No es sólo fútbol

“El Mundial es una especie de estado de gracia universal, o eso creemos, sublimado por la ilusión de cada nuevo partido que ya va a empezar”. Juan Esteban Constaín, escritor colombiano.

Y sí, para qué vamos a engañarnos, todos los que somos aficionados al fútbol esperamos cada cuatro años impacientes e ilusionados el inicio del Mundial. Días antes comenzamos a memorizar el calendario de partidos, calculamos la diferencia horaria entre nuestro país y el anfitrión, hacemos cábalas y apuestas, y nos interesamos por equipos que antes apenas hemos visto jugar. Pero ahora esas Selecciones más o menos conocidas se convierten en rivales y queremos saberlo todo de ellas. Cómo son en el tú a tú, cuál es su mejor baza y qué credenciales históricas presentan en este tipo de competiciones. Nos implicamos de tal manera que durante un mes el fútbol se convierte, creemos que con todo derecho, en el tema de conversación principal alrededor del mundo muy a pesar de todos aquellos que no comparten esta emoción, que se sorprenden y que nos critican desde ese absurdo altar de intelectualidad. Perdón, pero un mes cada cuatro años no es mucho pedir, déjennos gozar de este opio en paz.

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Y así estamos ahora todos los seguidores universales drogándonos diariamente convertidos en directores técnicos desde el sofá de casa o con suerte desde la grada, ajustando la alineación del equipo, aprobándola o criticando esas locuras de entrenador que todos en algún momento tienen (para bien y para mal). Y llega el día D y la hora H. Ya están los 22 jugadores posicionados en sus respectivos campos, separados por ese árbitro que no sabremos si será justo, aliado o enemigo. Una milésima de segundo en silencio antes de escuchar el pitido inicial. Rueda el balón al son de tus propios latidos. Noventa minutos que pueden ser eternos o apenas un suspiro. Noventa minutos para tocar el cielo o caer en un infierno. Noventa minutos en los que aplaudes las jugadas, alientas, te cabreas, les das algún que otro grito instructivo a tus jugadores y chillas uys y ays en todas sus posibles entonaciones. El mono de goles empieza a notarse conforme avanzan los minutos y el último tramo del partido a veces se vuelve tan mágico como insoportable: que no pite el árbitro o que pite ya. Puedes pasar de la alegría a la decepción en tan sólo un segundo; amas y odias a tu once sobre el terreno de juego varias veces durante el encuentro y el sube y baja de emociones es tal que difícilmente se puede explicar: o se siente o no se siente. Porque el fútbol es así: radical, impulsivo, disparatado, orgásmico.

Ya lo decía Gabriel García Márquez cuando lo calificaba como el más bello espectáculo. Pocas cosas en esta vida conjugan emoción, riesgo, nervio, alegría, furia, rabia, tristeza, éxtasis, locura y diversión en poco más de una hora como lo hace el fútbol. Por eso el Mundial se convierte en la excusa perfecta para todos los amantes del deporte rey que necesitamos y gustamos de ese opio que algunos con burla todavía denigran. Pero es que el Mundial no es sólo fútbol: es convivencia, es aprendizaje, es respeto, es cultura, es entrega y humildad. Y el fútbol no es sólo fútbol: es darse la mano antes y después de cada choque, es la lealtad a un sentimiento, es la magia de lo inesperado y el surrealismo de lo imprevisible. El fútbol mueve masas, crea ilusiones, acelera corazones. Y sí, es probablemente la cosa más importante de las cosas menos importantes, como dijo Sacchi. Pero por favor, ¡no te termines nunca!

Y ahora, ¡que siga el espectáculo!

 

 

El amor que te mereces

Te mereces un amor que custodie tus noches y que pinte de color tus amaneceres. Un amor tan seguro de sí que no deshoje más margaritas. Alguien que vea en tus ojos estrellas fugaces y que busque en tu piel al mismo tiempo ternura y coraje. Te mereces un amor que sepa escuchar lo que callas y que te colme de palabras cuando tú ya no las encuentres. Te mereces a alguien que hable de ti con brillo en la mirada y que no pueda evitar una sonrisa al oír tu nombre. Un amor que entienda que presumirte en público es ganarte en privado. Alguien que se sienta orgulloso de quien eres y que no escatime en demostrarlo.

Te mereces un amor sencillo que se construya día a día entre la curiosidad y el querer. Un amor franco y sin corromper. Te mereces a alguien que te quiera completa y que se dé a ti también por completo. No te mereces mitades, ni amores quebrados, ni segundas raciones ni medias verdades. Te mereces a alguien que se vuelva loco contigo, con tu manera de ser, de pensar, de reír… Y no sólo con las curvas de tu cuerpo y tu forma de seducir.

Te mereces un amor que esté cuando más lo necesites sin tener que pedirle cita, permiso o perdón. Alguien con quien no tengas que andar a tientas ni marcando una estrategia. Un amor que te permita ser todo lo libre que desees ser y que te acompañe también en tu vuelo. Que no te suelte la mano en los abismos y que salte contigo los precipicios sin miedo a perder. Alguien que temple los vacíos helados que ocultas en el alma, que te llene de abrazos y besos, de caricias, de piel, de deseo. Te mereces un amor sin excusas ni complejos.

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Te mereces un amor que no tema tus sombras y que luche contra tus demonios. Alguien que respete tus opiniones y que te apoye en tus metas. No te mereces a nadie que te desdeñe, que te mire por encima del hombro o que se burle de tus decisiones. Tú te mereces mucho más que inseguridad, incertidumbre o hermetismo. Te mereces un amor interesante y no interesado, que te ame sin leyes ni horarios. Alguien capaz de sorprenderte, de motivarte, de enseñarte. Un amor viajero, independiente, explorador, incansable. Te mereces a alguien que no le ponga peros a tus planes y que te incluya también en los suyos. Que tire cuando tú ya no puedas más y que se acurruque junto a ti cuando llegue el desvelo.

Te mereces un amor que te busque, que te elija, que te mire, que te tiente. Te mereces a alguien que baile, que cante, que ría, que lea, que sueñe. O al menos que esté dispuesto a hacerlo si es a tu lado. Un amor cómplice. Alguien a quien admirar y que te admire. Un amor que te haga flotar, delirar, perder la cabeza. Y que te corresponda en ello. Te mereces un amor tan valiente como para quemar puentes, cruzar océanos y romper cadenas por ti. Alguien que no tenga que pensarse sus sentimientos y que si un día le azota la duda tenga el coraje de decírtelo a tiempo.

Te mereces un amor sin fisuras ni pliegues. Atento, paciente, generoso y dialogante. Alguien que no huya del compromiso ni de las dificultades. Un amor con voluntad de construir aunque no sepa todavía por dónde empezar. Pero alguien que busque la manera, que ofrezca seguridad y que encare los problemas con entereza y serenidad. Porque tú no te mereces más esperas, más lágrimas, más miedos. No te mereces que un día sí y otro no, ya no más titubeos, ni noches de insomnio ni mensajes por contestar. Te mereces un amor que te haga sentir en paz. Un puerto al que llegar, el calor de un hogar. Alguien a quien puedas confiarle tu lado más oscuro para regalarle tu lado más brillante. Un amor con intención de ser y de estar. Un amor entusiasta y consecuente alejado de mentiras, dobles intenciones, vacío y soledad. Te mereces un amor como el que tú seas capaz de dar: imperfecto, sí. Pero intenso, puro y real.

 

 

 

El amor en tiempos de instagram

Estoy en shock. En tres días he asistido en directo a una pedida de mano (“te diría que sí un millón de veces más”, ¿por qué sobamos tanto las frases??), a unas cuantas vacaciones idílicas, a un par de bodorrios, a cuatro fiestas de cumpleaños y por lo menos a una ruptura tan inesperada como sonada. Y no, no tengo una vida social tan ajetreada ni poseo el don de la ubicuidad. Ni siquiera he tenido que moverme del sofá. Así de fácil, así de accesible, así de aterrador.

Vivimos tan de cara a la galería que asusta. La pose, la pose, la pose. Repetimos la foto hasta conseguir que el brillante luzca en su máximo esplendor, que nuestros pies se enreden en consonancia con los de nuestra pareja en el momento exacto de una puesta de sol, que la risa parezca natural y no forzada, que el viento ondee nuestro cabello queriendo transmitir espontaneidad ante la cámara. Activamos la ubicación en los viajes y en los mejores restaurantes. Presumimos nuestra diversión en fiestas hasta altas horas de la madrugada y luego lo mucho que alguien nos ama llevándonos desayunos bonitos a la cama. Aunque eso no sea más que una invención incómoda y marrana disfrazada de romanticismo.

Convertimos nuestro día a día en una sucesión de selfies y situaciones prefabricadas con el único objetivo de subirlas a una red social y esperar aprobación. Que aprueben nuestra relación, nuestro viaje, nuestra cena saludable, nuestros logros, nuestro new look, nuestro vestido nuevo, nuestra #happy rutina . Y que con todo ello nos aprueben especialmente a nosotros. Porque somos guapos, divertidos, tiernos, aventureros, gourmets, seductores, risueños… Somos todo eso que figuramos ser pero curiosamente necesitamos que un ejército de likes nos lo confirme.

81167c311be6982546d2ed1a3878ad9bb059a6f1Jugamos peligrosamente una doble vida excedida de ego con la irresponsabilidad de no saberla manejar. Llenamos nuestros perfiles de auténtica pose y de cada vez menos verdad. Inmortalizamos momentos para que combinen con el hashtag y no para el recuerdo. Le ponemos filtro a todo, incluido y sobre todo al amor. Queremos hacerlo tan bonito que lo convertimos inevitablemente en una mentira. Cambiamos la ingenuidad de las emociones por una imagen perfecta dedicada a los demás. Perdemos la franqueza del sentir por la rigidez del aparentar. Entrelazamos nuestros dedos para la foto y nos besamos estratégicamente mientras encuadramos el beso sujetando un palo selfie. Para que todos lo vean. Para que todos nos vean. Ya no anhelamos el escalofrío de unos labios humedecidos sobre los nuestros en un acto de intimidad; ahora nos da más placer cuantificar la repercusión que con ello conseguimos y, al final, la necesidad de vivir para el objetivo nos impide sentir algo tras él. Es la era del #instalove.

Buscamos ser un reflejo de la modelo, del cantante, del futbolista, de la actriz… Una copia adaptada a nuestras posibilidades de lo que ellos hacen y de esta manera nos recreamos  posando en la playa como fulanita o conjuntando nuestro atuendo súper fashion con los colores de una fachada californiana, como hizo menganita. Imitamos patrones que creemos de éxito y ansiamos ser protagonistas de la película que viven los demás (o que creemos que viven) sin darnos cuenta de que ya lo somos de una mucho más importante: la nuestra. ¿Y qué aventura puede haber mejor que ésa? Una aventura con sus luces y sus sombras, con toda una maravillosa gama cromática por descubrir y también por qué no, por presumir sin complejos. Una aventura alejada de la frivolidad, de la pose y del qué dirán. Una aventura como la vida misma: real.

Y sin embargo, preferimos caer en la trampa de lo superfluo exponiéndonos completamente al otro. A veces siento que hemos perdido el control cediéndole a los demás el poder de opinar sobre nuestras vidas como si de telespectadores se tratara. Regalamos tanta información sobre lo que hacemos, dónde o con quién, que al final nos volvemos completamente vulnerables a la crítica convirtiéndonos en #instadependientes de aceptación. Y es realmente triste pensar que tras lo que parece un cuento de hadas hay demasiadas tomas falsas, y que tras esa sonrisa perfecta a veces se esconden muchas lágrimas de soledad y de baja autoestima que no conjugan bien con el postureo.

Que no sirva esto como crítica a algo que todos en mayor o menor medida hacemos sino como reflexión de la sociedad que sin darnos cuenta estamos creando: más preocupados de parecer que de ser, de aparentar que de sentir, viviendo la vida mirándonos en los espejos en vez de hacerlo mirándonos a los ojos. No olvidemos que lo mejor está en todo aquello que es tan intenso que ni siquiera nos da tiempo a fotografiar.

 

 

 

Llegan los Premios 20Blogs, ¿me votas?

647152-600-338Hace tres años decidí hacer pública una aventura que formaba parte de mi vida desde que aprendí a juntar letras: la aventura de escribir. Hasta ese momento no me había planteado publicar nada pero la insistencia de quienes conocen mi entusiasmo junto con la facilidad que ofrecen hoy las redes sociales me animó a abrir este Cafetera y Manta que se ha convertido en refugio, desahogo, crítica y emoción a partes iguales. Y ahora ha llegado el momento de intentar darle ese empujón de visibilidad que todos buscamos en este mundo tan difícil como apasionante. Es por ello que, por segundo año consecutivo, me presento a los Premios 20Blogs en su XII Edición. Debo agradecer a todos aquellos que me votaron el año pasado así como al jurado su valoración tan positiva permitiéndome alcanzar, entre miles de bitácoras presentadas, el sexto puesto en mi categoría: blogosfera. Este año vuelvo a participar en la misma categoría con infinitas ganas e ilusión y desde aquí aprovecho para solicitarte de nuevo tu voto.

No te robará demasiado tiempo hacerlo y con ello me puedes ayudar muchísimo así que si te animas y te gusta lo que lees en mi blog clica aquí Premios 20Blogs 2018 para poder votarme hasta el próximo día 10 de abril. 

También te explico detalladamente los pasos que tendrás que seguir por si tienes alguna duda durante el proceso de votación:

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Cuando accedas al enlace Premios 20Blogs 2018 te pedirá que te identifiques como usuario para poder participar en la votación. Para ello, dirígete a la parte superior derecha de la página y verás el icono de un monigote.

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Clica en él y podrás identificarte o recordar tu contraseña en caso de que ya estés dado de alta (por ejemplo, si me votaste el año pasado) o bien podrás registrarte como nuevo usuario introduciendo tus datos. 

Cuando te hayas registrado o identificado como usuario podrás emitir tu voto así: 

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Una vez hayas clicado en “vota a este blog” te confirmará tu voto con un mensaje de “voto recibido” en color verde ¡y ya estará hecho! 🙂

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Por otro lado, también puedes valorar mi blog marcando las estrellitas que consideres oportunas en el apartado “valora el blog” aunque esta acción no computa para la XII Edición de los Premios 20Blogs.

Y finalizada mi particular campaña electoral sólo me queda agradecerte enormemente tu tiempo y espero que sigas disfrutando leyendo mi Cafetera y Manta tanto como yo disfruto escribiéndolo. ¡¡MUCHAS GRACIAS!!

 

El hombre del café

Es un hombre cualquiera. Se sienta cada día a la misma hora en el mismo rincón del bar de siempre. Pide un café con leche y lo acompaña de una ensaimada pequeña a veces, de un bollo suizo otras. Nunca utiliza más de medio sobre de azúcar para endulzar su café y mientras lo remueve haciendo tintinear la cucharilla despliega el periódico para leer los titulares de la portada. Después pasa a la última página y desde ella va avanzando en su lectura, de atrás hacia adelante. Lo lee todo: política, ciencias, divulgación, entretenimiento… Le gustan los artículos de opinión y a veces se le puede oír murmurar su desacuerdo. Pero donde más se demora es leyendo las noticias deportivas, reteniendo partidos y resultados en su privilegiada memoria a pesar de su avanzada edad. Y supongo que por aquello de la edad tampoco deja una esquela sin leer. Nunca he entendido esa afición que tienen los mayores a detenerse en la página de las defunciones, no sé qué esperan encontrar, si el fallecimiento de algún conocido o el alivio de que todo sigue igual.

b5127a62882a11e3838512aaa8e0901e_81_2018-03-26_15_10_59A simple vista parece un hombre más pasando la mañana con su café y su diario. Pero a mí me gusta observarlo. Ver su reflejo en la ventana cuando el sol de las 11 da de lleno en su rincón. Verlo fruncir el ceño, molesto por tanta luz. Verlo ajustarse de vez en cuando las gafas, más por inercia que por necesidad. Verlo apretar los labios cuando algo le indigna o sonreír relajadamente si la lectura le satisface. Me gusta pensar que es un hombre feliz en su sencillez. Que la rutina no es impuesta sino escogida y que llegados a cierta edad estar vivo y estar bien es más que suficiente. Al menos eso pienso yo viéndolo desde el otro lado del bar, como quien ve los toros desde la barrera, llena de vitalidad y con mil proyectos en la cabeza.

A veces cuando lo observo trato de imaginar cómo debió de ser en su juventud. Le pongo cabello a una cabeza ahora casi totalmente despoblada y le tiño de azabache las canas que le surcan como ríos de plata las sienes. Busco en sus ojos el brillo que una vez debió de tener, ahora convertido en acuosidad. Esos ojos pequeños y oscuros, ¿qué habrán visto? Quisiera por un momento meterme en ellos y echar para atrás como si de una cinta cinematográfica se tratara. Regresar con él a su niñez y ver a través de su inocencia el horror de una guerra civil que dejó marcas profundas en la historia. Sentir sus miedos disfrazados de ingenua alegría y entender mejor a una generación que todavía vive con la angustia de que algo así se pueda repetir siempre que la sociedad se torna un poco convulsa. Quisiera acompañarlo en su adolescencia y dar con él sus primeros pasos hacia una juventud mucho más temprana que la nuestra, mucho más madura, mucho más responsable e implicada. Intento descifrar si fue un revolucionario o un conformista. Si sufrió en un bando o en el otro. Dónde le tocó estar y cómo fue su entorno familiar en aquellos años beligerantes y de posguerra. Busco en el surco de sus arrugas respuestas, como si de un mapa del tesoro se tratara, como si ellas pudieran contarme lo que su memoria custodia y su voz calla.

Me fijo en la alianza que adorna su dedo anular izquierdo y asisto a su enlace como una invitada más. Aquella boda no tiene nada que ver con las de ahora. Pocos invitados, poca parafernalia. Pero mucho, mucho amor. Amor del que cura y cuida, del que no desfallece al primer contratiempo, del que lucha y rema, del de verdad. Nunca he visto a su mujer, nunca lo ha acompañado al bar, puede que ya no esté… Pero ese anillo me dice que aunque ella se haya ido siempre permanecerá. Seguramente vivieron un amor de esos de “a Dios pongo por testigo” y para toda la vida, eso es al menos lo que románticamente me gusta pensar. ¿Tiene hijos? ¿Cuántos? Quiero creer que es un buen padre, aunque probablemente fue como todos los de la época: rígido, poco dado a mostrar sus sentimientos, en cierta manera alejado e independiente pero siempre dispuesto a dar un buen consejo. Un padre de esos que generan más respeto que confianza, un padre de los de antaño. Y seguramente ahora es un abuelo mucho más complaciente, flexible y afectuoso de lo que fue con sus hijos en la infancia. Un abuelo que ve en sus nietos la esperanza de un futuro mejor, de ser lo que él nunca fue, de alcanzar los sueños que los más mayores de nuestro país vieron truncados.

No sé a qué se habrá dedicado profesionalmente, si habrá tenido muchos empleos o uno de esos en los que la gente empezaba de botones y terminaba siendo directivo. No sé si tuvo la oportunidad de estudiar algo más que los estudios primarios pero mientras lo observo concentrado en su diario sé que es un hombre inteligente e interesado por el mundo que le rodea. Curioso, perspicaz. Dado más al silencio que a la palabra. Rumiante de ideas y opiniones. Justo. Recto. Destila ese halo de seguridad en sus movimientos como si quisiera retarle al tiempo, como si el temblor en sus manos y la tos seca no fueran con él, como si las arrugas no delataran años, como si la vida no tuviera fin. Me gusta ver cómo apura su café, frío ya de tanta lectura. Cómo dobla su diario, se ajusta la boina y saluda al encargado con un escueto hasta mañana Manuel. Y mientras yo espero que mañana nada cambie y pueda volver a encontrarlo en su rincón de siempre, él, ajeno a mis pensamientos, sale del bar con pasos cortos, las manos en los bolsillos y el periódico perfectamente custodiado bajo el brazo.

 

 

 

¡Guerreras!

Mujeres, despertad. Reconoced vuestros derechos. ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la Revolución?”

Olympe de Gouges, 1791.

Cada 8 de marzo suena con más fuerza el día de la mujer no sólo para reivindicar nuestro papel como mujeres en la sociedad sino para no olvidar los derechos adquiridos a lo largo de los años y seguir luchando por los que todavía nos faltan. Es por eso que, además de los acostumbrados actos previstos, hoy está convocada la primera huelga feminista de la historia en España. Y me parece muy bien que un día al año paremos. Que al menos un día al año pongamos de manifiesto mediante nuestra ausencia en las tareas habituales (laborales, sociales, domésticas) lo mucho que se nos necesita y lo lejos que estamos aún de que se nos valore por igual. Estoy muy de acuerdo con salir a la calle para manifestarnos por unos derechos que batallamos y recibimos a cuentagotas para que luego se nos diluyan por una pura y absurda cuestión de género. Sí, en el siglo XXI nosotras todavía tenemos que luchar contra ciertos estigmas para conseguir alcanzar la igualdad de trato, de respeto y de oportunidades.

Por eso hoy aprovecho la celebración del Día Internacional de la Mujer para reivindicar quizá a la figura más importante de la historia de este movimiento que a su vez es una gran desconocida para la mayoría. Olympe de Gouges (Francia, 1748 – 1793) fue la primera que se atrevió a proclamar públicamente que “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos”. Escribió numerosos panfletos en contra de temas tan controvertidos como la esclavitud, pidiendo su abolición. También habló del derecho al divorcio, del reconocimiento de los hijos naturales fuera del matrimonio (los llamados despectivamente “bastardos”) y de la creación de centros de acogida para mujeres necesitadas. Reclamó igualdad en la aspiración a cargos de magistratura y de carácter público (hasta entonces prohibidos para ellas) alegando que “si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, también debe tener el derecho de subir a la tribuna”. Fue la primera en hablar de sufragio universal en un momento en el que el voto estaba vetado a las mujeres por considerarlas “ciudadanas pasivas sin derecho a la participación en la vida pública”.

Su texto Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791) es uno de los primeros que hablan abiertamente de la emancipación femenina en sentido de igualdad y de la equiparación de la mujer al hombre en lo jurídico y en lo legal. Es el primer alegato feminista de la historia pero no sólo tiene valor como proclama en favor de la mujer sino también en la universalización de los derechos humanos. Sin embargo, este texto fue finalmente el detonante que la condenó a la guillotina mientras, paradójicamente, ella denunciaba la pena de muerte.

De Gouges fue una mujer valiente, atrevida y revolucionaria que sentó las bases de un movimiento que empezó a cobrar fuerza a lo largo del siglo XIX. Muchas mujeres vieron en ella un ejemplo a seguir y perdieron el miedo a luchar por sus derechos, algunas incluso dejándose la vida en ello (no olvidemos la muerte de 120 trabajadoras neoyorquinas en las manifestaciones del 8 de marzo de 1875), para ir sumando esfuerzos y conquistando victorias. Sin duda, una lucha de guerreras que continúa hasta hoy.

En los últimos meses asistimos a una importante corriente de denuncia social que tuvo como detonante el ‘caso Weinstein’ y que propició el nacimiento del famoso lema #MeToo extendido ya por muchos países del mundo. Porque no hace falta ser una actriz de Hollywood, una modelo de pasarela o una persona de relevancia pública para ser víctima del machismo. Son muchas las mujeres, somos muchas, las que en algún momento de nuestra vida nos hemos sentido violentadas, ultrajadas, utilizadas, desprestigiadas, dominadas, poco valoradas o nada respetadas. Y lo que comenzó como una denuncia concreta ante un acto de acoso sexual se ha convertido ya en un levantamiento global que acoge a todas aquellas mujeres que no sólo nos solidarizamos con el “yo también” sino que sobre todo queremos gritar BASTA.

Basta de violencia de género y de feminicidios, no queremos ser ni una menos. Basta de tener que demostrar el doble para llegar a un mismo lugar. Basta de cobrar sueldos inferiores por un mismo trabajo. Basta de cargarnos con toda la responsabilidad en la educación de los hijos y en el cuidado de los mayores. Basta de sentirnos incómodas cuando nos ponemos una minifalda. Basta de tener temor a caminar solas de madrugada. Basta de tener que hacer malabares para conciliar familia y trabajo. Basta de ser el eslabón profesional sacrificable si pretendemos tener descendencia. Basta de criticarnos si no queremos ser madres. Basta de dar por hecho que queremos hacerlo. Basta de que otros decidan sobre nuestro cuerpo. Basta de vernos como unas fracasadas si estamos solteras o divorciadas. Basta de juzgarnos si disfrutamos sin vergüenza de nuestra sexualidad. Basta de clasificarnos entre putas y mojigatas. Basta de llevar todo el peso del hogar. Basta de querer vernos perfectas las 24 horas del día. Basta de ser reclamo sólo por nuestro físico. Basta de tratarnos como locas si alzamos la voz. Basta de reprocharnos un mal día porque estamos “en esos días”. Basta ya de someternos a tantos juicios de valor.

Actualmente los medios de comunicación y las redes sociales nos facilitan mucho más la tarea de la visibilidad y por tanto de la reivindicación, así que aprovechemos las herramientas que tenemos para, tal como hicieron De Gouges y muchas otras guerreras en su momento, denunciar el abuso de poder, el acoso sexual, la violencia machista y el micromachismo cotidiano, la desigualdad en los salarios, el techo de cristal en las empresas, las dificultades en la conciliación familiar, las carencias en las ayudas sociales y el doble esfuerzo que generalmente tenemos que hacer para demostrar quiénes somos y lo que valemos. Porque no, éste no es es un problema exclusivo de las mujeres, es un problema que nos incumbe a todos. Tomemos al menos el día que nos ha concedido el calendario para evidenciar que sin nosotras se para el mundo. Pero no olviden que en nuestras vidas cada día es 8 de marzo.

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