En el ojo ajeno

Dice el refrán aquello de que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. ¡Cuánta verdad! Ahora que estamos en plena campaña electoral, por ejemplo, asisto perpleja a los debates que enzarzan a unos contra otros en el eterno “y tú más” que solo genera discordia en un momento en el que más que nunca lo necesario es bajar las revoluciones y levantar de vez en cuando el pie del acelerador del ataque por el bien común. Pero qué utopía, si estoy hablando de política, irónicamente el lugar en el que más sentido de lo común debería haber y sin embargo donde cada vez es más raro encontrarlo. Penoso.

Me cansan los reproches y las pullitas que se lanzan por doquier casi tanto como la soberbia de quienes se creen mejores en sus actos, en sus pensamientos, en sus ideales. De quienes no ceden posiciones ni dejan espacio al diálogo. De quienes se sienten moralmente superiores basándose en temas como la propia identidad o cultura, olvidando que hay muchos rasgos culturales diversos y no por ello unos van a ser mejores que otros. De quienes desprecian a todo el que no piensa igual. De quienes intentan imponer en vez de proponer. Me cansa ver a una clase política más empeñada en dejar evidencia de la paja en el ojo ajeno que en reconocer bajo un sincero mea culpa la viga de sus errores, conflictos y fracasos con el ánimo y la vocación de mejorar lo que presumen como Estado del bienestar. Cada vez más raquítico, por cierto.

Y, mientras esta pandilla de políticos mediocres que encabezan los partidos “de toda la vida” ha resultado ser incapaz de gestionar el país, otros listillos aprovechan el tirón del descontento general para lanzar discursos populistas cada vez más radicales y temerarios. Así surgió Podemos hace unos años, aunque se presume más desinflado últimamente. Y así escuchamos en estos momentos a Vox, haciendo apología de los toros y de la caza como estandartes inequívocos de la patria y envueltos en una bandera tan brillante y rojigualda que consigue cegar todo lo demás. Por amor a España, dicen. Pero lo mismo ocurre con los nacionalismos varios que sobrevuelan la península prometiendo el paraíso en la autodeterminación. Por amor a Catalunya, por ejemplo. Y no se dan cuenta, unos y otros, que son los mismos ojos con las mismas vigas dentro. Que defienden exactamente lo mismo, le pongan la etiqueta que le pongan, se quieran llamar como se llamen. Que por el amor a su tierra (amor, dicen) exaltan cuestiones que poco tienen que ver con el día a día de los ciudadanos, lo que de verdad nos importa.

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Estoy harta de escuchar en mi tierra catalana las voces democráticas y cultas (ejem) de los que abogan por la independencia como única tabla de salvación menospreciando todo lo que no forme parte de ese mantra, en concreto a esa España “profunda” que catalogan como país de garrulos y de pandereta. Como si no existiera también la misma Cataluña “profunda”. Pero es que aquí vamos de modernos, demócratas, adelantados y europeos. De respetuosos, liberales y dialogantes. De defensores de la libertad de expresión y de todas esas cosas que llenan muy bien la boca de educación y de saber estar. Pero después ponemos el grito en el cielo cuando en un pueblo de Sevilla queman un muñeco de Puigdemont en el marco de una festividad tradicional llamada la “Quema de Judas” y que cada año protagoniza un personaje popular diferente desde hace décadas. Llevamos el tema a la Fiscalía. Lo hacemos internacional (como toda la cuestión catalana, claro). Y sin embargo, quemar banderas españolas o muñecos y fotos del Rey (u otros dirigentes españoles) cuando nos venga en gana es un ejercicio de libertad. Pues qué piel tan finita tenemos, oigan. Y que conste que no defiendo ni justifico ni una cosa ni la otra, pero lo que no está bien para unos, tampoco para los otros. Eso sería lo justo y democrático, ¿no?

En definitiva, que más nos valdría a todos hacer un poquito de introspección antes de ponernos a dar lecciones al prójimo como si fuéramos poseedores de la verdad absoluta. Ojalá que nos escuchemos más y nos juzguemos menos. Y que el que gane las elecciones generales el próximo domingo sepa estar a la altura de lo que demandan los tiempos que corren y no se pierda en pajas ajenas. Ojalá. Por mi parte, tal es el panorama, que todavía ni siquiera sé a quien voy a votar.

¡Suerte! La vamos a necesitar…

 

 

Feminismo: más y mejor

Hoy, 8 de marzo, me encuentro frente a esta pantalla intentando poner orden a todo lo que me gustaría decir y ni siquiera sé por dónde empezar. Tengo las ideas revueltas, como las hormonas, será por eso de ser mujer. Será también porque hoy hay que poner de manifiesto todas esas cosas que el resto del año no se ven, o no se quieren ver. Será porque tenemos que aprovecharnos de nuestro día, ese que la ONU nos otorgó oficialmente en 1975, para ponernos en pie una vez más, como ya hicieron muchas generaciones de mujeres antes que nosotras, para reivindicar esa igualdad que a veces todavía se nos escabulle ya no solo en lo político y en lo social sino en lo más básico y cotidiano.

Pero antes que nada y para ser coherente con mis ideas debo confesar que me desvinculo totalmente de ese exceso de feminismo que a veces envuelve de cierto totalitarismo el ideario de la mujer y que por la búsqueda de querer ser más, raya incluso lo absurdo. Cuestiones como el lenguaje, por ejemplo: más inclusivo sí, pero grotesco no, por favor. Utilizar la terminación “-e” para evitar otorgar un género o sacarse de la manga palabras como “jóvenas”, “miembras” y “portavozas” no nos hará romper el techo de cristal ni equipararnos en salarios y labores. Soberana ridiculez también aquella de cambiar el monigote de los semáforos añadiéndole una falda para incluirnos en los pasos de peatones porque estaba claro que sin ese símbolo nosotras no sabemos cruzar la calle. Símbolo por cierto, el de ponerle una falda a la mujer, que muy poco tiene de feminista y sí mucho de cliché.

Como tampoco estoy de acuerdo, aun a riesgo de que ahora muchas mujeres se me echen encima, de valernos del discurso feminista que alguna parte del colectivo reivindica para poder hacer lo que nos venga en gana victimizándonos de manera pueril después. Para mí, personalmente, existen ciertos límites y no es lo mismo libertad que libertinaje. Evidentemente, un NO es un NO y nadie debería sentirse nunca obligada a hacer algo que no le apetezca (mucho menos con violencia de por medio) pero que este derecho no se confunda con jugar con las emociones ajenas a nuestro antojo ni marear la perdiz del quiero y no quiero de una manera consciente y estratega (porque sí, chicas, también hay mujeres así). Si a nosotras no nos gusta que un hombre nos dé una de cal y otra de arena, nos maneje a su antojo o nos trate como un capricho de usar y tirar, a ellos tampoco. Porque realmente eso ya no es una cuestión de sexos sino de personas. Con todo esto tampoco estoy diciendo, por si alguna me tacha de lo que no soy, que no podamos juguetear y divertirnos cómo y con quien nos plazca, solo faltaría, pero siempre que las reglas del juego establecidas sean válidas para todos. Porque repito, hay asuntos que no son una cuestión de género, sino de respeto.

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Considero que en muchos casos cuando hablamos de feminismo confundimos nuestra propia lucha, que es sumamente importante y por la que hoy muchas mujeres en el mundo paramos, con declararle la guerra al hombre en vez de entender que generalizar nunca fue bueno y que el discurso del temor tampoco. No todos los hombres nos violan ni nos matan, ni tienen que representar una amenaza constante para la otra mitad de la sociedad. Es cierto que la vulnerabilidad física de una mujer respecto a un hombre es mucho mayor que a la inversa, y que probablemente nosotras nos sentimos más intimidadas caminando ante un grupo de hombres que nos observe de cierta manera y mucho más atemorizadas volviendo a casa de madrugada o quedándonos solas en un vagón de Metro vacío. Todo eso es algo demasiado cotidiano que nos ocurre a todas y que como mujer quisiera no tener que vivir, cierto, pero no creo que la solución pase por azotar a toda la masculinidad (que no es lo mismo que al machismo) ni atrincherarnos en el “yo que fui menos, ahora quiero ser más”.

Me gustaría que el día de hoy, cargado de fuerza y simbolismo, sea la punta del iceberg de una movilización madura y consecuente que nace de la mujer pero que debe extenderse al resto de la sociedad. El machismo está tan arraigado en nuestra vida cotidiana que no es tarea fácil desprenderse de él pero tenemos que ser conscientes de que el cambio comienza en el día a día, en casa, en la oficina, con nuestro grupo de amigos, en pareja. Y a su vez, espero que todos aquellos que nos representan (sean del color que sean), se pongan a trabajar en lo que de verdad importa de manera continuada y no solo lo hagan en tiempos de precampaña. Que inviertan, por ejemplo, en ayudas a las víctimas de violencia de género, cuyas cifras alarmantes no dejan de subir. Que destinen más recursos a la prevención, a la sanidad, a la educación. Que tomen medidas en general para el bienestar de toda la ciudadanía y también en cuestiones específicas para la mujer. Que dediquen más esfuerzos a estudiar qué está pasando entre los más jóvenes y por qué ciertos comportamientos que ya creíamos superados están repuntando peligrosamente. En definitiva, que utilicen las herramientas que tienen y que les otorgamos para escuchar a la sociedad y caminar a la par de lo que se palpa y se pide en las calles. Que lo que se pone de manifiesto en días como hoy tenga el eco necesario en las altas esferas y que entre todos, hombres y mujeres, seamos capaces de aceptar que queda mucho camino por recorrer y que en ningún caso somos contrincantes sino aliados, en ésta y en cada lucha.

Soy mujer, hija, hermana, tía, amante, amiga. Algún día me gustaría ser madre. Antes fui adolescente y niña. Y si hoy me planto y paro, si hablo de mí, de nosotras, es con el derecho que me otorga ser quien soy y por el deber de ser quien quiero ser. Y quien quiero que seas tú, y todas ellas, y las niñas de hoy y las que vendrán: mujeres más fuertes, más capaces, más valientes, más independientes, más libres. Mujeres que brillen con su propia luz y que no necesiten de otros para hacerlo. Mujeres que puedan decidir sobre su cuerpo sin quedar estigmatizadas por ello sea cual sea su decisión. Mujeres libres para ser madres y para no querer serlo. Mujeres que se tomen en cuenta en los puestos de poder y que puedan seguir compatibilizando trabajo y familia si es su deseo. Mujeres, en definitiva, que no tengan que seguir luchando solo por el hecho de ser mujer. Porque espero sinceramente el día en que ser mujeres no signifique nada más que eso, con todo lo maravilloso y especial que conlleva. Como también lo espero de la religión, de la raza o de la condición sexual. Que las etiquetas que todavía ponemos para diferenciarnos como personas ya no tengan ningún sentido. Ese día entonces podremos celebrar la verdadera igualdad.

Constantes vitales

Podríamos decir que la noche, por lo poco que hemos dormido, ha sido excesivamente corta, aunque de la misma manera se podría decir también que ha sido tremendamente larga. Eterna incluso en esos momentos en los que no puedes responder como es debido, cuando quieres coger el sueño y se te escurre, cuando la oscuridad te destella dibujando formas etéreas en tu cabeza, desembocando en pensamientos no del todo sanos ni realistas. La noche, como digo, ha sido cuanto menos convulsa y extraña.

Antes de las cinco ya estábamos despiertos valorando la urgencia de los acontecimientos, la gravedad de los mismos, el qué hacer. ¿Esperar? Sí, un poco más. Relájate, todo va a ir bien, esto no es nada, se te pasará. Y vuelta a dormir. A intentarlo por lo menos, pero sin éxito. Ni cuarenta minutos de tregua, otra vez el desasosiego y ahora sí, un poco más de miedo. Lo mejor será marcar el 112 y mantener la calma, alguien tiene que hacerlo. La voz al otro lado de la línea se escucha amable y comprensiva, como si no fueran las tantas de la madrugada o primerísima hora de la mañana. Nunca he sabido cómo encuadrar ese momento incierto entre el ayer y el hoy, el punto más oscuro digno antecesor de un nuevo amanecer. Tras varias explicaciones por teléfono, relatando sin prisa pero sin pausa la situación que nos acontece, nos comunican que en breve llegará una ambulancia y eso es casi como si te anunciaran la llegada del Redentor, que se materializa finalmente cuando suena el timbre poco después.

Buenos días, o buenas noches, no sé qué decir. Pasen, sí, por ahí, es al fondo a la izquierda, está la luz encendida. Sí, adelante, gracias.

Y con una energía digna de admirar a estas horas tan intempestivas la pareja de sanitarios pone en marcha el protocolo de actuación, que en este caso no se antoja demasiado complicado. Unas preguntas rutinarias, una ojeada al último informe médico, una valoración de la medicación actual, un par de métodos que no funcionan… Y con todo ello y tras demostrar grandes dosis de empatía, paciencia y cariño, deciden que lo más prudente y tranquilizador será continuar la exploración en un hospital.

No son todavía las 7 cuando ya estamos recorriendo una ciudad que lentamente se despereza de su letargo mientras algunos, madrugadores o noctámbulos, nos acompañan y se nos cruzan por el camino. Un camino silencioso y lleno de pensamientos que revolotean sin control nuestra mente, mientras respiramos hondo y bostezamos para mantenernos alerta. No somos la única ambulancia que surca las calles medio desiertas y eso, desde mi asiento de copiloto, me llama mucho la atención. En condiciones normales yo todavía estaría durmiendo sin saber todo lo que ocurre ahí afuera y sin embargo hoy me toca verlo, tocarlo, palparlo. Cuántas vidas peligran a diario…

lovemedicineAl llegar una bocanada de aire frío choca de pronto con ese olor característico que rezuma cualquier hospital y que siempre me ha producido cierto rechazo. Pero ya estamos aquí, esto es real. Nos toman declaración médica elevando el tono de voz por si alguno de los presentes está sordo o desorientado o no se entera de nada. La verdad es que no sé el porqué de esa forma de hablar, no somos tontos, oiga. Pues bien, pulserita en la muñeca, el todo incluido de la sanidad, y espere su turno señora, que ya la llamarán.

Cuando estás en Urgencias durante horas viendo pasar a médicos y enfermeras sin que nadie repare en tu presencia porque bueno, tampoco te estás muriendo (¿o sí?) te da mucho tiempo para observar lo que ocurre a tu alrededor: aquel anciano en la silla de ruedas que rabia de dolor y que nadie parece escuchar; aquella mujer de mediana edad que ronca dormida en la camilla, como si nada de todo esto fuera con ella; aquel chico extranjero que ha pedido ya varias bolsas porque no puede dejar de vomitar; aquella señora que se limpia la sangre de su ceja esperando que alguien venga a coserle semejante brecha… Ellos, los enfermos, en su mundo, sumidos en sus reflexiones, en sus dolores. Y nosotros, los acompañantes, mirándonos unos a otros, descargando comprensión con las miradas, optimismo o resignación con las sonrisas. Buscamos cierta complicidad entre la confusión, los nervios y el temor. Necesitamos esa compañía callada, ese sabernos cerca de otros que están en nuestra misma situación apelando al mal de muchos consuelo de tontos, o quizá simplemente a la propia humanidad.

Los más afortunados saldrán hoy mismo, como nosotros. Otros, por el contrario, subirán a planta por unos días, o bajarán a quirófano por unas horas. Cada uno tiene aquí su destino, no sé si marcado previamente o fruto de las circunstancias. Para algunos el paso por este hospital no será más que una muesca en sus constantes vitales, un aviso quizá. Pero para otros este será tristemente su último lugar.

Sumida como estoy en mis pensamientos, esperando diagnóstico como quien espera sentencia, me sobresalta el roce gélido de una ráfaga de aire acariciando mis piernas como si alguien hubiera pasado a gran velocidad a mi lado o se hubiera quedado alguna puerta del exterior abierta. Pero no hay nada de eso por aquí y parece que ninguno de los presentes lo ha sentido como yo, pues soy la única que mira alrededor buscando una explicación que en realidad no existe. Puede que sea simplemente eso: una inesperada corriente de aire llegada de quién sabe dónde… Aunque algo en mi interior me susurra con un escalofrío que así es como se siente el suspiro de la vida cuando se va.

 

 

‘Cuéntame cómo pasó’, una gran lección

Queridos señores de Cuéntame cómo pasó, ¿puedo enviarles la factura de los kleenex que llevo gastados desde el capítulo de ayer? ¡Qué hartón de llorar! La noche ya se preveía emocionante, es lo que tienen las despedidas, pero una que siempre se quiere hacer la fuerte pensó bah, si ya sabemos que hoy se despiden Carlos y Karina, podré con ello. Pero no, con lo que no pude fue con la emoción contenida, la trama tan bien hilvanada con el pasado, el homenaje natural a 19 grandes temporadas, la música tan acertada, los diálogos tan sencillamente profundos y las maravillosas lecciones que el capítulo de anoche nos regaló.

Debo decir que desde que Carlitos Alcántara se hizo adulto no he dejado de verme reflejada en él y supongo que lo de ayer fue la gota que colmó mi lagrimal. Un escritor perdido en busca de esa novela que lleva dentro pero que no encuentra el camino para salir, un hombre que ama tanto que se confunde con la ansiedad y el miedo, un hijo que se carga a la espalda responsabilidades que no le tocan, una persona que se exige tanto a sí misma hasta llegar a la frustración cuando las cosas no salen como esperaba, o como cree que los demás esperan de él. Ese Carlos que anoche huyó de todo me tocó profundamente en el alma y me hizo recordar las veces en que quise huir porque no veía la salida, encerrada en mi propia jaula pero clamando por experimentar mi camino en soledad lejos del nido También me golpeó la memoria recordando la vez en que el amor me impulsó definitivamente a hacer mis maletas tratando de encontrar algo cuando en realidad me estaba buscando a mí misma. Sí, puede que fuera aquél el resorte, pero en mi mar de fondo, como en el de Carlos, siempre hubo mucho más cuando también, como él, puse un océano de por medio. Por eso ayer las lágrimas caían por mis mejillas a borbotones. Y no solo por estar antes los últimos fotogramas de dos actores tan importantes para la serie y de una trama que ahora tendrá que readaptarse, sino sobre todo por la cercanía emocional que me abrumó hasta desencajarme.

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Estoy convencida de que a todos los que seguimos la serie desde hace 17 años ayer en mayor o menor medida se nos rasgó un poco más el corazón. El capítulo fue una obra de arte de veracidad, humanidad y ternura. Fue una mezcla de mil emociones tan bien llevadas que el cuerpo entre sollozos pedía más, no te termines nunca. Fue un estallido de crudeza y de cariño, de salvación en alta mar. Y fue sobre todo una lección de vida para no olvidar: la familia, tu familia, ésa siempre está. Ya sea lejos, cerca, con sus peleas, sus malas maneras, sus reproches, sus recelos, sus entrometimientos. Como sea. Los Alcántara a lo largo de los años se han convertido en el ejemplo perfecto, cada uno con su carácter, de lo que significa ser una familia y sobre todo, de lo que es el paso por este mundo, con sus luces y sus sombras.

Ayer lloré porque me vi reflejada en un espejo de realismo demasiado potente y también porque me recordé con catorce años sentada en el sofá de casa esperando ver el primer capítulo de una serie que vino a contextualizarnos la historia de España y ha terminado contándonos nuestras propias vidas. Porque, como dijo Benedetti, cuando uno llora lo hace también por todas esas veces en las que no lloró, y estoy segura de que ayer muchos lloramos por algo más que el adiós de Carlos Alcántara.

 

Un corazón cualquiera

Nunca sabré a ciencia cierta quién habla cuando habla un corazón y muchas veces ni tan siquiera entiendo qué pretende decir pero el corazón de esta historia no es uno cualquiera. Es uno de esos que late deprisa cuando algo le acecha, que retumba cuando algo le duele, que apacigua sus pasos si otra alma lo consuela. Es un corazón grande, tanto como para poder irse lejos y llevarse consigo todo aquello que le hace feliz. Todos y cada uno de los recuerdos que lo transformaron en un corazón más fuerte y más valiente, todos los atesora en su interior.

Es un corazón orgulloso de sí mismo, de su capacidad de entrega, de su resistencia. A veces peca de engreído pero no es más que la coraza con la que se defiende del dolor y de la vida. Es un corazón solitario repleto de historias y misterios, de amores eternos, de sueños fugaces, de detalles sublimes, de cuentos chinos y alguno de hadas, de películas románticas, de guerras inacabadas. Es un corazón errante en busca del arca perdida, a veces deslumbrado por el brillo de otros como él, pero siempre cautivo de un silencioso miedo que le dice que no. Entonces se convierte en un pobre diablo despechado y triste, roto en mil pedazos, decepcionado, que busca remiendo más tarde con hilos de oro al estilo japonés.

Es un corazón que retumba en la sien cuando la rabia se le agolpa y que se le acomoda en el estómago cuando los nervios lo aprisionan. Llora y ríe según le convenga y según lo pretendan. Es un corazón recio como pocos, ha sobrevivido a envites y tormentas, a desgarros inesperados y a alguna que otra pérdida. Acumula vivencias por doquier, algunas mejores que otras, muchas fantásticas, otras secretas. Es indiscutiblemente libre para amar y ama por encima de todo esas pequeñas cosas que le dan paz y sosiego.

Es un corazón viajero, aventurero, decidido, imprevisible, impredecible. Le gusta jugar y a fuerza de partidas sabe bien lo que es ganar y también perder. Es infantil y responsable a partes iguales, curioso e intrépido. Le divierte llevar la contraria, abandera causas imposibles, ama sin reparos ni condiciones y si le tientas bien siempre te corresponde. Es un corazón tan loco que nunca sabes qué puedes esperar de él. A veces tan dulce como la miel; otras, luce cubierto de lágrimas y hiel. Tan pronto palpita lento en su cápsula del dolor como canta a pleno pulmón en una caja de ecos que suenan a recuerdos felices y a sonrisas vergonzosas.

Es un corazón que se entrega sin preguntas ni reproches, que aguanta, que vence, que respeta, que lucha, que muerde. Tiene la capacidad de helarse por segundos y derretirse por momentos después, no sé cómo lo hace. Se alimenta del deseo de ser, de estar y de pertenecer. Le gusta latir con energía para sentirse vivo mientras guarda pasiones que van quedando atrás. Es rebelde e impulsivo, a veces incluso prohibitivo. Tiende a vagar por la memoria sopesando el bien y el mal, puede que también en exceso el qué dirán. Pero escondido entre el amasijo de corazones errantes, mentirosos, culpables y envidiosos que nos rodean, él no pasa desapercibido. No, él no es un corazón cualquiera, él es uno de esos raros ejemplares que aún se atreven a amar con generosa sinceridad. descarga

 

 

 

 

 

 

Estás justo a tiempo

Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer… Así cantaba el famoso bolero con aire nostálgico el paso de una noche que quisiera haber sido eterna. Así rogaba, entre la lágrima contenida y el dolor, que aquello, lo que fuera que le hacía sentir bien, no se terminara jamás. Que el tiempo se detuviera ahí, que por favor no avanzara. Pero si hay algo seguro en esta vida es que el tiempo, por mucho que nos empeñemos, pasa. A veces para bien, pues dicen que cura heridas. A veces para mal, cuando ese maldito reloj no nos da tregua y nos obliga a decir adiós antes de lo que nos gustaría.

Queremos creer que el tiempo nos esperará, que nos dejará hacer, que nos regalará una nueva oportunidad. Pero sabemos que no, que es tan fugaz como imprevisible y que sin darnos cuenta nos castiga por no saberlo aprovechar. Porque es cierto, a veces perdemos el tiempo. Esperando, buscando, analizando, preguntando, sopesando. Aterrados, paralizados, inmóviles. El tiempo nos asusta por su rapidez, su fugacidad y su desinterés. El tiempo está ahí para saberlo gestionar, para gozarlo, para disfrutarlo. Porque un día, sin más, ese tiempo se nos acaba. Se nos van los ratos con esas personas, las conversaciones que no tuvimos, las palabras que no supimos pronunciar, las promesas que no llegamos a cumplir, los sueños por los que íbamos a luchar. Todo eso que no hacemos se lo lleva consigo el tiempo. Y para eso no hay vuelta atrás.

Pero aunque es cierto que el tiempo no se detiene por nada ni por nadie, hay que entender que no todos tenemos los mismos tempos y que intentar que así fuera no sería justo en ningún caso. La trayectoria vital de cada persona es diferente y exigirnos metas según la edad que tenemos es un auténtico error. Ahora toca esto, después vendrá lo otro. Ya deberías haber hecho aquello, no deberías seguir haciendo lo demás. Y el peor de todos: yo a tu edad… Tú a mi edad ¿qué? Probablemente habías hecho mil cosas que a mí me faltan por hacer pero ¿cuántas de las que he hecho yo hiciste tú?

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La relación edad-temporalidad no siempre nos funciona como socialmente se espera que lo haga. No todos terminamos una licenciatura a los 22, encontramos nuestro trabajo ideal a los 25, nos independizamos a los 28, nos casamos a los 30 y tenemos el primer hijo a los 32. Supuesta estabilidad conseguida, objetivo cumplido. Y aunque hay personas que cumplen esa especie de regla establecida porque las circunstancias les son favorables para ello, otras lo hacen forzando la máquina como si se tratara de algún tipo de reto. Pero si hay que forzarlo, ¿no será que todavía no es nuestro momento?

Hay quienes tardan años en encontrar un trabajo que les resulte gratificante o lo suficientemente solvente, una pareja con la que construir un proyecto común o un lugar ideal para vivir. Algunos quieren alargar una juventud que saben que un día sí o sí se terminará explorando, viajando, conociendo. Otros prefieren dedicar esa misma juventud a compartir con sus hijos esa inagotable energía de los veintes. A veces las decisiones que tomamos nos llevan a alargar o acortar esos tiempos pero muchas otras veces el azar, las circunstancias, los momentos que no podemos controlar son los que nos guían por un camino u otro sin que la cuestión biológica deba ser algo que nos tenga que preocupar demasiado ni algo que debamos envidiar de los demás.

Nos han hecho creer que si a cierta edad no hemos llegado a lo más alto, ya sea personal o profesionalmente, es que ya no lo vamos a conseguir. Que si no nos ponemos en marcha pronto ya será demasiado tarde para poder hacerlo. Esa asociación inconsciente que hacemos entre éxito y juventud realmente no nos hace ningún bien. La vida es una carrera de fondo y muchas veces esa necesidad de alcanzar la mejor posición cuanto antes creyendo que de lo contrario ya no lo lograremos se convierte en una losa con la que cargamos conforme vamos cumpliendo años. Pero eso no tiene por qué ser así. Stieg Larsson publicó su primera novela a los 47 años y a los 50 murió de un infarto sin tiempo para poder saborear las mieles del éxito. José Saramago se consolidó como escritor a los 60 tras haber fracasado con varios escritos a los 25 y durante sus últimos años vivió por y para su auténtica y genial vocación, ganando un premio Nobel por el camino. Barack Obama terminó su carrera como presidente de los Estados Unidos a los 55 años y Winston Churchill llegó a Primer Ministro del Reino Unido a los 66. Pelé se consagró futbolísticamente a los 17 años y Bernarda Angulo, una mujer canaria que aprendió a nadar a los 47 años, superó una marca mundial de natación a los 95.

El tiempo pasa, sí, y tenemos que saber aprovecharlo siendo conscientes precisamente de que esto es aquí y ahora. Pero que el paso de los años no se convierta en un impedimento para creer que todavía se puede, para luchar por lo que nos motiva o para dejar de intentarlo por sentirnos “demasiado viejos” o “fuera de juego”. Conozco a gente de 30 años que piensa que ya no está para según qué trotes y a gente de 70 que hace planes de futuro con tremenda vitalidad. La biología no perdona pero la mente tiene el poder suficiente como para superar las barreras que nosotros mismos o la sociedad intenta imponernos. Cada uno corre su propia maratón, con sprints, con pausas, con recesos. Unos nos adelantarán y otros quedarán atrás, pero nuestro carril plagado de decisiones, circunstancias y casualidades es el único que nos tiene que importar. La vida se trata de vivirla así que no te agobies porque realmente no has llegado tarde ni tampoco demasiado temprano. Tú tienes tu propio ritmo: estás justo a tiempo.