Un corazón cualquiera

Nunca sabré a ciencia cierta quién habla cuando habla un corazón y muchas veces ni tan siquiera entiendo qué pretende decir pero el corazón de esta historia no es uno cualquiera. Es uno de esos que late deprisa cuando algo le acecha, que retumba cuando algo le duele, que apacigua sus pasos si otra alma lo consuela. Es un corazón grande, tanto como para poder irse lejos y llevarse consigo todo aquello que le hace feliz. Todos y cada uno de los recuerdos que lo transformaron en un corazón más fuerte y más valiente, todos los atesora en su interior.

Es un corazón orgulloso de sí mismo, de su capacidad de entrega, de su resistencia. A veces peca de engreído pero no es más que la coraza con la que se defiende del dolor y de la vida. Es un corazón solitario repleto de historias y misterios, de amores eternos, de sueños fugaces, de detalles sublimes, de cuentos chinos y alguno de hadas, de películas románticas, de guerras inacabadas. Es un corazón errante en busca del arca perdida, a veces deslumbrado por el brillo de otros como él, pero siempre cautivo de un silencioso miedo que le dice que no. Entonces se convierte en un pobre diablo despechado y triste, roto en mil pedazos, decepcionado, que busca remiendo más tarde con hilos de oro al estilo japonés.

Es un corazón que retumba en la sien cuando la rabia se le agolpa y que se le acomoda en el estómago cuando los nervios lo aprisionan. Llora y ríe según le convenga y según lo pretendan. Es un corazón recio como pocos, ha sobrevivido a envites y tormentas, a desgarros inesperados y a alguna que otra pérdida. Acumula vivencias por doquier, algunas mejores que otras, muchas fantásticas, otras secretas. Es indiscutiblemente libre para amar y ama por encima de todo esas pequeñas cosas que le dan paz y sosiego.

Es un corazón viajero, aventurero, decidido, imprevisible, impredecible. Le gusta jugar y a fuerza de partidas sabe bien lo que es ganar y también perder. Es infantil y responsable a partes iguales, curioso e intrépido. Le divierte llevar la contraria, abandera causas imposibles, ama sin reparos ni condiciones y si le tientas bien siempre te corresponde. Es un corazón tan loco que nunca sabes qué puedes esperar de él. A veces tan dulce como la miel; otras, luce cubierto de lágrimas y hiel. Tan pronto palpita lento en su cápsula del dolor como canta a pleno pulmón en una caja de ecos que suenan a recuerdos felices y a sonrisas vergonzosas.

Es un corazón que se entrega sin preguntas ni reproches, que aguanta, que vence, que respeta, que lucha, que muerde. Tiene la capacidad de helarse por segundos y derretirse por momentos después, no sé cómo lo hace. Se alimenta del deseo de ser, de estar y de pertenecer. Le gusta latir con energía para sentirse vivo mientras guarda pasiones que van quedando atrás. Es rebelde e impulsivo, a veces incluso prohibitivo. Tiende a vagar por la memoria sopesando el bien y el mal, puede que también en exceso el qué dirán. Pero escondido entre el amasijo de corazones errantes, mentirosos, culpables y envidiosos que nos rodean, él no pasa desapercibido. No, él no es un corazón cualquiera, él es uno de esos raros ejemplares que aún se atreven a amar con generosa sinceridad. descarga

 

 

 

 

 

 

Tóxicos

“Personas que te nivelan para abajo, que te meten miedo o culpa, que te manipulan… Son adictos emocionales, necesitan hacer sentir mal al otro para poder sentirse bien ellos.”

Con esta contundencia define el psicólogo y escritor Bernardo Stamateas a las personas tóxicas. Pero ¿quiénes son las personas tóxicas? ¿Es un adjetivo de moda o realmente existen? ¿Cuál es su comportamiento? ¿Qué hacer si nos toca lidiar con una de ellas?

Probablemente todos a lo largo de la vida nos topemos con personas conflictivas y tengamos que aprender a llevarlo de la mejor manera posible, sin embargo la cosa se complica cuando los tóxicos se encuentran en nuestro círculo más cercano y no podemos deshacernos de ellos con un simple portazo. Para empezar, ellos no te permitirán nunca ese portazo, ni sentirse relegados ni ver que pierden el control sobre ti y sobre tu vida. Las personas tóxicas necesitan de ti y se alimentan de tus puntos débiles.

No debemos confundir a aquellos que por naturaleza tienen un comportamiento nocivo en sus relaciones personales con aquellos que, bajo algún tipo de circunstancia puntual, actúan de mala manera. Porque en este caso todos podemos llegar a ser tóxicos cuando nos sacan de nuestras casillas, cuando no gestionamos bien el fracaso o cuando nos gana un impulso desmedido. Pero no, yo me refiero a aquellas personas que sistemáticamente generan mala vibra y sobre todo, hieren sin medida ni cuidado.

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Un tóxico te criticará hagas lo que hagas así que nunca esperes de él una palabra de apoyo, un “estoy contigo aunque te equivoques”. Al contrario, te recriminará que, como él había previsto, has fracasado. Y si por el contrario resultas afortunado en tus planes y alcanzas tus metas nunca podrá alegrarse de verdad, algo similar a la envidia se lo impide.

Un tóxico te juzgará cuando considere que no estás actuando bajo los parámetros que él espera de ti, desde un nuevo y arriesgado corte de pelo al viaje carísimo que pretendes hacer. Si todos esos cambios en realidad tan banales no entran dentro de sus esquemas previstos o adecuados para ti (siempre bajo su prisma) prepárate para un ataque despiadado en la que el filtro verbal no se conoce. Ellos abanderan la sinceridad y el decir las cosas claras, olvidando que hay muchas maneras de decir las cosas sin tener que recurrir al insulto ni al desprecio para sentirse más poderosos.

Una vez haya bajado las armas tendrás que vértelas con la parte melodramática queriéndote partir el corazón. Porque ésa es otra de sus habilidades: los tóxicos dominan el arte del victimismo y te hacen sentir mal, culpable y egoísta. Incluso te tachan de desconsiderado cuando un día decides decir “no”, aunque todos los demás días estés donde pretenden que estés ofreciendo síes sin condición. Con ellos un error borra todo lo que haces bien, porque en realidad tú nunca lo haces suficientemente bien.

Para un nocivo de este tipo nada es bastante. Nunca vas a recibir una palmada de orgullo en el hombro, una mirada de aprobación ni una palabra de aliento, por mucho que te sacrifiques y por mucho que lo intentes. Y cuanto más cercano el tóxico más en vano será el esfuerzo por ser de su agrado, por estar a la altura, por ser aceptado. Ni lo intentes, tiempo perdido. Lo único que conseguirás será agotarte y frustrarte aún más, tal y como las personas tóxicas esperan de sus súbditos: la derrota. Corromperte la autoestima con fogonazos de ira verbal y palabras que duelen mucho más que un puñetazo.

Los tóxicos descalifican sin más razón que porque sí. Viven la vida de los demás desde la ventana de la soberbia que sin embargo les impide a ellos mismos vivir su propia vida y hacer introspección de sus errores. Los tóxicos siempre tienen razón, nunca se equivocan y mucho menos se disculpan. Normalmente se escudan en que lo que dicen y hacen es por ti bajo el lema de que quien bien te quiere te hará llorar. Pero desconfía de esas actitudes tan posesivas y tan aparentemente protectoras.

Estás perdido si te dejas llevar por una persona tóxica, aunque muchas veces es muy difícil no hacerlo o percatarte de que ya estás ahí. Por no crear un conflicto mayor lo dejas pasar; por no vivir en una permanente bronca te muerdes la lengua, cierras los ojos y lo asumes. Asumes que tienes que lidiar con alguien que complica más que facilita las relaciones y sin darte cuenta te acostumbras a ese aire nocivo que enrarece los espacios mientras otro se adueña de tus determinaciones y de tu autonomía, de tu capacidad para decidir.

Lo importante, y a la vez lo más complicado, es aprender a relativizar las palabras que provienen de este tipo de personas que en realidad están cargadas de frustraciones que pretenden paliar a tu costa, y crear un caparazón impermeable donde no quepan los ataques de gente déspota que se vale de la descalificación y la falta de respeto para defenderse de sus propios miedos e inseguridades. Porque a menudo los que se suben al pedestal de la arrogancia son en realidad esos pobres tipos de espíritu vacío que se enorgullecen menospreciando tus logros, tus avances, tu situación actual, tu conducta y tu manera de ser tan “desastrosa”.

Lo más sano mentalmente es salir de ahí cuanto antes, pero si tus circunstancias o la vida no te permiten alejarte tanto como quisieras de ese círculo de toxicidad tendrás que aprender a gestionar las decepciones y los conflictos, marcar las distancias y establecer los límites de las relaciones. En definitiva, aprender a protegerte. La gente dañina no se da cuenta de que en realidad con cada desaire lo que consiguen es alejar poco a poco a quienes están a su alrededor, y que cada ataque gratuito es simplemente un reflejo de su propia personalidad problemática y tóxica que nada tiene que ver con la tuya.

 

 

 

 

¿Las amantes también lloran?

Si entre todos los roles que puede desempeñar una mujer destaca uno por mal considerado y tratado es el de su papel como amante. Esa mujer que se mete en medio de dos para destrozar la vida bucólica de una pareja perfecta sin reparos ni remordimientos. Esa mujer fría que calza tacones de aguja y vestidos de cuero, que usa lencería a prueba de bombas y que no tiene pudor ni vergüenza. Esa es la amante, reencarnación de Satanás. Y sin embargo no hace mucho escuché el testimonio de una de ellas y hoy me pregunto si todas esas mujeres que se enredan de esa manera tienen realmente genes luciferinos. Porque sí, haberlas haylas, como las meigas, pero supongo que no todas responden al mito del látigo y el desaire sino más bien al de unas pobres infelices que creen que todo lo que ese hombre les dice y les da es único y exclusivo por y para ellas.

Pero eso no es así, y aunque suene políticamente incorrecto en una sociedad machista donde la mujer es siempre la culpable, ellas también suelen formar parte del engaño.

No es fácil entender qué lleva a un hombre a buscar algo que en teoría ya tiene. Puede que la rutina en pareja lo consuma y necesite un revulsivo; puede que con su mujer no experimente por pudor o respeto más de lo establecido; puede que le urja un aumento de autoestima o reconducir su ego masculino mediante las atenciones de una fémina… Lo de sentirse más “machito”, que diríamos en mi pueblo. Quizá después de tantos años ya no está enamorado pero le atan demasiados vínculos de otra índole mucho más inquebrantable y en vez de romperlos se lanza a la infidelidad. O puede simplemente que sea un cabrón aprovechado.

¿Y ella? ¿Por qué se mete una mujer en semejante terreno pantanoso? ¿Será por curarse el despecho hacia otros? Puede que sea por diversión y sed de tentaciones. Igual es por la adrenalina de lo prohibido, el morbo o la comodidad de unos ratos de pasión sin compromiso. Quizá es necesidad de atenciones, aburrimiento o incapacidad para evitar un nefasto enamoramiento. O simplemente puede que igual que él, ella sea también una cabrona.

PIERNAS BAJO LA MESA

La cuestión es que sean quienes sean esos dos que se juntan, en realidad la sombra de ser tres nunca se extingue a pesar de los juegos, los silencios y las mentiras. Se arriesgan creyendo tenerlo todo bajo control hasta que en un descuido inoportuno la aventura se les va de las manos. Ya dicen por ahí que estas cosas siempre terminan como el rosario de la aurora y que uno, dos y tres terminarán en su soledad llorando. Cruz de navajas por una mujer, que diría Mecano.

Lo más empático en estos casos es ponerse en el lugar de la engañada, la que quién sabe durante cuánto tiempo lleva luciendo invisible su triste cornamenta. Qué terrible situación ser la última en enterarse de los escarceos sexuales de tu compañero de vida. Luego lo tenemos a él, responsable número uno de la tragedia, como perro abatido pidiendo perdón por esos estúpidos ratos de sexo sin más. Qué manera de destrozar su maravillosa y segura vida conyugal… ¿Porque sólo fue sexo, verdad?  Y luego está ella, la hija de Satanás que se metió en una cama ajena sin calibrar daños ni perjuicios, sin ni siquiera pensar. Ah, pero con alguna licencia supongo, porque nadie entra donde no le dejan entrar.

Y tras escuchar ese testimonio de tres, como tantos otros que hay, pienso en la amante, tan altiva ella y tan segura de dominar hasta el más mínimo sentimiento, si es que lo tiene. ¿Lo tiene? He ahí su problema: sentir. Sentir que duele la despedida y los días condenados al silencio; sentir que nunca llegará a formar parte de su bonita vida en familia; sentir que no es ella la que está en los amaneceres; sentir que por la calle se miran como extraños; sentir que nunca tendrá una escapada, un regalo con remite ni una simple película en el cine; sentir que es la mujer oculta, el plan B, la segunda opción. Sentir que ella no se merece los calificativos cariñosos, los “amores”, “cielos”, “cariños” y “vidas”, sino los sexuales y provocativos. Sentir, en definitiva, que ella no es nada en ese triángulo desastroso.

Y sin embargo, es mucho. Es el resorte para hacerlo estallar todo en pedazos. Es la culpable de las noches en vela y la intrusa que todo lo sabe, consciente de la situación o de buena parte de ella. Porque a veces, lo que ella tampoco sabe es que igual que él le regala los oídos y la complace con fervor haciéndola sentir especial, cuando regresa a casa también lo hace así con su mujer. Como Dios manda, como así está establecido, como tiene que ser.

Y mientras siga girando esa ruleta rusa de encuentros furtivos, amores en tercia y despecho mal gestionado, en silencio como siempre, sin derecho a la réplica y con toda la culpa apretada en su regazo, esas amantes que sienten de más seguirán llorando.

 

Medias y Wonderbra

Mujeres del mundo, sé que vosotras me vais a entender. Ayer fui de compras, sí, el éxtasis de todas nosotras: comprar, gastar, comprar, gastar. Acumular ropa en los armarios para cuando adelgacemos, para cuando nos atrevamos o para cuando hagamos ese viaje que sabemos que no haremos jamás. Pero por si acaso, nosotras tenemos que estar preparadas. Siempre. Para todo.

Vistas desde fuera parecemos unos seres despreocupados y compulsivos incapaces de resistirnos a mirar escaparates y las más osadas a salir siempre con algo de cada tienda, aunque ese algo sabemos que no nos servirá nunca de nada. Pero en realidad esos seres extraños no somos nosotras aunque se nos parezcan. Porque lo cierto es que una cosa es ir de tiendas y otra muy distinta es ir a comprar cuando la necesidad realmente apremia y los comercios se confabulan contra ti. No, hombres del mundo, ir a comprar no es tan maravilloso como creéis que es para nosotras las mujeres reales. Me atrevería a decir que a veces llega incluso al nivel de lenta tortura.

Porque pantalones… ¡Qué suplicio ir a comprarse pantalones! Si tienes poco culo no los llenas y si tienes algo de más parece que vayas a reventarlos en cualquier momento mientras la cintura te baila sola. Porque o te aprietan de un lado o te sobran de otro. Te van largos o demasiado cortos. Te pruebas tres tallas diferentes de tres modelos diferentes, y al final sumas nueve intentos que no sirven todavía para descifrar el enigma de tu talla porque resulta que cada fabricante decide coser a su antojo. Y luego nos preguntan desde fuera del cubículo donde nos estamos peleando entre las prendas y el espacio que si ya estamos listas… ¡Cómo voy a estarlo si de tres pantalones me tengo que probar nueve! Eso sí, cuando encontramos ESE pantalón de culo perfecto pagamos lo que nos pidan y sin pensarlo. Que nuestro esfuerzo nos está costando…

Algo parecido sucede con las medias. Oh, ¡espera! ¿Medias? ¿Pantys? ¿Medias medias? Aquí empezamos peor, porque yo ni siquiera sé qué quiero. Bueno sí, yo sí lo sé porque para mí todo son medias ¡pero no! Ayer mismo pedí unas y tras un interrogatorio visual en el que me calibraron altura, peso y masa ósea y grasa sin ningún tipo de reparo, lo que me ofreció la dependienta fueron ese par de medias que se usan con liguero y que yo relaciono con juegos sexuales o con la sorpresa que se reservan las novias ya no tan virginales bajo el vestido. Y ni una cosa ni la otra, lo que yo iba buscando entonces eran unos simples y castos pantys. Tras esa primera prueba etimológica superada ahora tenía que escoger cómo los quería: de nailon, lycra o microfibra, con las costuras más o menos gruesas e incluso decorativas. El número de Denier (que resulta que es la densidad del tejido), brillantes o mates, con punteras o con qué tipo de talones. Milagrosos con efecto reductor, vientre plano o supuesto push-up… Al final lo resolví con un simple pito pito gorgorito y que sea lo que Dios quiera. Total, aquí ni siquiera me los puedo probar… Eso sí, deme dos que los rompo con facilidad.

Como todavía me quedaban ánimos y necesidades por cubrir decidí lanzarme al vacío y como una valiente me fui a por algo de ropa interior. Si lo de las medias fue complicado ahora se me presentaba el mayor jeroglífico hasta entonces previsto: comprar el sujetador/sostén/bra/comoloquieranllamar ideal. ¿Alguna sabe REALMENTE qué talla utiliza? ¡Esto es peor que los pantalones! Aquí además de un numerito tenemos que añadirle una letra. Letra que siempre olvido y que nunca sé si corresponde a la copa, al contorno o a otra variable que desconozco. Pero no debo de ser la única que necesita hacer cálculos para averiguarlo cuando existen tablas matemáticas para ello. ¿¿Quién demonios inventó este sistema?? ¿De verdad fue la mente retorcida de una mujer, una supuesta amiga y confidente? ¿O fue algún hombre de oscuras intenciones? No hay nada concluyente al respecto, pero quien fuera lo hizo con auténticas ganas… De complicarnos la vida.

Aquí, como con los pantalones, también te vas probando varios modelos y varias combinaciones alfanuméricas hasta dar con el deseado. Ese con aros o sin ellos, con almohadillas de relleno o deportivo, cruzado, balconette, sin tirantes o reforzado. Con copas de mil tipos y efectos “únicos e irrepetibles” a lo Wonderbra. Si tienes suerte lo encontrarás y si no te conformarás con uno que más o menos se te ajuste, regulando los tirantes y encogiendo los hombros. Porque al final esto, como tantas cosas en la vida, es cuestión de tener un buen par… De tetas.

Casi con todo ya decidido tuve la mala fortuna de tropezarme con la sección de lencería fina. Sí, esa que combina a la perfección con las medias que la chica de antes me quería vender y que rechacé. Esa misma lencería que te da hasta vergüenza quererte probar porque ¿qué pensará esa señora que no te deja de mirar? ¿Que la usas para tu propio gusto o para deleitar a alguien más? ¿A quién quieres perversamente provocar? ¿Está eso bien o está mal? Porque mira qué conjunto tan… Femme fatale.

medias guantesSí, ese tipo de lencería que no se considera una necesidad básica (aunque a veces sume puntos extra) pero que tiene la capacidad de volver a liberar a esos seres despreocupados y compulsivos en que a veces sí nos convertimos. Pero qué más da… Al diablo con el estereotipo, ¡malpensados! Ahora mismo me tomo medidas y mañana regreso por ese par de medias y varios conjuntos de encaje wonder, wonder… ¡Wonderbra!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Papel en blanco.

 

Miedo-a-escribir

Días y días enfrentándome a una página en blanco sin saber ni cómo empezar, temerosa de escribir, vaga hasta para inspirar. Preguntándome por qué ahora no me salen las palabras si tengo tantas emociones golpeándome la vida. Por qué, si necesito una confesión escrita, se me agarrotan los dedos y me da pánico ver que no puedo hilvanar ni dos frases seguidas.

¿Por qué?

Hablan por ahí de varios tipos de síndromes relacionados con esta patología que parece que de un tiempo a esta parte sufro. Que si el miedo a quedarse en blanco, que si el bloqueo del escritor, que si la pérdida de creatividad… Pero nadie explica por qué de repente ¡pum! El vacío.

Me atrevo a pensar que tiene algo que ver con la manera en cómo nos afectan las vivencias, las emociones y las experiencias a cada uno. A veces tenemos tanto que decir que al final no decimos nada. A veces los miedos taponan las palabras o quizá somos nosotros los que inconscientemente no queremos darles alas. Puede que todo ello acumulado termine por dejarnos secos y en silencio, aunque sintamos que vamos a estallar en cualquier momento porque hemos perdido la capacidad de canalizar.

O puede que ni siquiera exista un porqué.

Como sea, hoy me siento aquí con mucho esfuerzo para obligarme a continuar con esto, y con todo, como siempre hago, como siempre hice. Aunque me fluyan las ideas a trompicones y se me desgasten las ganas con cada borrón y cuenta nueva. Aunque me sienta torpe al hablar, aunque no me sepa últimamente explicar, aunque provoque malentendidos de la nada porque no acierto con las palabras, aunque necesite más espacio pero pida que me invadas, aunque necesite ordenar tantas batallas.

Desconcentrada como nunca me encomiendo al sinsentido para plantarle cara a este estúpido bloqueo mental, emocional y vital que me atosiga a diario. Porque como decía el gran Hemingway “no hay cosa más espantosa que una hoja de papel en blanco”.

 

 

Trufi.

Si nunca has tenido perro (gato, o animal doméstico) por el que hayas sentido un amor incondicional no sigas leyendo esta entrada, probablemente no entiendas nada. De lo contrario, te invito a que compartas estos recuerdos conmigo.

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A mi perro, mi fiel amigo:

Hoy hace un año que no estás, aunque yo dejé de tenerte hace dos, cuando decidí cruzar el charco en busca de aventuras y sueños. Supongo que por eso empecé a guardarte cierto luto mucho antes de que te fueras de verdad. El día que crucé las puertas de casa para irme con mis tres maletas no me acompañaste ni me quisiste mirar. Pero yo te busqué para estrujarte contra mí y en una décima de segundo pensé que aquella podía ser la última vez. A lo mejor tú también lo sabías y preferiste no mirarme para no sufrir mi adiós. O quizá fue simplemente mi imaginación y lo que en realidad tenías eran ganas de seguir durmiendo aquella mañana entre cojines.

El caso es que me fui y nunca más te pude volver a estrujar contra mí. Te eché de menos en la distancia y siempre pedía verte por Skype, y aunque tu incipiente sordera ya no te permitía escuchar mi voz yo te hablaba como de costumbre. Me mirabas y a veces girabas la cara, o te ibas por el pasillo mientras mi madre te perseguía con la cámara… Pero tú aplicabas el “ojos que no ven, corazón que no siente” para sobrevivir. Siempre fuiste más listo que yo.

En ese tiempo alejada de ti trataba de verte reflejado en los otros perros que entonces compartían la vida conmigo, pero nunca era lo mismo. ¿Cómo podía serlo? ¿Cuántos años hemos pasado juntos? ¿Cuántas aventuras, anécdotas y alegrías me has dado? ¿Cuánto has sabido de mí observándome en silencio? ¿Qué pensabas tú? ¿Qué piensa un perro?

Llegaste a casa una fría noche de finales de enero envuelto en una bufanda en brazos de mi hermano. Tenías 26 días, tropezabas al andar y no te habían salido los dientes. Mi madre te confundió con un Cocker y mi padre sin dejar de ver el partido de fútbol que televisaban preguntó que cuándo había que devolverte. Pero pronto aquella bolita negra y diminuta que tomaba biberón se hizo un hueco en el corazón de todos, incluido el de mi padre que nunca había querido perros en casa ni atendió jamás mis ruegos por tener uno.

Yo tenía 13 años y seguía manteniendo mi infantilismo cuando jugaba contigo. Tú me seguías a todas partes, cuando hacía deberes, cuando veía la TV, cuando iba al baño, cuando comía… ¡Hasta cuando ensayaba flauta cantabas conmigo! Eras nuestro pequeño satélite, siempre detrás de todos, siempre alerta a los movimientos, siempre esperando al que faltaba, siempre brincando, siempre feliz de vernos llegar.

Robabas calcetines de la lavadora y corrías por toda la casa como un conejillo. Ibas de veraneo a la playa y perseguías a los niños que gritaban. Te metías entre las rocas como un valiente hasta que un día te hundiste en un charco y nunca más te volviste a acercar. Te escapabas para perseguir novias de raza blanca como lo era tu gran amor imposible, ¡por la que babeabas y todo! Viajaste en avión, barco, tren… Siempre viniste con nosotros a todas partes, tú eras uno más de la familia.

Tenías tu carácter, claro. Ladrabas cuando llegaba alguien extraño a casa y sentías la necesidad de proteger hasta lo que nadie te pedía que protegieras. Te llevaste más de un grito de regaño porque eras muy cabezota y aprendías lo que te daba la gana. Te encantaba salir a la calle, no tenías más que sacudirte y dirigirte a la puerta. Conocías los horarios de todos y esperabas a mi padre en la entrada justo cuando el árbitro del Camp Nou pitaba el final del partido. No te gustaban los petardos y en las noches de tormenta te refugiabas detrás del bidé del baño, o debajo de mi cama. Dormías con la cabeza en una almohada o en un cojín o en cualquier otra elevación que te produjera comodidad. En invierno te enroscabas cerca de los radiadores o entre las mantas; en verano te ponías delante del aire acondicionado todo desparramado y con las patas por alto. Te gustaba escuchar música tranquila y te adormilabas, pero huías cuando sonaba El Mago de Oz allá por mi adolescencia. Creo que a veces te escuché gruñir mientras te alejabas de esos “ruidos infernales”…

Cuando nació Alex sentiste miedo y curiosidad al mismo tiempo, y nos divertía ver cómo te acercabas sigiloso a la cuna para ver qué era aquel pequeño humano que de repente también estaba en tu vida, y te alejabas asustado cada vez que el bebé movía un bracito o gimoteaba. Cuando empezó a gatear continuabas observándolo y lo perseguías por la casa, ahora estabais a la misma altura. Pero cuando ya se puso a caminar creo que entendiste que sí, era un humano de dos piernas como todos los que ya conocías, aunque más bajito. Luego llegaron otros siete bebés pero tú ya supiste de qué se trataba y pasaste de la curiosidad al ‘quiero jugar pero no quiero que me tiren de las orejas o del pelo’.

Y así fue pasando tu vida, y la de todos. Una vida del día a día, con tu rutina inalterable, tus paseos, tus descansos, tus vivencias, tus travesuras, nuestras alegrías. Y un día, ya con 14 años, empezaste a dejar de comer. Nunca fuiste tragón, al contrario, había que recordarte que tu plato de pienso llevaba horas y horas lleno, pero aquel día no quisiste comer ni siquiera jamón ibérico, tu pequeño gran placer. Así comenzó tu declive, la desgana, el cansancio. Imagino que eso era la vejez. Siempre gozaste de buena salud y quizá por eso no tuvimos tiempo de asimilar que ahora sí, tu vida empezaba a apagarse.

Debo decir que no sufriste dolores de ningún tipo y que sepamos no tenías ninguna enfermedad, simplemente era tu momento. Te fuiste un jueves, como llegaste también un jueves. Aquella mañana mi madre te bañó y te llevó en brazos al parque, tú ya apenas te mantenías en pie para poder pasear. Te dio la brisa de la primavera que tanto te gustaba y después de comer te fuiste a tumbar a tu lugar preferido de la casa: la alfombra del salón desde donde te sentabas a ver pasar a otros perros mientras el sol te calentaba. Casi como un ritual, eso hiciste también tu último día. Y así te despediste de mis padres que estuvieron en todo momento a tu lado, mientras yo a miles de kilómetros de ti no sabía que te morías. Lo supe días después y aquella noche te lloré hasta quedarme dormida. Lloré en la distancia, en la impotencia, en la rabia, en el desconsuelo, en la tristeza. Lloré por todo un año sin ti y sobre todo lloré al tomar conciencia de que ahora ya no era la distancia lo que nos separaba sino la muerte, y que con ello ya nunca más sentiría las cosquillas de tus pelillos rozándome ni tus lametones en mis manos. Pero tras varios días ahogada algo me dijo que tú te habías ido así para no hacerme sufrir. Me evitaste ver tu declive y no guardo en la memoria la decadencia del final, al contrario, en mi memoria tú siempre serás aquel perro feliz, mimado, cuidado y amado de la forma más sincera que se puede amar.

A ti, mi Trufito, que fuiste el mejor y más inesperado regalo de mi vida, donde estés y para siempre, nunca te olvidaré.