El que espera…

Hoy me harté de esperar el ascensor y decidí subir por las escaleras. Tomé una decisión rápida, incluso sana después de todo, producto de la impaciencia. Y eso que impaciente impaciente tampoco soy. Pero hoy me harté de esperar el mismo ascensor de siempre…

Porque nos pasamos la vida esperando. Esperamos los resultados de una entrevista, de una analítica, de un partido. Esperamos que el árbitro pite en el minuto 89 o que añada otros 6. Esperamos el autobús, una llamada telefónica que no se produce, la respuesta a un whatsapp no leído. O sí.

Esperamos un estreno, un concierto, el regreso de aquella serie adictiva. Esperamos ante un semáforo, en la fila del supermercado, en el turno de la panadería. Esperamos en la sala del dentista, esperando que no nos duela. Esperamos viajar mucho más y que no nos pierdan las maletas.

Esperamos un nuevo día solos o en compañía. Esperamos muy buenas noches. Esperamos no llegar tarde a las citas, no queremos hacer esperar. Esperamos los reencuentros y poder recordar. Esperamos nuevos deseos, que nos inunden las emociones, que nos reseteen la vida. Y esperamos que eso, como en el dentista, tampoco nos duela.

Esperamos no ser descubiertos en nuestros pecados, esperamos que se mantengan nuestros secretos. Esperamos confesarnos y recibir confesión. Esperamos ser inolvidables pero también esperamos poder olvidar.

Esperamos un nacimiento, los cumpleaños, las fiestas del calendario. Esperamos que nos toque la lotería, aunque nunca juguemos. Esperamos salir cada fin de semana y seguir aguantando el ritmo, esperamos evitar las resacas. Esperamos tonificar nuestro cuerpo vía espiritual, esperamos levantarnos temprano, comer saludable y adelgazar esos quilos que nunca se van. Esperamos dejar de fumar.

Esperamos cumplir nuestras promesas, firmar un contrato, no faltar a la verdad. Esperamos sentir las riendas reales de nuestra vida, el riesgo, el error, la decisión. Esperamos ser capaces de avanzar a pesar de, y dejar ya de tanto esperar.

Hoy no esperé el ascensor. Hoy todo es movimiento.

Solo espero mañana no volverlo a esperar.

Te amo con cordura.

Dijo Henry Miller que “quien muere por un amor muy grande renace para ya no conocer ni amor ni odio, solo para gozar”. Dicen también que el amor, sin locura, no es amor. Pero un tal Nietzsche nos recuerda que en toda locura siempre hay un poco de razón. Y de todo esto no sé quién tenga alguna…

Cuando mueres por un amor muy grande, en realidad no mueres. Porque nadie muere de amor, ¿no? Gritas, lloras, haces drama, renaces, te pierdes en los abismos, caes en picado, te elevas. Pero no mueres. El que muere es el amor, o la ilusión, o el ensueño. Afortunadamente, nosotros resistimos los envites de la tormenta aunque sintamos desfallecer nuestras fuerzas y los motivos para seguir adelante. Pero al final, todo el mundo sale vivo para contarlo.

Entonces, cuando te alejas del ojo del huracán lo ves todo desde otra perspectiva. Y aprendes. Aprendes de tus errores, de tus obsesiones, de tus caprichos. Aprendes a distinguir una cosa de la otra. Aprendes a valorar a las personas un poco más por lo que son y no tanto por lo que te hacen ser. Porque a veces lo que te hacen ser no es nada parecido a tu realidad. A veces, ese amor loco nos ciega de tal manera que perdemos el prisma de lo correcto, de lo incorrecto, de lo tangible. Y aunque en su momento no nos damos cuenta porque simplemente estamos inmersos en esa montaña rusa de insania, un día chocas contra el muro de la verdad. Y descubres que en esa locura, si no hay también algo de cordura, nunca podrá haber nada más.

Y esa cordura es amar al otro a pesar de. Es amarlo conociendo sus miedos e ilusiones. Es alentarlo a mejorar día a día y darle un colchón cuando se caiga. Es dejar que se termine la botella y ya hablaremos mañana. Es procurarle bienestar después de las riñas. Es escuchar lo que tiene que decir, y lo que no. Es mirarlo a los ojos porque no hay un lugar mejor donde mirar. Es el silencio. Es un estallido. Es acariciar su alma y dejar que acaricie la tuya. Es atravesar la coraza más íntima, nuestro búnker secreto. Es arriesgarte a que te hiera. Es tener la certeza de que jamás te va a herir, no al menos de forma deliberada. Es paz, seguridad, aliento. Es defender con uñas y dientes su opinión. Es respeto mutuo, es protección. Y sí, también es pasión, emoción, sexo. Es mucho de todo eso. Pero es sobre todo un vínculo mental. Es amar sin reparos, sin estrategias, sin poses ni jugarretas. Es demostrarlo con detalles insignificantes cargados de significado oculto. Es recordar, reír, avanzar en una misma dirección. Es perderse y reencontrarse en la marea del otro. Es no asustarse de la debilidad, es fortalecerse juntos. Es ayudarse a encontrar el camino de la vida. De su vida. De la tuya. Juntos y por separado. Es desnudarse hasta quedar en carne viva. Es que te vea llorar y te diga lo hermosa que eres aunque el rímel a prueba de agua no sirva de nada. Es que se burle de tus gustos musicales pero no desconecte tu ipod en el coche… a ratos. Es que te muestre su mundo con pasión, y viva el tuyo de igual manera. Es no traicionar nunca su confianza, ni su fe. Es no renunciar a su corazón, ni a su alma, ni a su ser. Es dar siempre un poco más de lo que recibes, porque sabes que mañana recibirás un poco más de lo que das…

Sí, es cierto, todo eso es también locura. Es amar sin medida, objeto ni condición.

Pero por encima de todo, es amar con cordura… Como solo se puede amar a un buen amor.

Ego sum qui sum.

Absurda, tonta, ingenua, soñadora.
Estúpida, inocente, orgullosa, débil.
Creyente, desesperada, ahogada y utilizada.
Loca, fantasiosa, cegada, irresponsable.
Deseosa, imaginativa, insegura, deprimida.
Sola, ausente, ansiosa, celosa.
Angustiada, aprisionada, impaciente, aburrida.
Nerviosa, alterada, encerrada, perdida.
Apática, insolente, rebelde, triste.
Callada, abatida, tocada y hundida.
Plañidera, doliente, caprichosa, desvelada.
Incapaz, derrotada, asustada, temible.

Violenta, arrasada, sentida y olvidada.
Alejada, añorante, esperanzada, vigilante.
Confusa, certera, sigilosa, sincera.
Muda, dócil, vanidosa, inconsciente.
Rabiosa, suave, regia, flexible.
Ardiente, helada, libre y atrapada.
Tímida, olvidada, manejable, poderosa.
Arrogante, cabizbaja, altiva, introvertida.
Irritable, mansa, indomable e insurgente.
Lunática, vulnerable, alocada, errada.
Narcisista, contradictoria, afable, volcánica.
Luchadora, redentora, cándida, calculadora.

Perfectamente imperfecta
Elegantemente astuta.
Temerosamente atrevida.

Encadenada al recuerdo.
Viva de milagro. Muerta de miedo.

Cobarde, sí…

Y tan valiente.

“¿Por qué lo que escribimos para nosotros siempre es mejor que lo que escribimos para los demás?”

Cuánta razón se desprende de esta cita extraída de la película Descubriendo a Forrester. Película que un buen amigo me recomendó y que no hace mucho decidí ver y desde entonces no dejo de darle vueltas a la idea, ya tiempo atrás concebida, de abrir un blog. Hoy, finalmente, me pongo en marcha con este Cafetera y manta alocado, cotidiano, inspirador, no sé si informativo, reflexivo o emotivo. Apenas comienzo con unas pocas puntadas algo confusas. No estoy acostumbrada a publicar lo que escribo, ni tan siquiera estoy muy acostumbrada al placer de escribir como algo recurrente y constante. Soy mujer de impulsos, y así alterno periodos de frenesí creativo con otros de vaga inspiración. Sin embargo, prefiero que “cuando llegue la inspiración, me encuentre trabajando”, como diría el genial Picasso. Mucho o poco, pero siempre en movimiento. Y así, tal y como Forrester le aconseja a su pupilo, comienzo esta aventura siguiendo su mejor consejo: “teclea y no pares, ¡golpea las teclas! Ahora mandas tú”.

¡Bienvenidos a mi blog!