Un arcoíris en el cielo

Desolación. Rabia. Tristeza. Dolor. Perplejidad. Aún más rabia. ¿Cómo es posible que pasen estas cosas? 

Samuel tenía 24 años y toda una vida por delante. Su vida, la que él quisiera, como le diera la gana vivirla y con quien le apeteciera. Pero se cruzó en su camino la escoria de la sociedad para arrebatársela al grito de maricón. ¿Por qué? ¿Cómo puede ocurrir algo así entre jóvenes del siglo XXI? Dicen que eran 12. Al parecer les molestó que estuviera hablando por videollamada y que señalara con el móvil el trayecto que había hecho. El grupo de energúmenos tomó como excusa ese enfoque casual para increparlo. Se sintieron incomodados por la presencia de un chico risueño que se divertía con unas amigas, nada más. Aunque lo cierto es que este tipo de calaña no necesita chispa para prender y cualquier mirada, gesto o comentario es susceptible de convertirse en resorte de pelea para quien la busca.

La paliza fue tan brutal que Samuel perdió la vida el mismo sábado en el que había salido de fiesta para liberarse de la angustia de tantos meses batallando contra el covid y protegiendo a los ancianos de la residencia donde trabajaba. Era sanitario y un alma generosa. Eso dicen quienes le conocían, pero un grupo de individuos decidió que ya no lo sería más, porque era maricón. Ahora, como ocurre en todos estos casos, se están investigando los hechos y mientras tanto muchos políticos se apuntan al carro de la ideología. Qué asco dan todos ellos y qué a favor estoy de la petición de su padre: no banderas, no consignas; quien quiera ayudar que acuda a las manifestaciones que se suceden por el país con un kilo de arroz o un litro de leche para donar a Cruz Roja, pues es lo que él hubiera querido. Me parece el mejor homenaje, sin duda. Mucho de todo lo demás que se genera, sobra.

Casos como el de Samuel me hacen preguntarme qué está fallando entre los jóvenes (y no tanto). Su pérdida nos ha hecho salir a la calle para reivindicar justicia, pero lo cierto es que las agresiones homófobas van al alza, igual que la violencia de género, las violaciones en grupo, las palizas a la salida de los colegios. ¿Por qué caminamos hacia atrás? Puedo comprender, aunque no comparta, que a personas de una cierta edad, mayores, que crecieron con una educación sujeta a las directrices de la moral y del pecado, les puedan incomodar ciertas cosas, no las entiendan y las rechacen justamente por eso. No los culpo, tienen un bagaje social muy distinto, aunque muchos a pesar de ello también intentan aceptar ahora las diferencias que en sus tiempos estaban incluso penadas. Es un gran avance. Sin embargo, gente joven, hijos de generaciones educadas ya en libertad, los de la movida, la apertura, el cambio… ¿Cómo es posible que apaleen hasta la muerte a alguien porque les molesta su orientación sexual, o lo que sea? Me aterra pensar que esta es la sociedad que está emergiendo en las trincheras de partidos políticos que solo buscan la bronca parapetados tras una bandera que mancillan con sus ideales de confrontación. Como si la bandera o la pulserita de turno les hiciera mejores personas, mejores españoles. Qué gran error. Y qué enorme tristeza.

Samuel ya no está y eso no tiene remedio. El consuelo de sus familiares y amigos tardará en llegar, si llega, pero al menos que en su proceso de dolor puedan ver cómo cae todo el peso de la ley sobre la panda de criminales que el sábado por la noche decidió arrebatarles a Samuel junto con la esperanza de poder vivir en un mundo mejor.

Una mujer desconocida

—Si tú no crees que es prioritario estar al lado de tu padre en el hospital en estos momentos entonces no sé qué clase de hijo he criado.

La mujer cortó la comunicación con rabia y guardó el móvil en el bolso, que apretó contra su pecho. Vi su rostro reflejado en la ventana del autobús, envuelto en un halo de nostalgia por la luz del ocaso. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejándose caer en el asiento como si quisiera desaparecer. La rabia era ahora pesadumbre. Qué pena tan intensa emanaba de toda ella que no pude dejar de observarla.

Una melodía comenzó a sonar repetitiva desde las tripas del bolso al que se aferraba. Se revolvió incómoda, mirando nerviosa a su alrededor. No contestó. Algunos le devolvieron una mueca molesta por no haber tenido la decencia de silenciar el móvil en el transporte público. Pero decencia era lo que le faltaba a su hijo y no el sonido de su teléfono, pensaba yo.

Por sus manos calculé que tendría poco más de setenta años. El cabello castaño arreglado en una melena corta le daba un aspecto juvenil. Sin embargo, una corona de raíces canosas adornaba su frente como cuando no tienes ni tiempo de renovar el tinte en su fecha. Vestía un abrigo color café que no se había quitado durante el trayecto, quizá porque el aire que se colaba por las ventanas abiertas era realmente frío, o porque el frío lo sentía ella en su alma. Los ojos claros resaltaban luminosos sobre el horizonte que le enmarcaba la mascarilla ajustada por encima de la nariz. No podía ver el rictus dibujado en sus labios, aunque lo imaginaba. El brillo de sus pupilas no delataba felicidad sino lágrimas estancadas.

El trasiego de gente en cada una de las paradas no parecía perturbarla. Lo cierto es que a mí tampoco. Era como si el tiempo se hubiera detenido y el mundo vaciado, dejando a aquella mujer sola frente a su abismo de dolor y a mí frente a ella. Rebuscó en las profundidades de su bolso. Sabía bien quién la había llamado, yo también podía adivinarlo. Sus dedos temblorosos reseguían el nombre de su hijo en la pantalla. ¿Volverlo a intentar? ¿Cómo es posible que no salga de él? Por Dios, ¡es su padre! ¿Qué puede haber ahora más importante? Pueden ser sus últimos días, sus únicas horas… Hice míos sus pensamientos, pude palparlos a través de sus gestos, de sus ojos cansados. Quise decirle que tenía razón y que su hijo era un egoísta, pero en realidad no puedes decirle eso a una madre, aunque ella también sepa que es la verdad.

La melodía rompió de nuevo el silencio que, extraño, se había impuesto a los murmullos ajenos. La mujer dio un respingo y me miró durante unos segundos como quien busca aprobación y coraje a partes iguales. Asentí con mi sonrisa velada bajo la tela en un intento por infundirle lo que fuera que necesitara, y contuve las ganas de agarrarle las manos.

—Dime, hijo… No, no me han dicho nada más, que tenemos que esperar… Mal… Voy ahora para allá… ¿Cuándo?… Ah, entonces ahí te veo… Vale, hijo. 

Brotaron sus lágrimas como torrentes cargados de miedo, incertidumbre y tristeza. Cierto alivio también. Pensé en su hijo, incapaz de ver el desgarro de una pérdida inminente reflejado en su madre, deshilada por los recuerdos de lo que ya nunca sería. Puede que uno no vea lo que no quiere ver. El autobús se detuvo y abrió sus puertas dando paso a un aire gélido que revitalizó mis sentidos. Me despedí deseándole una pronta recuperación al amor de una mujer desconocida que en realidad encarnaba a todos aquellos que se apagaron en esos días de caos y terror. No sé si me escuchó, pero me pareció ver un destello de esperanza en sus ojos antes de decir adiós.

Un colibrí herido

Se fue sin equipaje una mañana cualquiera y, aun así, se lo llevó todo consigo. Por qué ese día y no otro, quién lo sabe. ¿Lo había decidido de antemano? ¿Lo tenía programado quizá? ¿O se trataba de un impulso cruel? Ni siquiera se despidió.

Ella se quedó acurrucada en la cama como un colibrí triste y asustado, herido en sus alas, incapaz de reaccionar. Primero la sorpresa, después la duda, luego la rabia, y más allá la pena de no saber por qué, de no merecer tan solo una explicación. Pero la gente hace esas cosas: desaparecer.

Pasaron los días. Los recuerdos golpeaban feroces en cada resquicio del corazón mientras la ausencia se volvía tan pesada que asfixiaba. Las manecillas caían lentas de los relojes. Las madrugadas se tornaron eternas. Los pensamientos estrangulaban la razón que no tenía. Y las respuestas no llegaban.

¿Por qué? Era lo único que alcanzaba a balbucear entre tanta confusión. Una y otra vez, y otra, y otra… ¿por qué?

Se martirizaba recreando cada escena en su mente, las conversaciones previas, las pistas que debían indicarle lo que iba a suceder. Trató de buscar el momento exacto en el que el lazo que los unía se les rompió de una forma tan desgarrada, pero fue incapaz de encontrarlo porque no existía. Lágrimas de impotencia acuchillaron sus mejillas.

Poco a poco aprendió a enmarcar una sonrisa automática, por aquello de las apariencias. Sin embargo, lo cierto es que le pesaban las emociones como un amasijo de hierros atravesándole el alma. Un estremecimiento mezcla de esperanza y angustia le recorría el cuerpo cada vez que un pitido anunciaba noticias, aunque el agotamiento por el silencio que la azotaba sin tregua la mantenía anestesiada. Vacía. Cansada.

Salió entonces a tientas, tras intentarlo todo, con los pies fríos de andar largo tiempo perdida y descalza. Si no la querían ruidosa tampoco la tendrían callada. Recogió los retales de amor propio que creyó que le quedaban y como una cobarde, lo que no era, se fue también sin equipaje ni despedidas una noche cualquiera.

Pájaros en la memoria

El techo me da vueltas, parece que en cualquier momento se me quiere venir encima. Cierro los ojos y la oscuridad del precipicio me asusta. Los abro. Las paredes bailan lentas en un movimiento que solo veo yo. Ella me mira, desconcertada. Está de pie junto a mí diciendo cosas como estate tranquila, respira. La obedezco, me relaja. Parece que a ella también. Suena un teléfono y corre a contestar. Oigo palabras sueltas: recogida, pedido, transporte, gestión. Silencio. Regresa a la habitación y se sienta a teclear con impaciencia. ¿Está nerviosa? Me vuelvo a marear.

Respira, me digo yo esta vez. Qué sensación más rara. Me palpo la cabeza buscando la razón a todo esto. ¿Qué hora es? Más de la una, me contesta. ¿Ya? Qué raro, creo que no he hecho de comer… Entonces, ¿qué he hecho? Hablar por teléfono toda la mañana, me suelta burlona. Pienso con quién y no lo recuerdo. No, no es posible, me está tomando el pelo. Percibo su expresión de extrañeza en el rostro, se levanta de nuevo y se pone a mi lado. ¿No te acuerdas? Busco entre los pliegues de mi memoria algo de luz, pero no lo consigo. Ella indaga con cuestiones fáciles, supongo, que no sé contestar. ¿Qué le pasa a tu hermano? Ella titubea, se sienta a los pies de la cama y me acaricia las piernas. Parece que se ha puesto pálida, la pobre. Vuelve a insistir en si me encuentro mal y la verdad es que sigo algo mareada.

Que si la veo, pregunta ahora. Pues claro, no estoy ciega. Que si sé quién es, ¡anda, anda! Y que sí sé cómo me llamo yo, ¿es que se ha vuelto loca? ¿Qué significa este interrogatorio? No entiendo nada, ¿por qué estoy tumbada? No me acuerdo. ¿He perdido el conocimiento? Contesta que no, solo estaba algo mareada. Aunque por la cara que pone no estoy muy segura de que me diga la verdad. Que va a telefonear un momento y que no me mueva del sitio, ordena. Me trata como a una niña pequeña, pero obedezco sin rechistar. Cuando cuelga me comunica que van a venir unos médicos. ¿Por qué? Porque estás mareada. No me dice que en realidad es porque no me acuerdo de nada de lo que hemos hecho esta mañana.

No me gusta este suéter, mejor tráeme el azul, por si me llevan los médicos con ellos. Tengo mucho calor, me quito la camiseta. Suena el timbre y ella suspira aliviada. Dos chicos muy amables invaden la habitación, cuánta gente de repente. Me examinan los ojos, como si esperaran verme perdida en mi propia mirada. Que saque la lengua. Que levante los brazos. Me aprieta mucho este aparato, ¡aaay! Mencionan algo de la tensión, me pinchan un dedo y cae una gota de sangre. Todo va muy deprisa, me siento como un autómata. Y de nuevo, la retahíla. ¿Dónde vive usted? Pues aquí, ¡dónde voy a vivir! Sonríen, como si la que hubiera dicho alguna chalaúra fuera yo y no ellos con tanta tontería. Los veo susurrar y tomar una decisión, están de acuerdo, será lo mejor.

Hola, María. Ya en la calle saludo a la vecina, que parece no reconocerme. ¿Qué les pasa a todos hoy? Me pregunta preocupada que cómo estoy, pero la verdad es que no lo sé, porque no me acuerdo. La dejo descolocada. Me meten en un camioncito repleto de artilugios, digo yo que será una ambulancia. Estoy sola y extrañamente tranquila, me abandono al traqueteo. Al cabo de un rato unas voces me sacan del ensimismamiento y la vuelvo a ver, con la chaqueta puesta y papeles en las manos, de aquí para allá. Hay más personas en la sala, en camillas, en sillas de ruedas, parece que esperan su turno. Ella me acompaña, ¿quizá yo también espero el mío? Me doy cuenta de que llevo puesto el suéter azul, qué raro. Me comenta con ternura que es el que yo misma he elegido porque quería estar guapa para venir al hospital. No me acuerdo, pero tiene razón, siempre me gusta ir bien a los sitios.

¿Por qué no me acuerdo? Se despide anunciando que a donde voy ya no la dejan estar conmigo, aunque seguirá cerca. Lo sé. Vuelvo a quedarme sola pero estoy en calma. De vez en cuando un chico joven cubierto de pies a cabeza me hace alguna pregunta. Me fijo en su mascarilla, yo también tengo una, ¿es que hay coronavirus? He perdido la noción del tiempo… Dicen que me van a hacer algunas pruebas porque no recuerdo nada. ¿Y qué tengo que recordar? Parece de vital importancia que lo haga, sin embargo, por más que me esfuerzo mi cerebro no me devuelve nada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Digo yo que alguien me lo tendrá que explicar.

Un destello primero, como el fulgor de una chispa espontánea al conectarse un par de cables. Sí, estaba mareada esta mañana. Hablé por teléfono mucho rato. No sé si desayuné, supongo que lo hice como de costumbre. Cierro los ojos y siento los pensamientos fluir despacio, como un cauce de primavera naciendo tras el invernal reposo. Llegan a mí los recuerdos difusos, tan lejanos que parecen sueños. Trato de ordenarlos, pero me topo con demasiados huecos en la mente. Hay cosas que no comprendo, momentos que no alcanzo a enlazar, como fotogramas sin sentido reproduciéndose caprichosos en mi imaginario. La vida se pierde entre los recovecos de una memoria defectuosa que no consigo recuperar… Como si me faltara un pedazo de tiempo, como si todo esto nunca hubiera existido. Siento una profunda tristeza y el temor se apodera de mí. Qué cruel es el vacío que queda cuando los recuerdos ya no son nuestros.

Aquellos últimos días

Fue una mañana de domingo a finales de febrero. El silencio reinaba en la casa rural donde pasábamos el fin de semana. Todavía era muy temprano y todos dormían excepto yo que, desvelada, leía las noticias en el móvil tumbada en la cama. O más bien debería decir la noticia: el coronavirus hacía estragos en Italia, que se encerraba. Contrasté el titular con tantos otros que informaban de lo mismo. Sentí entonces una preocupación egoístamente europea: los casos ya no se limitaban a esa ciudad desconocida de nombre Wuhan, habían llegado a nuestro viejo continente. 

Cuando escuché voces me levanté, me di una ducha para despejarme y bajé a desayunar. Poco a poco nos reunimos alrededor de la mesa. Comenté las últimas noticias, pero ninguno alcanzamos entonces a comprender su importncia y pronto cambiamos de tema. Hasta ese momento a la mayoría, y me pongo la primera, todo esto nos parecía alarmismo infundado. El día pasó como los dos anteriores: entre amigos, conviviendo sin temor, celebrando carnavales.

Dos semanas después acudí a una entrega de premios de relatos escritos para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Me acompañó parte de mi familia y después del evento todos los presentes disfrutamos del aperitivo que nos ofrecieron. Casi un centenar de personas compartiendo relajados conversación entre bandejas de comida, a ocho días de confinarnos… Pensarlo ahora estremece.

Aquel fin de semana, el último en libertad sin condiciones, lo pasé en el país de Nunca Jamás, como me gusta llamar a la casa de mi hermana. Un oasis de desconexión del mundo exterior donde disfrutar de la familia en toda su esencia, y de mis niños, los suyos, que tantas anécdotas divertidas nos regalan. Fuimos de tiendas, en plan de chicas, y compramos ropa que luego se quedó en el armario. También asistimos a los partidos de fútbol que disputaron mis sobrinos, en su plan de chicos. Incluso allí conocimos a un veterano melillense que rememoró con mis padres algunas batallitas, porque el mundo es así de pequeño y Melilla es así de grandiosa. Jugamos, reímos, cocinamos, nos acurrucamos. Estábamos agotando, sin saberlo, los besos y los abrazos… 

Lo cierto es que tuvimos una fortuna inmensa porque el covid-19 no pasó por allí. Como tampoco lo hizo por mi oficina durante esa última semana, ni por las de mis hermanos, ni por los colegios de mis sobrinos. No me acompañó tampoco en los viajes en metro y autobús repletos de gente, ni en los cafés a media tarde, ni en los locales que pisé aquel último miércoles callejeando por el centro de Barcelona. No lo hizo cerca de mí ni de los míos, y eso no fue ni más ni menos que un maravilloso golpe de suerte con el que muchas otras familias no contaron. Nos libramos.

Las noticias eran cada vez más ensordecedoras, más desconcertantes, más temibles. Los datos mareaban mientras la vida en las calles parecía seguir siendo la misma. El humor nacido de la propia ignorancia nos ayudó a quitarle hierro a un asunto cuya magnitud no podíamos prever ni siquiera con todas las señales a nuestro alcance. Ahora nos damos cuenta, claro, como siempre a toro pasado.

Fue el viernes, con los colegios ya cerrados y una declaración oficial por parte de la OMS, cuando el panorama se veló con esa preocupación tan propia que nace ante lo desconocido. Recuerdo que cerré todos los temas posibles en mi trabajo y me organicé papeles en un par de archivadores para llevarme a casa, por si las moscas. No he vuelto a pisar la oficina desde entonces. Gocé de una franca sonrisa sin el veto que más tarde impuso la mascarilla, y pude perderme unos instantes en ese cálido abrazo que tanto extraño sin saber que podría significar una despedida. Las siguientes muestras de afecto se quedarían tiritando en el frío de las pantallas.

Y llegó el sábado catorce de marzo de hace un año. Se instauró un estado de alarma que sonaba trágicamente bélico y nos obligaba a mantenernos en casa por prescripción médica. La emergencia sanitaria no era una broma, ni una exageración. Se esperó demasiado, quizá, eso otros lo dirán. Pero al final se hizo por necesidad y con firmeza. Iniciábamos un periodo desconocido, repletos de dudas, de emociones encontradas. Surgió el caos con las recomendaciones contradictorias, con el desabastecimiento en los supermercados, con el ansia extraña de acopiar tanto harina como papel higiénico. También con la falta de gel, mascarillas, guantes… Y de los EPI para los sanitarios que en primera línea se convirtieron en nuestros héroes, unos héroes en exceso castigados.

Faltaban medios en esos inicios, pero sobró empatía. Sacamos lo mejor de nosotros mismos como individuos y como sociedad, aplaudimos cada tarde en nuestros balcones y pintamos arcoíris de esperanza mientras las cifras se nos iban clavando en el alma. Sentíamos miedo, rabia, pena, desolación. Sin embargo, mostramos ánimo, resistencia, coraje y sensibilidad. Aprovechamos la ocasión del encierro forzoso para desempolvar juegos de mesa, darnos a la repostería y compartir tiempo con los nuestros. La catástrofe no iba a durar mucho: unos días primero, algunas semanas después. Y sin darnos cuenta vimos pasar la primavera desde el hogar que nos sirvió de trinchera. El verano se nos diluyó como agua entre los dedos, el otoño voló con sus hojas secas de nuevo y aquí seguimos ahora, tras las ventanas, terminando este invierno.

Ha pasado un año desde que la vida nos obligara a dejar atrás lo que después bautizaríamos como normalidad. La nostalgia en estos días nos lleva a rememorar aquellas últimas veces de casi todo vistiéndolas de esa aura mística que solo existe en los recuerdos. No han sido fáciles estos meses y es necesario ser conscientes de que aún nos queda por hacer un esfuerzo final, quizá el que más nos cueste por todo lo acumulado pero, aunque estemos agotados, debemos agradecer que, al fin y al cabo, aquí estamos.

724

724. Setecientos veinticuatro. Esa es la cifra de la vergüenza que ayer nos arrojó Sanidad. Un recuento de datos que, al principio, cuando todo esto de la pandemia no hacía más que empezar, nos alarmaba con mucho menos. Un solo muerto era una catástrofe, un indicador de que algo no iba bien. Después llegaron diez más, y cincuenta, y cien. Se empezaron a sumar por centenares y nos refugiamos en casa: el virus era letal. ¿Y ahora? Ahora ese 724 se inmiscuye en nuestras vidas por las rendijas del desinterés, como si nos hubiéramos acostumbrado a que esto es así, y no se puede evitar. ¿De verdad?

Parece que estamos inmunizados ante el aluvión de información que nos invade desde hace casi un año. Es como si, mentalmente, le hubiéramos cerrado el paso a la desgracia, restándole dolor, vistiendo de egoísmo la empatía que en primavera mostramos hacia el prójimo cuando en la comodidad del hogar nos asomábamos en tropel a aplaudir desde nuestro balcón. Dijeron que de esta saldríamos mejores, tuvimos un subidón de adrenalina, de optimismo, de fe. El parón se nos presentó como una oportunidad para llevar a cabo los cambios que íbamos postergando, cada cual a su manera en lo personal y en lo colectivo. Convertimos en héroes a los sanitarios, a esos que durante años se les desoyó en todas sus peticiones. También a todos aquellos trabajadores esenciales que no pararon, porque no podían, y se arriesgaron a una exposición extrema con tal de hacer que esto, nosotros, siguiéramos adelante. La primavera pasada parecía que éramos conscientes de lo que sucedía, pero ahora me doy cuenta de que no. Aquella loable actitud que nos invadió fue un simple espejismo, un resultado fruto de unas circunstancias extremas y extrañas que no conocíamos. Pero, ¿qué hemos aprendido como sociedad? Nada.

724 no es un número, aunque a muchos se lo parezca. Setecientos veinticuatro son las vidas que ayer, de golpe, dejaron de ser. Son familias rotas, futuros truncados, esperanzas mutiladas y sueños robados. Son hijos que quedan huérfanos, y abuelos que terminan solos en el más triste de los ocasos. Seguramente también hay padres y madres despidiendo en contra de la naturaleza a un hijo sin el consuelo de un mísero abrazo. Pero es que no son solo ellos. Son además los 59.805 fallecidos oficiales que llevamos, más los treinta mil que desvelan las estadísticas pero que no cuentan para el gobierno porque carecían de diagnóstico vía PCR. ¿Y qué? Es tan sencillo de calcular como recopilar los datos medios de defunciones anuales y ver cómo en 2020 se dispararon todos los parámetros. Ahí es donde reside la cara más cruel del COVID-19.

Y este año ha empezado de la peor de las maneras, aunque no creo que nadie pueda decir que esto no se veía venir. A alguien se le ocurrió que había que salvar la Navidad, y ningún dirigente tuvo el valor necesario para obligar el cerrojazo y prohibir las reuniones familiares y de allegados, porque aquí es así como funcionamos: a golpe de pito y bajo amenaza de multa. Y a veces ni por esas. Pues por querer salvar el día de Nochebuena conozco a gente que lleva un mes intubada en una UCI y con pronóstico grave. Desde las altas esferas nos pasaron la pelota de la responsabilidad a los ciudadanos con un guirigay de reglas, horarios y excepciones. Los médicos se cansaron de advertir del colapso hospitalario que vendría, pero los comerciantes y hosteleros también lo hicieron de su ruina. ¿Quién prima sobre quién? Al final los políticos nos dejaron hacer, apelando al sentido común que tan poco común es, y muchos se pusieron la venda en los ojos creyendo que con nuestros seres queridos estamos realmente a salvo. Que brindar ahora con un amigo no es correr ambos un riesgo o que la familia está por encima de cualquier ataque virulento que pueda llegar, como si los lazos afectivos fueran la vacuna perfecta. ¡Ay! Es tan humano eso de pensar que a uno no le va a pasar… Pero pasa. Y después de lo visto en las fiestas navideñas queda de manifiesto que no sabemos funcionar sin que papá Estado nos lleve bien sujetos de la mano. Somos como esos niños rebeldes que no aceptan ayuda ni consejos, pero que cuando caen al suelo lloran desconsolados implorando a su madre porque no se saben levantar. El desastre se agrava cuando el papá Estado que nos ha tocado tampoco tiene ni idea de cómo gestionar ni esta crisis ni ninguna y claro, así nos va.

No basta con decir que parece que el número de contagios ya está descendiendo si cada tres minutos se registra un positivo en este país, ni tampoco es suficiente escudarse en que la incidencia disminuye diez puntos cuando marcamos registros de más de 800. Este tipo de noticias lo único que consiguen es mandar un mensaje equivocado de tranquilidad enmascarada y promover que la gente se relaje porque “parece que esto ya va a mejor”. Estamos todos muy cansados y nos queremos agarrar a un clavo ardiendo para podernos relajar, pero creo que no es precisamente un acierto querer hacer pasar por buenos unos datos que en absoluto lo son, y distan mucho todavía de serlo. Ayer fueron setecientos veinticuatro.

Lo que me aterra de verdad es que, con la situación que estamos padeciendo, con el agotamiento emocional, moral, mental que sentimos… Con la desazón, el miedo, la incertidumbre, el desconsuelo que nos embarga… Con todo, todavía haya gente con voz y voto insinuando que ahora lo que toca es salvar la Semana Santa. No, perdonen, lo que hay que salvar son vidas y poner todo el empeño en ello. Estas setecientas veinticuatro personas y tantas miles más no dejan de retumbarme en el alma y, como a mí, a todos aquellos que todavía conservamos algo de sacrificio y responsabilidad.