México: el ombligo de la luna

Extraña es esa sensación que te hace querer volver una y otra vez a un lugar que no te pertenece por nacimiento pero que te regala siempre que lo visitas un pedazo más grande de su esencia, que es interminable. Extraña como esa sensación es también la experiencia de crecimiento y aprendizaje que durante un tiempo me brindó ese lugar, indispensable para ser hoy quien soy. Y por encima de toda esa extrañeza está la del propio México: surrealista, desconcertante y mágico.

Recuerdo la noche en que llegué por primera vez y cada una de las sensaciones que me fue provocando aquel trayecto en coche desde el aeropuerto, mi primer contacto con el entonces Distrito Federal. Recuerdo el Ángel de la Independencia iluminado, las grandes avenidas contrastando con otras callejuelas llenas de puestos de comida, el cableado, los carteles publicitarios… Y sobre todo recuerdo aquella sensación de atracción, curiosidad y respeto que nació una noche de verano de hace seis años y que me sigue acompañando hasta hoy.

Cuántas veces me han preguntado por qué México, si lo que nos llega en las noticias no es nada seductor. Pues México fue por una mezcla de memoria infantil, de encanto aventurero, de necesidad de cambio y de amor. Y al final, de todo lo que yo esperaba encontrar allí, México me devolvió muchísimo más. Puede que algunas expectativas fallaran, siempre pasa, pero con la perspectiva del tiempo me doy cuenta de que lo que me dio, con sus ratos buenos y algunos no tanto, es ahora mucho más importante en mi vida que lo que yo pretendía encontrar. Porque México me dio calidez, seguridad, apertura de mente, fortaleza, tolerancia, paciencia. México me recordó algunos valores que por este lado del mundo se están perdiendo, me regaló algo más de humanidad, de sentido colectivo, de improvisación, de amistad. México me hizo entender muchas cosas y relativizar tantas otras que hasta entonces ocupaban sin demasiado sentido mi mente. No sé si puedo decir que México me hizo mejor, pero lo que es seguro es que me hizo muchísimo bien.

Porque México es, en pocas palabras, una bella contradicción. Es ese lugar en el que se festeja la muerte y hasta la muerte, porque alguien siempre tiene tiempo y ganas de tomar. Es un desayuno que termina en cena, y una cena que nunca tiene hora para terminar. Son niños pidiendo en la calle a dos cuadras del mejor barrio residencial. Es el lamento de las familias de miles de asesinados y desaparecidos, pero es también el alegre grito de un mariachi haciéndote estallar. México son bailes de cifras dispares, dimes y diretes, cálidas palabras y cierta irresponsabilidad.

Es tardar dos horas en llegar a un restaurante al otro lado de la ciudad y olvidarte con el primer trago del tráfico que te hizo desesperar. Es aprender a no mirar más el reloj porque sabes que allí no impera precisamente la puntualidad. Es concertar una cita a las ocho y llegar a las nueve sabiendo que probablemente aún no habrá nadie más. Es pararte a comer unos tacos en cualquier puesto callejero a cualquier hora del día (o de la noche) así vayas con traje y corbata, en zapatillas o vestido de gala. México son Juan Gabriel, Luis Miguel y Chavela Vargas, porque no olvidemos que los mexicanos nacen donde les da la rechingada gana. Es despertarte maldiciendo esa cantinela que como una letanía anuncia tras el megáfono que “se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas… ” y dar un respingo cada vez que el carrito de los tamales pasa ruidosamente vendiendo por tu calle.

México es país de religión y tradición, de culto a Nuestra Señora de Guadalupe y a la Santa Muerte. Es devoción, paganismo, mito y superstición. Es crear lo imposible y ponerse trabas en lo más fácil; es ganarle a la férrea Alemania y caer con estrépito ante Suecia. México es música, es fiesta, es tequila y mezcal… Es su gente, su dificultad para decir “no”, sus rodeos interminables, sus ahorita que no llegan. Es perderte en su lenguaje rápido y ácido, es caer en el albur cientos de veces, es compartir la riqueza de un mismo idioma siendo a veces tan diferente. Es la eterna discusión de los acentos, las costumbres, la cultura y la historia que unos creen y que otros no quieren contar. Es la lucha contra el cliché que separa a las personas pero también el olor a rancio de aquellos que aún destilan clasismo en su forma de ser y de actuar.

México es una tierra singular hecha de piedra volcánica, de llanuras desérticas, de selva y de mar. Es un país de altura geográfica y no tanto de miras, acongojado históricamente por el vecino del norte con su fanfarronería habitual. Es un país potente acorralado por malas decisiones pero con unas infinitas ganas de mejorar ocultas a veces tras el conformismo y la idiosincrasia propias de la sociedad. Pero quizá ahí resida uno de sus encantos: no sabes si van, si vienen, si esperan, si luchan, si se reivindican o se resignan, si lo dejan todo en manos de quien los persigna. En definitiva, es vivir al límite sin saber muy bien qué se puede esperar.

Cuenta la leyenda que todo el que visita México llora dos veces: una cuando llega y otra cuando se va. Y aunque en mi caso no me sacudió el llanto en la ida debo confesar que hasta la fecha nunca he conseguido despedirme de esa maravillosa tierra azteca, bautizada en Náhuatl como “el ombligo de la luna”, sin un nudo en el estómago y sin miles de lágrimas batallando por escapar. Porque de todos los temblores que allí me tocó vivir al final descubrí que ninguno es tan doloroso como el que te sacude el alma cuando dejas México atrás.fondo-de-lettering-de-viva-mexico-con-aguila_23-2147703777

 

Coco: un homenaje a México

La crítica es unánime: Coco, la última de Pixar, es “una carta de amor a México” tal y como la describió su director Lee Unkrich. Desde que supe que la factoría de animación tenía entre manos una historia ambientada en el Día de Muertos estaba deseando ir a verla aunque no sin cierto miedo a que me pudiera decepcionar después de tanta espera por si no se reflejaba realmente lo que representa esta festividad (no puedo olvidar la quema de fallas valencianas en la Semana Santa de Sevilla que vimos en Misión Imposible 2, por citar sólo alguna cagada en lo que a ambientar tradiciones en el cine se refiere). Pero para mi grata sorpresa, Coco no puede ser más mexicana, y a mí no puede haberme gustado más.

Sí, es cierto, tengo debilidad por México y el primer fotograma ya me provoca una sonrisa: lista para disfrutar de un rato agradable, divertido, emotivo, tierno, curioso, festivo. Seguramente para mí es complicado despojarme de la dosis extra de sentimiento que me provoca el sonido de un mariachi o ver el papel picado ondear, pero creo que todos pueden encontrar en Coco la singularidad de México y confío en que despierte la curiosidad de aquellos que sólo conocen el país azteca por las malas noticias que nos da la prensa. Sí, claro que existe ese México negro y vergonzoso, pero quién no tiene trapos sucios por lavar. México también desprende, como Coco, esa luz, ese color, ese folclore, esa vida.

Y es curioso que hablemos de vida en una cinta que gira en torno a la muerte. Y sin embargo, no hay dolor en ella porque precisamente los mexicanos no sienten la muerte como un sinónimo de tristeza sino como una consecuencia vital, incluso los más pequeños. El mundo de los muertos le enseña a Miguel, el niño protagonista que persigue su sueño de ser músico aun teniendo a su familia en contra, su lugar en el mundo de los vivos. Los valores, la tradición, el vínculo con nuestros antepasados, el poder conocer nuestra historia y la importancia de las raíces que nos hacen ser quienes somos y aprender a determinar hacia dónde vamos. El Día de Muertos es la tradición más representativa de México y como para muchos mexicanos también es mi preferida. Me parece absolutamente humano el duelo y perfectamente inteligente su aceptación a través de la celebración. Porque tal y como queda fielmente reflejado en la película morimos cuando ya nadie nos recuerda, no cuando dejamos de latir. Por eso es tan importante toda la simbología que rodea a la muerte en México, desde las dulces calaveritas de azúcar hasta los altares de ofrendas para evocar el recuerdo.

México es un país de peculiaridades, mucho más atractivo en ellas que en sus generalidades. A México lo hace único sus creencias, su música a veces alegre y otras desgarrada, llorona. Su mestizaje cultural, la perduración de lo prehispánico en armonía con lo actual, la supervivencia de los oficios de tradición y la tradición en sí misma como pilar fundamental del arraigo familiar. Coco está llena de todo eso, es un claro reflejo de México para el mundo, pero la película también nos regala muchísima simbología local (y muy acertada por parte de Pixar) que sólo los mexicanos o los que hemos tenido la oportunidad de vivir México podemos reconocer, desde el simpático perro xoloitzcuintle que acompaña a Miguel allá a donde vaya, símbolo del dios mexica Xolotl como guardián del inframundo que ayuda a las almas a cruzar al Mictlán, el “lugar de los muertos”, hasta la aparición de los alebrijes, esas figuras de colorida fantasía que nacieron durante el delirio febril de un artesano del papel maché allá por 1936.

Las referencias a la lucha libre, los elotes callejeros, la chancla de la abuela, los diminutivos cariñosos al hablar y la fortaleza al actuar, el chico con la camiseta de la selección mexicana, las animadas fiestas de los pueblos, las piñatas colgadas, el camino de flores de cempasúchil en el puente que une los dos mundos y un pétalo de esa flor como llave para conseguir una bendición, eso que aún otorgan las mamás y las abuelas mexicanas, son pequeños grandes detalles de la cotidianidad en México. Además, la aparición de personajes como Frida Kahlo o el Santo y todo un elenco de celebridades como Cantinflas, María Félix, Jorge Negrete, Pedro Infante… Hacen de Coco, en definitiva, un bello y colorido homenaje a México. A ese México surrealista, lindo y querido por tantos, pintoresco. Al México que tuve la oportunidad de descubrir en primera persona, de respirar, de saborear. El México que cautiva con su luz, sus colores, su calidez. Ese gran desconocido que te atrapa el alma mientras lo descifras. Enhorabuena Pixar por conseguir emocionarme con diversión y alguna que otra lágrima llevándome de nuevo al México del que un día me enamoré y al que nunca podré dejar de querer.

CzAJaCAVIAAcQos

 

 

 

 

México 

Hay lugares que se te quedan en el alma, lugares en los que regresar es como un soplo de vida, lugares que nunca quieres dejar. Existen paraísos terrenales, los he visto. Hay ciudades insulsas y otras realmente bonitas, también las conozco. Hay atardeceres de película, amaneceres de cuento. Hay infinidad de sitios por recorrer, el mundo es tan grande… Y sin embargo siempre hay un lugar que se convierte en tu debilidad, que te atrapa aunque no sepas por qué. Y yo hace tiempo que tengo el mío.

Puede que sea por su extraña belleza o puede que sea la magia de su propio surrealismo. Puede que sea su encantador desorden, sus caóticas avenidas, su pinche desmadre. A lo mejor son los olores a guiso, a tacos, a pozole que inundan sus calles. Quizá son las sonrisas, el alboroto, los colores. O el acento, su forma de hablar e incluso de alburear. Ándale, quizá sea también eso. Pero por encima de esas circunstancias que da la tierra, que son las que son, están las personas. Y ellas son las que nos atrapan de verdad. Quizá mucha gente no me entienda, seguramente aquellos que no han tenido ocasión de vivirlo a mi manera o de estar en mi piel, de haber conocido México a través de mis ojos y junto a mis personas. No lo sé ni voy a tratar de convencer a nadie de las maravillas de un sitio ni de sus inconvenientes tampoco. Hace tiempo que dejé de debatir ese tipo de cosas, que si la calidad de vida, que si las oportunidades, que si el bienestar… ¿Dónde se vive mejor? ¿En qué lugar? Como si las comparativas hubieran dejado de ser odiosas alguna vez. No, no se trata de nada de eso, volvemos de nuevo a las circunstancias. 

En realidad se trata, como decía, de las personas que construyen los lugares. Las personas que hacen de México un pueblo grande en alma más que en tamaño, que ya es mucho. Su fuerza, su energía, su solidaridad, su dedicación… Sobre todo en las malas, cuando de verdad se les necesita. Siempre he admirado el amor que le demuestran a su país los mexicanos, el empuje y el optimismo en cada momento. Son unos chingones. Si pierden un partido le mentan la madre a los jugadores pero no dejan de alentarlos el siguiente domingo. Se quejan de ellos mismos, sí, de su burocracia, de sus corruptelas, de sus inseguridades y oscuridades y seguramente muchas veces no hacen nada al respecto porque piensan ¿para qué? Y realmente no hay pensamiento más humano. Pero cuando hay que estar a una, están unidos como los mejores y a mí, precisamente ahora, me da muchísima envidia. 

Eso es lo que me gusta de México, eso y las personas que me han permitido descubrir desde hace años cómo es realmente su país, con sus luces y sus sombras. Mis mexicanos que me acogieron desde el minuto uno con gran cariño y que me han enseñado tanto en nuestras similitudes y diferencias son los que le dan sentido a su tierra, y a mi profundo amor por ella.

Hoy entendí que hay lugares que se te meten tan adentro que cuando tiemblan, tiemblas tú también con ellos. 

Me dueles, México 

“A México no se puede ir”. Esta sentencia, casi amenazadora, me encontré ayer en boca de varias personas tras conocerse el terrible asesinato de la española desaparecida hace días en la capital mexicana. Me cayó como un jarro de agua fría.

Ante todo vaya por delante mi pésame a sus familiares y mi absoluta consternación por lo ocurrido. Viendo cómo han transcurrido los hechos pone los pelos de punta pensar que le puede pasar a cualquiera, también a ti que vives allí o a mí que voy y vengo, por qué no. La proximidad emocional o el paralelismo con las circunstancias es lo que realmente te sacude el alma y te hace reflexionar. Porque esta vez no fue el temido y asumido narcotráfico…

Parece que cuando las tragedias suceden en lugares que ni nos van ni nos vienen pasan inconscientemente a un segundo plano. Los ajustes de cuentas, los crímenes en los pueblos perdidos de la sierra y las penurias de gente con la que nada aparente nos relaciona siempre suelen verse de otra manera. Distante en lo personal y egoísta en lo humano, sí. Sin embargo cuando esa desgracia se torna factible en tu propio mundo da más que pensar. Y eso es lo que me sucede con este caso, que sin conocerla a ella, sus circunstancias crean empatía. Al menos a mí, que tengo amigos trabajando en Santa Fe y viviendo en Polanco, y que yo misma he paseado por ambos lugares, como por muchos otros de la inmensa ciudad, con tranquilidad pero con ciertas precauciones. Y si es por conocer conozco hasta Toluca, lugar donde fue encontrado el cadáver. Que la chica fuera española y se confesara además enamorada de México (como leí en algunos lugares) me acerca más si cabe al dolor, la rabia y la indignación.

México no es un país seguro. Homicidios, desapariciones, secuestros, extorsión… El último informe presentado por la asociación Alto al Secuestro cifra en 7.846 el número de raptos desde que comenzó la legislatura de Peña Nieto en 2012 hasta ahora, lo que equivale a una media de seis secuestros diarios en el país, siendo en este aspecto el Estado de México el más complicado con diferencia. Pero a esas cifras hay que sumarle los crímenes del narcotráfico, las desapariciones que no se esclarecen (nadie olvida a los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014), los asesinatos a periodistas y las extorsiones a empresarios. Sin duda alguna, “a México no se puede ir”.

Y sin embargo, lo defiendo. Quizá porque no he tenido nunca por fortuna percance alguno. Porque me niego a aceptar que un país con tanto potencial sea incapaz de decir basta ya. Me niego a que la imagen más allá de sus fronteras sea la de un lugar en el que te matan por menos de nada, aunque por desgracia a veces ocurra. Me niego a ensombrecer con la crueldad de unos la bondad de tantos otros mexicanos que aman y luchan por su país, que nada tienen que ver con la violencia y que la detestan como tú y como yo. Que la condenan y que se manifiestan, pero que tienen un problema de raíz tan grave y profundo que sin darse cuenta lo asumen como intrínseco y siguen adelante como si nada un día más. Me niego a estigmatizar a mi México lindo y querido, pero con la voz que me permite el haber vivido y conocido ese maravilloso país hago un llamamiento para que sigan saliendo a la calle, pidan explicaciones y no toleren que las cosas simplemente son así porque así son.

Ay México… Cuánto te quiero y a veces cuánto me dueles.

 

frase-me-duele-mexico-busque-encontre-a-mexico-y-lo-hice-mio-por-eso-me-duele-mexico-por-eso-no-chavela-vargas-144136-1

 

 

 

 

Cúcara mácara

Escribió James Michener que “si rechazas la comida, ignoras las costumbres, temes la religión y evitas a la gente, mejor quédate en casa”. No puedo estar más de acuerdo con sus palabras, sobre todo desde que me enamoré de una tierra que sin ser la mía me empuja hacia ella como un imán.

Una tierra de contrastes y colores que me llena de una manera un tanto difícil de explicar. Tanto, que nunca sé cómo hacerlo. ¿Cómo descifrar el sentido de la atracción hacia un lugar? Supongo que se siente o no se siente, sin definiciones de por medio. Vaya, como todo lo importante en esta vida: sin explicación.

A veces me preguntcan-stock-photo_csp11030226o si es algo innato o si Las Mañanitas en mis cumpleaños tuvieron algo que ver. Quizá sea el haber crecido escuchando a mi padre tararear rancheras, entonando El Rey o reinventando la letra de aquel Fallaste corazón. Nunca lo sabré, como tampoco supe a los 10 años que mi país escogido para un trabajo escolar sería con el tiempo mi país escogido para volar.

Lo que es la vida… Hace cuatro años aterricé por primera vez en México para pasar unas vacaciones inolvidables con la ilusión y el temor a lo desconocido, con unas ganas infinitas de descubrir pero también con la inseguridad de la edad y de las emociones a flor de piel. Desde entonces hasta hoy cuento algunas idas y venidas, y una larga estancia (a la vez tan corta) que me enseñó mucho más que cualquier otra experiencia que haya podido tener. Aquella decisión de hacer las maletas a la aventura me abrió las puertas a un aprendizaje personal imposible de igualar. Y me dio la oportunidad de conocer mejor un país surrealista y bello a la par que singular.

“¿Qué es lo que te gusta de México?”, me preguntan. Y nunca sé qué decir. Me gusta México porque huele a guisos y a especias, a tierra mojada en verano y a jacarandas en primavera. Porque sabe a cilantro y a mezcal, y a esos chiles que te arden en la garganta y en el alma cuando te vas. Porque suena a mariachi, alboroto y gentío. Porque se engalana como nadie en cada fiesta popular, porque tiene orgullo y arrojo incluso cuando las cosas salen mal. Me gusta México porque sonríe y es amable, porque desprende calidez en sus palabras y porque mira para adelante sin miedo a equivocarse.

Me gusta México en su mezcla de culturas, historia y razas, con sus propias costumbres y con el testamento de las nuestras a veces adaptadas. Me gustan los puntos en común con mis raíces y me encanta aprender de lo que nos diferencia, que a veces no es tanto como parece. De tin Marín de do pingüé, cúcara mácara títere fue, yo no fui, fue teté, pégale, pégale que ella fue. No, no me he vuelto loca, eso recitan los niños mexicanos mientras en este lado le cantamos a Pito Pito gorgorito dónde vas tú tan bonito. Tradiciones diversas con una base en común que me atrae todavía más en mi afán por saber y aprender de ellos, y de nosotros mismos.

Hoy tengo muchas ganas de volver a sentir ese sol que  allí quema más y esa lluvia vespertina que tanto me costó asimilar. Ganas de seguir rompiendo tópicos, de seguir descubriendo nuevos paisajes y de disfrutar de cada nueva aventura que México siempre me brinda. Tengo muchas ganas de envolverme en ese acento y de perderme en esos abrazos que demuestran que el tiempo no pasa. Que no hace dos años que me fui, y que hay lugares, como personas, a los que siempre necesitamos volver.

 

 

 

 

Muertos y Catrinas.

2014-10-28-11.30.18“El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables: una civilización que niega a la muerte, acaba por negar a la vida.” Octavio Paz.

Así manifestaba el escritor mexicano, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990, lo que para él y para su pueblo significa morir: revivir. No existe civilización que rinda más y mejor homenaje a ese momento oscuro e incluso tabú para muchas otras culturas que la mexicana. Porque si de entre todas sus peculiaridades y simbologías destaca una, ésa es sin duda la celebración del Día de Muertos.

Celebración, por otro lado, que comparte semejanzas con nuestra tradicional y católica festividad de Todos los Santos, aunque el talante difiera en algunos aspectos. Empezando por el nombre que le damos en España, queriendo evitar hablar de “muerte” e incluso de los de antaño “difuntos” lo terminamos englobando todo bajo “los santos”. Pero no en México, donde hablar de muerte es hablar de vida y del proceso natural al que todos, sin importar clase social o raza, estamos destinados.

Así pues, lo que hoy festejan (porque lo festejan) en tierra azteca es nada más y nada menos que el retorno de esos seres queridos que ya partieron. Un reencuentro espiritual resultado de la mezcla de la tradición prehispánica y europea que pervive en México desde hace ya varios siglos y que resiste con fuerza el paso del tiempo, siendo una de las tradiciones que más se celebra a lo largo y ancho del país, luchando por prevalecer sobre el vecino Halloween que se impone año tras año alrededor del mundo.

Para conmemorar estos días en los que aquí visitamos cementerios con pesar y recogimiento, en los hogares mexicanos se coloca un altar representativo que ayuda al difunto en su viaje de regreso. Una fotografía que lo recuerda, sus platillos y tragos preferidos, agua para saciar su sed y aliviar el cansancio del viaje, sal para no corromperse el espíritu durante su estancia, velas para iluminar su camino y papel picado para mecerlo hacia su destino. Los colores naranjas, en alusión al luto prehispánico, y morados, por el luto católico, predominan en todo el altar. Así como las ofrendas de flores, en especial la flor de cempazuchitl que con sus tonos otoñales representa tanto la tierra que nos arraiga como la luz y el calor del sol, que nos da vida. Símbolos eclesiásticos como imágenes de santos y cruces también tienen cabida en esta singular ofrenda, tan mestiza como el propio México.

Al igual que en España durante estos días es costumbre comer buñuelos, panellets y huesos de santo regados con vino moscatel (también castañas y boniatos asados para calentarnos del frío que empieza a acuciar), en México hacen lo propio con su pan de muerto (un pan dulce y redondo que simboliza cráneo y huesos) y las tan llamativas calaveritas de azúcar, que por supuesto también tienen un lugar destacado en el altar.

Son precisamente ellas, las calaveras o calacas, parte fundamental de la cultura mexicana y distintivo más allá de sus fronteras. Claro ejemplo de ello es La Catrina, esa “huesuda” engalanada que se burla de nosotros recordándonos que vida y muerte son una sola. Una figura que tiene su origen en la Calavera Garbancera creada por el ilustrador José Guadalupe Posada en el año 1900 para ironizar acerca de aquella sociedad decadente pero pretenciosa de finales del siglo XIX que trataba de ocultar sus orígenes y carencias con ropajes, tal como lo definía el propio Posada: “en los huesos pero con sombrero francés con sus plumas de avestruz.”

Años más tarde el muralista Diego Rivera rediseñó la “Garbancera” de Posada y la dotó de una indumentaria lujosa y colorida siguiendo la misma línea de crítica hacia una aristocracia más empeñada en querer imitar las corrientes de moda y estilo de vida europeos que de preocuparse por el devenir de su propio país. La palabra “catrín” se utiliza en México para definir a alguien que presume de elegancia y buen vestir, de ahí que Rivera decidiera bautizar a la antigua calavera de sombrero francés como La Catrina.

Y así llegó hasta nuestros días, sumando fama y traspasando fronteras. Hoy no sólo la reconocemos como la digna señora conmemorativa del Día de Muertos sino como uno de los emblemas nacionales más representativos de un país cargado de tradición, tan auténtico como festivo. A fin de cuentas lo que nos transmite la imagen de La Catrina es ese México que celebrando la muerte le está haciendo en realidad un canto a la vida.