Llueve, amor, duele

lluvia2Llueve. Las gotas resbalan por su cara y se funden en su boca, tan saladas ellas. Un relámpago la deslumbra y sus ojos se ciegan durante una décima de segundo. Un trueno estremece su cuerpo, la asusta, la impresiona. Llueve aún más, con furia, con ganas. El viento sopla contra su ventana queriendo traspasarla hasta alcanzarla. Su reflejo demacrado ante el cristal la hace llorar. ¿Ésa es ella? No se reconoce entre tanta tristeza. ¿Dónde quedaron sus eternas ganas de reír? ¿Dónde se escondió su alegría, su fuerza? Ya no tiene nada, parece que ni tan siquiera lágrimas por derramar. Pero miente, todavía moran lágrimas rebeldes en esos cansados ojos negros, aún queda agua dentro por derramar. Agua estancada tiempo atrás, agua contenida en su cuerpo como una presa a punto de reventar.

Hoy que las nubes descargan la lluvia aliviadas, ella necesita también soltar su agua para liberarse de ese estigma que no la deja avanzar, pero un nudo en la garganta la sujeta con firmeza conteniéndole las penas hasta ahogarse en ellas. Confundida ve pasar a la gente por su calle, tan transitada siempre, tan llena de vida. Unos corren, otros hablan, otros ríen y probablemente alguno llora. Cada quien portando una mochila cargada de buenas y malas experiencias, pesada o liviana pero siguiendo adelante. Y ella, en cambio, se mantiene encerrada en el baúl del recuerdo en el que alguien un día la metió arrojando la llave de su libertad al fondo del mar. Tan prisionera como resignada, la comodidad de sentirse retenida la exprime hasta dejarla seca y débil. Ausente de todo, viendo avanzar los días en un abismo de locura gris, inmersa en esta lluvia que la moja pero que ya ni siente. No hay más que mirarla a los ojos para descubrir un océano turbio y revuelto tras ellos, un océano que intenta disimular pintando sonrisas fugaces con carmín. Ella no puede permitirse estar mal, no puede flaquear ante nadie porque nunca lo hizo y ya ni siquiera sabría cómo hacerlo… Siempre fuerte, segura y poderosa ante los demás. Pero frágil su alma se rompe silenciosamente como aquella pequeña taza de porcelana tan inalcanzable como quebradiza que todos odiábamos.

Un trueno, otro más. Un grito contenido y un respingo, aunque no lo suficientemente fuerte como para abrir sus ojos increíblemente apretados. Silencio. No quiere nada, no es nada, no siente nada. Tan vacía de emoción y tan llena de agua. Otra gota contra su ventana mientras ruedan sobre su rostro muchas más, buscando las cicatrices invisibles que aquellos labios en otros tiempos dejaron en su cuello. Pero las lágrimas caen en precipicio mojando el suelo de su habitación tal como se forman los charcos al otro lado de su dorada jaula. Las compuertas de su alma se resquebrajan al compás de este goteo lento pero incesante que saborea su piel queriendo alargar y embellecer la condena de su pesadumbre. Suavemente, sin torrentes ni sollozos. Una pausa y poco a poco otra lágrima construye de nuevo ese camino de sal por su mejilla izquierda. Siempre es primero el lado izquierdo, el del corazón, el del dolor. A ella le sigue otra, por el mismo sendero que la anterior. Parpadea intentado salvar la inundación de sus ojos mientras se muestra tan tranquila… Mucho más que el viento que azota los árboles del jardín, porque no hay huracán que pueda hacerla mover esta noche. Anclada, atada, aprisionada. Tan fría, conteniendo la respiración y tan quieta que parece a punto de morir. El aire intenta volver a ella a través de su ventana como un soplo de vida o de esperanza. Pero de nuevo frente a su reflejo borroso, distorsionado, roto de dolor, intenta una sonrisa y sólo consigue trazar muecas desfiguradas que no dicen nada. Busca despertar un destello en su mirada al recordar quién fue en otra vida, cuando el sol brillaba cada mañana, cuando se bañaba de luz, cuando lloraba de alegría y no de miedo. Aquella vida lejana en la que las ilusiones eran más fuertes que los temores, y los nervios eran de emoción y no de angustia. Cuando se mecía suavemente con la brisa marina y miraba al cielo siempre sonriente y esperanzada. Cuando su realidad era tan distinta que hoy en el desconcierto se pierde y se marea. No sabe quién es en realidad ni tampoco cuándo y cómo acabará esta eterna noche de lluvia y helor, no tanto allá afuera como en su alma.

Suena una melodía antigua de fondo, tremendamente romántica… Se deja envolver por su sonido, que confundido con el murmullo de la lluvia la empuja hasta él. Enredada entre tantas dudas se pregunta si fue real o nada más se enamoró de una maravillosa mentira. Lejos quedan ya aquellas noches de miradas, caricias y pasión… Y aunque sabe que es insano intentar reproducirlas en la soledad de su cama, con palabras que prenden y sin aquel cuerpo que la alivie, no puede dejar de desearlo. Pero ¿qué le queda? Seguir amándolo a oscuras, en secreto y en silencio. Guardando ese amor en su alma, protegido hasta de ella misma, porque a veces confesarlo duele más que callarlo.

A nadie le importan sus lágrimas porque nadie sabe de ellas. Ella es su dueña, ella las sufre, ella las posee y ella las retiene. Son suyas igual que sus penas, sus desdichas, sus vacíos y sus miserias. Esta noche se consume entre susurros y sollozos esperando tras su ventana sabiendo que ni un milagro se lo traerá. Es por eso que llueven sus ojos, y es por él que llora su alma.

Vuelve.

Carta a mi ‘Titi’

Tenemos la fea costumbre de llegar tarde a los momentos: nunca decimos lo que queremos cuando queremos, no sabemos gestionar los tiempos, nos arrepentimos demasiado tarde, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos ni le damos confesión al alma cuando aún podemos. Por miedo, vergüenza, desgana o quizá por demasiada seguridad. Creemos que todo va a ir siempre bien, que habrá tiempo para hablar y para amar, otro día más, mañana mejor, ahora no puedo, después nos tomamos ese café. Pero la vida no tiene condescendencia y lo que no haces, dices o sientes en su momento te pasa factura más adelante, quizá cuando ya no hay vuelta atrás. ¿Y entonces? Entonces, el arrepentimiento.

No sé si esto que hoy escribo es una forma de alivio personal o de conformismo con la situación pero espero no llegar demasiado tarde para que escuches todo aquello que nunca dije. Para que escuches, por ejemplo, que el primer recuerdo que tengo de ti se corresponde con la imagen vaga y difusa de un hombre que vino de lejos, al que en mi casa llamábamos «titi»en vez del tradicional «tío» y que siendo yo la pequeña de la familia me vi obsequiada con el juguete de moda por aquellos inicios de los 90: un muñeco llamado Penique, vestido de marinero, flexible y casi de mi tamaño. Supongo que a esa edad lo que cuenta son los regalos y poco más puedo recordar de aquella primera vez.

IMG_20150825_131501Por la distancia geográfica y otros azares durante años sólo fuiste aquel tío casi intangible para mí que vivía lejos en el exotismo de una pequeña ciudad al norte de África, porque durante mi infancia yo no tuve la fortuna, como sí mis hermanos, de acumular vivencias reales junto a ti y los tuyos. A mí me tocó otra época, otras circunstancias, mi niñez sin Melilla, mis raíces cortadas. Hasta que de nuevo por otros azares ese lazo se fortaleció y las visitas se hicieron más seguidas, la sangre más auténtica y mi sentimiento de pertenencia a esa tierra tuya y también mía mucho más profundo.

Veranos, bodas, viajes de la nada y porque sí… Compartiendo momentos de risas, de alegría y sobre todo de optimismo y vitalidad, porque ese eres tú. Ese eres y siempre serás aunque el cáncer te mine hasta el tuétano y ya ni aliento de fuerzas puedas espirar.

No me imagino qué pasa por la mente de alguien que sabe lo que viene, que tiene tiempo para ver el final y que lo sufre como lo estás sufriendo tú, pero supongo que uno echa la vista atrás para enorgullecerse de cosas, arrepentirse de otras, y preguntarse alguna más. Y entre esas cuestiones yo sé que te preguntas qué pensamos de ti. Pues bien, lo primero que pienso de ti es que eres un superviviente nato. Un hombre luchador y optimista hasta el extremo, seguro de su valía y de que todo va a ir bien. Buscador de soluciones, más o menos acertadas imagino que como todos, pero siempre hacia adelante. Incluso cuando la enfermedad llamó a tu puerta no fue más que «un bicho» que ibas a matar. Pero a veces la vida, por más ganas que le eches, termina siendo muy puta.

Recuerdo anécdotas que me ha contado mi madre de vuestra infancia: tu forma tan especial de nombrarla, tus palabrejas cuando empezabas a hablar y lo difícil que era entenderte, tus travesuras épicas, siempre en movimiento, siempre inventando qué hacer. Imagino que lo que uno es de niño lo lleva siempre dentro, pulido por los años y la experiencia quizá, pero no deja de ser la esencia de todos nosotros. Por eso de adulto, que es lo que los demás conocemos de ti, has seguido siendo ese hombre impetuoso, de genio y figura, de chistes, de voz fuerte y de mirada socarrona.

Y con ese tú me quedo yo.

Ahora que todavía tengo tiempo quiero que sepas que eres realmente importante para mí y para quienes han tenido el placer de conocerte. A lo largo de la vida no faltan los acompañantes, sobre todo en los tiempos de dicha, pero son aquellos que quedan al final los que revelan quién fuiste. Y tú has tenido que hacer las cosas muy bien para que tu mujer, tus hijos, tus nietos, tu hermana, cuñados y sobrinos, y tus amigos de cuna, juventud y vida sigan estando contigo en tu lucha y en tu paz.

Sólo las buenas personas consiguen tener eso y tú, Titi, nos tienes a todos.

Siempre nos vas a tener.

Enfermos sociales

la-esclavitud-43659551Vergüenza. Indignación. Rabia. Pena. Asco…Todo ello concentrado en el escaso minuto que duran las crueles imágenes que esta semana le robaron protagonismo al fútbol y que me dejaron completamente en shock, como a la mayoría de personas civilizadas.

No se puede decir lo mismo de los indeseables que el martes pasado se mofaron sin compasión de un grupo de rumanas que pedía limosna en la Plaza Mayor de Madrid, lugar por excelencia de encuentro entre turistas y capitalinos. Lugar que se convirtió tristemente en el centro de la humillación mundial por parte de un grupo de hinchas del PSV Eindhoven que aterrizaron en la ciudad no sé bien si para animar a su equipo que se enfrentaba al Atlético o para dar rienda suelta a sus más bajos instintos amparados en la cerveza y la impunidad que la multitud siempre concede.

Nadie a estas alturas creo que ignore lo sucedido cuando esos supuestos aficionados al fútbol se dedicaron a lanzar monedas al suelo para que las mujeres se pelearan por el botín al compás de unos «olés» que jaleaban sin gracia el toreo al mendigo. Un botín, por otro lado, compuesto por céntimos de cobre y algún billete quemado con asquerosa altanería a cambio de bailes, flexiones y mofas. El incidente, o mejor dicho la inhumanidad, terminó cuando la policía se llevó a las mujeres de la plaza y escoltó a los aficionados hasta las cercanías del Estadio Vicente Calderón. Curiosa solución.

Al día siguiente en Barcelona se disputó otro encuentro de Champions entre el club azulgrana y el Arsenal inglés. Algunos hinchas gunners decidieron emular lo acontecido en Madrid burlándose de un indigente con discapacidad física que suele pedir limosna por la Plaza Real catalana. Aunque no llegaron a tanto, los actos son igualmente condenables.

Como lo son los que se produjeron el jueves antes del partido de Europa League que enfrentó a la Lazio de Roma y al Sparta de Praga en la capital italiana. No sé si intentando hacerla mayor o por querer ganar un absurdo protagonismo, un grupo de seguidores checos acorraló a otra mujer que mendigaba sentada en el suelo para terminar orinando sobre ella. Al verlo quise vomitar.

Y me pregunto qué nos está pasando. Hacia dónde vamos. Qué es lo que nos genera tanto odio, tanto rechazo al otro, tanta vejación, tanto dolor. Qué sociedad tan enferma estamos permitiendo o creando. Cómo es posible que en un mundo cada vez más destinado a la globalización exista más racismo y se levanten más fronteras. A qué tenemos miedo. Qué intentamos proteger con estos ataques. ¿O es una cuestión de sin razón? Actos vandálicos que ya no se conforman con destrozar el mobiliario urbano de ciudades ajenas sino que la toman con los más indefensos. ¿Es la eterna guerra del fuerte contra el débil? Me recuerda a aquella teoría del filósofo Thomas Hobbes que defendía que el «hombre es un lobo para el hombre», ¿es la propia naturaleza del ser humano mantenerse en constante competición en una guerra de todos contra todos sin dudas morales?

Viendo lo ocurrido en tan sólo tres días en un ambiente que debería ser deportivo y festivo da la sensación de que estamos mucho más cerca de esa corriente filosófica que de la contraria. Y ya no sólo por el desagradable simbolismo que estos actos provocan, a fin de cuentas quiero pensar que es el resultado del vacío ético de unos cuantos borrachos degenerados. Pero me pongo a pensar en las más altas esferas del poder y me alarma la impermeabilidad de los gobiernos frente al racismo y la xenofobia, y su doble vara de medir. No me gustan los tratados ruines que se firman en despachos a miles de kilómetros del drama de los refugiados sirios, y me asquea que millones de votantes le consientan una burrada tras otra al fantoche Donald Trump.

Cada vez me cuesta más ver ese tipo de imágenes y escuchar esas barbaridades sin un nudo de rabia alojado en la garganta y lágrimas de vergüenza ajena en los ojos. Pero puede que tenga que entender que era Hobbes quien tenía razón en su tesis, aunque sé que en mi naturaleza romántica siempre seguiré siendo un poquito más de Rousseau.

 

 

 

 

 

 

El poder del miedo.

El mundo está conmocionado y yo llevo varios días dándole vueltas a lo mismo entre el pesar de la desgracia y la rabia de la impotencia.

Asisto incrédula a la barbarie que asoló París ese viernes trece y negro que será difícil de olvidar, como lo es el 11S estadounidense o nuestro 11M de terror en Madrid, entre otros. Fechas que quedan grabadas en la memoria occidental y democrática y que funcionan como resorte para movilizarnos en rezos, plegarias, flores, velas blancas y lutos. #PrayforParis

Pero, ¿por qué rezamos por París? ¿Por qué las redes sociales se inundan de torreiffeles y de fotos parisinas de «yo estuve allí»? ¿Por qué nuestra bandera también es la francesa? ¿Por qué pedimos ahora vivir en paz? Porque nos sentimos vulnerables. Porque te puede pasar a ti. Porque al fin y al cabo las 129 víctimas de los atentados del pasado viernes son como tú y como yo. Salieron una noche cualquiera a cenar, a divertirse en un partido de fútbol o a bailar. Eran personas con vidas normales y corrientes, acostumbradas al bienestar, la confianza y la seguridad de una sociedad libre, fraternal e igualitaria. Como tú, y como yo. Y esa proximidad es la que nos asusta de verdad.

Nos compadecemos de los refugiados sirios, sí. Sabemos que su drama es inmenso y que perdura (y lo hará) en el tiempo sin que ningún gobierno se ponga de acuerdo sobre qué hacer con sus fronteras. Vemos imágenes sobrecogedoras de un país que vive bajo la dictadura del terrorismo y el yugo del bombardeo diario. Pero no es la primera vez que esto pasa, desde que tenemos uso de razón Oriente Medio está en guerra y nos parece normal o por lo menos, en cierta manera, irrelevante. El mismo viernes trece y negro murieron 43 personas en otro atentado en Beirut, pero no hubo velas ni condolencias mediáticas, porque allí están «acostumbrados» a vivir así. Somos inmunes frente al hambre, a la guerra y a la pobreza de medio mundo. Pero no lo somos frente al terror en nuestra casa.

Por eso, cuando pasa, nos ataca de verdad. Porque más allá de la muerte de víctimas inocentes (tan inocentes como los civiles que pagan por las guerras de otros) lo que un atentado terrorista de esta índole pretende es golpear nuestro espíritu democrático y bondadoso, donde «las cosas malas» no pasan aquí. El shock social que se produce es tal que ya circulan por whatsapp mensajes de alarma alertándonos de atentados inminentes a la vuelta de la esquina y recomendaciones para no salir de casa. El pánico tiene los pies rápidos y los terroristas saben jugar con él. Ahí es donde nos golpean. Y es ahí donde los gobiernos tienen que saber responder.

Lo acontecido en París es solamente el último episodio de lo que lleva años gestándose bajo la sombra del islamismo radical (y no del Islam) que cada vez se presenta más capacitado y poderoso para hacer daño. Sirviéndose de las redes sociales y de la propaganda violenta y publicitaria que supone un atentado, no es difícil captar a una parte de la sociedad que, aunque viviendo en un país democrático y siendo ciudadano del mismo  por segunda e incluso tercera generación, se sigue sintiendo marginal y fuera de.

Así, lo que ISIS consigue es captar a esa parte minoritaria pero peligrosa de la sociedad para, una vez reclutados y amaestrados en sus filas, devolverlos a sus lugares de origen para perpetrar el ataque a su propio país. Y como un caballo de Troya, ISIS deja de estar nada más en Siria, Líbano, Irak… Para estar también dentro de nuestra propia casa. Y entonces es cuando nos damos cuenta de lo que es el poder del miedo.

 

 

La realidad es Aylan.

Puede que esto que escribo hoy me nazca demasiado de las entrañas, puede que no sea objetiva ni que sepa plasmar en estas letras la veracidad y la rigurosidad que como periodista debo tratar de conservar. Quizá no tengo todos los datos y mucho menos soy experta en el tema, pero si me atrevo hoy a escribir acerca de un asunto tan absolutamente dramático es porque ante todo, soy humana.

Y como humana me siento profundamente avergonzada de lo que está sucediendo en mi hogar, que es el mundo. Quien a estas alturas no sepa quién es Aylan o de qué hablo cuando me refiero a esta situación es que vive en otro planeta y le interesa muy poco lo que ocurra en el nuestro. Y lo que ocurre no es nuevo, por desgracia. Guerras siempre hubo, matanzas, crímenes, injusticias, dramas por doquier. Forma parte, supongo, de la condición humana o del curso de la sociedad. Y sin embargo me pregunto hasta cuándo. Hasta cuándo matarse entre hermanos o pelear por un trozo de tierra. Hasta cuándo bombardear ciudades enteras en nombre de un Dios u otro. Hasta cuándo destruir siglos de civilización de un plumazo. Hasta cuándo anteponer el negocio a la vida. Hasta cuándo mirar para otro lado.

Tras la publicación de la fotografía de Aylan tendido muerto en la orilla de una playa turca se ha reabierto el debate periodístico acerca del valor de la información. Eso me ha hecho recordar mis tiempos universitarios y aquellas clases en las que también debatíamos si era necesaria una imagen para apoyar una información o si se trataba de puro amarillismo. Ahora sucede lo mismo y la prensa está dividida. Muchos medios no han sacado la fotografía ni siquiera en páginas interiores, mientras que otros han decidido usarla en sus portadas, para escándalo de muchos.

Siempre fui muy crítica con el uso de según qué fotografías cuando éstas no aportaban más que morbo a una información de por sí ya comprensible sin ningún tipo de refuerzo visual. No me gusta el uso de los charcos de sangre para indicar que allí se produjo tal asesinato, por ejemplo, porque lo encuentro innecesario. Sin embargo, aunque detesto ver el hambre y la guerra mientras disfruto tranquilamente de mi plato de macarrones, entiendo que eso sí debe publicarse, porque sucede. La pregunta es ¿la fotografía de Aylan era éticamente necesaria?

Escucho voces que dicen que ya basta de repetir la misma imagen en todos los noticieros. Voces que se resguardan de la realidad porque les parte el alma. Y otras voces, entre las que esta vez y de forma casi impensable me uno, gritan que esa fotografía sí es absolutamente ineludible. Muy probablemente estaremos al día de la situación de Siria, de África, de Oriente Medio y del mundo en general sin tener que recurrir a imágenes tan crudas. Sabemos de las movilizaciones masivas, de los trenes que parten de Budapest con gente colgando de las ventanillas hacia un futuro mejor, conocemos el drama de las pateras en nuestras propias costas y el desgarro de pueblos enteros en el exilio. Somos conscientes de lo que existe, pero a veces nos aferramos al ojos que no ven, corazón que no siente, y de forma imperceptible nos sabemos inmunizados.

En cambio la foto de Aylan ha provocado una reacción. Y esa reacción, una movilización. Y de repente parece que despertamos del letargo y todos abrimos los ojos. Porque no concebimos que un niño de tres años perezca en la playa en la que debería de estar jugando. Ni que sus padres tuvieran que subir a un bote para buscar un lugar en el que simplemente poder vivir. Pero Aylan y su familia no son los únicos. Se contabilizan más de 3.000 fallecidos en lo que llevamos de año en el Mediterráneo y no es hasta ahora cuando escucho realmente a algunos políticos hablar con el corazón. Esos políticos que pueden dedicar madrugadas enteras a negociar nuevas condiciones económicas para Grecia, esos políticos que se refugian en Bruselas y que hacen de esta Europa vieja y desgastada su trinchera, tienen que reaccionar de alguna manera.

Si la fotografía de Aylan es cruda, más cruda es la realidad. Al fin y al cabo, no hay nada inventado en esa imagen. Eso sucede a diario aunque no lo veamos. Y los gobiernos pasan de puntillas por el tema de las migraciones y los refugiados, echando balones fuera y contando los kilómetros que los separan de las fronteras más conflictivas. Que se arreglen los países del sur con su mar Mediterráneo, que se arreglen los países del este con sus trenes aglomerados. Que se arreglen como puedan esos miles de seres humanos…

Espero que más allá del debate generado por esta fotografía y de echarnos las manos a la cabeza por ella, Aylan sirva de resorte para allanarle el camino a todos los que siguen luchando por alcanzar un lugar en el que vivir mientras huyen de sus casas, y para que tanto los gobiernos que se queman las pestañas negociando deudas como, sobre todo, los poderes fácticos que nos esclavizan sean por una vez algo más humanos. Soy consciente de que abrir las puertas de forma irresponsable y descontrolada tampoco es la solución, pero mucho menos lo es mantenerlas cerradas.

No olviden que un día Europa también tuvo que refugiarse de su propia guerra.

A %d blogueros les gusta esto: