La realidad es Aylan.

Puede que esto que escribo hoy me nazca demasiado de las entrañas, puede que no sea objetiva ni que sepa plasmar en estas letras la veracidad y la rigurosidad que como periodista debo tratar de conservar. Quizá no tengo todos los datos y mucho menos soy experta en el tema, pero si me atrevo hoy a escribir acerca de un asunto tan absolutamente dramático es porque ante todo, soy humana.

Y como humana me siento profundamente avergonzada de lo que está sucediendo en mi hogar, que es el mundo. Quien a estas alturas no sepa quién es Aylan o de qué hablo cuando me refiero a esta situación es que vive en otro planeta y le interesa muy poco lo que ocurra en el nuestro. Y lo que ocurre no es nuevo, por desgracia. Guerras siempre hubo, matanzas, crímenes, injusticias, dramas por doquier. Forma parte, supongo, de la condición humana o del curso de la sociedad. Y sin embargo me pregunto hasta cuándo. Hasta cuándo matarse entre hermanos o pelear por un trozo de tierra. Hasta cuándo bombardear ciudades enteras en nombre de un Dios u otro. Hasta cuándo destruir siglos de civilización de un plumazo. Hasta cuándo anteponer el negocio a la vida. Hasta cuándo mirar para otro lado.

Tras la publicación de la fotografía de Aylan tendido muerto en la orilla de una playa turca se ha reabierto el debate periodístico acerca del valor de la información. Eso me ha hecho recordar mis tiempos universitarios y aquellas clases en las que también debatíamos si era necesaria una imagen para apoyar una información o si se trataba de puro amarillismo. Ahora sucede lo mismo y la prensa está dividida. Muchos medios no han sacado la fotografía ni siquiera en páginas interiores, mientras que otros han decidido usarla en sus portadas, para escándalo de muchos.

Siempre fui muy crítica con el uso de según qué fotografías cuando éstas no aportaban más que morbo a una información de por sí ya comprensible sin ningún tipo de refuerzo visual. No me gusta el uso de los charcos de sangre para indicar que allí se produjo tal asesinato, por ejemplo, porque lo encuentro innecesario. Sin embargo, aunque detesto ver el hambre y la guerra mientras disfruto tranquilamente de mi plato de macarrones, entiendo que eso sí debe publicarse, porque sucede. La pregunta es ¿la fotografía de Aylan era éticamente necesaria?

Escucho voces que dicen que ya basta de repetir la misma imagen en todos los noticieros. Voces que se resguardan de la realidad porque les parte el alma. Y otras voces, entre las que esta vez y de forma casi impensable me uno, gritan que esa fotografía sí es absolutamente ineludible. Muy probablemente estaremos al día de la situación de Siria, de África, de Oriente Medio y del mundo en general sin tener que recurrir a imágenes tan crudas. Sabemos de las movilizaciones masivas, de los trenes que parten de Budapest con gente colgando de las ventanillas hacia un futuro mejor, conocemos el drama de las pateras en nuestras propias costas y el desgarro de pueblos enteros en el exilio. Somos conscientes de lo que existe, pero a veces nos aferramos al ojos que no ven, corazón que no siente, y de forma imperceptible nos sabemos inmunizados.

En cambio la foto de Aylan ha provocado una reacción. Y esa reacción, una movilización. Y de repente parece que despertamos del letargo y todos abrimos los ojos. Porque no concebimos que un niño de tres años perezca en la playa en la que debería de estar jugando. Ni que sus padres tuvieran que subir a un bote para buscar un lugar en el que simplemente poder vivir. Pero Aylan y su familia no son los únicos. Se contabilizan más de 3.000 fallecidos en lo que llevamos de año en el Mediterráneo y no es hasta ahora cuando escucho realmente a algunos políticos hablar con el corazón. Esos políticos que pueden dedicar madrugadas enteras a negociar nuevas condiciones económicas para Grecia, esos políticos que se refugian en Bruselas y que hacen de esta Europa vieja y desgastada su trinchera, tienen que reaccionar de alguna manera.

Si la fotografía de Aylan es cruda, más cruda es la realidad. Al fin y al cabo, no hay nada inventado en esa imagen. Eso sucede a diario aunque no lo veamos. Y los gobiernos pasan de puntillas por el tema de las migraciones y los refugiados, echando balones fuera y contando los kilómetros que los separan de las fronteras más conflictivas. Que se arreglen los países del sur con su mar Mediterráneo, que se arreglen los países del este con sus trenes aglomerados. Que se arreglen como puedan esos miles de seres humanos…

Espero que más allá del debate generado por esta fotografía y de echarnos las manos a la cabeza por ella, Aylan sirva de resorte para allanarle el camino a todos los que siguen luchando por alcanzar un lugar en el que vivir mientras huyen de sus casas, y para que tanto los gobiernos que se queman las pestañas negociando deudas como, sobre todo, los poderes fácticos que nos esclavizan sean por una vez algo más humanos. Soy consciente de que abrir las puertas de forma irresponsable y descontrolada tampoco es la solución, pero mucho menos lo es mantenerlas cerradas.

No olviden que un día Europa también tuvo que refugiarse de su propia guerra.

Facebook y otras mentiras.

Quién no ha abierto una mañana Facebook y se ha arrepentido con todo su ser de haberlo hecho. Quién no ha llorado viendo y leyendo lo que no quería ver ni leer. Quién no ha criticado una foto o dos. Quién no ha pasado horas analizando el chisme de turno y se ha reído de lo patética que puede llegar a ser la gente. Quién no ha subido contenidos esperando ciertas reacciones. Quién no ha jugado al populismo virtual. Quién…

¿Quién está a salvo de tantas mentiras?

Qué peligro, madre mía. Dejarnos engañar por lo que vemos sin saber qué intención se esconde tras cada foto, post o tuit. Comernos la cabeza imaginando lo que no es e intoxicar nuestra realidad. Luchar constantemente por mantener la mente fría y aprender a relativizar, o a madurar, sabiendo que no es oro todo lo que reluce y que las redes sociales pueden ser tan útiles como enfermizas si no las sabemos utilizar.

Vivimos bajo el yugo de la imagen y la popularidad en una sociedad cada vez más superflua, sometidos a likes y comentarios que elevan y destruyen en el mismo momento en que se publican. Si mi foto no alcanza cierta cuota de aceptación, ¿será que no soy lo suficientemente atractiva? Si mis publicaciones no se comparten, ¿qué estoy haciendo mal? Si no me incluyen en tal evento o me etiquetan, ¿se avergüenzan de mí? Inseguridades que nos enredan más en la red. Una patraña en realidad. Pero una condena también.

Ese afán de buscar reconocimiento virtual constante, de mostrar una vida que quizá llevas o quizá no, de inventar una realidad, edulcorarla o peor aún, dramatizarla para llamar la atención, me parece que se terminará convirtiendo en la enfermedad mental del futuro. No soy psicóloga pero basta echarle un ojo a Instagram para darte cuenta de que existe cierta obsesión por mostrar y demostrar lo bien que lo paso cada segundo de mi vida. Y cuidado, no critico las ganas de compartir con los demás tu viaje por el mundo, hay fotos que merecen incluso premios. Son lo que yo llamo fotos instructivas, de envidia sana, de ganas por conocer, de dar palmadita en la espalda y decirle al afortunado de turno con una sonrisa “jo, qué buena vida te das”.

Lo que me da realmente pavor es la foto frente al espejo de los abdominales de hierro que consigo a base de batidos y las sesiones compartidas a tiempo real en probadores de ropa. Porque tras esas fotos se esconden personas repletas de miedos y ansiedad. Personas quebradizas e infelices que mendigan reconocimiento para aliviar su falta de autoestima. Pero es tal el enganche al qué dirán que ya existen aplicaciones específicas para que gente que ni conoces opine acerca de tu físico y estilo personal. Un arma de doble filo si no sabes quién eres: tan pronto te dirán que estás espectacular como horrorosa, y dime, ¿tú qué vas a creer?

Depende de tu ego creerás que eres una reina. Que las fotos sacando morritos son lo máximo y cientos de likes de personas que ni conoces parece que lo atestiguan. Depende de tus frustraciones creerás que te sobran quilos o te falta pecho, que te tienes que operar la nariz y que jamás te van a valorar lo suficiente. No lo harán si tú no lo haces, aunque suene a cuento chino o a conformismo mental.

Da la senschistes-sobre-embarazadas-ación de que estamos cada vez más inmersos en lo virtual que en lo real, y que lo que no se publica no existe. Y qué equivocados estamos. La vida es la que vivimos, no la que colgamos en las redes sociales. La vida son los momentos que pasamos riendo con los amigos y los dramas que no aireamos. Son los perdones que se piden en la intimidad y las conversaciones que no guardamos.

Vivir es sentir cada instante y no perderlo retocando la imagen que lo congele para que todos lo vean. Claro que es bonito tener el recuerdo de aquella fotografía de nosotros dos en blanco y negro, pero es más bonita la emoción que guarda la memoria de aquel momento, y de todos los demás que no inmortalizamos. Aunque eso nunca lo sepa nadie ni haya etiquetas, comentarios o likes que nos respalden.

Porque al final lo privado es la vida real. Y lo demás, es sólo Facebook.

No existe el adiós.

Hacía calor aquella mañana pero ella sentía escalofríos. Tan pronto necesitaba de su abanico como se le ponía el vello de punta. La manicura resistía los envites de sus dientes como podía y sus pies taconeaban el suelo en un intento vano por calmarse. Demasiado tiempo sin verse reflejada en ojos ajenos, demasiado sin sentir el calor de aquel aliento de miel acidulada.

Y no es porque lo extrañara, en realidad había aprendido a callar las voces internas, a madurar los sentimientos, a dormir los deseos. No quiso recordar en la espera las heridas que ya ni siquiera dolían pero se apoderó de ella el desconcierto y la duda. Comenzó un baile inútil de “y sis” y los porqués se amontonaron en fila esperando su turno. Taconeando el suelo de mármol trataba de mantenerlo todo bajo control ensayando su mejor sonrisa y conteniendo las ganas hasta que sonó el timbre de ese acento que pronto la desbarataba.

Bastó un abrazo para entender que seguía siendo humana.

La mirada de obsidiana, aquella boca maldita, el tacto que la erizaba. El mismo hombre y la misma mujer, en apariencia. Pero ninguno de los dos estaba realmente seguro de quién era el de enfrente y con disimulo se fueron calibrando. ¿Serían los de siempre? ¿Debían serlo? Que no quiero cometer los mismos errores, pensaba él. Que a veces quisiera empezar de cero, soñaba ella.

Pero pronto se atropellaron las palabras con urgencia por explicarse los días ausentes. Se destensaron los músculos y afloraron sonrisas a la par que recuerdos. La nostalgia de los buenos momentos hizo su aparición, igual que las bromas y los pequeños detalles que la memoria en su capricho suele guardar aun sin darnos cuenta. Se sintieron relajados y empezaron a desenterrar aquel baúl repleto de tesoros y de algunos trapos sucios que nunca nadie lavó.

Trapos de promesas efímeras y huellas perdidas, mojados en lágrimas durante noches de tormenta, tejidos con dedos ávidos jugueteando a escondidas. Tesoros de alegrías tan vivas que aunque a veces tambaleantes siempre calaron mucho más hondo. Momentos que se fueron fundiendo en la pira que él encendió para espectáculo del resto. Humo que los fue asfixiando a la vista de todos aunque sólo ella tosía sacrificada ante el altar mayor de aquel ego desmesurado. Vuelta a prender de nuevo reviviendo en la oscuridad de aquellos abrazos secretos, renaciendo de sus propias cenizas.

Pero ahora se tomaban el pulso de otra manera. Eran más sinceros con las miradas y más certeros con las palabras. Varios años de felicidad intercalada daban para mucho más de lo que a ellos mismos les podía parecer. Y lo demostraban hablándose directamente a los ojos sin tapujos ni misterios. Porque a pesar de los nervios y de la confusión que siempre precedió a cada encuentro, ellos se sabían atraídos desde el más íntimo rincón de su ser. Quizá imperaba el deseo sobre el querer, o puede que no supieran cómo darse y recibirse, o que simplemente estuvieran condenados a encontrarse y reencontrarse por los caminos de la vida como gatos en celo, magullados y callejeros, para lamerse y aliviarse las heridas de cada riña. Curarse los vacíos y las inseguridades llenándose el uno del otro, hilvanando cicatrices sin llegar jamás a coserlas.

Y así lo hicieron una vez más hasta que ella volvió a taconear sobre aquel tablao de mármol y él se refugió en el mismo abrazo que siempre lo protegía. Qué sabe nadie del futuro y de la vida, si quizá esto es sólo la historia de aquel bolero, como no hay otro igual… Seguirían adelante como ya habían aprendido a hacer en todas las anteriores despedidas. Puede que ella soltara alguna lágrima de más aquellas primeras noches de soledad, como era costumbre, pero tenía la certeza de que ése era el precio a pagar por su felicidad, tomando el único riesgo que siempre valió la pena tomar.

Se encomendó a todos los santos de aquella Catedral y le pidió al destino algo de piedad. Recitó en silencio poemas inacabados y escribió agradecimientos y perdones en una humilde servilleta de papel. Nunca hubo algo tan lindo y sincero como aquellas palabras que el viento sopló. Escribió varios te quieros para aligerar el consuelo y se refugió en el conformismo de siempre, tan cruel como cobarde: “porque confío plenamente en la casualidad de haberte conocido…”

Pero nadie lo concluyó, y aquella tarde tampoco se dijeron adiós.

Escribir es sobrevivir.

“Para mí escribir es un acto de supervivencia”. Paul Auster.

Cuánta razón. Y también cuánto miedo…

Que es el único acto capaz de salvarme del abismo, pero que al menos lo es. Que es el remedio a mis males, a mis descalabros, a mis sinsabores. Y que es la manera de plasmar mis alegrías, mis anhelos, mis ilusiones. Que escribir se convierte en necesidad, y que no puedo vivir sin escribir. Aunque las páginas en blanco me aterren y aunque las letras a veces me rehuyan resbaladizas. Como hoy quizá, cuando hay tanto que decir que apenas es nada. Cuando las emociones se atraviesan desgarradoras, cuando quieres gritar de felicidad pero luego se te cruza una sombra de duda velando tus ojos. ¿Por qué? ¿Por qué no ser capaces de saborear todo lo bueno y de engullir todo lo malo? ¿Por qué si la vida es maravillosa tenemos que buscarle los tres pies al gato?

Porque somos humanos. Y erramos. Y nos mortificamos. Y estallamos. Y resucitamos. Y nos alegramos. Y nos emocionamos. Y nos desesperamos. Y esto se nos viene abajo como un castillo de naipes en un soplo, y lo que hoy es bueno mañana se revierte, y viceversa. La noria, el tobogán, la ruleta rusa. Da igual a lo que juguemos, ni siempre se gana ni siempre se pierde.  Pero siempre, siempre, se vive. Y cuando la cosa se pone dura, a veces también se escribe. Aunque lo de hoy no sea más que un sinsentido, y estas palabras no digan absolutamente nada.

Gatos en el tejado.

Estaba el Señor Don Gato sentadito en su tejado cuando recibió una carta por si quería ser casado con una gatita blanca, sobrina de un gato pardo. Y el gato emocionado por ir a verla se cayó del tejado, se rompió seis costillas y la puntita del rabo. Pobre gato…

Toda una vida esperando el amor y un tropiezo se lo araña cuando ya lo sentía tan cerca. ¿Y si le damos otra oportunidad? Y si el amor, como nuestro gato, ¿tiene siete vidas? ¿Y si tenemos que caer del tejado para darnos cuenta de cuánto duelen los reveses?

Que los cuentos de hadas no existen y las rosas sin espinas ni siquiera tienen olor. Que esto no es fácil, pero seguro merece la pena. Que las heridas que no sangran son las que más nos enseñan. Que la vida hay que vivirla, y que se callen los de allá fuera.

Que las decisiones nunca son incorrectas y que volver a empezar está permitido. Que el triunfo se sobrevalora y el fracaso se magnifica. Que ni tanto ni tan calvo. Que a ratos me gusta quererte y otros sólo me dejo querer. Que yo decido cuándo y dónde, y esas intenciones no me van a doler.

Que un día fui la gata de tu carta y aunque ni triste ni azul, tú también fuiste mío. Y eso nunca se olvida. Que seguimos siendo los mismos gatos bajo la lluvia buscando refugio en cada tejado. Que siempre sabemos dónde estamos y nos reconocemos al anochecer cuando maullamos. Que nunca nos evitamos.

Que el amor nos araña y nos cela. Nos espía tras las cortinas y desaparece sigiloso pero siempre nos mira. Y a veces, misterioso, retorna. Que acecha suavemente la caída y el error pero revive con furia de nuevo en una llama. Que somos puramente felinos, que nada nos cambia.

Que reñimos como gatos para lamernos las heridas. Que ansiamos ronroneantes infinitas caricias. Que nos gusta juguetear con nuevas garras hasta quemarnos la piel si hace falta. Pero al final siempre regresamos al mismo lado. Y aunque a veces lleguemos heridos, confusos y desubicados, todavía nos necesitamos.

Porque nadie me hace maullar como tú, ni existe mejor lugar que tu tejado.

Veintitantos.

Dicen que la mejor época son los veintes. Pero yo me pregunto, ¿la mejor? Que sí, que sí, no lo dudes, ¡quién los tuviera! Y no, no lo dudo, pero sí discrepo.

Los veintes no son tan bonitos, ni tan livianos, ni tan sencillos. Muy al contrario, conforme vas sumando veintes el panorama deja de ser tan bucólico. Y sí, eres joven, qué duda cabe, pero la sombra de los treinta es alargada y maliciosa. Y aunque hoy en día la sociedad camina con tempos muy distintos a los de hace unos años, mentalmente los treintas siguen suponiendo una barrera, inconsciente quizá, pero estable.

Es como si en algún lugar estuviera escrito lo que corresponde y lo que no a cierta edad: los veintes están para experimentar, y los treintas para asentarse. Y eso, a veces, nos agobia. Ver cómo avanzamos hacia el tercer piso con unos cimientos tan inestables no provocan más que desazón y rebeldía. Pero ¿acaso una edad va a determinar mi comportamiento? ¿Acaso se me terminan las noches de ron descontrolado y estoy condenada a los vinos con medida? ¿Es que no se puede improvisar un viaje sin rumbo ni hoteles ni guía en mano? ¿Ya no tenemos edad de pensar sólo en el presente y vivirlo sin andar encorsetados?

Yo me rebelo contra todo eso, aunque a veces eso es lo que me apetezca: noches tranquilas de vino o camas de hotel programadas y confortables. Pero en cierta manera me rebelo contra ese plan oculto y preestablecido en el que conforme más cerca del treinta estás más te venden independencia y casamiento, horario de oficina e hijos por criar como algo “que ya toca”. Luego viene la segunda parte: todavía eres muy joven. Y entonces te sientes en una especie de limbo vital en el que ni tan joven como para pasar de todo como adolescente ni tan mayor como para sentir que te come la rutina y ya no hay vuelta atrás.

Porque no por estar en mis veintitantos tengo que estar pensando en mis treintas, creo yo. Esto no es una carrera por ver quién alcanza antes su estabilidad aunque Facebook cada vez esté más lleno de bodas y bebés. Al menos sigue habiendo otro gran grupo de veintitantos (y alguno más) como tú: perdidos y encontrados, con sus crisis existenciales de cinco minutos y sus arrebatos de pasiones descarriadas.

La vida da muchas vueltas y las cosas llegan cuando y como tienen que llegar. No por mucho madrugar amanece más temprano y eso es algo que me ha costado muchos años, quizá todos estos veintitantos, asimilar.