Antes de todo

¿Te acuerdas del último día que saliste sin temor a la calle? ¿De la última mañana que corriste por los pasillos del Metro para no llegar tarde? ¿Del último café que tomaste rozando tímidamente tus manos con otras? ¿De las últimas cervezas que fueron testigo de tus chismes y de tus risas? ¿Te acuerdas del último partido de fútbol que peleaste? ¿Te acuerdas de cómo la rutina era sólida y la vida fluía sin pensar? Parece que fue hace tanto que ya no sabemos si lo de antes era el sueño y esto la realidad, o viceversa. Lo único que ahora alcanzamos a procesar es que eso fue, en cualquier caso, antes de todo. De todo este caos, de todo este drama, de toda esta desolación, de todo este miedo, de toda esta impotencia, de toda esta rabia. Antes de todo, sí, antes, cuando la salud apenas nos importaba.

Y ahora estamos aquí, confinados, viviendo tras los balcones y las ventanas, como si no fuera real este vacío, este silencio, esta maldita calma. Y, como si de una pesadilla se tratara, cada mañana al abrir los ojos aguantamos por unos segundos una larga bocanada de aire para aceptar que estamos completamente despiertos y que todo esto es verdad. Pero que por lo menos seguimos respirando bien. Le pedimos al universo, al destino, a los dioses, a una fuerza sobrehumana, a la fe o la propia vida que nos proteja, que nos ayude, que nos siga manteniendo sanos un día más. Que esto acabe cuanto antes, que nadie más se contagie. Pero sabemos que nuestras plegarias son solo un acto de defensa ante nuestros propios pensamientos, y sabemos también que nadie escapa al infortunio. He ahí nuestro miedo. Contamos los días que llevamos sin contacto con el exterior, calculando las probabilidades de estar o no contagiados, de habernos librado ya, de salvar a los nuestros. Hacemos un recuento para sobrevivir. Quién nos lo iba a decir.

Hace apenas unas semanas nuestras preocupaciones iban por otros caminos. Vivíamos sumergidos en pequeñeces que nos robaban la energía, la alegría. Le dábamos importancia a asuntos que ahora ya ni siquiera recordamos. Batallábamos por cuestiones que ahora sentimos tan nimias que las hemos dejado de lado. Nos escudábamos en excusas para hacer y deshacer, y le echábamos la culpa al tiempo que nos faltaba para muchas tantas cosas. Pues ahora lo tenemos. Ahora que la vida nos ha enfrentado a nosotros mismos tenemos la oportunidad de salir de ésta siendo mejores, o por lo menos, siendo más sabios. Que este tiempo no sea en vano.

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Cuando éramos felices

Dicen que hubo un tiempo en el que salir a la calle era sentirse libre. Que no hacía falta llevar guantes ni mascarillas ni guardar ninguna distancia de seguridad. Un tiempo en el que los horarios no se restringían, donde no se sabía lo que era un estado de alarma ni un toque de queda más allá de lo que los libros de texto narraban. Cuentan que en los supermercados nunca faltaba el abastecimiento, que en las farmacias te atendían sin mamparas, y que se podía acudir a comprar cualquier cosa sin el riesgo que significa ahora exponerse a los demás.

Dicen que en el transporte público la gente se apelotonaba sin reparos, que todos tocaban las mismas barras, que se hablaban a pocos centímetros, que se rozaban las pieles. ¿Te imaginas? Y que organizaban marchas para mostrar su disconformidad social y promover el cambio. ¡Se hacían manifestaciones!

Dicen, además, que había unas salas con olor a palomitas donde se proyectaban películas que podías ver en compañía de extraños, y que lo mismo pasaba con las obras de teatro. Y que los cantantes, de vez en cuando, se subían a unos escenarios para tocar en vivo al calor de su público. Aseguran que las aficiones vibraban viendo jugar a sus equipos en directo y que el ambiente que nacía con miles de corazones latiendo a la par es difícil de explicar. Comentan algo de unos locales repletos de jóvenes bailando hasta altas horas de la madrugada, bien pegados unos con otros sin conocerse de nada. Y que incluso algunos salían de allí con nuevas pasiones que con suerte sobrevivían al desayuno de la mañana siguiente. Sin pasar filtros ni utilizar máscaras, como auténticos inconscientes.

Dicen que antes podías abrazar a los tuyos sin temores, y que besarse no estaba prohibido. Que cuando un ser querido moría se le despedía dignamente, en familia, con honores, sin prisas. Que se podía llorar en los hombros de alguien más sin que ello comportara un grave peligro. Que el consuelo físico estaba bien visto y que era, de la misma manera, muy necesario.

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Dicen que estaban acostumbrados a pasear en pareja ¡y hasta cogidos de la mano! A sentarse en las terrazas al sol cuando llegaba la primavera, a compartir copas, risas y sueños. Y que lo disfrutaban muchísimo. Reconocen que a veces se venían arriba haciendo planes que luego no cumplían, y se arrepienten de no haber exprimido mejor cada momento. Aunque también hablan de viajes que hicieron más allá de sus fronteras, cuando para moverse por el mundo solo bastaba una mochila y un pasaporte en regla. Podían palpar con los cinco sentidos otras culturas, otras gastronomías, otros ritos, otros idiomas, a otras gentes… y enriquecían su alma sin pretenderlo.

Dicen que la enseñanza era presencial, que existían colegios y universidades donde el apoyo del grupo era de gran ayuda para seguir adelante. Que los niños jugaban en los parques, que hacían fila esperando su turno para volar en un columpio y que se empujaban divertidos en los toboganes. Y opinan acerca de unos lugares de atracciones que eran mucho mejores que los videojuegos, como unas ferias a lo grande. Que correteaban por las calles de los pueblos en verano y que invitaban a sus amigos a hacer fiestas de pijamas en sus casas, ¡menudo nombre! Pero en su memoria se antojan divertidas, incluso las guerras de almohadas entre hermanos, y las cosquillas, y las luchas, y las peleas y la manera en que se molestaban dándose pellizcos a escondidas. Porque en el contacto no pasaba nada.

Dicen que antes de esto los abuelos colmaban de besos a sus nietos, los consentían, los achuchaban, los protegían, y no se enfermaban por eso. Y que las familias se reunían alrededor de una mesa para celebrar, y reír, y debatir, y perdonar. Que cualquier excusa era buena para juntarse, para quererse, para sentirse cerca sin necesidad de apretar el botón de videollamada.

Asumen con tremenda nostalgia que estaban tan seguros de su férrea pertenencia, de la magia de lo establecido, de todo lo que siempre habían conocido, de la verdad, de lo tangible, de la rutina de las pequeñas cosas que los sujetaban a la realidad, de la amistad indiscutible, del contacto social, del amor sin condiciones, de un abrazo oportuno, de la inquebrantable libertad… Que sin percatarse habían dejado de valorar la vida en su sencillez incapaces de sospechar que llegaría un día en el que ya nada de eso existiría fuera de su recuerdo. Y cuando ese día llegó y la vida rugió viniéndose el mundo abajo, entendieron que en aquellos tiempos pasados la felicidad les había estado acariciando, sin darse cuenta, las manos.

Y fue entonces cuando lloraron.

 

 

¡Cuídate, cuídanos!

«Al menos hace sol». Esto es lo primero que pienso cuando me asomo a mi ventana esta mañana, más temprano de lo habitual en mí para ser domingo. «Hay mucho silencio, pero al menos hace sol».

Las calles se han vaciado de transeúntes, no se escucha el alboroto habitual de los niños, casi ni hay ruido de tráfico. Se podría decir que estamos en absoluta calma si no fuera porque lo que se respira aquí es de todo menos eso. Estamos confinados. Estamos en estado de alarma.

Hace un par de meses, cuando algo llamado coronavirus comenzó a azotar Wuhan con una inusitada gravedad y se fue extendiendo por otras regiones asiáticas, el resto del mundo lo miramos de lejos con ese aire de superioridad tan propio de quien no se siente amenazado. «El virus es cosa de los chinos que comen de todo y no tienen higiene». Casi casi se lo tenían merecido y, además, son tantos que… El drama humano no nos tocaba. Entonces el coronavirus aterrizó en Italia y ¡ay! Italia ya está más cerca. Relaciones comerciales, afectivas, turísticas… Veíamos a los italianos con más condescendencia: «pobre gente, aunque esto es porque no lo han gestionado bien, ya se sabe que no son muy buenos con las normas». Sí, más tópicos para justificar el avance de un virus que no entiende de razas, fronteras, edad ni clase social. Un virus que ya es pandemia.

«Pero ¿para qué tanta alarma? ¡Si es como una gripe!» nos repetíamos unos a otros hace apenas dos semanas, yo la primera. Estamos tan acostumbrados a que los medios magnifiquen a su antojo, a que las fake news circulen sin contraste, a que todo sea susceptible de ser dimensionado, que cuando pasa algo de verdad ya no nos conmociona. Nos da igual, hasta que, como siempre, empieza a ser demasiado tarde. Se toman medidas drásticas cuando los contagios son miles y los muertos cientos, y nos preguntamos entonces por qué no se tomaron antes. ¿De verdad hubiéramos estado dispuestos a acatarlas días atrás? No lo creo.

Cuando se cerraron las escuelas los niños se redirigieron a los parques. Se cerraron los parques. Cuando las grandes corporaciones instauraron el teletrabajo, las pymes seguían sin tomar medidas preocupadas por proteger antes su economía en el desconcierto de lo imprevisto que a sus empleados. Cuando nos instaban a protegernos, el transporte público seguía abarrotado y las segundas residencias abrieron sin temor sus puertas. Cuando los rumores de propagación se hacían más fuertes, los supermercados sufrieron avalanchas y desabastecimiento (el papel higiénico está viviendo su propio fenómeno). Cuando las informaciones veraces se diluían cada vez más entre los bulos, las farmacias se dedicaron a gestionar las consultas populares en primera instancia. La sociedad se empezaba a agitar, sin embargo, curiosamente, nadie se quedaba en casa. Bajamos el ritmo la última semana, sí, limitamos ese café a media tarde, puede. Dejamos en standby la visita a aquel cliente y pospusimos el cine con aquel amigo, por si acaso. Pero entrábamos y salíamos con libertad, porque podíamos hacerlo.

Hasta hoy.

Hoy la ley nos obliga a quedarnos en casa, con excepciones para hacer la compra (con mesura), acudir a una farmacia, al trabajo si es estrictamente necesario, para cuidar a las personas dependientes y vulnerables, o para pasear rápido a nuestras mascotas. Cualquier movimiento que hagamos debe estar justificado. No, no es ciencia ficción: estamos confinados. No es un capricho ni una recomendación, es una responsabilidad personal y para con la sociedad. Debemos protegernos no solo a nosotros mismos sino a los colectivos de riesgo. Los mayores están muertos de miedo y todavía no nos hemos dado cuenta de cuánto tenemos que cuidarlos, de cuán frágiles son ante el COVID-19. Estremece ese alivio que sentimos cuando en el recuento de los fallecidos la mayoría son personas de la tercera edad con patologías previas, pensando que nosotros como no entramos en ese grupo estamos salvados. Y que, si tenemos la mala suerte de contagiarnos, lo pasaremos y ya está. Pero todos tenemos padres, abuelos, familia en la que pensar y el miedo a la muerte existe, es humano. Y sí, ellos también lo sienten, no por haber vivido más años ya han hecho su campaña y están listos para irse al otro barrio, total, un viejo menos. Ellos merecen dejarnos cuando les llegue su momento y no agonizando en un hospital saturado que por falta de medios tendrá que decidir que sí, por desgracia, este es el momento. Sin despedidas, sin funerales, sin adioses. Porque ya está pasando en Italia, así que, si no te vas a cuidar por ti, hazlo por tu padre, por tu madre, por tus abuelos… Porque la vejez nos llega a todos, deberíamos tenerle mucho más respeto.

«Al menos hace sol». Sigo mirando por la ventana mientras escribo. Un padre ha bajado con sus dos hijos pequeños a la calle, sin alejarse de la puerta de casa, a que les dé el aire cinco minutos. Vuelven a entrar. Dos runners corren en pareja por el paseo, estos todavía no han entendido nada. Una chica paseando con su perro, un señor que viene de comprar el pan. Nadie más. Silencio. Ese silencio que lejos de aliviarte, te incomoda. El típico silencio que a mí me invita a pensar, mi vicio solitario. El que te reformula, te grita, te pregunta, te aconseja. El que te lanza de bruces contra la realidad. El silencio que te acuchilla el espíritu y te redefine los valores. Y pienso, sí. Pienso en mi gente y en lo importantes que son, todos ellos. Y en la impotencia de no poder vernos, de no poder tocarnos, de no poder estar. Es como si la prohibición te sublevara las emociones, como si de repente quisieras impregnarte de ellos un poquito más. Afloran los sentimientos de pertenencia a tu propio clan y la compañía cobra vital relevancia, no nos gusta estar solos ni incomunicados. Pienso en quien quiero tener a mi lado y en la falta que hacen ahora esos abrazos que no nos podemos dar. Pero que volverán. Porque esto que pensamos que nunca viviríamos también pasará. Y saldremos a la calle, y llenaremos los bares y restaurantes, las playas, las montañas. Y retomaremos la rutina, los colegios, las aficiones, los trabajos. Y los niños gritarán, y el tráfico se congestionará, y nos apelotonaremos en el Metro por las mañanas, y reiremos mirándonos de cerca a los ojos, y nos haremos fotos apretujados en la siguiente comida familiar, y nos acariciaremos la piel y el alma, y nos besaremos con furia en el reencuentro, y no nos soltaremos las manos en mucho tiempo, y nuestros mayores también lo contarán.

Nos esperan tiempos muy complicados.

Sé responsable, por ti, por todos.

Quédate en casa. Cuídate. Cuídanos.YOMEQUEDOENCASAP.D.: Gracias a todas las personas que componen los servicios sanitarios, a los empleados de supermercados y farmacias, servicios sociales y a toda esa gente que, por ayudarnos, no puede quedarse también en casa. ¡¡GRACIAS!!

Entre todos la mataron

Estoy, creo que como casi todos, consternada con la noticia del suicidio el pasado sábado de Verónica, la empleada de IVECO que se quitó la vida después de que circulara por la empresa un vídeo suyo de contenido sexual grabado hace cinco años. Y me pregunto cómo tuvo que ser la impotencia, el sufrimiento y la desesperación tan extrema que sintió la joven para que quitarse la vida fuera su única opción. Y me pregunto también qué grado de responsabilidad tienen las partes implicadas, desde el primer sinvergüenza que lanzó el vídeo hasta toda la sociedad en su conjunto, pasando por aquellos que por el camino le dieron a ese maldito clic sin pensar en las consecuencias que eso podría acarrear.

Porque no, nadie pensó en ella. Nadie. Verónica, de 32 años y madre de dos hijos pequeños, tampoco pudo pensar y lo que tiempo atrás probablemente fueron unos segundos de placer le ha costado ahora la vida. ¿Por qué? ¿Es justo criminalizar a la mujer por su sexualidad en pleno siglo XXI? Burlarse, jactarse, mancillarla. Una guarra, eso es lo que seguramente pensaron todos los que entre risas compartieron el vídeo y se acercaron a su departamento con el morbo en la mirada y un hay qué ver, qué calladita se lo tenía la zorra, qué cosas le gusta hacer. Y la siguiente pregunta es: ¿y si las imágenes hubieran sido de un hombre? ¿Existiría ese acoso? ¿Esa estigmatización? Probablemente la historia hubiera sido muy diferente y el protagonista de turno hasta se hubiera pavoneado de ello. Porque está bien visto. Porque es un hombre, un triunfador, un auténtico macho. Qué asco, y qué pena, que todavía seamos así de primitivos. Queremos creer que vamos hacia una sociedad avanzada, progre y feminista, pero en realidad somos una pandilla de etiquetas y prejuicios anclada en el pasado.

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Le echamos la culpa a las redes sociales, a internet, al WhatsApp, a la tecnología, de este tipo de situaciones sin darnos cuenta de que tras todo eso estamos nosotros. Nosotros y nuestro mal uso. Nosotros y nuestra curiosidad desmedida por lo ajeno. Nosotros y nuestras carencias. Nosotros y nuestros juicios de valor. Nosotros y nuestro deporte de élite: el criticar. Es muy fácil ahora compartir cualquier cosa y hacerla viral, lo tenemos todo tan al alcance de la mano que asusta. Y es por ello precisamente que se nos va de las manos. Lo que ha sufrido Verónica no es más que un tipo de acoso sexual que por desgracia ni siquiera está bien regulado: el acoso digital. Y de ello no tiene la culpa el WhatsApp (que sí, a veces también lo carga el diablo) sino el desgraciado que un día fue su amante y que por despecho, celos, ira, lo que sea, cinco años después se la tenía guardada. Probablemente porque ella no quería nada más con él: había rehecho su vida, era esposa, madre y feliz. Y él, que no lo podía soportar, buscó la manera de hacerle chantaje hasta no poder más. Qué ruin tiene que ser alguien para actuar así, pero qué común es cruzarse con gente que no asume un “no”, un “hasta aquí”.

Estamos muy pendientes de cómo los niños y los adolescentes se desenvuelven en internet puesto que son a priori más vulnerables a los peligros que puede entrañar el mal uso de las redes sociales, pero nos olvidamos muchas veces de nosotros, los adultos. No, no lo sabemos todo ni somos plenamente conscientes de la monstruosidad de este mundo digital que va atesorando un pasado imborrable en muchos casos. Y el pasado, ya se sabe, siempre vuelve. En este caso la sexualidad, como todo, también está cambiando hacia nuevas formas y conceptos gracias a la facilidad que los dispositivos electrónicos ofrecen para grabarse en pareja, o en soledad, o como a cada uno le dé la gana, si lo hace o si no. Y esto nos ha llevado a un nuevo tipo de juego que, si se usa desde el respeto y el consentimiento mutuo, puede abrir nuevos campos al placer y a la diversión en la pareja. Pero cuando lo que un día se hizo en un estado de complicidad se utiliza después como arma arrojadiza para algún tipo de venganza y nadie puede parar ni penalizar eso entonces estamos ante un grave problema. Y verónica lo estuvo. Y su marido. Y esos dos niños ahora huérfanos. Y toda su familia y amigos.

Ella no se suicidó. Ella huyó hacia adelante porque no supo hacia dónde huir en una sociedad hipócrita que lapida a una mujer por disfrutar de su sexualidad mientras ensalza al hombre por hacer exactamente lo mismo. Nosotras tenemos que sentirnos avergonzadas de nuestro cuerpo y ser pudorosas ante el placer. Que el sexo es cosa de hombres y de putas, no de mujeres decentes que se levantan a diario para ir a trabajar, que cuidan con devoción a sus hijos y son las mejores amigas, hijas y esposas. Todas ellas no disfrutan, no juegan, no se divierten, no prueban, no desean, no tocan ni se tocan, no gimen ni llegan al orgasmo, no toman la iniciativa, no provocan, no se apasionan. Cuánta doble vara de medir, cuánta impotencia, cuánta insensatez, cuánta falta de empatía, cuánta cobardía, cuánta crueldad.

Verónica es víctima de la herencia de una sociedad machista que aún tiene mucho que mejorar. Del despecho, de los celos, del rencor. De la no asimilación de un fracaso, de una ruptura, de un adiós. Es el claro ejemplo del dolor que puede causar algo que nos tomamos como banal. El problema no está en que alguien comparta este tipo de material erótico con quien así lo tenga consensuado, sino en la utilización que el destinatario haga de él en lo que ahora se denomina una “pornovenganza”, destruyendo no solo ese pacto inicial de respeto e intimidad que en un momento se dio, sino acabando incluso con su vida. Porque, como dice el refrán, entre todos la mataron y ella sola se murió.

 

 

Lágrimas poderosas

¿Alguna vez has llorado frente al espejo? Pero no de forma actuada como si de un ensayo teatral se tratara, que a lo mejor también. Sino llorar de verdad, con el alma desgarrada y las entrañas doloridas. De esas veces en las que lloras a solas, escondida del mundo, de la manera más fuerte y bochornosa hasta para ti. ¿Alguna vez has llorado así mirándote al espejo? A lo mejor piensas que es una tontería y que qué necesidad tienes de verte en esas circunstancias, en las que normalmente te aplastas contra la almohada o te tapas la cara con las manos, porque qué penoso eso de llorar… Pues no, hazlo.

depositphotos_139749822-stock-illustration-pop-art-comics-style-crying recort okLlora. Llora tu rabia, tus miedos, tus iras, tus reproches, tus malos ratos. Llora todo lo que te quiebra, te arde, te aprisiona. Llora como si no hubiera un mañana para que precisamente lo haya. Y mírate mientras lo haces para ver a la mujer que hay tras esas lágrimas. Al principio rehuirás de tu propia imagen: qué patético eso de estropear una bonita cara regándola por nada. O por demasiado. Pero si superas ese primer pudor hacia ti misma y consigues alzar la mirada y verte mientras brotan lagrimones de tus ojos ya enrojecidos te darás cuenta del poder que tienes. Sí, aunque parezca paradójico y creas que no es posible que alguien sumergido en el llanto pueda mostrarse de una manera distinta a la miseria, no es cierto. Fíjate en ti, deja que fluya todo tu dolor, suéltalo y siente cómo cae a borbotones por tus mejillas. Libérate. No hay alternativa, llorar es justo y necesario por mucho que hayamos crecido reprimiendo esas lágrimas que comportan emociones y parecen síntoma de debilidad. Qué equivocados estábamos: las lágrimas son la reacción a nuestra fortaleza mantenida en el tiempo y un día, sin más, el aguante nos dice basta. Basta de reprimir, de callar, de dejar pasar. Basta de echarse a la espalda lo que no nos corresponde, de mirar para otro lado, de no afrontar las dudas, de preferir vivir en la incertidumbre y en un falso “todo está bien”. Basta de no coger el toro por los cuernos por miedo a soltar, a llorar, a perder.

El llanto permite manifestar nuestras emociones y debemos desterrar la idea de que el que no llora es más fuerte y que el que lo hace es psicológicamente inestable. No, llorar es sano, natural y conveniente. Cuando lo hacemos, las lágrimas desprenden una serie de componentes químicos presentes en nuestro cuerpo, como la oxitocina y las endorfinas, que actúan como analgésicos naturales. Es por eso que tras una buena sesión de llantina nos sentimos más desahogados y probablemente mucho más capacitados para poner en perspectiva aquello que nos provocó la crisis de llanto. Aliviamos el malestar y mejoramos el humor, nos relajamos y en cierta manera le bajamos las revoluciones al estrés, la ansiedad y el nerviosismo que veníamos acumulando momentos antes de romper a llorar. Y lo que es mejor, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos: las lágrimas nos permiten saber cuáles son nuestras vulnerabilidades, qué nos afecta, con qué podemos lidiar, hasta dónde somos capaces de llegar, qué respuesta intentamos dar.

Así que no reprimas tus lágrimas ni fuerces tu bloqueo emocional simplemente por el qué dirán. Tú no eres una loca exagerada que llora por cualquier cosa, que no te quiten importancia. Tú no eres una histérica ni una paranoica por mostrar tus sentimientos más reales aunque eso le incomode a alguien más. A veces la gente no sabe qué hacer frente a las lágrimas del prójimo pero que eso no nos impida brotar todo lo que llevamos dentro sin miedo, temor o vergüenza. Peor están aquellos que por una absurda cuestión de apariencia no se quieren sanar. Así que ahora mírate al espejo y llóralo todo contra ti misma. Verás que pasas por diferentes fases hasta llegar al final. Entonces, ya libre, enjúgate las lágrimas, levanta la mirada y sal ahí afuera dispuesta a continuar.

 

El periodismo en los tiempos de Julen

Escribo estas líneas ahora que el agónico rescate del niño Julen caído en un pozo ilegal en Totalán (Málaga) el pasado día 13 ha llegado a su fin para hacer crítica, balance y retrospección de lo que ha sido y sobre todo de cómo ha sido la cobertura que han realizado los medios de comunicación.

Debo decir que como periodista estoy completamente a favor del derecho a la información y por tanto del deber de informar con veracidad y rigurosidad acerca de todo aquello que genera interés o impacto en la sociedad. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ese derecho a la información se solapa con el morbo del sensacionalismo? Es en casos como el de Julen, donde el componente dramático es tremendo, cuando nos replanteamos el código deontológico que rige o debería regir esta profesión y que algunos medios, más empeñados en el beneficio monetario que en el periodístico, mancillan constantemente sin apenas pudor.

Cuando saltó la noticia de tan terrible suceso hace dos domingos ni siquiera le prestamos la atención personal que días después generó. Al fin y al cabo, una noticia más de las muchas que nos azotan a diario y que se suceden desgraciadamente tan a menudo ahí afuera, al otro lado de la pantalla. Sin embargo, algo cambió poco después en nuestra forma de percibir esta noticia en concreto. Cuando el rescate se complicaba, cuando la montaña no cedía, cuando se alimentaba la esperanza de que el niño pudiera seguir vivo a pesar de tan tremenda caída, cuando se daban plazos que no se cumplían, cuando se puso el foco en la historia personal de unos padres que ya habían sufrido la desgracia de perder a un hijo apenas año y medio antes, cuando… Cuando adornamos con todo ese popurrí de detalles humanos y heroicos lo que estaba ocurriendo, entonces, en ese justo momento, es cuando los medios nos hicieron adictos a ella. En estas dos últimas semanas otras cuestiones como Vox o Catalunya, las dimisiones en Podemos, la guerra de los taxis y los VTC, los barcos a la deriva en el Mediterráneo, las escuchas de Villarejo o la crisis en Venezuela pasaron a un segundo plano. El pequeño Julen y el drama familiar lo envolvieron todo.

Comparto y estoy a favor, como decía más arriba, de la necesidad de informar y de estar informados, pero considero que en este caso se han sobrepasado los límites de lo que se supone que es el periodismo (una vez más). Lo que ha pasado aquí habrá sido más o menos acertado según el punto de vista de cada uno, pero no podemos hablar de periodismo cuando lo que prima es el morbo del dolor porque eso es lo que genera más audiencia. El viernes, día en el que con toda seguridad se alcanzaba por fin la cota -71 que daba acceso al niño, casi todas las televisiones modificaron su parrilla para emitir especiales en directo en los que se analizaba el curso del rescate con expertos y opinólogos de toda índole. Los diarios digitales ofrecían el minuto a minuto como si de un partido de fútbol se tratara. Las redes sociales se inundaban de comentarios, teorías conspiratorias, tramas ocultas y verdades a medias que salpicaban a su vez a los medios de comunicación “serios” en un macabro juego de retroalimentación. En dos semanas todos hemos opinado de medicina, psicología, geología, minería, ingeniería y protección civil, y los más arriesgados hasta se han atrevido a desprestigiar el esfuerzo del grupo de trabajo considerando que ellos lo hubieran hecho mejor. Ha sido tal la implicación emocional de toda la sociedad que el periodismo, ese de antaño, el bueno y el de verdad, ha perdido completamente el oremus.

cobertura

Ana Rosa Quintana y Susana Griso, las “reinas” de los magacines matinales, han sido los estandartes de Telecinco y Antena3 en este show con preguntas tan desafortunadas como si los mineros tienen claustrofobia (¿perdón?), si pueden comer o dormir, y afirmaciones tales como “los padres están en una esquina viviendo su dolor” mientras intentan hacerle zoom a ese dolor. Evidentemente, los padres están viviendo su dolor como pueden, no hace falta ahondar más en ello ni repetir la misma imagen de esa pareja absolutamente rota en bucle. No hace falta decir que la madre no ha querido “enfrentarse a las cámaras” porque no tiene por qué hacerlo, ni buscar en las palabras de los vecinos el drama que la propia familia, como es lógico, no puede verbalizar. No era necesario hurgar en la herida de aquellos que sí han hecho declaraciones buscando su derrumbe en directo, las lágrimas y la conmoción. Como tampoco lo era mantener constantemente abierta una ventana de conexión con Totalán en los programas de entretenimiento que sí se emitieron el viernes enfocando la enorme grúa trabajando, generando todavía más morbo pero sin aportar ninguna información relevante y con el desafortunado pie de “A 3 metros de Julen” como si de aquella novela de Moccia se tratara.

Entiendo que un buen seguimiento mediático promueve el interés y una mayor colaboración en todos los ámbitos. Está claro que lo que no sale en la prensa no se conoce y lo que no se conoce no recibe ni la ayuda ni la atención necesarias. El buen periodismo promueve una función social maravillosa y es la voz para todo aquello que necesita ser dicho. Pero el peligro está en su exceso, cuando esa labor busca además el mercantilismo y el share aprovechando este tipo de sucesos que de por sí ya generan una especial atracción en todos nosotros: es el morbo de lo humano. Asistimos entonces a un circo en el que se estrangulan las emociones y se prostituye el periodismo. En el que se persiguen las audiencias millonarias y se difumina por completo la línea que separa lo que es información de espectáculo manteniendo siempre esa tensión informativa para alargar horas de programación que en muchos casos terminan llenándose de especulación, noticias sin contrastar, análisis falsos y opiniones desafortunadas.

Informar bien no es sostener una conexión 24 horas en directo porque esa misma necesidad que se genera, esa exigencia en ser los primeros en dar la noticia, lo único que promueve es la reiteración de datos que no aportan nada y que conllevan directamente a la desinformación. Objetivamente el periodismo trabaja con las famosas 5 ‘W’ que todos estudiamos en la Facultad: qué ha ocurrido, cuándo, dónde, cómo y quién es el protagonista de la noticia. A partir de ahí, todo lo demás es información complementaria que no suma, aunque adorne. La sociedad es lo suficientemente empática como para entender cómo están esos padres y familiares en estos momentos de angustia y dolor, no necesitamos una declaración expresa que nos lo confirme ni escarbar en sus entrañas reiteradamente para hacernos llorar desde el sofá. Le pido al periodismo que no se deje llevar por el amarillismo y que recuerde que no retransmitir todo esto como si se tratara de un ‘reality show’ no le resta sensibilidad, sino que se la confiere.