Facebook y otras mentiras.

Quién no ha abierto una mañana Facebook y se ha arrepentido con todo su ser de haberlo hecho. Quién no ha llorado viendo y leyendo lo que no quería ver ni leer. Quién no ha criticado una foto o dos. Quién no ha pasado horas analizando el chisme de turno y se ha reído de lo patética que puede llegar a ser la gente. Quién no ha subido contenidos esperando ciertas reacciones. Quién no ha jugado al populismo virtual. Quién…

¿Quién está a salvo de tantas mentiras?

Qué peligro, madre mía. Dejarnos engañar por lo que vemos sin saber qué intención se esconde tras cada foto, post o tuit. Comernos la cabeza imaginando lo que no es e intoxicar nuestra realidad. Luchar constantemente por mantener la mente fría y aprender a relativizar, o a madurar, sabiendo que no es oro todo lo que reluce y que las redes sociales pueden ser tan útiles como enfermizas si no las sabemos utilizar.

Vivimos bajo el yugo de la imagen y la popularidad en una sociedad cada vez más superflua, sometidos a likes y comentarios que elevan y destruyen en el mismo momento en que se publican. Si mi foto no alcanza cierta cuota de aceptación, ¿será que no soy lo suficientemente atractiva? Si mis publicaciones no se comparten, ¿qué estoy haciendo mal? Si no me incluyen en tal evento o me etiquetan, ¿se avergüenzan de mí? Inseguridades que nos enredan más en la red. Una patraña en realidad. Pero una condena también.

Ese afán de buscar reconocimiento virtual constante, de mostrar una vida que quizá llevas o quizá no, de inventar una realidad, edulcorarla o peor aún, dramatizarla para llamar la atención, me parece que se terminará convirtiendo en la enfermedad mental del futuro. No soy psicóloga pero basta echarle un ojo a Instagram para darte cuenta de que existe cierta obsesión por mostrar y demostrar lo bien que lo paso cada segundo de mi vida. Y cuidado, no critico las ganas de compartir con los demás tu viaje por el mundo, hay fotos que merecen incluso premios. Son lo que yo llamo fotos instructivas, de envidia sana, de ganas por conocer, de dar palmadita en la espalda y decirle al afortunado de turno con una sonrisa “jo, qué buena vida te das”.

Lo que me da realmente pavor es la foto frente al espejo de los abdominales de hierro que consigo a base de batidos y las sesiones compartidas a tiempo real en probadores de ropa. Porque tras esas fotos se esconden personas repletas de miedos y ansiedad. Personas quebradizas e infelices que mendigan reconocimiento para aliviar su falta de autoestima. Pero es tal el enganche al qué dirán que ya existen aplicaciones específicas para que gente que ni conoces opine acerca de tu físico y estilo personal. Un arma de doble filo si no sabes quién eres: tan pronto te dirán que estás espectacular como horrorosa, y dime, ¿tú qué vas a creer?

Depende de tu ego creerás que eres una reina. Que las fotos sacando morritos son lo máximo y cientos de likes de personas que ni conoces parece que lo atestiguan. Depende de tus frustraciones creerás que te sobran quilos o te falta pecho, que te tienes que operar la nariz y que jamás te van a valorar lo suficiente. No lo harán si tú no lo haces, aunque suene a cuento chino o a conformismo mental.

Da la senschistes-sobre-embarazadas-ación de que estamos cada vez más inmersos en lo virtual que en lo real, y que lo que no se publica no existe. Y qué equivocados estamos. La vida es la que vivimos, no la que colgamos en las redes sociales. La vida son los momentos que pasamos riendo con los amigos y los dramas que no aireamos. Son los perdones que se piden en la intimidad y las conversaciones que no guardamos.

Vivir es sentir cada instante y no perderlo retocando la imagen que lo congele para que todos lo vean. Claro que es bonito tener el recuerdo de aquella fotografía de nosotros dos en blanco y negro, pero es más bonita la emoción que guarda la memoria de aquel momento, y de todos los demás que no inmortalizamos. Aunque eso nunca lo sepa nadie ni haya etiquetas, comentarios o likes que nos respalden.

Porque al final lo privado es la vida real. Y lo demás, es sólo Facebook.

No existe el adiós.

Hacía calor aquella mañana pero ella sentía escalofríos. Tan pronto necesitaba de su abanico como se le ponía el vello de punta. La manicura resistía los envites de sus dientes como podía y sus pies taconeaban el suelo en un intento vano por calmarse. Demasiado tiempo sin verse reflejada en ojos ajenos, demasiado sin sentir el calor de aquel aliento de miel acidulada.

Y no es porque lo extrañara, en realidad había aprendido a callar las voces internas, a madurar los sentimientos, a dormir los deseos. No quiso recordar en la espera las heridas que ya ni siquiera dolían pero se apoderó de ella el desconcierto y la duda. Comenzó un baile inútil de “y sis” y los porqués se amontonaron en fila esperando su turno. Taconeando el suelo de mármol trataba de mantenerlo todo bajo control ensayando su mejor sonrisa y conteniendo las ganas hasta que sonó el timbre de ese acento que pronto la desbarataba.

Bastó un abrazo para entender que seguía siendo humana.

La mirada de obsidiana, aquella boca maldita, el tacto que la erizaba. El mismo hombre y la misma mujer, en apariencia. Pero ninguno de los dos estaba realmente seguro de quién era el de enfrente y con disimulo se fueron calibrando. ¿Serían los de siempre? ¿Debían serlo? Que no quiero cometer los mismos errores, pensaba él. Que a veces quisiera empezar de cero, soñaba ella.

Pero pronto se atropellaron las palabras con urgencia por explicarse los días ausentes. Se destensaron los músculos y afloraron sonrisas a la par que recuerdos. La nostalgia de los buenos momentos hizo su aparición, igual que las bromas y los pequeños detalles que la memoria en su capricho suele guardar aun sin darnos cuenta. Se sintieron relajados y empezaron a desenterrar aquel baúl repleto de tesoros y de algunos trapos sucios que nunca nadie lavó.

Trapos de promesas efímeras y huellas perdidas, mojados en lágrimas durante noches de tormenta, tejidos con dedos ávidos jugueteando a escondidas. Tesoros de alegrías tan vivas que aunque a veces tambaleantes siempre calaron mucho más hondo. Momentos que se fueron fundiendo en la pira que él encendió para espectáculo del resto. Humo que los fue asfixiando a la vista de todos aunque sólo ella tosía sacrificada ante el altar mayor de aquel ego desmesurado. Vuelta a prender de nuevo reviviendo en la oscuridad de aquellos abrazos secretos, renaciendo de sus propias cenizas.

Pero ahora se tomaban el pulso de otra manera. Eran más sinceros con las miradas y más certeros con las palabras. Varios años de felicidad intercalada daban para mucho más de lo que a ellos mismos les podía parecer. Y lo demostraban hablándose directamente a los ojos sin tapujos ni misterios. Porque a pesar de los nervios y de la confusión que siempre precedió a cada encuentro, ellos se sabían atraídos desde el más íntimo rincón de su ser. Quizá imperaba el deseo sobre el querer, o puede que no supieran cómo darse y recibirse, o que simplemente estuvieran condenados a encontrarse y reencontrarse por los caminos de la vida como gatos en celo, magullados y callejeros, para lamerse y aliviarse las heridas de cada riña. Curarse los vacíos y las inseguridades llenándose el uno del otro, hilvanando cicatrices sin llegar jamás a coserlas.

Y así lo hicieron una vez más hasta que ella volvió a taconear sobre aquel tablao de mármol y él se refugió en el mismo abrazo que siempre lo protegía. Qué sabe nadie del futuro y de la vida, si quizá esto es sólo la historia de aquel bolero, como no hay otro igual… Seguirían adelante como ya habían aprendido a hacer en todas las anteriores despedidas. Puede que ella soltara alguna lágrima de más aquellas primeras noches de soledad, como era costumbre, pero tenía la certeza de que ése era el precio a pagar por su felicidad, tomando el único riesgo que siempre valió la pena tomar.

Se encomendó a todos los santos de aquella Catedral y le pidió al destino algo de piedad. Recitó en silencio poemas inacabados y escribió agradecimientos y perdones en una humilde servilleta de papel. Nunca hubo algo tan lindo y sincero como aquellas palabras que el viento sopló. Escribió varios te quieros para aligerar el consuelo y se refugió en el conformismo de siempre, tan cruel como cobarde: “porque confío plenamente en la casualidad de haberte conocido…”

Pero nadie lo concluyó, y aquella tarde tampoco se dijeron adiós.

Escribir es sobrevivir.

“Para mí escribir es un acto de supervivencia”. Paul Auster.

Cuánta razón. Y también cuánto miedo…

Que es el único acto capaz de salvarme del abismo, pero que al menos lo es. Que es el remedio a mis males, a mis descalabros, a mis sinsabores. Y que es la manera de plasmar mis alegrías, mis anhelos, mis ilusiones. Que escribir se convierte en necesidad, y que no puedo vivir sin escribir. Aunque las páginas en blanco me aterren y aunque las letras a veces me rehuyan resbaladizas. Como hoy quizá, cuando hay tanto que decir que apenas es nada. Cuando las emociones se atraviesan desgarradoras, cuando quieres gritar de felicidad pero luego se te cruza una sombra de duda velando tus ojos. ¿Por qué? ¿Por qué no ser capaces de saborear todo lo bueno y de engullir todo lo malo? ¿Por qué si la vida es maravillosa tenemos que buscarle los tres pies al gato?

Porque somos humanos. Y erramos. Y nos mortificamos. Y estallamos. Y resucitamos. Y nos alegramos. Y nos emocionamos. Y nos desesperamos. Y esto se nos viene abajo como un castillo de naipes en un soplo, y lo que hoy es bueno mañana se revierte, y viceversa. La noria, el tobogán, la ruleta rusa. Da igual a lo que juguemos, ni siempre se gana ni siempre se pierde.  Pero siempre, siempre, se vive. Y cuando la cosa se pone dura, a veces también se escribe. Aunque lo de hoy no sea más que un sinsentido, y estas palabras no digan absolutamente nada.

Gatos en el tejado.

Estaba el Señor Don Gato sentadito en su tejado cuando recibió una carta por si quería ser casado con una gatita blanca, sobrina de un gato pardo. Y el gato emocionado por ir a verla se cayó del tejado, se rompió seis costillas y la puntita del rabo. Pobre gato…

Toda una vida esperando el amor y un tropiezo se lo araña cuando ya lo sentía tan cerca. ¿Y si le damos otra oportunidad? Y si el amor, como nuestro gato, ¿tiene siete vidas? ¿Y si tenemos que caer del tejado para darnos cuenta de cuánto duelen los reveses?

Que los cuentos de hadas no existen y las rosas sin espinas ni siquiera tienen olor. Que esto no es fácil, pero seguro merece la pena. Que las heridas que no sangran son las que más nos enseñan. Que la vida hay que vivirla, y que se callen los de allá fuera.

Que las decisiones nunca son incorrectas y que volver a empezar está permitido. Que el triunfo se sobrevalora y el fracaso se magnifica. Que ni tanto ni tan calvo. Que a ratos me gusta quererte y otros sólo me dejo querer. Que yo decido cuándo y dónde, y esas intenciones no me van a doler.

Que un día fui la gata de tu carta y aunque ni triste ni azul, tú también fuiste mío. Y eso nunca se olvida. Que seguimos siendo los mismos gatos bajo la lluvia buscando refugio en cada tejado. Que siempre sabemos dónde estamos y nos reconocemos al anochecer cuando maullamos. Que nunca nos evitamos.

Que el amor nos araña y nos cela. Nos espía tras las cortinas y desaparece sigiloso pero siempre nos mira. Y a veces, misterioso, retorna. Que acecha suavemente la caída y el error pero revive con furia de nuevo en una llama. Que somos puramente felinos, que nada nos cambia.

Que reñimos como gatos para lamernos las heridas. Que ansiamos ronroneantes infinitas caricias. Que nos gusta juguetear con nuevas garras hasta quemarnos la piel si hace falta. Pero al final siempre regresamos al mismo lado. Y aunque a veces lleguemos heridos, confusos y desubicados, todavía nos necesitamos.

Porque nadie me hace maullar como tú, ni existe mejor lugar que tu tejado.

Veintitantos.

Dicen que la mejor época son los veintes. Pero yo me pregunto, ¿la mejor? Que sí, que sí, no lo dudes, ¡quién los tuviera! Y no, no lo dudo, pero sí discrepo.

Los veintes no son tan bonitos, ni tan livianos, ni tan sencillos. Muy al contrario, conforme vas sumando veintes el panorama deja de ser tan bucólico. Y sí, eres joven, qué duda cabe, pero la sombra de los treinta es alargada y maliciosa. Y aunque hoy en día la sociedad camina con tempos muy distintos a los de hace unos años, mentalmente los treintas siguen suponiendo una barrera, inconsciente quizá, pero estable.

Es como si en algún lugar estuviera escrito lo que corresponde y lo que no a cierta edad: los veintes están para experimentar, y los treintas para asentarse. Y eso, a veces, nos agobia. Ver cómo avanzamos hacia el tercer piso con unos cimientos tan inestables no provocan más que desazón y rebeldía. Pero ¿acaso una edad va a determinar mi comportamiento? ¿Acaso se me terminan las noches de ron descontrolado y estoy condenada a los vinos con medida? ¿Es que no se puede improvisar un viaje sin rumbo ni hoteles ni guía en mano? ¿Ya no tenemos edad de pensar sólo en el presente y vivirlo sin andar encorsetados?

Yo me rebelo contra todo eso, aunque a veces eso es lo que me apetezca: noches tranquilas de vino o camas de hotel programadas y confortables. Pero en cierta manera me rebelo contra ese plan oculto y preestablecido en el que conforme más cerca del treinta estás más te venden independencia y casamiento, horario de oficina e hijos por criar como algo “que ya toca”. Luego viene la segunda parte: todavía eres muy joven. Y entonces te sientes en una especie de limbo vital en el que ni tan joven como para pasar de todo como adolescente ni tan mayor como para sentir que te come la rutina y ya no hay vuelta atrás.

Porque no por estar en mis veintitantos tengo que estar pensando en mis treintas, creo yo. Esto no es una carrera por ver quién alcanza antes su estabilidad aunque Facebook cada vez esté más lleno de bodas y bebés. Al menos sigue habiendo otro gran grupo de veintitantos (y alguno más) como tú: perdidos y encontrados, con sus crisis existenciales de cinco minutos y sus arrebatos de pasiones descarriadas.

La vida da muchas vueltas y las cosas llegan cuando y como tienen que llegar. No por mucho madrugar amanece más temprano y eso es algo que me ha costado muchos años, quizá todos estos veintitantos, asimilar.

¡¡Gracias totales, Iker!!

Hoy es un día triste para mí.

Me gusta el fútbol. Me gusta mucho. Siempre me ha gustado. Cuando era pequeña alternaba los juegos de cocinitas con los balonazos en el patio del colegio. Y a los Reyes Magos alguna vez les pedí la equipación por aquel entonces del Barça. Era lo que mamaba en casa, era lo que tenía cerca, era de lo que todos eran. Pero nunca me la trajeron, alegando supongo que yo era una niña y que esa fiebre futbolera pronto pasaría. Pero no pasó. Muy al contrario, mi fiebre se rebeló y contra todo pronóstico familiar esta catalana terminó siendo madridista.

Llegó la adolescencia y con ella la aparición de un jovencísimo Iker Casillas que ya apuntaba maneras a pesar de alternar periodos de titularidad y suplencias. Y en esas andaba calentando banca cuando el Real Madrid se clasificó para la final de la Champions contra el Bayer Leverkusen en Glasgow. Corría el año 2002. El año del despunte de Iker.

La noche del 15 de mayo César Sánchez, el portero titular durante la temporada, sufrió una lesión en pleno partido. Iker se enfundó sus guantes de nuevo y con tres paradas imposibles en los últimos minutos le dio al Madrid su novena copa de Europa. Iker, que era un niño, lloró aquella noche y se hizo hombre. Y yo me sentí incondicionalmente blanca.

Días después Santiago Cañizares, portero titular de la Selección Española, también se lesionó y quedó fuera de la convocatoria para el Mundial de Corea y Japón en el que Iker tuvo que tomar las riendas sin previo aviso. Quedamos eliminados en cuartos con un más que dudable arbitraje pero él se ganó su lugar en la portería cuando en octavos frente a Irlanda paró tres penaltis: uno durante el tiempo reglamentario y dos más en la tanda final. Al día siguiente toda España le apodaba ‘el Santo’, el primero de muchos más calificativos heroicos.

Debutó con el primer equipo en septiembre de 1999 a los 18 años, convirtiéndose en el portero más joven en hacerlo con el Madrid y en liga de Campeones, pero con tan sólo nueve ya formaba parte de las filas del club de su vida, en el que creció y con el que nos ha regalado infinidad de grandes momentos a todos los madridistas y me atrevo a decir que a todos los aficionados al fútbol. Nos ha brindado victorias históricas, triunfos para el recuerdo, campeonatos increíbles. Ha batido todos los récords posibles: es el portero menos goleado de la historia del Madrid y de la Selección Española, acumulando 962 minutos con el club blanco y 91 partidos completos con la Absoluta. Además de ser el único capitán del mundo que ha levantado un triplete de Selecciones (2008, 2010, 2012).

Y hablando de Mundiales, cómo dejar pasar por alto aquel 11 de julio de hace justo cinco años que todos llevamos grabado a fuego en nuestro corazón. Pero no sólo hay que recordar aquel día en el que “¡Iniesta de mi vida!” se coronó como el merecido héroe de la noche sudafricana, sino todo lo que conllevó desde el principio aquella Copa del Mundo. Que si veníamos de ganar una Eurocopa pero no nos teníamos que creer nada más, que nunca habíamos pasado de cuartos y no había que echar las campanas al vuelo, que Iker estaba desconcentrado por la presencia de su novia cubriendo el gran acontecimiento, que España nunca ganaría un Mundial… Y sí, Suiza nos metió el miedo en el cuerpo ganándonos en el primer partido. Y sí, hasta entonces ninguna Selección que perdía el primero se había coronado. Y sí, sufrimos todas las victorias por la mínima. Y sí, superamos la barrera de cuartos con sangre, sudor y un penalti parado por Iker al paraguayo Cardozo. Y sí, llegamos a semifinales y pudimos contra la férrea Alemania. Y sí, nos sentimos privilegiados por ser esta vez parte activa del sueño que todos quieren vivir. Y sí, Johannesburgo fue nuestro feudo. Y sí, las vuvuzelas por fin callaron en el minuto 116. Y sí, ¡lo logramos! Fuimos Campeones del Mundo aquella noche tan inolvidable como mágica. La noche en la que todos reímos, lloramos y nos echamos a la calle. La misma noche en la que Iker ganó su Guante de Oro y ya siendo un hombre, lloró entonces como un niño.

Dos años después de aquel hito volvió a levantar otra Eurocopa en Kiev y conquistó su primera Copa del Rey, el único título que todavía se le resistía. En total suma con el Real Madrid cinco campeonatos de Liga, tres Champions, dos Supercopas de Europa y cuatro de España, dos Copas del Rey, una Intercontinental y un Mundialito de Clubes. Además de haber sido elegido cinco veces consecutivas como el mejor portero del mundo por la IFFHS y otras seis nominado al Balón de Oro, trofeo casi inaccesible para un arquero.

Pero hoy parece que eso son sólo cifras lejanas en el tiempo. Es cierto que los años no pasan en balde y que el nivel de Iker no es el que ha llegado a ser en otros momentos, pero todavía le queda mucho fútbol en sus manos. Es cierto también que el parón al que le sometió Mourinho significó el inicio de un declive más mediático que moral que muchos detractores aprovecharon como si de la crónica de una muerte anunciada se tratara. Pero que no empañe su gloria ni las últimas dos temporadas de vaivenes ni mucho menos esta salida del club tan mal gestionada.

Hoy Iker abandona el club de su vida tras 25 años en él seguramente con la tristeza de sentirse desterrado de su propia casa e injustamente tratado por parte de una afición mínima pero ruidosa y exigente hasta lo despótico. Olvidadiza, frágil en la memoria y demasiado cruda en el error. Iker no quiere homenajes de mentira ni poses simuladas con los directivos que están forzando su salida desde hace un par de años. Pero somos muchos los que le rendiremos el homenaje que se merece guardando en nuestro recuerdo todos y cada uno de los momentos que nos ha hecho vibrar atajando balones y capitaneando uno de los vestuarios más complicados de liderar.

Gracias Iker por seguir siendo un ejemplo como persona y deportista tanto dentro como fuera del terreno de juego. Gracias por tantos años y tantos triunfos. Gracias por hacernos creer que los sueños se pueden hacer realidad y enseñarnos que la suerte del campeón es en realidad constancia, humildad y sacrificio. Gracias por todo y mucho éxito en cada nuevo reto que a partir de ahora se te presente. Ésta será siempre tu casa y tu afición, aunque hoy te quieran echar con prisas y sin remordimientos.

Tú ya eres mucho más que una leyenda. Tú eres nuestra mejor leyenda.
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¡GRACIAS TOTALES, IKER!