Al abismo de un latido

Miedo. Aunque no fue lo único que sentí aquella noche, la sensación de miedo es la que más recuerdo, y la que más me atormenta. Miedo y mucho, mucho frío.

Nos miraron con cierta condescendencia y murmuraron un «son ellos» que a ninguno de nosotros se nos escapó. Se acercaron lentamente rompiendo una distancia que a mí se me hizo gélida. Me fijé en sus batas blancas, en lo jóvenes que eran, en sus caras de preocupación y esa típica inseguridad de quien teme anunciar un trago amargo por el que otro tendrá que pasar. Quise despertar en ese momento de aquel terrible mal sueño. Pero no pude.

—¿Son los familiares de…? —Dejaron la frase en el aire ante nuestra necesidad de premura. Claro que éramos nosotros, por increíble que parezca en ese momento en Urgencias no había nadie más.

—¿Están todos? —La pregunta me atravesó la garganta robándome la respiración. Y qué necesitados de oxígeno estábamos esa noche…

Apenas unas horas antes la vida fluía tranquila en su rutina. Había sido un día de lo más normal. Teníamos planes para el día siguiente, y para la próxima semana. Hablamos de temas triviales, comentamos las noticias de las nueve mientras cenamos, reímos por alguna tontería, quizá incluso perdiera un poco la paciencia también. Nada hacía presagiar entonces que un momento después se nos quebraría el corazón.

—Sí, sí, estamos todos… —balbuceamos tras las mascarillas, asintiendo con la cabeza para reforzar la respuesta por si acaso no nos salía la voz. El nudo en el estómago me ahogaba, las rodillas a duras penas me sostenían. Seguía sin poder despertar de aquella pesadilla.

Estado crítico. Ventilación asistida. Sedación. Horas vitales. Gravedad. Haremos todo lo posible. Estén preparados. Oxígeno. Situación muy justa. Riesgo. Hay que esperar…

Palabras que se me clavaban en la sien para volverse luego extrañamente lejanas, como si fuera un rumor entre la niebla amortiguado por mis propios pensamientos queriendo negar la realidad, tratando de entender cómo era posible que estuviéramos allí reunidos a las dos de la madrugada.

Después de cenar lo habíamos oído toser. Una tos tranquila y esporádica, nada que hiciera saltar las alarmas. Sin embargo, preferimos comprobar que todo estaba bien, es lo que tiene preocuparse de alguien a quien quieres. La tos se convirtió en asfixia en cuestión de segundos. Diez minutos después, cuatro médicos trataban de estabilizarlo en su propia cama antes de poder trasladarlo al hospital mientras él, inconsciente, se aferraba a la vida con una fuerza tremenda.

Al caos del principio le siguió una sucesión de horas lentas, eternas y amargas. El frío de los pasillos solitarios me calaba los huesos mientras un sudor extraño me erizaba la piel en cada escalofrío que me recorría el cuerpo, aunque yo creo que más bien eran quejidos del alma. Luché contra todos los pensamientos negativos que se colaban en mi mente, los desterré asustada y rabiosa. No quería pensar en eso, no quería tentar aún más a la suerte ni adelantarme a unos acontecimientos para los que no estaba, ni estoy, preparada. Como si de alguna superstición se tratara, rechacé cualquier pesimismo en una cruenta batalla contra mí misma.

Busqué consuelo en los últimos momentos juntos confiando en todos los que vendrán. Recordé su cumpleaños celebrado solo cinco días antes con toda la familia, y la felicidad que significa verlo sonreír, brindar, contar chistes, desesperarse con el fútbol, disfrutar con una buena mesa, tararear las canciones de siempre, salir a pasear, apuntarse a un bombardeo… Me agarré a la esperanza, que definitivamente es lo último que se pierde, para poder escapar de un laberinto de dolor y ausencia que me mareaba en aquella calma mentirosa. Le rogué a ese Dios que a veces olvido, a la ciencia y al destino, que no me arrebatara esa noche a mi padre.

Y cuando al fin sus latidos se acompasaron de nuevo, sentí que lo hacían también los míos.

No estás loca

¿Qué se siente cuando ni siquiera sabes lo que sientes? Cuando solo los síntomas físicos de tu cuerpo son los que te mandan señales, pero ¿señales de qué? De alerta, de tensión, de tristeza. Se te agarra un nudo en el estómago que te impide probar bocado, se te revuelven las tripas como si fueras a examinarte a vida o muerte, o estuvieras constantemente esperando una mala noticia. Intranquilidad, quizá se puede definir así. Desasosiego también. Pero ¿por qué? ¿Cómo lo controlas, lo superas?

De repente te ves apretando la mandíbula sin querer, como conteniendo algo que no toleras, que no aceptas, o que no quieres dejar ir. Y te dices a ti misma que eso es justo lo que debes hacer, aunque lo cierto es que no sabes ni qué decir entre todo ese denso vacío que te envuelve. Sí, que ahora cualquier cosa te hace llorar, que tus niveles de sensibilidad se han vuelto exagerados, que no te reconoces entre tanto caos porque tú no eras así, nunca te habías visto tan frágil y debilitada. Claro que antes lloraste hasta quedarte dormida, cuando te rompieron el corazón o decidiste romperlo tú. Claro que te has sentido perdida otras veces, indecisa, temerosa ante lo incierto. Sin embargo, ahora todo eso te supera, lo que antes estaba bajo control ahora se ha convertido en una bola gigante que te aplasta y que ya no puedes manejar, porque llevas demasiado tiempo pudiendo, demasiado tiempo aguantando, demasiado tiempo intentándolo.

Y así un día, sin más, tu cuerpo ya no solo te da toques de atención que ignoras, ahora decide colapsar, hacerte caer en picado, enfermarte sin motivo aparente para el resto de los mortales. Cómo explicar que tras las sonrisas sinceras se esconde también un abismo profundo que estalla en soledad. Cómo justificar que, aunque el día pase bien y de verdad así sea porque objetivamente no hay nada que lo tuerza, tú llegas a tu cama por la noche como si hubieras librado una batalla. Quizá lo has hecho, contra ti misma, contra todos tus demonios, y piensas mañana será otro día. Puede que al día siguiente tengas más energía para hacer cosas, y charles más, y quieras tomar un café con alguien o arreglarte para salir a pasear, y entonces los demás piensen ya está, ya se le pasó el bajón, mírala qué guapa va, tan sonriente, cómo coquetea, qué ganas tiene de disfrutar. Pero tú sabes que el bajón no se pasa así, porque no se trata solo de un mal día. No se trata de nada en realidad, o ya se trata de demasiado.

Hubo un detonante, o quizá ni eso siquiera, o no eres consciente, o sí. Depende de cada cual. A veces es nada más y nada menos que un cúmulo de circunstancias, de expectativas, de ilusiones, de metas, de sueños… Que te rozan los dedos y que siempre terminan por escapar, dejándote con esa sensación amarga y tan cruel que te recuerda que por mucho que te esfuerces nada se queda contigo, como si tú no merecieras la pena. De forma sibilina se instala en ti el fracaso, la duda, la pérdida, el dolor, la desolación… Y ya no sabes cómo lidiar con todo eso que te baila en la mente y te retuerce hasta la asfixia el corazón.

Entonces tienes que pararte y pedir ayuda. Y no, no estás loca por hacerlo.

Recuerda que la salud mental es salud, no debería ser un estigma social y mucho menos un privilegio. #Díamundialdelasaludmental #cuídate

Tijeretazo

—¿Estás segura?

—Sí, hazlo.

Le sonrío con una mirada de aprobación frente al espejo. Me devuelve un gesto de asentimiento. Allá vamos.

La tijera se cuela entre mis cabellos, tímida primero, intrépida después. Los mechones comienzan a caer al suelo en un baile suave que me reconforta. Algunos me rozan los brazos con su cosquilleo, como queriendo acariciarme en última instancia, retenerse en mí seductores. Los aparto con cuidado, los dejo ir. Me observo la cabeza en su proceso, a medias entre el pasado y el futuro, sintiéndome como una niña aimara en su fiesta de la Rutucha, donde se les corta el cabello por primera vez simbolizando así su presentación en sociedad.

El ritual del corte del cabello no es exclusivo de las culturas indígenas de muchas regiones del mundo que lo toman como un acontecimiento sagrado desde hace milenios. El símbolo ha llegado hasta nuestros días modernos y occidentales como la materialización de un cambio, la necesidad de romper con la dinámica establecida y de dar paso a nuevas oportunidades, a lo que esté por llegar. Quizá por eso hoy pido una revolución entre tijeretazo y tijeretazo mientras divago.

Con mi melena dejo ir también las malas vibras, los sinsabores, las lágrimas, las cadenas que me atan no sé muy bien a qué ni a quién. Ya no más. Desecho los momentos amargos que no merecen la pena, todo aquello que no construye ni aporta. Rompo con quien ya ha roto conmigo con su actitud, agotada de remendar los lazos de los desplantes, del egoísmo, de la indiferencia y el desinterés. Cansada de sacrificar mis sueños, mis planes, mis deseos, y de tener que guardarlos en un cajón hasta que alguien más se decida a abrirlo cuando le convenga. Muy harta de anteponer a quien no me antepone y de verme relegada a esos rincones oscuros y callados que no merezco. Sé que una visita a la peluquería no solucionará mágicamente mis problemas, ni mis miedos ni mis dudas, pero ¿no puede ser esta una manera de representar el desencadenante de lo que durante meses se ha ido gestando en mí en silencio? Como la última gota que, aunque sea ligera y para otros carezca de importancia, es capaz de colmar un vaso al límite del aguante y el desbordamiento.

El pelo revuelto por el secador, mucho más corto ahora yendo de un lado para otro, me alivia. Me siento más guapa, segura y fortalecida, al contrario de lo que le ocurría a Sansón con sus siete trenzas. Salgo a la calle y me fundo con el sol, con los colores y el gentío. Todo me parece más brillante, más vivo. Incluso yo misma me percibo con una nueva luz. El aire fresco me sopla en la nuca, recordándome que la llevo al descubierto, desnuda. Me gusta la sensación de libertad que me recorre por la columna, bajando por todo mi cuerpo hasta mis pies, que caminan sin rumbo fijo pero decididos a cerrar un ciclo tristemente desgastado, mientras mi alma se abre valiente a todo lo nuevo que está por suceder.

Una mujer que se corta el cabello está a punto de cambiar su vida —Coco Chanel.

Mi viejo gran amor

Había envejecido, las tapas estaban algo arrugadas y las hojas se veían amarillentas por el paso del tiempo, pero encontrarlo de repente, entre un montón de cajas amontonadas y llenas de polvo, me alegró el corazón.

Lo cierto es que, sin saber muy bien cómo, lo había ido dando por perdido poco a poco, hasta que dejé de buscarlo. Comprendí que aquella historia ya no daba para más por mucho que la leyera de mil formas distintas buscando retenerla, tratando de hacerme feliz. A veces todo el empeño no es suficiente porque hay historias que sencillamente no tienen que ser. Cerré el libro con la delicadeza que el amor que le tuve me permitió, y lo resguardé en un rincón de mi memoria al que ya no regresé.

Hasta ayer. Allí estaba, resuelto e inesperado, como cuando llegó a mi vida sin pretensión de ser lo que más tarde sería. Conservaba el mismo espíritu, ese tan único y socarrón que hace ya tantos años me atrapó entre sus palabras, ese del que me enamoré. Sonreí al verlo, claro, sonreí sin parar. Quise acariciarle la piel, palparlo con suavidad primero, estrecharlo entre mis brazos después. Me puse nerviosa al recordar su tacto y cerré los ojos liberándome en un largo suspiro. Me dejé llevar por su olor, envuelta en un aroma que me era demasiado familiar. Hay cosas que no se olvidan.

Tenía muchas preguntas… Lo abrí con sumo cuidado, no quería estropearlo ahora, no quería volver a perderlo. Lo hojeé buscando respuestas y me las concedió todas. Algunas ya las sabía, es verdad, pude intuirlas en su momento; otras fueron nuevas, como si la lectura hubiera cambiado con el tiempo. Aunque no son las letras las que cambian, sino nuestra manera de entenderlas. Me embargó una emoción desconocida, tranquila, sincera. Ya no me temblaban las manos al sostenerlo, ni se me quebraba la voz recitando sus pasajes. Pude volver a las páginas más doloras desde la paz del aprendizaje y me sentí profundamente orgullosa de cada renglón que escribimos juntos, incluidos los más torcidos.

Durante años me hizo descubrir todas las emociones posibles, todas. La intensidad que emanaba me arrastró hacia los abismos más excitantes. Cada capítulo era una aventura impredecible, una montaña rusa de sensaciones que no siempre tenía un final feliz. Pero fueron aquellos finales justamente los que me permitieron avanzar y llegar hasta este reencuentro con la seguridad de poder releer con tierna nostalgia e inmenso cariño aquello que un día dejé anestesiado en mi alma.

Él fue mi libro favorito, aunque a veces me guste titularlo como mi viejo gran amor.

Aquellos últimos días

Fue una mañana de domingo a finales de febrero. El silencio reinaba en la casa rural donde pasábamos el fin de semana. Todavía era muy temprano y todos dormían excepto yo que, desvelada, leía las noticias en el móvil tumbada en la cama. O más bien debería decir la noticia: el coronavirus hacía estragos en Italia, que se encerraba. Contrasté el titular con tantos otros que informaban de lo mismo. Sentí entonces una preocupación egoístamente europea: los casos ya no se limitaban a esa ciudad desconocida de nombre Wuhan, habían llegado a nuestro viejo continente. 

Cuando escuché voces me levanté, me di una ducha para despejarme y bajé a desayunar. Poco a poco nos reunimos alrededor de la mesa. Comenté las últimas noticias, pero ninguno alcanzamos entonces a comprender su importncia y pronto cambiamos de tema. Hasta ese momento a la mayoría, y me pongo la primera, todo esto nos parecía alarmismo infundado. El día pasó como los dos anteriores: entre amigos, conviviendo sin temor, celebrando carnavales.

Dos semanas después acudí a una entrega de premios de relatos escritos para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Me acompañó parte de mi familia y después del evento todos los presentes disfrutamos del aperitivo que nos ofrecieron. Casi un centenar de personas compartiendo relajados conversación entre bandejas de comida, a ocho días de confinarnos… Pensarlo ahora estremece.

Aquel fin de semana, el último en libertad sin condiciones, lo pasé en el país de Nunca Jamás, como me gusta llamar a la casa de mi hermana. Un oasis de desconexión del mundo exterior donde disfrutar de la familia en toda su esencia, y de mis niños, los suyos, que tantas anécdotas divertidas nos regalan. Fuimos de tiendas, en plan de chicas, y compramos ropa que luego se quedó en el armario. También asistimos a los partidos de fútbol que disputaron mis sobrinos, en su plan de chicos. Incluso allí conocimos a un veterano melillense que rememoró con mis padres algunas batallitas, porque el mundo es así de pequeño y Melilla es así de grandiosa. Jugamos, reímos, cocinamos, nos acurrucamos. Estábamos agotando, sin saberlo, los besos y los abrazos… 

Lo cierto es que tuvimos una fortuna inmensa porque el covid-19 no pasó por allí. Como tampoco lo hizo por mi oficina durante esa última semana, ni por las de mis hermanos, ni por los colegios de mis sobrinos. No me acompañó tampoco en los viajes en metro y autobús repletos de gente, ni en los cafés a media tarde, ni en los locales que pisé aquel último miércoles callejeando por el centro de Barcelona. No lo hizo cerca de mí ni de los míos, y eso no fue ni más ni menos que un maravilloso golpe de suerte con el que muchas otras familias no contaron. Nos libramos.

Las noticias eran cada vez más ensordecedoras, más desconcertantes, más temibles. Los datos mareaban mientras la vida en las calles parecía seguir siendo la misma. El humor nacido de la propia ignorancia nos ayudó a quitarle hierro a un asunto cuya magnitud no podíamos prever ni siquiera con todas las señales a nuestro alcance. Ahora nos damos cuenta, claro, como siempre a toro pasado.

Fue el viernes, con los colegios ya cerrados y una declaración oficial por parte de la OMS, cuando el panorama se veló con esa preocupación tan propia que nace ante lo desconocido. Recuerdo que cerré todos los temas posibles en mi trabajo y me organicé papeles en un par de archivadores para llevarme a casa, por si las moscas. No he vuelto a pisar la oficina desde entonces. Gocé de una franca sonrisa sin el veto que más tarde impuso la mascarilla, y pude perderme unos instantes en ese cálido abrazo que tanto extraño sin saber que podría significar una despedida. Las siguientes muestras de afecto se quedarían tiritando en el frío de las pantallas.

Y llegó el sábado catorce de marzo de hace un año. Se instauró un estado de alarma que sonaba trágicamente bélico y nos obligaba a mantenernos en casa por prescripción médica. La emergencia sanitaria no era una broma, ni una exageración. Se esperó demasiado, quizá, eso otros lo dirán. Pero al final se hizo por necesidad y con firmeza. Iniciábamos un periodo desconocido, repletos de dudas, de emociones encontradas. Surgió el caos con las recomendaciones contradictorias, con el desabastecimiento en los supermercados, con el ansia extraña de acopiar tanto harina como papel higiénico. También con la falta de gel, mascarillas, guantes… Y de los EPI para los sanitarios que en primera línea se convirtieron en nuestros héroes, unos héroes en exceso castigados.

Faltaban medios en esos inicios, pero sobró empatía. Sacamos lo mejor de nosotros mismos como individuos y como sociedad, aplaudimos cada tarde en nuestros balcones y pintamos arcoíris de esperanza mientras las cifras se nos iban clavando en el alma. Sentíamos miedo, rabia, pena, desolación. Sin embargo, mostramos ánimo, resistencia, coraje y sensibilidad. Aprovechamos la ocasión del encierro forzoso para desempolvar juegos de mesa, darnos a la repostería y compartir tiempo con los nuestros. La catástrofe no iba a durar mucho: unos días primero, algunas semanas después. Y sin darnos cuenta vimos pasar la primavera desde el hogar que nos sirvió de trinchera. El verano se nos diluyó como agua entre los dedos, el otoño voló con sus hojas secas de nuevo y aquí seguimos ahora, tras las ventanas, terminando este invierno.

Ha pasado un año desde que la vida nos obligara a dejar atrás lo que después bautizaríamos como normalidad. La nostalgia en estos días nos lleva a rememorar aquellas últimas veces de casi todo vistiéndolas de esa aura mística que solo existe en los recuerdos. No han sido fáciles estos meses y es necesario ser conscientes de que aún nos queda por hacer un esfuerzo final, quizá el que más nos cueste por todo lo acumulado pero, aunque estemos agotados, debemos agradecer que, al fin y al cabo, aquí estamos.

¿Gracias, 2020?

Como es mi costumbre por estas fechas, me encuentro hoy dispuesta a hacer mi tradicional balance anual, frente a frente conmigo misma, tratando de rescatar lo bueno de un año inesperadamente complicado para todos. No es fácil hacerlo, pues el primer impulso que me sale al recapitular estos doce meses es sentir que ha sido un año de mierda. Vacío, hueco, inmóvil. Un año de sufrimiento para millones de personas, de incertidumbre para todos, de desconcierto, de temor. Un año siniestro, como reza con acierto el refrán acerca de cada bisiesto.

Quién podía imaginar las navidades pasadas, cuando brindábamos por los felices años veinte, que un virus azotaría al mundo de la manera en la que lo ha hecho, destruyendo salud y economía, rasgando esperanzas e ilusiones, llevándose por delante vidas que aún tenían mucho por compartir. Todos, sin excepción, conocemos a gente afectada en mayor o menor medida por la desgracia. Los más afortunados, sin embargo, somos aquellos que hemos llegado hasta aquí sin tener que lamentar pérdidas personales. Y aunque solo sea por eso, quizá es de justicia agradecerle a este 2020 su, a pesar de todo, protección.

Pero para no faltarle a la verdad, y echando la vista atrás, sé que también debo dar gracias por alguna cosa más. Porque sí, en el fondo me alegra que me haya frenado en seco la vida en un momento en el que la inercia de las emociones y de los acontecimientos me empezaba a marear. Gracias, año maldito, por haberme dado la oportunidad de tener tiempo para mí, para gestionarlo a mi manera y permitirme cuidarme más en todos los aspectos, cuerpo y alma, así como para poner en perspectiva el statu quo de mi presente y sopesar mi futuro más inmediato, qué quiero y cómo lo quiero. Gracias por haberme puesto contra la pared de las dudas, de los silencios, del dolor, de las ausencias. Por obligarme a tomar distancia de situaciones y personas que ya no me aportan nada, y a saber valorar todo aquello que sigue mereciéndolo. Gracias a quienes me han regalado espacio y paciencia.

Este año me ha mostrado el auténtico valor de quererse, de cultivar la autoestima y la seguridad, de confiar en el propio potencial, en la capacidad de ofrecer, de amar, de ser, de estar. Y me ha recordado una vez más que del fondo del abismo, de esa oscuridad densa que a veces se nos instala en el alma, nadie te saca mas que tú misma pero qué importante es recibir un soplo de ánimo de vez en cuando, un detalle, un te quiero, uno de esos abrazos que este año nos ha robado. He aprendido que las lágrimas muchas veces son tan inevitables como necesarias para curar, y que esconder las heridas no mejora en absoluto su cicatriz. Este año me ha enfrentado a muchos miedos, la mayoría relacionados con la pérdida, el adiós, la soledad. Me ha enseñado a olvidar pausadamente y sin rencor, dándole tiempo al tiempo, y a no mendigar afecto ni atención. A no ser siempre la que tome la iniciativa, a perderme para dejarme encontrar, extrañar. Es inútil tratar de estar para quien no te necesita, como también lo es dar de más a quien no le interesa recibir.

Este 2020 me ha hecho un poco más libre, aunque todavía me queda mucho camino por recorrer. Libre para tratar de tomar decisiones pensando en mi propio bienestar, cansada de anteponer siempre a los demás. Habrá quien lo llame egoísmo, yo considero que es inteligencia emocional. Libre incluso para escuchar mis instintos, para seguir mis corazonadas y aquellos impulsos que me hacen brillar. Libre para amar por encima de las circunstancias, de las dificultades, de los intereses, de las opiniones. Este año extenuante me ha demostrado una vez más de lo que soy capaz cuando mi corazón late intenso, como yo, y voy a tumba abierta por amor. Sigo entregándome de forma sincera, sin estrategias ni mentiras ni dobles morales, porque no entiendo otra manera de hacerlo. A veces pierdo, quizá por vehemente y pasional, por atrevida, por dedicada, por loca… Nada de eso se lleva ahora, al parecer, en esta sociedad de postureo, mercantilismo y efimeridad. Pero, aunque este año me haya destruido tantas madrugadas, yo me he levantado cada una de sus mañanas. Quiero creer que más fuerte, sí, pero no más fría ni indiferente. No podría serlo jamás.

La verdad es que he comprendido tantas cosas este año de forzosa introspección… Por todo ello debo dar en realidad las gracias. Y también gracias por las personas que han llegado a mi vida para sumar, y por las que se han ido dejándome al menos un aprendizaje. Gracias por los retos que he superado, por el reconocimiento a mis letras, por los nuevos proyectos que van tomando forma y que tanto me satisfacen. Por el trabajo duro y bien hecho, por las horas de esfuerzo, por los errores que me ayudan a evolucionar. Gracias por los amigos que siguen a mi lado, mis favoritos, y por aquellos que en su ir y venir igualmente me han ayudado. Gracias, como siempre, por México y todo lo que esa tierra y su gente me brinda, porque aunque este año parezca que estamos aún más lejos, no es así. A veces la distancia es la mejor prueba para saber quién está de corazón. Gracias por ese grupo de mujeres mexicanas que ha pensado en mí para una iniciativa tan bonita como es llevar la palabra a tantas otras mujeres, a pesar de los kilómetros que nos separan. Gracias al calor de la familia que se mantiene unida, aunque hayamos tenido que cambiar abrazos y besos por mensajes y videollamadas. Pronto volverán, seguro. Gracias a mis ocho soles, que crecen sanos y siguen siendo el mejor ejemplo de vitalidad y adaptación que existe, y que por supuesto hacen de mí la tía más orgullosa y feliz del mundo. Cómo echo de menos poderos estrujar…

Gracias 2020 por haberme permitido entender que la vida son dos días, que lo planeado no siempre resulta y que todo puede cambiar en un instante. Que debemos estar preparados para soltar amarras y vivir cada momento, sin miedos ni lastres ni cortapisas, tratando de ser felices guiados siempre por nuestras emociones. Gracias 2020 por tu oscuridad, por tu crudeza, por tu odiosa existencia. Por hundirme como nunca y convertirte por pura supervivencia en un resorte de optimismo necesario. Gracias por enseñarme qué, cómo, cuándo y dónde… Que, si el tiempo se nos vuelve a detener otra vez, estemos donde queramos estar, y seamos con y quien queramos ser.

Este año más que nunca y por encima de todo, GRACIAS a la vida por permitirnos vivirla un rato más. Que nos siga acompañando la salud y que no decaiga nunca la esperanza.

¡Feliz 2021!

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