‘Cuéntame cómo pasó’, una gran lección

Queridos señores de Cuéntame cómo pasó, ¿puedo enviarles la factura de los kleenex que llevo gastados desde el capítulo de ayer? ¡Qué hartón de llorar! La noche ya se preveía emocionante, es lo que tienen las despedidas, pero una que siempre se quiere hacer la fuerte pensó bah, si ya sabemos que hoy se despiden Carlos y Karina, podré con ello. Pero no, con lo que no pude fue con la emoción contenida, la trama tan bien hilvanada con el pasado, el homenaje natural a 19 grandes temporadas, la música tan acertada, los diálogos tan sencillamente profundos y las maravillosas lecciones que el capítulo de anoche nos regaló.

Debo decir que desde que Carlitos Alcántara se hizo adulto no he dejado de verme reflejada en él y supongo que lo de ayer fue la gota que colmó mi lagrimal. Un escritor perdido en busca de esa novela que lleva dentro pero que no encuentra el camino para salir, un hombre que ama tanto que se confunde con la ansiedad y el miedo, un hijo que se carga a la espalda responsabilidades que no le tocan, una persona que se exige tanto a sí misma hasta llegar a la frustración cuando las cosas no salen como esperaba, o como cree que los demás esperan de él. Ese Carlos que anoche huyó de todo me tocó profundamente en el alma y me hizo recordar las veces en que quise huir porque no veía la salida, encerrada en mi propia jaula pero clamando por experimentar mi camino en soledad lejos del nido También me golpeó la memoria recordando la vez en que el amor me impulsó definitivamente a hacer mis maletas tratando de encontrar algo cuando en realidad me estaba buscando a mí misma. Sí, puede que fuera aquél el resorte, pero en mi mar de fondo, como en el de Carlos, siempre hubo mucho más cuando también, como él, puse un océano de por medio. Por eso ayer las lágrimas caían por mis mejillas a borbotones. Y no solo por estar antes los últimos fotogramas de dos actores tan importantes para la serie y de una trama que ahora tendrá que readaptarse, sino sobre todo por la cercanía emocional que me abrumó hasta desencajarme.

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Estoy convencida de que a todos los que seguimos la serie desde hace 17 años ayer en mayor o menor medida se nos rasgó un poco más el corazón. El capítulo fue una obra de arte de veracidad, humanidad y ternura. Fue una mezcla de mil emociones tan bien llevadas que el cuerpo entre sollozos pedía más, no te termines nunca. Fue un estallido de crudeza y de cariño, de salvación en alta mar. Y fue sobre todo una lección de vida para no olvidar: la familia, tu familia, ésa siempre está. Ya sea lejos, cerca, con sus peleas, sus malas maneras, sus reproches, sus recelos, sus entrometimientos. Como sea. Los Alcántara a lo largo de los años se han convertido en el ejemplo perfecto, cada uno con su carácter, de lo que significa ser una familia y sobre todo, de lo que es el paso por este mundo, con sus luces y sus sombras.

Ayer lloré porque me vi reflejada en un espejo de realismo demasiado potente y también porque me recordé con catorce años sentada en el sofá de casa esperando ver el primer capítulo de una serie que vino a contextualizarnos la historia de España y ha terminado contándonos nuestras propias vidas. Porque, como dijo Benedetti, cuando uno llora lo hace también por todas esas veces en las que no lloró, y estoy segura de que ayer muchos lloramos por algo más que el adiós de Carlos Alcántara.

 

Un corazón cualquiera

Nunca sabré a ciencia cierta quién habla cuando habla un corazón y muchas veces ni tan siquiera entiendo qué pretende decir pero el corazón de esta historia no es uno cualquiera. Es uno de esos que late deprisa cuando algo le acecha, que retumba cuando algo le duele, que apacigua sus pasos si otra alma lo consuela. Es un corazón grande, tanto como para poder irse lejos y llevarse consigo todo aquello que le hace feliz. Todos y cada uno de los recuerdos que lo transformaron en un corazón más fuerte y más valiente, todos los atesora en su interior.

Es un corazón orgulloso de sí mismo, de su capacidad de entrega, de su resistencia. A veces peca de engreído pero no es más que la coraza con la que se defiende del dolor y de la vida. Es un corazón solitario repleto de historias y misterios, de amores eternos, de sueños fugaces, de detalles sublimes, de cuentos chinos y alguno de hadas, de películas románticas, de guerras inacabadas. Es un corazón errante en busca del arca perdida, a veces deslumbrado por el brillo de otros como él, pero siempre cautivo de un silencioso miedo que le dice que no. Entonces se convierte en un pobre diablo despechado y triste, roto en mil pedazos, decepcionado, que busca remiendo más tarde con hilos de oro al estilo japonés.

Es un corazón que retumba en la sien cuando la rabia se le agolpa y que se le acomoda en el estómago cuando los nervios lo aprisionan. Llora y ríe según le convenga y según lo pretendan. Es un corazón recio como pocos, ha sobrevivido a envites y tormentas, a desgarros inesperados y a alguna que otra pérdida. Acumula vivencias por doquier, algunas mejores que otras, muchas fantásticas, otras secretas. Es indiscutiblemente libre para amar y ama por encima de todo esas pequeñas cosas que le dan paz y sosiego.

Es un corazón viajero, aventurero, decidido, imprevisible, impredecible. Le gusta jugar y a fuerza de partidas sabe bien lo que es ganar y también perder. Es infantil y responsable a partes iguales, curioso e intrépido. Le divierte llevar la contraria, abandera causas imposibles, ama sin reparos ni condiciones y si le tientas bien siempre te corresponde. Es un corazón tan loco que nunca sabes qué puedes esperar de él. A veces tan dulce como la miel; otras, luce cubierto de lágrimas y hiel. Tan pronto palpita lento en su cápsula del dolor como canta a pleno pulmón en una caja de ecos que suenan a recuerdos felices y a sonrisas vergonzosas.

Es un corazón que se entrega sin preguntas ni reproches, que aguanta, que vence, que respeta, que lucha, que muerde. Tiene la capacidad de helarse por segundos y derretirse por momentos después, no sé cómo lo hace. Se alimenta del deseo de ser, de estar y de pertenecer. Le gusta latir con energía para sentirse vivo mientras guarda pasiones que van quedando atrás. Es rebelde e impulsivo, a veces incluso prohibitivo. Tiende a vagar por la memoria sopesando el bien y el mal, puede que también en exceso el qué dirán. Pero escondido entre el amasijo de corazones errantes, mentirosos, culpables y envidiosos que nos rodean, él no pasa desapercibido. No, él no es un corazón cualquiera, él es uno de esos raros ejemplares que aún se atreven a amar con generosa sinceridad. descarga

 

 

 

 

 

 

Estás justo a tiempo

Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer… Así cantaba el famoso bolero con aire nostálgico el paso de una noche que quisiera haber sido eterna. Así rogaba, entre la lágrima contenida y el dolor, que aquello, lo que fuera que le hacía sentir bien, no se terminara jamás. Que el tiempo se detuviera ahí, que por favor no avanzara. Pero si hay algo seguro en esta vida es que el tiempo, por mucho que nos empeñemos, pasa. A veces para bien, pues dicen que cura heridas. A veces para mal, cuando ese maldito reloj no nos da tregua y nos obliga a decir adiós antes de lo que nos gustaría.

Queremos creer que el tiempo nos esperará, que nos dejará hacer, que nos regalará una nueva oportunidad. Pero sabemos que no, que es tan fugaz como imprevisible y que sin darnos cuenta nos castiga por no saberlo aprovechar. Porque es cierto, a veces perdemos el tiempo. Esperando, buscando, analizando, preguntando, sopesando. Aterrados, paralizados, inmóviles. El tiempo nos asusta por su rapidez, su fugacidad y su desinterés. El tiempo está ahí para saberlo gestionar, para gozarlo, para disfrutarlo. Porque un día, sin más, ese tiempo se nos acaba. Se nos van los ratos con esas personas, las conversaciones que no tuvimos, las palabras que no supimos pronunciar, las promesas que no llegamos a cumplir, los sueños por los que íbamos a luchar. Todo eso que no hacemos se lo lleva consigo el tiempo. Y para eso no hay vuelta atrás.

Pero aunque es cierto que el tiempo no se detiene por nada ni por nadie, hay que entender que no todos tenemos los mismos tempos y que intentar que así fuera no sería justo en ningún caso. La trayectoria vital de cada persona es diferente y exigirnos metas según la edad que tenemos es un auténtico error. Ahora toca esto, después vendrá lo otro. Ya deberías haber hecho aquello, no deberías seguir haciendo lo demás. Y el peor de todos: yo a tu edad… Tú a mi edad ¿qué? Probablemente habías hecho mil cosas que a mí me faltan por hacer pero ¿cuántas de las que he hecho yo hiciste tú?

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La relación edad-temporalidad no siempre nos funciona como socialmente se espera que lo haga. No todos terminamos una licenciatura a los 22, encontramos nuestro trabajo ideal a los 25, nos independizamos a los 28, nos casamos a los 30 y tenemos el primer hijo a los 32. Supuesta estabilidad conseguida, objetivo cumplido. Y aunque hay personas que cumplen esa especie de regla establecida porque las circunstancias les son favorables para ello, otras lo hacen forzando la máquina como si se tratara de algún tipo de reto. Pero si hay que forzarlo, ¿no será que todavía no es nuestro momento?

Hay quienes tardan años en encontrar un trabajo que les resulte gratificante o lo suficientemente solvente, una pareja con la que construir un proyecto común o un lugar ideal para vivir. Algunos quieren alargar una juventud que saben que un día sí o sí se terminará explorando, viajando, conociendo. Otros prefieren dedicar esa misma juventud a compartir con sus hijos esa inagotable energía de los veintes. A veces las decisiones que tomamos nos llevan a alargar o acortar esos tiempos pero muchas otras veces el azar, las circunstancias, los momentos que no podemos controlar son los que nos guían por un camino u otro sin que la cuestión biológica deba ser algo que nos tenga que preocupar demasiado ni algo que debamos envidiar de los demás.

Nos han hecho creer que si a cierta edad no hemos llegado a lo más alto, ya sea personal o profesionalmente, es que ya no lo vamos a conseguir. Que si no nos ponemos en marcha pronto ya será demasiado tarde para poder hacerlo. Esa asociación inconsciente que hacemos entre éxito y juventud realmente no nos hace ningún bien. La vida es una carrera de fondo y muchas veces esa necesidad de alcanzar la mejor posición cuanto antes creyendo que de lo contrario ya no lo lograremos se convierte en una losa con la que cargamos conforme vamos cumpliendo años. Pero eso no tiene por qué ser así. Stieg Larsson publicó su primera novela a los 47 años y a los 50 murió de un infarto sin tiempo para poder saborear las mieles del éxito. José Saramago se consolidó como escritor a los 60 tras haber fracasado con varios escritos a los 25 y durante sus últimos años vivió por y para su auténtica y genial vocación, ganando un premio Nobel por el camino. Barack Obama terminó su carrera como presidente de los Estados Unidos a los 55 años y Winston Churchill llegó a Primer Ministro del Reino Unido a los 66. Pelé se consagró futbolísticamente a los 17 años y Bernarda Angulo, una mujer canaria que aprendió a nadar a los 47 años, superó una marca mundial de natación a los 95.

El tiempo pasa, sí, y tenemos que saber aprovecharlo siendo conscientes precisamente de que esto es aquí y ahora. Pero que el paso de los años no se convierta en un impedimento para creer que todavía se puede, para luchar por lo que nos motiva o para dejar de intentarlo por sentirnos “demasiado viejos” o “fuera de juego”. Conozco a gente de 30 años que piensa que ya no está para según qué trotes y a gente de 70 que hace planes de futuro con tremenda vitalidad. La biología no perdona pero la mente tiene el poder suficiente como para superar las barreras que nosotros mismos o la sociedad intenta imponernos. Cada uno corre su propia maratón, con sprints, con pausas, con recesos. Unos nos adelantarán y otros quedarán atrás, pero nuestro carril plagado de decisiones, circunstancias y casualidades es el único que nos tiene que importar. La vida se trata de vivirla así que no te agobies porque realmente no has llegado tarde ni tampoco demasiado temprano. Tú tienes tu propio ritmo: estás justo a tiempo.

 

 

La gente que me gusta

Me gusta la gente inesperada. Esa gente que hace las cosas porque sí, porque lo siente, porque le sale, porque te quiere. Personas que viven sin complejos, que ríen con ganas, que derrochan libertad. Me gusta esa gente que fluye como si fuera un relámpago o que te sacude el alma como si se tratara de un huracán. Esos que estallan sinceros, que viven sabiendo que esto un día se nos terminará.

Me gusta la gente que mira a los ojos cuando habla y que busca en los labios el camino si se pierde. Aquellos que te toman de la mano para infundirte seguridad o confianza, que te abrazan con el corazón lejos de darte una fría e hipócrita palmadita en la espalda. Gente que no le teme a la verdad, que no se oculta tras una máscara, que no disfraza con abalorios de grandeza su auténtica realidad.

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Me gusta la gente atrevida, curiosa, imprevisible. Personas espontáneas que no tienen miedo a idear, probar o conocer. Esos que están siempre a punto para un buen plan, que te siguen el juego y las locuras sin preguntar demasiado porque simplemente disfrutan estando a tu lado. Esos mismos que también son el aliento cuando eres tú quien ya no sabe cómo ni por dónde avanzar, los que no te permiten caer pero si lo haces se tumbarán junto a ti hasta que te vuelvas a levantar.

Me gusta la gente que no tiene horarios ni que va a las citas con el tiempo justo o predeterminado. Aquellos que no buscan en las agujas del reloj el toque de queda, los que no utilizan el móvil para escapar de una conversación, esos que no inventan excusas ni ponen pretextos alegando que no pueden cuando en realidad es que no quieren.

Me gusta la gente detallista y deslumbrante. Personas generosas que tienen la capacidad de sorprender con un simple detalle, de provocar sonrisas y de construir momentos bonitos y agradables fuera de lo que dicta el calendario. Esa gente que se acuerda de preguntar cómo estás o qué tal te fue porque les interesa de verdad. Me gusta la gente que calla, que valora el silencio, que no te atropella con su verborrea, que cede la palabra y que sabe, por encima de todo, escuchar.

Me gusta la gente respetuosa y consecuente. Esas personas que defienden una opinión sin menospreciar la de enfrente, que no tratan de cambiarte ni de convencerte. Esos que abren sus brazos y su mente a nuevos retos y experiencias, que dejan los prejuicios a un lado, que no viven de cara a la galería. Gente decente que no se retroalimenta del ego ni de la envidia, que huye de la pose y que detesta el qué dirán.

Me gusta la gente emocionalmente valiente. Esas personas que no le temen a los sentimientos, que no se incomodan ante una lágrima ni les asusta una declaración de intenciones. Esa gente apasionada a la que le hierve la sangre con la injusticia y que afronta de cara tanto lo bueno como la adversidad.

Me gusta la gente viajera, exploradora, entusiasta. Esos que no se detienen, que no temen, que indagan, que aprenden, que quieren. Me gusta muchísimo toda esa gente que te hace sentir parte fundamental de su vida sin importar tiempo, distancia ni edad. Esas personas que se convierten en tu otra familia sin tener que compartir necesariamente un hogar. Esos que te regalan un sitio, un motivo y una razón. Esa gente importante que se nos cruza en el camino para hacernos mejores personas. Ellos: los que son y los que están.

 

 

No es sólo fútbol

“El Mundial es una especie de estado de gracia universal, o eso creemos, sublimado por la ilusión de cada nuevo partido que ya va a empezar”. Juan Esteban Constaín, escritor colombiano.

Y sí, para qué vamos a engañarnos, todos los que somos aficionados al fútbol esperamos cada cuatro años impacientes e ilusionados el inicio del Mundial. Días antes comenzamos a memorizar el calendario de partidos, calculamos la diferencia horaria entre nuestro país y el anfitrión, hacemos cábalas y apuestas, y nos interesamos por equipos que antes apenas hemos visto jugar. Pero ahora esas Selecciones más o menos conocidas se convierten en rivales y queremos saberlo todo de ellas. Cómo son en el tú a tú, cuál es su mejor baza y qué credenciales históricas presentan en este tipo de competiciones. Nos implicamos de tal manera que durante un mes el fútbol se convierte, creemos que con todo derecho, en el tema de conversación principal alrededor del mundo muy a pesar de todos aquellos que no comparten esta emoción, que se sorprenden y que nos critican desde ese absurdo altar de intelectualidad. Perdón, pero un mes cada cuatro años no es mucho pedir, déjennos gozar de este opio en paz.

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Y así estamos ahora todos los seguidores universales drogándonos diariamente convertidos en directores técnicos desde el sofá de casa o con suerte desde la grada, ajustando la alineación del equipo, aprobándola o criticando esas locuras de entrenador que todos en algún momento tienen (para bien y para mal). Y llega el día D y la hora H. Ya están los 22 jugadores posicionados en sus respectivos campos, separados por ese árbitro que no sabremos si será justo, aliado o enemigo. Una milésima de segundo en silencio antes de escuchar el pitido inicial. Rueda el balón al son de tus propios latidos. Noventa minutos que pueden ser eternos o apenas un suspiro. Noventa minutos para tocar el cielo o caer en un infierno. Noventa minutos en los que aplaudes las jugadas, alientas, te cabreas, les das algún que otro grito instructivo a tus jugadores y chillas uys y ays en todas sus posibles entonaciones. El mono de goles empieza a notarse conforme avanzan los minutos y el último tramo del partido a veces se vuelve tan mágico como insoportable: que no pite el árbitro o que pite ya. Puedes pasar de la alegría a la decepción en tan sólo un segundo; amas y odias a tu once sobre el terreno de juego varias veces durante el encuentro y el sube y baja de emociones es tal que difícilmente se puede explicar: o se siente o no se siente. Porque el fútbol es así: radical, impulsivo, disparatado, orgásmico.

Ya lo decía Gabriel García Márquez cuando lo calificaba como el más bello espectáculo. Pocas cosas en esta vida conjugan emoción, riesgo, nervio, alegría, furia, rabia, tristeza, éxtasis, locura y diversión en poco más de una hora como lo hace el fútbol. Por eso el Mundial se convierte en la excusa perfecta para todos los amantes del deporte rey que necesitamos y gustamos de ese opio que algunos con burla todavía denigran. Pero es que el Mundial no es sólo fútbol: es convivencia, es aprendizaje, es respeto, es cultura, es entrega y humildad. Y el fútbol no es sólo fútbol: es darse la mano antes y después de cada choque, es la lealtad a un sentimiento, es la magia de lo inesperado y el surrealismo de lo imprevisible. El fútbol mueve masas, crea ilusiones, acelera corazones. Y sí, es probablemente la cosa más importante de las cosas menos importantes, como dijo Sacchi. Pero por favor, ¡no te termines nunca!

Y ahora, ¡que siga el espectáculo!

 

 

El amor que te mereces

Te mereces un amor que custodie tus noches y que pinte de color tus amaneceres. Un amor tan seguro de sí que no deshoje más margaritas. Alguien que vea en tus ojos estrellas fugaces y que busque en tu piel al mismo tiempo ternura y coraje. Te mereces un amor que sepa escuchar lo que callas y que te colme de palabras cuando tú ya no las encuentres. Te mereces a alguien que hable de ti con brillo en la mirada y que no pueda evitar una sonrisa al oír tu nombre. Un amor que entienda que presumirte en público es ganarte en privado. Alguien que se sienta orgulloso de quien eres y que no escatime en demostrarlo.

Te mereces un amor sencillo que se construya día a día entre la curiosidad y el querer. Un amor franco y sin corromper. Te mereces a alguien que te quiera completa y que se dé a ti también por completo. No te mereces mitades, ni amores quebrados, ni segundas raciones ni medias verdades. Te mereces a alguien que se vuelva loco contigo, con tu manera de ser, de pensar, de reír… Y no sólo con las curvas de tu cuerpo y tu forma de seducir.

Te mereces un amor que esté cuando más lo necesites sin tener que pedirle cita, permiso o perdón. Alguien con quien no tengas que andar a tientas ni marcando una estrategia. Un amor que te permita ser todo lo libre que desees ser y que te acompañe también en tu vuelo. Que no te suelte la mano en los abismos y que salte contigo los precipicios sin miedo a perder. Alguien que temple los vacíos helados que ocultas en el alma, que te llene de abrazos y besos, de caricias, de piel, de deseo. Te mereces un amor sin excusas ni complejos.

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Te mereces un amor que no tema tus sombras y que luche contra tus demonios. Alguien que respete tus opiniones y que te apoye en tus metas. No te mereces a nadie que te desdeñe, que te mire por encima del hombro o que se burle de tus decisiones. Tú te mereces mucho más que inseguridad, incertidumbre o hermetismo. Te mereces un amor interesante y no interesado, que te ame sin leyes ni horarios. Alguien capaz de sorprenderte, de motivarte, de enseñarte. Un amor viajero, independiente, explorador, incansable. Te mereces a alguien que no le ponga peros a tus planes y que te incluya también en los suyos. Que tire cuando tú ya no puedas más y que se acurruque junto a ti cuando llegue el desvelo.

Te mereces un amor que te busque, que te elija, que te mire, que te tiente. Te mereces a alguien que baile, que cante, que ría, que lea, que sueñe. O al menos que esté dispuesto a hacerlo si es a tu lado. Un amor cómplice. Alguien a quien admirar y que te admire. Un amor que te haga flotar, delirar, perder la cabeza. Y que te corresponda en ello. Te mereces un amor tan valiente como para quemar puentes, cruzar océanos y romper cadenas por ti. Alguien que no tenga que pensarse sus sentimientos y que si un día le azota la duda tenga el coraje de decírtelo a tiempo.

Te mereces un amor sin fisuras ni pliegues. Atento, paciente, generoso y dialogante. Alguien que no huya del compromiso ni de las dificultades. Un amor con voluntad de construir aunque no sepa todavía por dónde empezar. Pero alguien que busque la manera, que ofrezca seguridad y que encare los problemas con entereza y serenidad. Porque tú no te mereces más esperas, más lágrimas, más miedos. No te mereces que un día sí y otro no, ya no más titubeos, ni noches de insomnio ni mensajes por contestar. Te mereces un amor que te haga sentir en paz. Un puerto al que llegar, el calor de un hogar. Alguien a quien puedas confiarle tu lado más oscuro para regalarle tu lado más brillante. Un amor con intención de ser y de estar. Un amor entusiasta y consecuente alejado de mentiras, dobles intenciones, vacío y soledad. Te mereces un amor como el que tú seas capaz de dar: imperfecto, sí. Pero intenso, puro y real.