724

724. Setecientos veinticuatro. Esa es la cifra de la vergüenza que ayer nos arrojó Sanidad. Un recuento de datos que, al principio, cuando todo esto de la pandemia no hacía más que empezar, nos alarmaba con mucho menos. Un solo muerto era una catástrofe, un indicador de que algo no iba bien. Después llegaron diez más, y cincuenta, y cien. Se empezaron a sumar por centenares y nos refugiamos en casa: el virus era letal. ¿Y ahora? Ahora ese 724 se inmiscuye en nuestras vidas por las rendijas del desinterés, como si nos hubiéramos acostumbrado a que esto es así, y no se puede evitar. ¿De verdad?

Parece que estamos inmunizados ante el aluvión de información que nos invade desde hace casi un año. Es como si, mentalmente, le hubiéramos cerrado el paso a la desgracia, restándole dolor, vistiendo de egoísmo la empatía que en primavera mostramos hacia el prójimo cuando en la comodidad del hogar nos asomábamos en tropel a aplaudir desde nuestro balcón. Dijeron que de esta saldríamos mejores, tuvimos un subidón de adrenalina, de optimismo, de fe. El parón se nos presentó como una oportunidad para llevar a cabo los cambios que íbamos postergando, cada cual a su manera en lo personal y en lo colectivo. Convertimos en héroes a los sanitarios, a esos que durante años se les desoyó en todas sus peticiones. También a todos aquellos trabajadores esenciales que no pararon, porque no podían, y se arriesgaron a una exposición extrema con tal de hacer que esto, nosotros, siguiéramos adelante. La primavera pasada parecía que éramos conscientes de lo que sucedía, pero ahora me doy cuenta de que no. Aquella loable actitud que nos invadió fue un simple espejismo, un resultado fruto de unas circunstancias extremas y extrañas que no conocíamos. Pero, ¿qué hemos aprendido como sociedad? Nada.

724 no es un número, aunque a muchos se lo parezca. Setecientos veinticuatro son las vidas que ayer, de golpe, dejaron de ser. Son familias rotas, futuros truncados, esperanzas mutiladas y sueños robados. Son hijos que quedan huérfanos, y abuelos que terminan solos en el más triste de los ocasos. Seguramente también hay padres y madres despidiendo en contra de la naturaleza a un hijo sin el consuelo de un mísero abrazo. Pero es que no son solo ellos. Son además los 59.805 fallecidos oficiales que llevamos, más los treinta mil que desvelan las estadísticas pero que no cuentan para el gobierno porque carecían de diagnóstico vía PCR. ¿Y qué? Es tan sencillo de calcular como recopilar los datos medios de defunciones anuales y ver cómo en 2020 se dispararon todos los parámetros. Ahí es donde reside la cara más cruel del COVID-19.

Y este año ha empezado de la peor de las maneras, aunque no creo que nadie pueda decir que esto no se veía venir. A alguien se le ocurrió que había que salvar la Navidad, y ningún dirigente tuvo el valor necesario para obligar el cerrojazo y prohibir las reuniones familiares y de allegados, porque aquí es así como funcionamos: a golpe de pito y bajo amenaza de multa. Y a veces ni por esas. Pues por querer salvar el día de Nochebuena conozco a gente que lleva un mes intubada en una UCI y con pronóstico grave. Desde las altas esferas nos pasaron la pelota de la responsabilidad a los ciudadanos con un guirigay de reglas, horarios y excepciones. Los médicos se cansaron de advertir del colapso hospitalario que vendría, pero los comerciantes y hosteleros también lo hicieron de su ruina. ¿Quién prima sobre quién? Al final los políticos nos dejaron hacer, apelando al sentido común que tan poco común es, y muchos se pusieron la venda en los ojos creyendo que con nuestros seres queridos estamos realmente a salvo. Que brindar ahora con un amigo no es correr ambos un riesgo o que la familia está por encima de cualquier ataque virulento que pueda llegar, como si los lazos afectivos fueran la vacuna perfecta. ¡Ay! Es tan humano eso de pensar que a uno no le va a pasar… Pero pasa. Y después de lo visto en las fiestas navideñas queda de manifiesto que no sabemos funcionar sin que papá Estado nos lleve bien sujetos de la mano. Somos como esos niños rebeldes que no aceptan ayuda ni consejos, pero que cuando caen al suelo lloran desconsolados implorando a su madre porque no se saben levantar. El desastre se agrava cuando el papá Estado que nos ha tocado tampoco tiene ni idea de cómo gestionar ni esta crisis ni ninguna y claro, así nos va.

No basta con decir que parece que el número de contagios ya está descendiendo si cada tres minutos se registra un positivo en este país, ni tampoco es suficiente escudarse en que la incidencia disminuye diez puntos cuando marcamos registros de más de 800. Este tipo de noticias lo único que consiguen es mandar un mensaje equivocado de tranquilidad enmascarada y promover que la gente se relaje porque “parece que esto ya va a mejor”. Estamos todos muy cansados y nos queremos agarrar a un clavo ardiendo para podernos relajar, pero creo que no es precisamente un acierto querer hacer pasar por buenos unos datos que en absoluto lo son, y distan mucho todavía de serlo. Ayer fueron setecientos veinticuatro.

Lo que me aterra de verdad es que, con la situación que estamos padeciendo, con el agotamiento emocional, moral, mental que sentimos… Con la desazón, el miedo, la incertidumbre, el desconsuelo que nos embarga… Con todo, todavía haya gente con voz y voto insinuando que ahora lo que toca es salvar la Semana Santa. No, perdonen, lo que hay que salvar son vidas y poner todo el empeño en ello. Estas setecientas veinticuatro personas y tantas miles más no dejan de retumbarme en el alma y, como a mí, a todos aquellos que todavía conservamos algo de sacrificio y responsabilidad.

Descoser un amor

Con el lánguido pesar de quien todo lo dio, con el corazón revuelto de olvido y la conciencia dormida ya en calma, se enredan como madejas entre mis manos los recuerdos, tirando de sí a ratos, queriendo ser más de lo que fueron.

Acaricio el tapiz inacabado de la historia que tejimos poco a poco, sin darnos cuenta apenas, viviendo el momento entre los ojales del deseo y del misterio, intentando quizá perdernos en los perfiles de una costura mal dada, o tal vez cosernos ingenuos y eternos. 

Los flecos de nuestra pasión velada se airean ahora temerarios tras cada zurcido de excusas, mentiras, secretos. Las decepciones se mecen en el desánimo y sobrevuela tímidamente el tul de la tristeza. Se ovilla el estómago en esa especie de agotamiento que impide volverlo a intentar, y las palabras no pronunciadas se clavan como alfileres en los dedos.

Ya no basta con enhebrar nuestros cuerpos bajo las sábanas para remendarnos, ni bordar de ilusiones las promesas que no cumpliremos. Sin embargo, te confieso, extraño el tacto algodonado de tu piel y el terciopelo de tus besos en mis labios. Me enredo una y otra vez en este encaje de bolillos que es tu vida y la mía. Pero, ¿es eso lo que quiero?

De nuevo este extraño silencio.

Hilvano a tientas emociones desgarradas junto con esperanzas tan efímeras que mueren en su propia espera. Y ni siquiera tengo ahora palabras de despedida. Nunca imaginé que esta sería la silueta del adiós cuando la indiferencia se adueña del alma y puntada a puntada nos va descosiendo el amor. 

Naufragio

Abro con esfuerzo los ojos en medio de la oscuridad. Todavía no ha amanecido y hace frío. Tengo frío. Las mantas me envuelven, pero el calor me rehúye. Tiemblo. Siento los párpados pesados, doloridos. Los vuelvo a cerrar. Me cuesta respirar, las lágrimas de anoche se han hecho escarcha en mis fosas nasales. Tengo los labios resecos, se quejan sus grietas formadas de madrugada con mi propia sal. Entonces no, no lo he soñado.

Me palpo la cara, buscando más señales de realidad, confusa. Surcos de afluentes sin cauce me cruzan las mejillas y se pierden por mi cuello. El cabello revuelto como las sábanas, la almohada húmeda y viscosa como mis heridas, supurando decepción y rabia, miedo, incertidumbre, pena. Deseo.

Silencio. Las calles siguen dormidas, no sé ni qué hora es, ni cuánto tiempo he conseguido apaciguar los latidos que anoche me retumbaron hasta enloquecer. Más bien poco, a juzgar por mi estado de lentitud y desconcierto. Aún trato de entender qué pasó, cómo pudo ser.

Necesito ir al baño y comprobar si una pesadilla puede ser verdad. Si esta lo es. La imagen que me devuelve el espejo me hace flaquear. Una mujer de ojos hinchados y tez cadavérica me devuelve una triste mirada. Esa no soy yo. Y sin embargo, cuánto se me parece. Un escalofrío nace en mis pies desnudos al contacto con el mármol del suelo. Siento náuseas. Voy a vomitar.

Nunca me ha gustado la fragilidad de un cuerpo sumiso arrodillado ante el inodoro, pero no me queda más remedio que hacerle una repulsiva reverencia. El estómago escupe cruel en un cortejo fúnebre todas las mariposas ejecutadas que yacen en mi interior. Que ya no volarán más. Lloro por ellas y su ingenuidad.

Abro el grifo del agua caliente para llenar la bañera. Casi nunca la utilizo, la vida no nos deja ni tiempo para esos pequeños placeres. El vapor inunda poco a poco la estancia, empañando los cristales en un vaho persecutorio. Dibujo un corazón y le pongo tu nombre. Sé que eso también se desvanecerá.

Me desnudo sin prisa, recreándome en la belleza del cuerpo femenino y odiándome por ella. Ese es el único tesoro que muchos anhelan, y esa es mi terrible condena. Vuelvo a temblar de frío. Alcanzo a dedicarme una mueca vacía antes de que la neblina me borre. Estoy tan delgada.

Resignada, me sumerjo. Se me eriza el vello por un segundo, al contraste, pero pronto me adapto a la temperatura infernal. Me quedo largo rato inerte, acallándome, mecida por este mar improvisado. Cierro los ojos y dejo que los recuerdos felices me penetren suaves en un intento vano por salvarme. De ti, de mí, de todos.

Sin darme cuenta, las lágrimas han empezado a brotar de nuevo y se funden como ríos en un océano de fracasos, soledad y mentiras. Inhalo una bocanada de desesperación y me hundo por completo en esta bañera redentora. Oigo como un eco el sonido del agua desbordándose porque el grifo sigue abierto, y no me importa. Mi alma pide clemencia mientras me arrastra con furia este roto corazón. Sonrío levemente, quizá, en medio de una cruenta batalla de emociones y supervivencia, aunque tampoco estoy muy segura de eso. Yo solo quería que me quisieras…, pienso, y me dejo llevar.

Vencida, ya no soy más que silencio y efímeras pompas de jabón.

Pobre gente

Pobre gente esa que se siente superior moral, física, intelectual, económicamente. Pobre quien no sabe disculparse, quien jamás pronuncia un perdón, quien nada más sabe reprochar y embestir. Pobres los que solo en el ataque se sienten seguros. Pobrecitos.

Pobres los que se nutren de la crítica, del rencor, de la rencilla para fortalecerse. Pobre de los recelosos que ni de su propia sombra se fían. Pobre de la gente que vive sospechando el engaño, que piensa que todo lo que se cuenta es una gran mentira o encubre una intención oculta. Aquellos que no confían en nada ni en nadie, esos que imaginan que el mundo gira conspirador a su alrededor. Tan importantes son.

Pobre gente la que mira por encima del hombro, alardeando posesiones y no afectos, esa a la que le carcome la envidia por dentro. Pobre quien se vanagloria con orgullo innecesario y menosprecia con desdén al de enfrente, al que no entiende, al diferente. Pobres los que se postulan con fervor en el derecho a juzgar con la férrea vara de la hipocresía, de la doble moralidad.

Pobre esa gente que no es capaz de abrir su corazón si ello no implica un buen rédito a cambio. Pobre, y encima cobarde, quien solo espera el cómodo beneficio establecido y no se arriesga en la lucha por un deseo mayor. Pobres almas las que anteponen el dinero al amor… No tienen una idea de lo paupérrimos que son.

vacio (1)Pobres todos esos que no se atreven a ver con un prisma nuevo, que desconocen el valor de la empatía y que no prueban a ponerse en los zapatos del otro ni por simple curiosidad. Pobre gente la que exige con soberbia a cambio de nada sin valorar nunca el esfuerzo, el tiempo, las necesidades de los demás. Pobres esos que no reconocen los triunfos ajenos ni que alientan al prójimo en la búsqueda de un sueño. Pobres los que tiran por tierra cualquier iniciativa de cambio, son los que tienen más miedo.

Pobres los sabelotodo que pretenden imponer siempre su razón y presumen de la última palabra. Qué agotador. Los que se molestan con una decisión que descoloque sus expectativas, los que pretenden que estés siempre a sus pies y no puedan entender qué pasó cuando dejas de estarlo. Pobre gente que no perdona ni un simple tropiezo porque ellos nunca lo hubieran cometido. O eso creen. Seres perfectos que no existen, pobres todos ellos.

Pobres también los que te culpabilizan desde lo más miserable hasta lo más absurdo, incapaces de hacer cierta introspección de vez en cuando. Almas inseguras y desiertas que sobreviven queriendo poseer el control sobre el resto, dirigiendo sus caminos, alimentándose del otro, consumiéndolo para poder satisfacer sus propios vacíos, siendo pura toxicidad.

Pobre la gente que acecha el sufrir ajeno, la desgracia, los malos tiempos, como fieros animales carroñeros. Pobres los que presumen tanto de lo que carecen, con embustes y fantasías que terminan confundiendo con su auténtica realidad. Pobres los que reniegan de sus orígenes por vergüenza, como si maquillar el pasado lo hiciera mejor. Al contrario.

Pobres todos los perros de todos los hortelanos que ni comen ni dejan comer. Ellos que se sienten poderosos en el amarre sin saber que actitudes así solo invitan a querer soltarse. Pobre quien respira postureo hueco de emociones sinceras, repleto de falsedad. Pobre toda esta gente, sí. Pero aún más pobre y enferma esta sociedad que fomenta la disputa, el ego, el atropello, el afán por ostentar, la perfecta mediocridad… Escondiendo en los cajones lo que realmente cuenta en la vida.

Pobre, pobrecita de verdad.

La espada de Damocles

Confieso que hoy se me ha quebrado el alma. Esta mañana se ha celebrado el funeral de Estado por las víctimas que la COVID-19 nos ha dejado, y sigue haciendo, desde el pasado mes de marzo. Y me he dado cuenta de que nuestra mente posee cierta capacidad para asimilar, no sé si normalizar, las situaciones adversas cuando estas se prolongan en el tiempo. Nos hemos acostumbrado a los bailes de cifras, olvidando a menudo que tras ellas los bailes que cesan son vidas. Vidas de todo tipo, porque este virus no distingue edad, ni clase social, ni cultura, nacionalidad, sexo o religión. Vidas que esta mañana se me han antojado mucho más cercanas, más palpables, más certeras. Y he sentido un tremendo escalofrío doblegarme la costumbre por habernos habituado.

Porque todavía, a veces, lo tomo por irreal. Cuando camino por la calle y cruzo miradas sobre el horizonte de las mascarillas, vislumbrando sonrisas ocultas tras la tela, me pregunto cómo es posible que esto esté pasando. Más bien es como si se tratara del escenario de una de esas películas apocalípticas que nunca me llamaron la atención por ser inconcebibles, pura ciencia ficción que ahora ha cambiado de género para ser drama. Lo es. Un drama que nunca hubiéramos imaginado vivir y que en algunos momentos no creemos ni que lo estemos viviendo. Por supervivencia, quizá. Por descuido también.

Es cierto que el reloj no se detiene, que no podemos encerrarnos sine die en la cápsula del temor o la pesadumbre, que queremos salir y disfrutar, como siempre hemos hecho, como llevamos intrínseco en nuestro espíritu social. Sin embargo, la pandemia nos ha propinado un bofetón de crudeza y le ha puesto un precio muy elevado a la salud, esa silenciosa amiga que nunca valoramos hasta que la perdemos, y para entonces ya suele ser demasiado tarde. El coronavirus nos parecía algo lejano al principio, algo exagerado después, algo temporal incluso… Y así llevamos cuatro meses batallando con el desasosiego y la esperanza a partes iguales.

Oficialmente se cuentan más de veintiocho mil fallecidos en España, aunque otros datos, quizá de mayor fiabilidad, superan los cuarenta mil. Números que trazan estadísticas pero que surgen con nombres y apellidos, con historias contadas o por contar, con corazones latentes que de pronto se tuvieron que apagar en soledad, quién sabe si con angustia. No, no se lo merecían. Ni los ancianos en sus residencias, ni las mujeres y hombres que dejaron huérfanos tras ellos, ni los jóvenes que pecaron como tales al pensarse inmortales, ni los sanitarios que por su trabajo y vocación sacrificaron el regalo más preciado que poseemos: la vida. No, nadie merece un final tan frío y cruel como el que esta enfermedad provoca. Te despoja de ese último apretón de manos cargado de sentido, de esa última mirada implorando por la memoria, de ese roce de una piel que se desvanece entre los dedos. Te deja sin opción a nada, ni siquiera a un adiós.

Esta mañana, entre el dolor y alguna lágrima, ante los himnos, las músicas, las palabras… me he sentido egoístamente afortunada por no tener que lamentar una pérdida, por no tener que sentirme representada ante la ausencia de un ser querido. No obstante, la inquietud a que caiga la espada de Damocles persiste, y entonces es cuando siento el helor, la parálisis, el silencio. Puede que también el miedo. Miedo a la incertidumbre cada vez que se sale de casa y se regresa, por mucho que se tomen todas las precauciones y se actúe con extremo cuidado. Miedo a encontrarse un día mal, o raro, o distinto. A que pase, a que te toque, a los tuyos. A ser el centro de una diana, o ese zumbido que sigue esquivando balas. Miedo a que todo cambie en un segundo, porque es así como siempre cambia. Sin avisar, sin margen para pensar, sin retorno ni permiso.

Pero el miedo continuo consume y se vuelve insoportable. No se puede adueñar de nosotros ni condicionar nuestra forma de ser y de estar, nuestro carácter, el futuro, por incierto que sea. Supongo que ahí nace esa suerte de inconsciencia, u olvido, que nos permite avanzar en la cotidianidad sin pensar en el acecho de un virus sigiloso que sigue campando a sus anchas. Hasta que actos como el de esta mañana, cargados de triste emoción, te recuerdan cuán frágiles somos en realidad, y cómo queremos aferrarnos a los nuestros, y a la vida.

Confieso que hoy se me ha quebrado el alma.

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Antes de todo

¿Te acuerdas del último día que saliste sin temor a la calle? ¿De la última mañana que corriste por los pasillos del Metro para no llegar tarde? ¿Del último café que tomaste rozando tímidamente tus manos con otras? ¿De las últimas cervezas que fueron testigo de tus chismes y de tus risas? ¿Te acuerdas del último partido de fútbol que peleaste? ¿Te acuerdas de cómo la rutina era sólida y la vida fluía sin pensar? Parece que fue hace tanto que ya no sabemos si lo de antes era el sueño y esto la realidad, o viceversa. Lo único que ahora alcanzamos a procesar es que eso fue, en cualquier caso, antes de todo. De todo este caos, de todo este drama, de toda esta desolación, de todo este miedo, de toda esta impotencia, de toda esta rabia. Antes de todo, sí, antes, cuando la salud apenas nos importaba.

Y ahora estamos aquí, confinados, viviendo tras los balcones y las ventanas, como si no fuera real este vacío, este silencio, esta maldita calma. Y, como si de una pesadilla se tratara, cada mañana al abrir los ojos aguantamos por unos segundos una larga bocanada de aire para aceptar que estamos completamente despiertos y que todo esto es verdad. Pero que por lo menos seguimos respirando bien. Le pedimos al universo, al destino, a los dioses, a una fuerza sobrehumana, a la fe o la propia vida que nos proteja, que nos ayude, que nos siga manteniendo sanos un día más. Que esto acabe cuanto antes, que nadie más se contagie. Pero sabemos que nuestras plegarias son solo un acto de defensa ante nuestros propios pensamientos, y sabemos también que nadie escapa al infortunio. He ahí nuestro miedo. Contamos los días que llevamos sin contacto con el exterior, calculando las probabilidades de estar o no contagiados, de habernos librado ya, de salvar a los nuestros. Hacemos un recuento para sobrevivir. Quién nos lo iba a decir.

Hace apenas unas semanas nuestras preocupaciones iban por otros caminos. Vivíamos sumergidos en pequeñeces que nos robaban la energía, la alegría. Le dábamos importancia a asuntos que ahora ya ni siquiera recordamos. Batallábamos por cuestiones que ahora sentimos tan nimias que las hemos dejado de lado. Nos escudábamos en excusas para hacer y deshacer, y le echábamos la culpa al tiempo que nos faltaba para muchas tantas cosas. Pues ahora lo tenemos. Ahora que la vida nos ha enfrentado a nosotros mismos tenemos la oportunidad de salir de ésta siendo mejores, o por lo menos, siendo más sabios. Que este tiempo no sea en vano.

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