quise ser para siempre la única capaz de perderse en ese volcán de obsidiana que era la vida junto a ti. A lo mejor también el amor.

Navegué, mecida por un vagón traqueteante, a los atardeceres rosados del océano Pacífico y quise volver a tostarme bajo un sol más abrasador que de costumbre, aunque tú ya no estés nunca más allí. No conmigo. Me perdí con la mente entre las olas de una relación que fue todo sin ser nada, o que de la nada quiso hacer un todo. Busqué respuestas donde antes ni siquiera me hice preguntas o puede que ya ni sentido tenga tratar de descubrir qué pasó, qué nos mató, qué fue realmente lo poco que te importó. Cuánto daño fuimos capaces de soportar y sin embargo, una vez, creímos que de las heridas infligidas algo podríamos aprender e incluso sanar. Ni tú ni yo, huérfanos de razones, le dimos tregua a un deseo tan ambicioso como fugaz.

adios-trenRegresé a las mañanas soleadas y a las tardes de lluvia, a las piedras en el camino, a las medias tintas, a los entredichos. Justifiqué las malas maneras, entendí muchas otras. Asumí tu inmadurez como parte del juego, la inseguridad de ambos vestida de ego. Me desprendí al fin del lastre del querer y del olvido, y pude recuperar la cordura a tiempo para no volver a cometer los mismos errores, aunque ¿quién me dice que no me gusta complicarme la vida con amores incompletos? Empiezo a pensar que no fuiste del todo tú, ni tampoco lo fui yo.

Como lobos en la estepa cubiertos de nieve coincidimos aquella noche en tiempo, lugar y forma. Solitarios, hambrientos, necesitados. Fui el refugio de tus miedos, tú la sombra que cubrió los míos, la luz que más los alumbró también. Nos alentamos, nos destrozamos. Nos prometimos, nos olvidamos. Regresamos, nos buscamos, nos deshicimos. Yo te quise como a nadie y tú me amaste como a todas. Fuiste el Diego de mi vida sin dejarme ser la Frida de la tuya. Llena de colores, de dolores, de sueños, de pájaros, de flores. Viste en mí el potencial y la tenacidad, dijiste que lo conseguiría, que algún día, de verdad, escribiría. Y lo hice, y lo hago, o lo intento, de mil maneras contigo, por ti, para ti. Pero cuando mejor me saben las letras es en la ausencia, en el recuerdo, en el tormento. Es la tristeza una forma de arte, quizá. Mi arte al menos.

Perdóname, empiezo a divagar, parece que este trayecto no termina nunca… Y quién sabe por qué eres tú quien hoy, de nuevo en mi memoria, me abre las emociones de un tiempo pasado que igual no fue mejor, aunque para mí su sabor entonces fuera perfecto. Ansia de la huella que pisaba mi alma mientras yo le ponía lazos a la tuya. Inconforme e inmensurable, agónico final. Hoy pensé en ti y en ese adiós cobarde mientras una muchedumbre de gente se agolpaba a la salida de este subterráneo asfixiante empujándome sin ser yo capaz de oponer resistencia. Casi como fue la historia entre los dos: un dejarse llevar. Pero, ¿sabes? Desde que no dueles, y hace ya mucho de eso, me puedo permitir este pequeño lujo de mirar atrás sin resentimiento por las cicatrices marcadas. Con valor. La supervivencia hizo finalmente su trabajo, invoqué a la libertad y me devolvió calma tras demasiadas tormentas perdida. Después de todo la mente tiende a jugarnos malas pasadas y ahora que el silencio es lo único que nos une me parece que nada de todo esto pasó, que tú ni siquiera fuiste, ni siquiera existes.

 

Qué maldito este amor

Qué juego peligroso es el que tienta rabia y dulzura en décimas de segundo.

Qué macabro espectáculo el que ven mis ojos al otro lado de la mesa actuando casi como extraños.

Qué triste canción suena de fondo mientras tú y yo ni siquiera somos.

Qué falsa inocencia la nuestra, que pretende justificar lo que nunca nos será perdonado.

Qué mentira tan dichosa esa de sentirnos amados siendo el nuestro un querer a pedazos.

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¿Qué ingrata incertidumbre nos depara esta noche?

Qué alivio no verte, qué placer provocarte, qué tortura perderte.

Qué vanidosa emoción esa que te hace volver siempre a mi cuerpo.

Qué ego más altivo pensar que todo lo quieres, que siempre te tengo.

Qué pena darme cuenta de que todo esto, así, ni es para mí ni me conviene.

Qué derroche de tiempo, de juventud, de vida.

Qué extraña valentía creernos capaces de lidiar con semejante locura rozando los límites de la hipocresía.

Qué maldito este amor, si es que podemos ponerle tal nombre, que tras de ti me desgarra las entrañas y desnuda, frágil, lo poco que queda de mi alma.

Feminismo: más y mejor

Hoy, 8 de marzo, me encuentro frente a esta pantalla intentando poner orden a todo lo que me gustaría decir y ni siquiera sé por dónde empezar. Tengo las ideas revueltas, como las hormonas, será por eso de ser mujer. Será también porque hoy hay que poner de manifiesto todas esas cosas que el resto del año no se ven, o no se quieren ver. Será porque tenemos que aprovecharnos de nuestro día, ese que la ONU nos otorgó oficialmente en 1975, para ponernos en pie una vez más, como ya hicieron muchas generaciones de mujeres antes que nosotras, para reivindicar esa igualdad que a veces todavía se nos escabulle ya no solo en lo político y en lo social sino en lo más básico y cotidiano.

Pero antes que nada y para ser coherente con mis ideas debo confesar que me desvinculo totalmente de ese exceso de feminismo que a veces envuelve de cierto totalitarismo el ideario de la mujer y que por la búsqueda de querer ser más, raya incluso lo absurdo. Cuestiones como el lenguaje, por ejemplo: más inclusivo sí, pero grotesco no, por favor. Utilizar la terminación “-e” para evitar otorgar un género o sacarse de la manga palabras como “jóvenas”, “miembras” y “portavozas” no nos hará romper el techo de cristal ni equipararnos en salarios y labores. Soberana ridiculez también aquella de cambiar el monigote de los semáforos añadiéndole una falda para incluirnos en los pasos de peatones porque estaba claro que sin ese símbolo nosotras no sabemos cruzar la calle. Símbolo por cierto, el de ponerle una falda a la mujer, que muy poco tiene de feminista y sí mucho de cliché.

Como tampoco estoy de acuerdo, aun a riesgo de que ahora muchas mujeres se me echen encima, de valernos del discurso feminista que alguna parte del colectivo reivindica para poder hacer lo que nos venga en gana victimizándonos de manera pueril después. Para mí, personalmente, existen ciertos límites y no es lo mismo libertad que libertinaje. Evidentemente, un NO es un NO y nadie debería sentirse nunca obligada a hacer algo que no le apetezca (mucho menos con violencia de por medio) pero que este derecho no se confunda con jugar con las emociones ajenas a nuestro antojo ni marear la perdiz del quiero y no quiero de una manera consciente y estratega (porque sí, chicas, también hay mujeres así). Si a nosotras no nos gusta que un hombre nos dé una de cal y otra de arena, nos maneje a su antojo o nos trate como un capricho de usar y tirar, a ellos tampoco. Porque realmente eso ya no es una cuestión de sexos sino de personas. Con todo esto tampoco estoy diciendo, por si alguna me tacha de lo que no soy, que no podamos juguetear y divertirnos cómo y con quien nos plazca, solo faltaría, pero siempre que las reglas del juego establecidas sean válidas para todos. Porque repito, hay asuntos que no son una cuestión de género, sino de respeto.

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Considero que en muchos casos cuando hablamos de feminismo confundimos nuestra propia lucha, que es sumamente importante y por la que hoy muchas mujeres en el mundo paramos, con declararle la guerra al hombre en vez de entender que generalizar nunca fue bueno y que el discurso del temor tampoco. No todos los hombres nos violan ni nos matan, ni tienen que representar una amenaza constante para la otra mitad de la sociedad. Es cierto que la vulnerabilidad física de una mujer respecto a un hombre es mucho mayor que a la inversa, y que probablemente nosotras nos sentimos más intimidadas caminando ante un grupo de hombres que nos observe de cierta manera y mucho más atemorizadas volviendo a casa de madrugada o quedándonos solas en un vagón de Metro vacío. Todo eso es algo demasiado cotidiano que nos ocurre a todas y que como mujer quisiera no tener que vivir, cierto, pero no creo que la solución pase por azotar a toda la masculinidad (que no es lo mismo que al machismo) ni atrincherarnos en el “yo que fui menos, ahora quiero ser más”.

Me gustaría que el día de hoy, cargado de fuerza y simbolismo, sea la punta del iceberg de una movilización madura y consecuente que nace de la mujer pero que debe extenderse al resto de la sociedad. El machismo está tan arraigado en nuestra vida cotidiana que no es tarea fácil desprenderse de él pero tenemos que ser conscientes de que el cambio comienza en el día a día, en casa, en la oficina, con nuestro grupo de amigos, en pareja. Y a su vez, espero que todos aquellos que nos representan (sean del color que sean), se pongan a trabajar en lo que de verdad importa de manera continuada y no solo lo hagan en tiempos de precampaña. Que inviertan, por ejemplo, en ayudas a las víctimas de violencia de género, cuyas cifras alarmantes no dejan de subir. Que destinen más recursos a la prevención, a la sanidad, a la educación. Que tomen medidas en general para el bienestar de toda la ciudadanía y también en cuestiones específicas para la mujer. Que dediquen más esfuerzos a estudiar qué está pasando entre los más jóvenes y por qué ciertos comportamientos que ya creíamos superados están repuntando peligrosamente. En definitiva, que utilicen las herramientas que tienen y que les otorgamos para escuchar a la sociedad y caminar a la par de lo que se palpa y se pide en las calles. Que lo que se pone de manifiesto en días como hoy tenga el eco necesario en las altas esferas y que entre todos, hombres y mujeres, seamos capaces de aceptar que queda mucho camino por recorrer y que en ningún caso somos contrincantes sino aliados, en ésta y en cada lucha.

Soy mujer, hija, hermana, tía, amante, amiga. Algún día me gustaría ser madre. Antes fui adolescente y niña. Y si hoy me planto y paro, si hablo de mí, de nosotras, es con el derecho que me otorga ser quien soy y por el deber de ser quien quiero ser. Y quien quiero que seas tú, y todas ellas, y las niñas de hoy y las que vendrán: mujeres más fuertes, más capaces, más valientes, más independientes, más libres. Mujeres que brillen con su propia luz y que no necesiten de otros para hacerlo. Mujeres que puedan decidir sobre su cuerpo sin quedar estigmatizadas por ello sea cual sea su decisión. Mujeres libres para ser madres y para no querer serlo. Mujeres que se tomen en cuenta en los puestos de poder y que puedan seguir compatibilizando trabajo y familia si es su deseo. Mujeres, en definitiva, que no tengan que seguir luchando solo por el hecho de ser mujer. Porque espero sinceramente el día en que ser mujeres no signifique nada más que eso, con todo lo maravilloso y especial que conlleva. Como también lo espero de la religión, de la raza o de la condición sexual. Que las etiquetas que todavía ponemos para diferenciarnos como personas ya no tengan ningún sentido. Ese día entonces podremos celebrar la verdadera igualdad.