¿De qué escribo cuando escribo?

Desde que empecé a escribir, o más bien a publicar en este blog permitiendo así que extraños y no tan extraños accedieran a mis letras, me he enfrentado a mí misma, al qué dirán, y a la sombra de la duda que se cierne sobre todo aquello que aquí relato. No pocas veces me han preguntado si es autobiográfico, si lo he vivido, amado, padecido. Si todas mis palabras responden a algo, si lanzo mensajes subliminales, si juego con la indirecta, si digo aquí lo que no puedo decir fuera de este espacio. Aún hay gente que piensa que me dirijo por y para alguien en concreto, como si de misivas con destinatario se tratara; gente que se da por aludida para bien y para mal; algunos que incluso ven todavía en mis sentimientos la marca de amores ya caducos, o de otros que se piensan incipientes. Y luego está la gente que no solo especula con el grado de ficción y realidad de lo que escribo, sino que además me critica por ello. Sí, hay gente que me convierte en la protagonista absoluta, sobre todo de las historias “moralmente cuestionables” (y lo entrecomillo porque quisiera yo conocer la vara de medir de la moralidad de ciertas personas), para dejarme a la altura del betún. Pero olvidan que yo no soy personaje sino escritora, y que cuestionarme así más que una crítica es para mí un verdadero halago. Que tú, como lector, sientas que lo que yo transmito bailando con las palabras puede ser real, me puede haber pasado, o que incluso te identifiques con ello, me llena de orgullo y me anima a continuar escribiendo. Si consigo provocarte sensaciones y no te dejo indiferente, ya me doy por satisfecha.

Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Fregar platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría. Agatha Christie.

A nadie se le ocurre pensar que la escritora británica, autora de sesenta y seis novelas policíacas, fue en realidad una asesina encubierta o que en cualquier caso le hubiera gustado serlo, a pesar de la excelente capacidad que tenía para narrar tramas homicidas tan detalladas como creíbles. Pues claro que no, quizá tuviera cierta afición por el mundillo de las intrigas y las investigaciones y de ahí naciera el pintoresco Hércules Poirot, pero todo lo demás fue fruto de su imaginación. Como lo son la mayoría de las historias que residen en la ficción, con sus destellos indispensables de realidad. Sin embargo, que existan esos destellos, que son al fin y al cabo de los que se nutre una narración para conferirle verosimilitud otorgándole viveza, no significa que sean fieles, ciertos ni nuestros.

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Pero entonces, ¿de qué escribo cuando escribo? ¿De dónde surgen las ideas? ¿Cómo puedo manejar temáticas que desconozco? ¿Hasta qué punto las emociones que plasmo en papel no son las mías? Está claro que la materia prima para todo escritor es la vida, aunque dicho así llega a confundir: ¿la propia vida? No. No tiene porqué. O sí, con matices. La vida como tal ya está lo suficientemente llena de elementos inspiradores, solo hay que saber observarlos. Un trayecto en autobús, una conversación en la mesa de al lado, ese sueño que te sacudió mientras dormías, aquello que nunca te atreviste a hacer, una decisión acertada o no,  lo que fue y lo que pudo haber sido, un destino equivocado, un paisaje de la naturaleza, los viajes que emprendemos, los deseos más ocultos, el terreno inexplorado de la fantasía, lo que decimos y lo que callamos, el recuerdo de la infancia, la gente y sus problemáticas, el contexto que nos rodea, las ficciones que vemos, escuchamos o leemos, el minuto siete del capítulo veintitrés de tu serie preferida, el vacío de la memoria… Y por supuesto, también aquello que todos sin excepción en algún momento sentimos: el amor, la tristeza, los celos, la pasión, la envidia, la locura, la gratitud, la esperanza, la rabia, el temor, la ilusión, la pérdida, el poder, un reencuentro, la lealtad y la traición, la impotencia, el valor de la amistad, la complicidad. Todo eso que está ahí, en la propia condición humana, en la existencia en sí misma, es susceptible de ser contado. Basta con dejarse llevar sin miedo por los recovecos más profundos y extraños, con cierto grado de intuición, curiosidad y delirio. Creo que, en definitiva, escribir es el resultado personal de una confluencia de elementos que nacen de muchas cosas pero sobre todo de una imperante necesidad. Cada uno sabrá cuál es la suya.

Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias. Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Refugio de tristes, nostálgicos y soñadores. Mario Vargas Llosa.

 

 

 

Sola

persigue_a_la_luz122Está sola. Completamente sola en el mundo. Son las cuatro de la madrugada de un día cualquiera y las calles están desiertas. Hace frío, se le cuela la humedad por debajo de la ropa, le cala los huesos. El cielo está tan tapado que ni siquiera la luna la acompaña esta noche. Todo es niebla a su alrededor, un espeso manto blanquecino que no le deja ver mucho más allá. Tampoco sus lágrimas ayudan, es cierto.

Camina sin rumbo ni ganas. Camina sola, sin miedo. Le da igual cuándo llegar o a dónde ir y ni siquiera teme los pasos que suenan tras ella. Nada le importa, por unos instantes solo quiere sumergirse en esa oscuridad que la acecha desde adentro, que le apaga tan tristemente el alma, de la que parece que nunca puede escapar.

Cien metros, eso es todo. Seguir o regresar. Enjugarse la desdicha, levantar la mirada, dejarse llevar. No. No puede. Está harta. Harta y tremendamente cansada de ser quien no es. De fingir, de aguantar, de dejarlo todo pasar. Agotada de verse frente al espejo chocando contra una realidad que ya no le pertenece, que quizá nunca lo hizo. Desesperada, ahogando en gritos mudos su deseo, mancillando el amor que deposita en quien la descerraja. ¿Para qué? Ya ni la risa la salva, ya ni el embrujo la atrapa.

Es tarde. Ha perdido demasiado tiempo esta noche. Solo quiere volver a casa.

 

 

Cansada

Hay días en los que la vida te hace click como si de aquel viejo resorte se tratara, medio oxidado y apenas sin fuerza intentando saltar o detenerse como queriendo decir hasta aquí. Porque hay días en los que el peso de muchas circunstancias acumuladas, de muchas emociones ahogadas, de muchos noes disfrazados de síes puede contigo y de repente te sientes profundamente harta y cansada.

Cansada de estar siempre para todos, de alterar tu ritmo por los demás, de cuadrar agendas sacrificando tus deseos y de que luego la reciprocidad brille por su ausencia. Cansada de quedarte en un abismo de sentimientos inconcluso, ni contigo ni sin ti. Cansada de ser la bonita y divertida segunda opción de amores y amigos. Cansada de tener que salir en defensa propia buscando el escudo de alguien que en realidad nunca te defenderá. Cansada de batallar con la razón y el corazón y de que vengan a vulnerar tu tregua emocional cada dos por tres. Cansada de que no coman ni dejen comer.

Cansada de que un mísero fallo se convierta en reproche, en montaña, en pelea. Y que los aciertos no se valoren porque mágicamente los damos por hecho, porque siempre estuvieron ahí, porque tiene que ser así. Cansada de la exigencia que se sube a la espalda y que no nos deja ni respirar, de la gente que abusa de la vulnerabilidad para crecerse más. Cansada de que no se respeten los silencios, de la gente que habla sin parar y que tiene la desfachatez de darse la vuelta cuando se trata de escuchar. Cansada de la mala educación, del protagonismo, de tanto yo-yo. Cansada de que no nos detengamos un segundo a ver, a sentir, a percibir. Cansada de las prisas, de correr, del tiempo que se nos escurre vacío entre los años. Cansada del objeto por encima de la persona, de la idolatría, del tanto tienes tanto vales. Cansada de ver cómo se extinguen los te quiero, los perdones y los agradecimientos.

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Cansada de tanta palabrería y de innumerables promesas etéreas. Cansada de hacer planes que no se cumplirán, de caminar siempre punteando la misma rutina, de reducir el mundo a una asfixiante zona de confort. Cansada de la falta de huevos, del conformismo, de aferrarse a lo que no nos llena por miedo a lo incierto o por simple comodidad. Cansada de esperar tanto. Cansada de poner buena cara para no incomodar al de enfrente mientras en mi interior libro una cruenta guerra de sentimientos y razones. Cansada de las estrategias y de la falta de naturalidad, de la poca implicación y del maldito qué dirán. Cansada de ser paciente, de no romperme, de ser valiente. Cansada de justificarme, de ilusionarme, de decepcionarme, de volver a empezar, de dar(me) infinitamente la última oportunidad. Cansada de lidiar con mentiras, con egos, con locuras, con celos. Cansada de la carga de lo ajeno y de no poder decir basta, no quiero esa responsabilidad. Ya estoy cansada de todas esas piedras que se acomodan en la espalda entorpeciendo el camino a la felicidad.

 

Vacío gris

Hoy es uno de esos días nublados en el cielo y en el alma. De esos días tontos en los que no pasa nada, o en los que pasa demasiado. La atmósfera se vuelve densa, cortante, asfixiante. A veces parece que ni aire tenemos, o que lo gastamos inútilmente diluyendo las esperanzas en un goteo mezquino y cruel. A lo mejor es que nos gusta estar vacíos. Vacíos de(l) todo. O quizá es que nos da miedo llenarnos de tanto y de verdad. Y así vivimos, irremediablemente confusos, esperando.

Esperando un mensaje y un abrazo. Esperando que la vida nos sonría así porque sí, que los problemas pasen, que los conflictos desaparezcan, que no nos toquen demasiado la moral. Dejamos de ser valientes para no salir nuevamente escaldados. Como si por ver el agua correr fuera suficiente para no salpicarnos más. Nos protegemos en exceso, nos amurallamos atemorizados dejando los demonios afuera, ahuyentando a esos fantasmas del pasado. Y no nos damos cuenta de que en nuestro claustro también encerramos la risa y la pasión. Qué pena creer que sin implicación, sin ganas, sin motivación y sin la búsqueda misma podremos llegar a rozar algo de esa felicidad que decimos anhelar y que tanto necesitamos.

col_16495El aburrimiento nos abruma, el cansancio nos derrota, la emoción nos mancilla. Hastiados, enmarañados y melancólicos arrastramos los pies sin rumbo fijo. Apostamos nuestro bienestar a lo efímero, a lo material y a lo ajeno. Cedemos nuestras alegrías sin miramientos, se las delegamos a los demás. Quebramos la libertad de nuestros años por no hacer daño o por temor al qué dirán, ralentizando nuestras alas en un peligroso juego de responsabilidad. Y cuando todo eso nos falla, cuando aquellos a los que les otorgamos tanto poder vital no son lo que esperamos ni actúan como pretendemos, entonces, ¿qué? De vuelta al vacío, al sinsentido, al dolor y a la soledad. Perdemos nuestra propia batalla aunque creamos sentirnos más protegidos en la trinchera del yo cuando en realidad así lo único que ganamos es rabia, impotencia, frustración y rencor.

No llegó ese mensaje, nadie nos dio ese abrazo.

Pero seguiremos esperando. Qué gran error.

 

No hay anestesia para el alma

corazoncitoTengo una herida que me escuece, me pica y me tira. Tengo grapas que me ayudan a cicatrizar y sé que en unos días ni lo sentiré. Me las quitarán y todo estará bien, todo tiene que estar bien. Aunque quede una muesca de lo que pasó no será más que el signo físico de una curación. El tiempo se encargará del resto.

Pero tengo otra herida que me arde y que me rasga. Una herida que no necesita puntos ni grapas, que no sangra ni precisa yodo y que no se cura con vendajes o gasas. Una herida de esas que no tienen tiempo de reposo prescrito y se diagnostican con las miradas. Una herida que demanda receta médica emocional y que como yo, tú también tienes.

Las heridas que deja la vida por serlo. Las pérdidas, las despedidas, las desilusiones, los fracasos… La enfermedad, el bofetón, las malas caras, el rencor. Los rumbos quebrados, las malas rachas, la impotencia y el desconsuelo. Heridas que van dejando huellas más o menos perceptibles en nosotros, acumulando dolor y resistencia a partes iguales hasta que un día cualquiera una de las dos se desequilibra. Y cuando es la primera te embargan las heridas y te duelen más que nunca.

Te duele el niño desprotegido, el anciano abandonado. Te duele no poder hablar, no tener nada que decir, querer callar. Duele la música y las letras, igual que aterra el silencio y el grito. Te hiere salir de ese agujero confortable pero también quedarte en él, tener que restaurarte cansada de tanto aguantar. La herida del vacío y la ausencia te sacude mientras cocinas o cuando conduces, en actos tan simples y mecánicos que parecieran no tener relevancia. Pero es que es en lo cotidiano cuando más a flor de piel se sienten las heridas.

En las noticias del telediario, en las llamadas intempestivas, en los mensajes robados. Enterarte de lo que no quieres saber, preguntar por valiente y consumirte por cobarde. Llegar antes o después a casa, a la oficina, a aquella reunión. Variar una ruta y comprobar que los instantes existen en lo bueno y en lo malo, y que son precisamente ellos los que lo cambian todo para seguir creando sueños y abriendo heridas, para seguir con nuestra vida.

Tengo una herida que me escuece pero ni siquiera me enteré cuando me la abrieron a punta de bisturí, bendita medicina. Sin embargo tengo muchas otras heridas que me estigmatizan, me hunden y me engañan. Heridas que celo, cubro y protejo de miradas inquisidoras y juicios morales, igual que haces tú con las tuyas, mudas y sin exposición. Porque en realidad nadie muestra sus marcas de guerra emocional a la primera de cambio, no vayan a pensar que somos estúpidamente vulnerables. Y sin embargo todos las tenemos y todos las lloramos en la soledad de una cama o de improviso frente a aquel semáforo.

Nos resignamos a soportar las heridas que nos quiebran y a vivir con las cicatrices que con el tiempo nos van moldeando. Al fin y al cabo es así como se aprende a caminar: sin anestesia para el alma y saboreando todo lo que nos concede aquello vivido, amado, perdido y arriesgado.

 

 

Alma en la piel.

Captura

Tu espalda el sendero

que me arrastra al infinito

del vértigo que siento

cuando estás conmigo.

Tus ojos color de noche

me atormentan con su brillo

para impedirme el sueño

en mis desvelos sin dominio.

Tu lengua en mi cintura

recorriendo ansiosa los huesos

bajo la piel que arañas y sutura

embriagada por tu tacto travieso.

Tus manos suaves y poderosas

oprimiéndome sin tregua

acarician mi alma armoniosas

y me roban toda esta fuerza…

De seguir odiándote a gritos

cuando guardo tu amor en silencio

y te oculto entre sombras y mitos

porque al quererte yo me sentencio.