Constantes vitales

Podríamos decir que la noche, por lo poco que hemos dormido, ha sido excesivamente corta, aunque de la misma manera se podría decir también que ha sido tremendamente larga. Eterna incluso en esos momentos en los que no puedes responder como es debido, cuando quieres coger el sueño y se te escurre, cuando la oscuridad te destella dibujando formas etéreas en tu cabeza, desembocando en pensamientos no del todo sanos ni realistas. La noche, como digo, ha sido cuanto menos convulsa y extraña.

Antes de las cinco ya estábamos despiertos valorando la urgencia de los acontecimientos, la gravedad de los mismos, el qué hacer. ¿Esperar? Sí, un poco más. Relájate, todo va a ir bien, esto no es nada, se te pasará. Y vuelta a dormir. A intentarlo por lo menos, pero sin éxito. Ni cuarenta minutos de tregua, otra vez el desasosiego y ahora sí, un poco más de miedo. Lo mejor será marcar el 112 y mantener la calma, alguien tiene que hacerlo. La voz al otro lado de la línea se escucha amable y comprensiva, como si no fueran las tantas de la madrugada o primerísima hora de la mañana. Nunca he sabido cómo encuadrar ese momento incierto entre el ayer y el hoy, el punto más oscuro digno antecesor de un nuevo amanecer. Tras varias explicaciones por teléfono, relatando sin prisa pero sin pausa la situación que nos acontece, nos comunican que en breve llegará una ambulancia y eso es casi como si te anunciaran la llegada del Redentor, que se materializa finalmente cuando suena el timbre poco después.

Buenos días, o buenas noches, no sé qué decir. Pasen, sí, por ahí, es al fondo a la izquierda, está la luz encendida. Sí, adelante, gracias.

Y con una energía digna de admirar a estas horas tan intempestivas la pareja de sanitarios pone en marcha el protocolo de actuación, que en este caso no se antoja demasiado complicado. Unas preguntas rutinarias, una ojeada al último informe médico, una valoración de la medicación actual, un par de métodos que no funcionan… Y con todo ello y tras demostrar grandes dosis de empatía, paciencia y cariño, deciden que lo más prudente y tranquilizador será continuar la exploración en un hospital.

No son todavía las 7 cuando ya estamos recorriendo una ciudad que lentamente se despereza de su letargo mientras algunos, madrugadores o noctámbulos, nos acompañan y se nos cruzan por el camino. Un camino silencioso y lleno de pensamientos que revolotean sin control nuestra mente, mientras respiramos hondo y bostezamos para mantenernos alerta. No somos la única ambulancia que surca las calles medio desiertas y eso, desde mi asiento de copiloto, me llama mucho la atención. En condiciones normales yo todavía estaría durmiendo sin saber todo lo que ocurre ahí afuera y sin embargo hoy me toca verlo, tocarlo, palparlo. Cuántas vidas peligran a diario…

lovemedicineAl llegar una bocanada de aire frío choca de pronto con ese olor característico que rezuma cualquier hospital y que siempre me ha producido cierto rechazo. Pero ya estamos aquí, esto es real. Nos toman declaración médica elevando el tono de voz por si alguno de los presentes está sordo o desorientado o no se entera de nada. La verdad es que no sé el porqué de esa forma de hablar, no somos tontos, oiga. Pues bien, pulserita en la muñeca, el todo incluido de la sanidad, y espere su turno señora, que ya la llamarán.

Cuando estás en Urgencias durante horas viendo pasar a médicos y enfermeras sin que nadie repare en tu presencia porque bueno, tampoco te estás muriendo (¿o sí?) te da mucho tiempo para observar lo que ocurre a tu alrededor: aquel anciano en la silla de ruedas que rabia de dolor y que nadie parece escuchar; aquella mujer de mediana edad que ronca dormida en la camilla, como si nada de todo esto fuera con ella; aquel chico extranjero que ha pedido ya varias bolsas porque no puede dejar de vomitar; aquella señora que se limpia la sangre de su ceja esperando que alguien venga a coserle semejante brecha… Ellos, los enfermos, en su mundo, sumidos en sus reflexiones, en sus dolores. Y nosotros, los acompañantes, mirándonos unos a otros, descargando comprensión con las miradas, optimismo o resignación con las sonrisas. Buscamos cierta complicidad entre la confusión, los nervios y el temor. Necesitamos esa compañía callada, ese sabernos cerca de otros que están en nuestra misma situación apelando al mal de muchos consuelo de tontos, o quizá simplemente a la propia humanidad.

Los más afortunados saldrán hoy mismo, como nosotros. Otros, por el contrario, subirán a planta por unos días, o bajarán a quirófano por unas horas. Cada uno tiene aquí su destino, no sé si marcado previamente o fruto de las circunstancias. Para algunos el paso por este hospital no será más que una muesca en sus constantes vitales, un aviso quizá. Pero para otros este será tristemente su último lugar.

Sumida como estoy en mis pensamientos, esperando diagnóstico como quien espera sentencia, me sobresalta el roce gélido de una ráfaga de aire acariciando mis piernas como si alguien hubiera pasado a gran velocidad a mi lado o se hubiera quedado alguna puerta del exterior abierta. Pero no hay nada de eso por aquí y parece que ninguno de los presentes lo ha sentido como yo, pues soy la única que mira alrededor buscando una explicación que en realidad no existe. Puede que sea simplemente eso: una inesperada corriente de aire llegada de quién sabe dónde… Aunque algo en mi interior me susurra con un escalofrío que así es como se siente el suspiro de la vida cuando se va.

 

 

El periodismo en los tiempos de Julen

Escribo estas líneas ahora que el agónico rescate del niño Julen caído en un pozo ilegal en Totalán (Málaga) el pasado día 13 ha llegado a su fin para hacer crítica, balance y retrospección de lo que ha sido y sobre todo de cómo ha sido la cobertura que han realizado los medios de comunicación.

Debo decir que como periodista estoy completamente a favor del derecho a la información y por tanto del deber de informar con veracidad y rigurosidad acerca de todo aquello que genera interés o impacto en la sociedad. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ese derecho a la información se solapa con el morbo del sensacionalismo? Es en casos como el de Julen, donde el componente dramático es tremendo, cuando nos replanteamos el código deontológico que rige o debería regir esta profesión y que algunos medios, más empeñados en el beneficio monetario que en el periodístico, mancillan constantemente sin apenas pudor.

Cuando saltó la noticia de tan terrible suceso hace dos domingos ni siquiera le prestamos la atención personal que días después generó. Al fin y al cabo, una noticia más de las muchas que nos azotan a diario y que se suceden desgraciadamente tan a menudo ahí afuera, al otro lado de la pantalla. Sin embargo, algo cambió poco después en nuestra forma de percibir esta noticia en concreto. Cuando el rescate se complicaba, cuando la montaña no cedía, cuando se alimentaba la esperanza de que el niño pudiera seguir vivo a pesar de tan tremenda caída, cuando se daban plazos que no se cumplían, cuando se puso el foco en la historia personal de unos padres que ya habían sufrido la desgracia de perder a un hijo apenas año y medio antes, cuando… Cuando adornamos con todo ese popurrí de detalles humanos y heroicos lo que estaba ocurriendo, entonces, en ese justo momento, es cuando los medios nos hicieron adictos a ella. En estas dos últimas semanas otras cuestiones como Vox o Catalunya, las dimisiones en Podemos, la guerra de los taxis y los VTC, los barcos a la deriva en el Mediterráneo, las escuchas de Villarejo o la crisis en Venezuela pasaron a un segundo plano. El pequeño Julen y el drama familiar lo envolvieron todo.

Comparto y estoy a favor, como decía más arriba, de la necesidad de informar y de estar informados, pero considero que en este caso se han sobrepasado los límites de lo que se supone que es el periodismo (una vez más). Lo que ha pasado aquí habrá sido más o menos acertado según el punto de vista de cada uno, pero no podemos hablar de periodismo cuando lo que prima es el morbo del dolor porque eso es lo que genera más audiencia. El viernes, día en el que con toda seguridad se alcanzaba por fin la cota -71 que daba acceso al niño, casi todas las televisiones modificaron su parrilla para emitir especiales en directo en los que se analizaba el curso del rescate con expertos y opinólogos de toda índole. Los diarios digitales ofrecían el minuto a minuto como si de un partido de fútbol se tratara. Las redes sociales se inundaban de comentarios, teorías conspiratorias, tramas ocultas y verdades a medias que salpicaban a su vez a los medios de comunicación “serios” en un macabro juego de retroalimentación. En dos semanas todos hemos opinado de medicina, psicología, geología, minería, ingeniería y protección civil, y los más arriesgados hasta se han atrevido a desprestigiar el esfuerzo del grupo de trabajo considerando que ellos lo hubieran hecho mejor. Ha sido tal la implicación emocional de toda la sociedad que el periodismo, ese de antaño, el bueno y el de verdad, ha perdido completamente el oremus.

cobertura

Ana Rosa Quintana y Susana Griso, las “reinas” de los magacines matinales, han sido los estandartes de Telecinco y Antena3 en este show con preguntas tan desafortunadas como si los mineros tienen claustrofobia (¿perdón?), si pueden comer o dormir, y afirmaciones tales como “los padres están en una esquina viviendo su dolor” mientras intentan hacerle zoom a ese dolor. Evidentemente, los padres están viviendo su dolor como pueden, no hace falta ahondar más en ello ni repetir la misma imagen de esa pareja absolutamente rota en bucle. No hace falta decir que la madre no ha querido “enfrentarse a las cámaras” porque no tiene por qué hacerlo, ni buscar en las palabras de los vecinos el drama que la propia familia, como es lógico, no puede verbalizar. No era necesario hurgar en la herida de aquellos que sí han hecho declaraciones buscando su derrumbe en directo, las lágrimas y la conmoción. Como tampoco lo era mantener constantemente abierta una ventana de conexión con Totalán en los programas de entretenimiento que sí se emitieron el viernes enfocando la enorme grúa trabajando, generando todavía más morbo pero sin aportar ninguna información relevante y con el desafortunado pie de “A 3 metros de Julen” como si de aquella novela de Moccia se tratara.

Entiendo que un buen seguimiento mediático promueve el interés y una mayor colaboración en todos los ámbitos. Está claro que lo que no sale en la prensa no se conoce y lo que no se conoce no recibe ni la ayuda ni la atención necesarias. El buen periodismo promueve una función social maravillosa y es la voz para todo aquello que necesita ser dicho. Pero el peligro está en su exceso, cuando esa labor busca además el mercantilismo y el share aprovechando este tipo de sucesos que de por sí ya generan una especial atracción en todos nosotros: es el morbo de lo humano. Asistimos entonces a un circo en el que se estrangulan las emociones y se prostituye el periodismo. En el que se persiguen las audiencias millonarias y se difumina por completo la línea que separa lo que es información de espectáculo manteniendo siempre esa tensión informativa para alargar horas de programación que en muchos casos terminan llenándose de especulación, noticias sin contrastar, análisis falsos y opiniones desafortunadas.

Informar bien no es sostener una conexión 24 horas en directo porque esa misma necesidad que se genera, esa exigencia en ser los primeros en dar la noticia, lo único que promueve es la reiteración de datos que no aportan nada y que conllevan directamente a la desinformación. Objetivamente el periodismo trabaja con las famosas 5 ‘W’ que todos estudiamos en la Facultad: qué ha ocurrido, cuándo, dónde, cómo y quién es el protagonista de la noticia. A partir de ahí, todo lo demás es información complementaria que no suma, aunque adorne. La sociedad es lo suficientemente empática como para entender cómo están esos padres y familiares en estos momentos de angustia y dolor, no necesitamos una declaración expresa que nos lo confirme ni escarbar en sus entrañas reiteradamente para hacernos llorar desde el sofá. Le pido al periodismo que no se deje llevar por el amarillismo y que recuerde que no retransmitir todo esto como si se tratara de un ‘reality show’ no le resta sensibilidad, sino que se la confiere.

 

Vacío gris

Hoy es uno de esos días nublados en el cielo y en el alma. De esos días tontos en los que no pasa nada, o en los que pasa demasiado. La atmósfera se vuelve densa, cortante, asfixiante. A veces parece que ni aire tenemos, o que lo gastamos inútilmente diluyendo las esperanzas en un goteo mezquino y cruel. A lo mejor es que nos gusta estar vacíos. Vacíos de(l) todo. O quizá es que nos da miedo llenarnos de tanto y de verdad. Y así vivimos, irremediablemente confusos, esperando.

Esperando un mensaje y un abrazo. Esperando que la vida nos sonría así porque sí, que los problemas pasen, que los conflictos desaparezcan, que no nos toquen demasiado la moral. Dejamos de ser valientes para no salir nuevamente escaldados. Como si por ver el agua correr fuera suficiente para no salpicarnos más. Nos protegemos en exceso, nos amurallamos atemorizados dejando los demonios afuera, ahuyentando a esos fantasmas del pasado. Y no nos damos cuenta de que en nuestro claustro también encerramos la risa y la pasión. Qué pena creer que sin implicación, sin ganas, sin motivación y sin la búsqueda misma podremos llegar a rozar algo de esa felicidad que decimos anhelar y que tanto necesitamos.

col_16495El aburrimiento nos abruma, el cansancio nos derrota, la emoción nos mancilla. Hastiados, enmarañados y melancólicos arrastramos los pies sin rumbo fijo. Apostamos nuestro bienestar a lo efímero, a lo material y a lo ajeno. Cedemos nuestras alegrías sin miramientos, se las delegamos a los demás. Quebramos la libertad de nuestros años por no hacer daño o por temor al qué dirán, ralentizando nuestras alas en un peligroso juego de responsabilidad. Y cuando todo eso nos falla, cuando aquellos a los que les otorgamos tanto poder vital no son lo que esperamos ni actúan como pretendemos, entonces, ¿qué? De vuelta al vacío, al sinsentido, al dolor y a la soledad. Perdemos nuestra propia batalla aunque creamos sentirnos más protegidos en la trinchera del yo cuando en realidad así lo único que ganamos es rabia, impotencia, frustración y rencor.

No llegó ese mensaje, nadie nos dio ese abrazo.

Pero seguiremos esperando. Qué gran error.

 

¡Gracias 2018!

Un año más de nuevo poniendo sobre la mesa las cartas de lo que ha significado este año que ya toca a su fin. Un año que comenzó con mucha fuerza y a la vez con tremenda incertidumbre de lo que me podía deparar pero sobre todo con muchas ganas, como cada uno de enero. Parece como si el calendario nos diera por estas fechas una tregua y nos dijera respira, todo va a estar bien, yo ya formo parte del pasado, un nuevo año está por comenzar. Y con ello, nuevos retos, nuevas esperanzas, mejores ilusiones.

Doce meses dan para mucho y sería difícil resumir aquí cada una de las vivencias que me han marcado este 2018 pero si tuviera que definirlo de alguna manera diría que es el año en el que me he sacudido muchas pulgas. Puede que ya desde el 2017 viniera despojándome de lastres que me impedían avanzar pero estoy convencida de que este 2018 me deja mucho más ligera en algunos aspectos. Madurez, determinación, crecimiento. Todo eso unido a la experiencia que solo el tiempo es capaz de brindar me hacen despedir este año con una gran sonrisa por las metas alcanzadas y por las que están por llegar.

Echar la vista atrás de vez en cuando es necesario para poder poner en perspectiva todo lo que hemos conseguido en nuestro propio camino. Es cierto que a veces desespero y me pregunto cuándo me va a llegar a mí todo eso que sobrevuela a mi alrededor sin alcanzarme por completo. Pero en este 2018 también he aprendido a dejar que las cosas fluyan porque es precisamente el tiempo lo que me ha enseñado a no forzar la máquina. Quizá voy más lenta en algunos términos pero creo que eso me está ayudando a saber lo que merece la pena y lo que ya no. Así que no me queda más que darle las gracias a este año que se nos va por todo lo que me ha aportado.

Gracias 2018 por todos esos momentos de risas, complicidad y amistad que me has concedido. Gracias por toda esa gente que se mantiene a mi lado independientemente de cuán lejos o cerca esté. Gracias por las personas que se preocupan, que preguntan, que se interesan. Gracias por los amigos de siempre y los más recientes. Gracias por cruzarme en el camino con gente increíble que me enriquece día a día. Gracias por mi familia que sigue ocupando todas las sillas otra Navidad más y gracias por esos ocho soles que la vida me ha regalado y que siguen haciéndome la tía más feliz del mundo. Gracias por el amor que no duele y por la pasión que pervive siempre en mí. Gracias por las lágrimas que me han enseñado a valorar las sonrisas. Gracias por darme alguna que otra bofetada de realidad para poder poner los pies en el suelo y gracias también por no cortarme las alas cuando he querido volar.

Gracias 2018 por haberme mostrado la toxicidad de las relaciones que no funcionan y por haberle arrancado finalmente la piel de cordero a cualquier intento de lobo feroz. Gracias por haberme dado la fuerza suficiente como para que ya no me importe lo que antes era un mundo y gracias por hacerme una mujer más fuerte cada día. Gracias por darme el carácter necesario para manejar mejor las situaciones que antes me superaban y gracias por ayudarme a mantener a raya a la gente invasiva. Gracias por darme paciencia para lo que realmente importa y determinación para soltar amarras de lo que ya no. Te pido 2019 que no bajes la guardia.

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Gracias por los viajes que han seguido permitiéndome conocer nuevas culturas, lugares, rincones y personas valen realmente la pena. Gracias por el mejor reencuentro que pude tener este año y gracias por acortar distancias cuando más lo necesitaba. Gracias por haberme dado valentía para afrontar todo lo malo y para dejar entrar todo lo bueno. Gracias por rescatar algunos viejos amigos del baúl de los recuerdos y darme cuenta de que nada ha cambiado. Gracias también por esa gente que me ha cerrado de golpe la puerta dejándome sin derecho a réplica, tirando a la basura tantos buenos momentos, despreciando una amistad y olvidando lo más importante. A pesar de todo no guardo rencor así que a quien este año ha decidido dejar de estar también le doy las gracias por todo lo vivido y por haberme ayudado a ser quien soy, hasta hoy.

Gracias por todos aquellos que se siguen sumando a este blog y que comparten sus experiencias, emociones y reflexiones conmigo. Gracias por todos los que me alientan en este mundo de las letras y mil gracias por quienes afirman ser un poco más felices cuando me leen, porque a mí esas palabras sí que me hacen inmensamente feliz. Gracias por los mensajes, las llamadas, los detalles de un día cualquiera. Gracias por los cafés a solas y a medias, y por ése que es tan único y especial. Gracias por las películas que me han tocado el alma, por las lecturas que han abierto brechas en mi corazón. Gracias por las emociones que no me abandonan y por los sueños que me susurran cada vez más fuerte en mi interior. Gracias por las mañanas de sol y por las mágicas noches de lluvia. Gracias por las charlas que nunca terminan y por las amigas que olvidan mirar el reloj. Gracias por las citas improvisadas, por los encuentros inesperados, por la cándida adolescencia, por las canciones a todo pulmón y los bailes descompasados. Gracias 2018 por haber sido punto final para tantas cosas y punto de partida para muchas otras, pero sobre todo gracias por haber seguido colmándome a mí y a los míos de vida y de felicidad.

Estamos preparados para un buen rato más.

¡¡Feliz 2019!!

 

¿Por qué escribo?

No recuerdo cuándo ni cómo tomé conciencia de lo que significaba para mí escribir. Quizá porque es algo que siempre estuvo ahí, inherente, casi inconsciente en mi manera de ser y sobre todo de pensar. De pequeña no me daba cuenta, supongo que como todos los niños veía normal eso de hacer dictados y redacciones en el colegio porque era lo que tocaba. Sin embargo, entre las quejas de mis compañeras más reacias a ese tipo de tareas yo sentía que aquello de juntar letras me gustaba. No, qué digo, me encantaba. Además, podía pasarme horas y horas leyendo y confabulando en mi imaginación cuentos por aquel entonces de héroes infantiles y alguna princesa no demasiado rosa. Llegando a la adolescencia me di cuenta de que esos relatos de fantasía dejaban paso a otros más crudos, más reales, más íntimos. Garabateé confusiones y deseos, miedos, esperanzas, ilusiones. Emborroné folios por doquier, archivé memorias y daños, me rebelé y me revelé. Y conforme fui creciendo hice de esa necesidad una costumbre, o quizá fuera al revés. Lo que es cierto es que el paso de los años no melló en mi afán, al contrario, lo potenció. Entendí entonces que podré no hacer muchas cosas en esta vida, pero nunca podré dejar de escribir.

¿Por qué? ¿Para qué? Para entender. Para amar y que me amen. Para saber, para conocer. Por miedo. Para sobrevivir. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir la propia. Escribo para acallar mis demonios y para darle alas a mi imaginación, para no perder la cabeza, para perderme en otros mundos, para ser libre. Escribo para entender mis emociones, para no sentirme sola, para no dejar escapar un solo instante. Escribo desde las entrañas lo que no puedo hablar, para ponerme orden, para dejarme llevar. Escribo para creer, para luchar, por inconformismo, como una manera de reivindicar, por justicia quizá. Escribo para soñar, para huir de la realidad, para salvaguardarme del qué dirán. Y, sin embargo, escribo desnudándome el alma, a veces atrincherada, otras demasiado expuesta y liberada.

Escribo para calmar el desasosiego, el dolor, el placer. Por temor a muchas cosas, incluidas el amor, el olvido, la pérdida, el fracaso. También escribo para explorar mi delirio, la pasión que vive en mí. Para perderme por los laberintos de la mente e intentar entrar en los de quienes me leen. Escribo para que no se me olviden las cosas, para homenajear el pasado y la memoria, para aprender de los errores, para ponerlos fríamente sobre papel alejándolos así un poco más de mí.

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Escribo por vicio, por afición y por aflicción. Escribo por cabezonería y para empoderarme. Por egoísmo y egocentrismo, puede que incluso por cierta vanidad. Escribo para saber hasta dónde puedo llegar, por exigencia, por perfección, por reconocimiento, por prestigio, por valor. Escribo para estrangular las palabras y los sentimientos, para dejarlos cantar, bailar, posarse sobre mi piel, morar en mi persona. Escribo porque a veces prefiero la coraza del papel con sus infinitas rectificaciones que el suicidio irreverente de unos labios inoportunos. Lo hago en mí y contra mí, como una guerra interna entre intelecto y corazón donde quien manda es puramente la intuición. Escribo para indignarme, para llorar, patalear y luego curarme. Puede que lo haga por timidez y para salvarme. Escribo por impulso, por entretenimiento, porque lo disfruto. Lo hago para seducir y para maldecir, para crear y recrear, para no dejarnos morir.

Escribo porque me encanta viajar a nuevos lugares y descubrir a otras personas que viven situaciones dispares enredados en mis palabras mientras con todo ello me busco a mí misma. Escribo para ponerle nombre a lo que me rehúye, para tomar conciencia de mi realidad y la de otros, para encontrar respuestas a veces a ninguna pregunta. Lo hago para doparme de sensaciones y lo utilizo como antídoto de demasiadas cosas. Escribo para equilibrarme, para estar en paz. Quizá lo hago también por cierta insatisfacción, para llenar vacíos o simplemente porque no tengo alternativa. Sé que no escribo por elección sino que lo hago por pura necesidad, porque no sé vivir de otra manera. Porque fluyen en mí historias, relatos, personajes que me piden escapar y me permiten a su vez vagar por senderos desconocidos. Escribo porque a veces es demasiado potente el estallido de imaginación que corretea por mi mente y de alguna manera me tengo que liberar. Escribo para ser un poco más feliz y porque creo que al final, cuando sólo existe el silencio, el sabor de aquellas palabras que fueron dichas, rasgadas, escritas y amadas, siempre permanecerá.

 

 

‘Cuéntame cómo pasó’, una gran lección

Queridos señores de Cuéntame cómo pasó, ¿puedo enviarles la factura de los kleenex que llevo gastados desde el capítulo de ayer? ¡Qué hartón de llorar! La noche ya se preveía emocionante, es lo que tienen las despedidas, pero una que siempre se quiere hacer la fuerte pensó bah, si ya sabemos que hoy se despiden Carlos y Karina, podré con ello. Pero no, con lo que no pude fue con la emoción contenida, la trama tan bien hilvanada con el pasado, el homenaje natural a 19 grandes temporadas, la música tan acertada, los diálogos tan sencillamente profundos y las maravillosas lecciones que el capítulo de anoche nos regaló.

Debo decir que desde que Carlitos Alcántara se hizo adulto no he dejado de verme reflejada en él y supongo que lo de ayer fue la gota que colmó mi lagrimal. Un escritor perdido en busca de esa novela que lleva dentro pero que no encuentra el camino para salir, un hombre que ama tanto que se confunde con la ansiedad y el miedo, un hijo que se carga a la espalda responsabilidades que no le tocan, una persona que se exige tanto a sí misma hasta llegar a la frustración cuando las cosas no salen como esperaba, o como cree que los demás esperan de él. Ese Carlos que anoche huyó de todo me tocó profundamente en el alma y me hizo recordar las veces en que quise huir porque no veía la salida, encerrada en mi propia jaula pero clamando por experimentar mi camino en soledad lejos del nido También me golpeó la memoria recordando la vez en que el amor me impulsó definitivamente a hacer mis maletas tratando de encontrar algo cuando en realidad me estaba buscando a mí misma. Sí, puede que fuera aquél el resorte, pero en mi mar de fondo, como en el de Carlos, siempre hubo mucho más cuando también, como él, puse un océano de por medio. Por eso ayer las lágrimas caían por mis mejillas a borbotones. Y no solo por estar antes los últimos fotogramas de dos actores tan importantes para la serie y de una trama que ahora tendrá que readaptarse, sino sobre todo por la cercanía emocional que me abrumó hasta desencajarme.

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Estoy convencida de que a todos los que seguimos la serie desde hace 17 años ayer en mayor o menor medida se nos rasgó un poco más el corazón. El capítulo fue una obra de arte de veracidad, humanidad y ternura. Fue una mezcla de mil emociones tan bien llevadas que el cuerpo entre sollozos pedía más, no te termines nunca. Fue un estallido de crudeza y de cariño, de salvación en alta mar. Y fue sobre todo una lección de vida para no olvidar: la familia, tu familia, ésa siempre está. Ya sea lejos, cerca, con sus peleas, sus malas maneras, sus reproches, sus recelos, sus entrometimientos. Como sea. Los Alcántara a lo largo de los años se han convertido en el ejemplo perfecto, cada uno con su carácter, de lo que significa ser una familia y sobre todo, de lo que es el paso por este mundo, con sus luces y sus sombras.

Ayer lloré porque me vi reflejada en un espejo de realismo demasiado potente y también porque me recordé con catorce años sentada en el sofá de casa esperando ver el primer capítulo de una serie que vino a contextualizarnos la historia de España y ha terminado contándonos nuestras propias vidas. Porque, como dijo Benedetti, cuando uno llora lo hace también por todas esas veces en las que no lloró, y estoy segura de que ayer muchos lloramos por algo más que el adiós de Carlos Alcántara.