Volver a nacer

Este fin de semana vi una de esas películas que de vez en cuando se topan en mi camino y de la nada me hacen reflexionar. La cinta en cuestión se llama Volver a nacer, es del director italiano Sergio Castellitto y está protagonizada por Penélope Cruz y Emile Hirsch. Vaya por delante que no soy especialmente fan de nuestra Penélope y además ni siquiera conocía la existencia de esta película que me puse a ver un poco de aquella manera, más por llenar mi tiempo que por ganas. Y la verdad es que me fue cautivando poco a poco hasta el punto de que hoy siento la necesidad de escribir sobre ella.

Bueno, no sé si sobre ella, o sobre lo que me hizo sentir, o sobre tantas cosas, o sobre la vida en sí. Para contextualizar, y en general, diré que la trama gira en torno a una mujer que viaja con su hijo adolescente a Sarajevo en busca de aquello que un día vivió, lo que la hizo feliz, lo que la rompió en el dolor, lo que la cambió. En busca quizá de unos orígenes, o del sentido de su misma existencia. Intercalando los recuerdos en los Balcanes con el presente en Roma se va tejiendo una historia de crudeza emocional y física cuyo telón de fondo es la Guerra de Bosnia acontecida a principios de los años 90. Una guerra, como todas, salvaje e inhumana que marcó por completo a todas aquellas generaciones, hasta hoy.

En la película se tocan temas como el amor, el deseo de ser madre, las expectativas de futuro, el optimismo de la juventud y los zarpazos que todo lo cambian. Y eso, supongo, fue lo que me hizo reflexionar. Lo efímero, lo soñado, lo inesperado. La vida, al fin y al cabo. Las casualidades, o el destino. El estar allí en aquel lugar, en el minuto exacto para conocer a ese alguien o para que se te clave el puñal más hondo en el alma.

Y me pongo a pepies-descalzos-caminandonsar en mi propio camino, en mi historia, en todo lo que riendo y llorando me ha traído hasta hoy, hasta ser la persona que soy. En los amores que quedaron en la cuneta, los que nunca fueron amores. En las personas que fui encontrando y olvidando. En aquellos que compartieron parte de su tiempo conmigo pero que hoy ya no lo hacen. En los que a veces extraño, en los que ni siquiera recuerdo. Todos los que me dieron algo para aprender a ser mejor, o incluso el ejemplo para no ser como ellos.

Reflexioné acerca de cómo suceden las cosas, cómo un simple momento puede cambiar tu rumbo vital racionalmente establecido. Cómo es sentirse viva y absolutamente feliz, y qué es tocar fondo para tener que volver a nacer. Lo que significa el anhelo de tus deseos que puede llegar a convertirse en obsesión, en darlo todo por todo, y por nada. En arriesgar por una idea, en alcanzar una meta y en la lucha de tus sueños aunque en la batalla se te rompan en pedazos. Quizá es porque nunca se cumplen como esperamos, pero eso no significa realmente que salgan mal. A veces lo que no se planea sabe incluso mejor.

La película me hizo pensar en el destino, en por qué pasan las cosas o por qué no. En el ritmo a veces caprichoso que te marca la vida, queriendo acelerar y frenar a nuestro antojo sin darnos cuenta de que lo que tiene que ser, será. Y que algunas veces aquello que nunca creíste que pasaría, está pasando de verdad.

Pensé en el altruismo y el amor a los amigos que cada uno escoge y que el tiempo se encarga de poner también en su justo lugar. En aquellos que nos acompañan incondicionalmente y nos ayudan a crecer. En esa clase de amor tan intenso imposible de olvidar. Amor en una simple caricia y en el inocente deseo de abrazarse en silencio nada más. En el dolor del bebé que no nació y todo lo que con él también murió: la posibilidad de tener lo que ya nunca será, no al menos de aquella forma, con su boca y sus manos.

El desconcierto del desconocimiento y los juicios de valor que lanzamos a la ligera. La desinformación, las suposiciones, las historias a medias y las mentiras que se callan. Las verdades que no se entregan, las palabras que no se dicen, los sentimientos que afloran y que matamos por miedo. O no. Lo que se padece en las entrañas y lo que arde en el alma sin desconsuelo. “¡¿A esto le llamas amor?!”, gritaba la protagonista en pleno bombardeo mientras el hombre de su vida se alejaba sin mirarla, precisamente por salvaguardarla de ella misma y poder darle su mejor regalo.

Porque a veces las cosas no son como parecen.

Muy al final de la película, en un diálogo precioso, los protagonistas se plantean cuál es la palabra preferida de cada uno de ellos, a lo que alguien responde que la mejor de todas es “gracias”. Así, un simple y llano “gracias”. Y la verdad es que pocas palabras tiene el diccionario tan completas como ésta, y qué pocas veces la verbalizamos. Y no me refiero a cuando la utilizamos como coletilla por educación, sino a dar las gracias de verdad. Gracias a quienes pasan por nuestra vida para concedernos el mayor aprendizaje. Gracias a las casualidades que nos cambian los rumbos. Gracias a los miedos y a las lágrimas que nos hacen valorar mejor los retos y las risas. Gracias a los amigos que nos exponen las verdades desde la tolerancia y el cariño. Gracias a quienes nos infravaloran y humillan porque en su desdén nos enseñan a ser más fuertes. Gracias a todos los que nos quieren bien desde el respeto a nuestra libertad y a aquellos que nos permiten con su sola existencia saber lo que es realmente amar.

Todas esas “gracias”, las que se dan con el corazón desnudo y el alma remendada, mirándose a los ojos sin velos ni estrategias, son las que de verdad importan y sin embargo las más difíciles de pronunciar.

 

Mi feliz Navidad

La Navidad es una de esas cosas que o te gusta o la detestas. Conozco gente que durante el año parece fría y distante y en cambio en estas fechas rezuma almíbar por los cuatro costados. Curioso. Y también sé de algunos más afectuosos que preferirían poder entrar en modo hibernación el día 24 y no despertar hasta por lo menos el 7 de enero.

Cada cual con sus razones y sus vivencias va determinando en qué lado está. Unos dicen que la Navidad es mágica siempre, o hasta que te toca pagarla. Otros que es puro artificio y consumismo. Algunos que es algo más que ciencia ficción… Demasiada paz, demasiado amor. Pero, ¿y si no fuéramos tan radicales?

Podemos ser adeptos a las fiestas navideñas sin tener que sentirnos víctimas de El Corte Inglés, pienso yo. Quizá la Navidad no es más que la excusa para demostrar lo que durante el resto del año muchas veces y por desgracia nos olvidamos de demostrar. Y eso no quiere decir que sea hipocresía, sino que de alguna manera las circunstancias en estas fechas invitan a algo más.

Invitan, por ejemplo, a mandar felicitaciones por correo postal. Puede que sea una pérdida de tiempo y de dinero pudiéndolo hacer a través de cualquier red social, por mail o incluso whatsapp. Mensajes tipo para todos a la vez: ¡feliz año nuevo! No importa si apenas mantengo contacto con aquellos amigos que un día agregué a Facebook y siguen ahí en silencio, porque a esos también los felicito. A todos. Es la forma de estar presente en el mundo virtual mandando clichés de buenos deseos sin destinatario concreto. Sin embargo, unos pocos amigos saben que en realidad todavía soy la romántica que compra sellos y estampa su caligrafía de verdad. Y son ellos, mis favoritos, los que reciben cada año esas tarjetas que en realidad son el abrazo que la distancia me impide dar.

La Navidad invita también a regalar. Y no, no me dejo llevar por el consumismo indiscriminado, por la moda o el sinsentido. Prefiero los detalles meditados, lo que necesitas, lo que te hace ilusión, o lo que nunca esperarías. Disfruto sorprendiendo a quienes quiero y me gusta dedicarle el tiempo apropiado a cada uno de los presentes que elijo. Quizá en eso también sigo siendo una romántica… Porque como dicen por ahí “es estúpido creer que el regalo está dentro del paquete; siempre, siempre, siempre el regalo son las manos que lo entregan”.

Como no podía ser de otra manera, estas fechas decembrinas también invitan a comer y a beber, al exceso y al todo vale, que enero es largo y el verano tarda en llegar. Festejamos estos días alrededor de abundantes mesas pero, una vez más, lo que cuenta no son las ostras, los bogavantes ni el cochinillo, sino los que están. Porque estas fechas a lo que invitan por encima de todo es a familia.

Una vez no volví a casa por Navidad y me di cuenta entonces de que necesitaba aquello que durante toda mi vida había dado por sentado. Me hacía falta despertar con los aromas que desprende la cocina a todas horas. Me hacían falta las tardes de compras al compás de mi madre. Me hicieron falta las noches de sofá debatiendo recetas nuevas y tradicionales. Eché de menos los brindis acostumbrados y los chistes de cada año, las uvas y los abrazos. La tan manida gala de Nochebuena y el mensaje de Su Majestad el Rey. Quise estar en casa desde que los niños de San Ildefonso cantan millones de euros hasta poder abrir el día de Reyes con ilusión infantil los regalos. Eché de menos que llovieran caramelos en la cabalgata y poner mis zapatos bajo del árbol. Quise reprender a mi padre por picotear los dulces antes de tiempo y ver el brillo en los ojos de mis sobrinos cuando recitan subidos a una silla su poema navideño.

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Aquellas Navidades sentí por primera vez el vacío de mi gente y de mi país a pesar de llevar ya tiempo lejos de ellos. Y aunque tuve la fortuna de conocer otras costumbres que hoy guardo en mi recuerdo, durante aquellas fiestas una parte de mí echó en falta el calor que Skype ya no me daba.

Entonces supe que en esta vida, esté donde esté y dé por el mundo todas las vueltas que dé, para mi feliz Navidad siempre hay que regresar a casa.

 

 

 

¿Qué piensas?

¿A quién no le han preguntado alguna vez qué piensa? Qué opinión te merece esto, qué te parece lo otro, qué piensas acerca de… O simplemente qué estás pensando ahora. ¿Qué?

A veces preguntamos por preguntar, para llenar silencios incómodos, para saber de qué vas. O preguntamos para no quedarnos atrás, para compartir, para luego informar. También lo hacemos por interés real, por curiosidad, para pedir consejo o para reafirmarnos en algo un poco más.

Pero qué hay de todas esas veces en que quisiéramos preguntar y no lo hacemos. Por vergüenza, porque parecerá una tontería, porque nos espantan las cursilerías. Y sin embargo, son las respuestas a todas esas preguntas calladas las que nos acercan siempre un paso más, las que consiguen romper las barreras para conocernos hasta el final, traspasando nuestros propios límites resguardándonos de la inseguridad. Por eso, aunque nunca te lo pregunte me muero por saber qué es lo que piensas.

Qué piensas de la muerte y de si habrá algo tras ella. Qué piensas de las noticias que te acompañan al trabajo cada mañana o de las que ves mientras cenas. Qué piensas del terrorismo, del cambio climático y de la guerra. Qué piensas del partido que se juega mañana, y del nefasto resultado del de ayer. Qué piensas del último libro que te regalé.

Qué piensas de la fe, de la iglesia y del Papa. Qué piensas de tu mundo y del mío. Qué piensas de las ciudades que conociste y de las que quieres conocer. Qué piensas del destino y de los cruces en el camino. Qué piensas de las cenas con velas, de los boleros y de la primera vez.

Qué piensas cuando despega el avión, y cuando aterriza. Qué piensas al regresar de un viaje. Qué piensas de tus padres, de sus fracasos y sus triunfos. Qué piensas cuando te reúnes con toda tu familia. Qué piensas cuando no puedes dormir, qué piensas al despertar. Qué piensas los lunes o los jueves. Qué piensas cuando ya no puedes más.

Qué piensas de la última de Bond, qué piensas de El Rey León. Qué piensas cuando ves caer la lluvia o cuando nada más te tumbas sobre tu colchón. Qué piensas del machismo y de la intolerancia. Qué piensas del futuro, qué piensas al recordar tu infancia.

Qué piensas de los mensajes sin respuesta, de las llamadas perdidas, de las horas de conversaciones inacabadas. Qué piensas de las risas sinceras, de las fotos robadas. Qué piensas de los sueños disparatados y de las confesiones de madrugada.

Qué piensas de las sorpresas, qué piensas cuando abres un regalo. Qué piensas al soplar las velas en los cumpleaños. Qué piensas de las fiestas navideñas, del consumismo y de la solidaridad. Qué piensas cuando estás frente al mar.

Qué piensas cuando tiembla la tierra y cuando tiemblo yo. Qué piensas del aroma a café y de mis ojos al sol. Qué piensas del orgullo que condena y libera, provocador. Qué piensas cuando hacemos el amor.

Qué piensas de lo que escribo…

Y qué piensas de mí, y de la mujer que soy.

Aquella noche mexicana.

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en mi interior bailaba al compás de la música. Con el vello de punta sentí cómo el corazón se me aceleraba con cada nuevo acorde hasta que brincó con el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: “¡Viva México!”, corearon tres veces. Y yo susurré un tímido “viva”.

Fue la primera vez que me emocioné celebrando una patria que no es la mía, y me sentí curiosamente extraña. Extraña de ver la pasión con la que todos a una cantaban con ardor su himno y ondeaban la misma bandera. Extraña de sentirme parte de eso, de ellos, y de aquel momento tan especial como simbólico. Aquella noche bailé al son de la banda y me eché unos cuantos tequilas. Aquella noche fue mi primera noche realmente mexicana.

Me volví niña y recordé esas Mañanitas que mi padre me dedicó siempre cada veinticuatro de julio. Lo escuché entonando versos como “me cansé de rogarle, me cansé de decirle…” y lo imaginé tarareando a su manera los clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o José Alfredo Jiménez. Aquella noche tan mexicana pensé en mi padre y deseé que estuviera allí conmigo. Pero la distancia es caprichosa y él, que tanto sabe de Guadalajara en un llano y México en una laguna, en realidad nunca ha pisado tierra azteca.

En cambio allí estaba yo, viviendo la experiencia que quería vivir, sintiéndome tan afortunada. Visitando los lugares que un día con 10 años y de forma voluntaria plasmé en un trabajo escolar, disfrutando de las mismas aventuras que en algún libro de historia leí, conociendo una nueva cultura tan distinta y tan semejante a la vez, escuchando los consejos de unos y otros con un tremendo afán por conocer.

Aprendí que el valor está en el agradecimiento y que la fuerza proviene del perdón. Entendí que hay pueblos desgarrados pero unidos y que los países los construyen las personas. Conocí más de cerca lo bueno y lo malo de una tierra tan volcánica como sus habitantes. Disculpé las incomodidades del tráfico, del transporte y de todos los servicios que tan bien acostumbrada me tenían en casa y me aferré a mis ganas por integrarme. Cambié vocablos y adopté cierto acento, fui buena amante gastronómica y ralenticé mi propio ritmo europeo. Llegué incluso a amar la lluvia de cada tarde.

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Fui aprendiendo más con el paso del tiempo y el sabor de cada vivencia, pero aquel 15 de septiembre ebria de sensaciones miré a mi alrededor y supe que una parte de mí siempre había pertenecido a ese lugar, sin tan siquiera saberlo. No era ni de lejos el mejor del mundo y muy probablemente nadie podía entender esa confusa sensación de pertenencia que me enraizaba. Pero nunca me importó, ni me importa todavía, causar controversia con ello. Decidí tatuarme sin tinta la tricolor y grabé para siempre el olor de México en mi piel.

Porque aquella noche yo también fui mexicana, susurré un tímido “viva” y luego, lloré.

Ahorita.

_20150514_180929La primera vez que tuve una conversación larga con un mexicano me enteré de la mitad de lo que me dijo. Y no, no es que yo esté pendeja o que no le prestara atención, es que me di cuenta de que aunque compartimos el mismo idioma hay muchas, pero muchas palabras y expresiones que no conocemos los unos de los otros.

Poco a poco, cuando fui manteniendo más conversaciones con el mexicano casi conseguí entenderlo al 100 %, adivinando significados según los contextos o preguntándole directamente cómo diablos tenía que interpretar sus tan extraños “¡órale!“. Entonces, creyéndome ya una experta, aterricé en México y me puse a convivir con muchos otros mexicanos que ampliaron mis conocimientos hasta el punto de empezar a adoptar su forma de hablar dejando en desuso mis propias palabras.

Por ejemplo, dejé de buscar vídeos en YouTube y empecé a checar videos, así, sin acento en la i. También le quité el acento al fútbol, aunque eso no se me hizo tan raro, fue como decirlo en catalán. Y hablando de futbol, yo ya no era del Madrid, yo le iba al Madrid. ¡Y le iba con todo! También tuve equipo favorito allá y disfrutaba las reuniones de fut bebiendo chelas acompañadas de alguna botana, que intento traducir como aperitivo. Solíamos comer papas (Chips verdes… ¡regresen a mí!) y a veces en esos aperitivos yo añoraba las tan socorridas aceitunas nuestras. Bueno, y alguna cosa más, pero lo cierto es que fui muy buena amante gastronómica y ahora lo que añoro son los tacos, el mole, el pozole, el quesillo y hasta los chapulines (una especie de saltamontes, no digo más).

En México me hacían piojito, nunca me acariciaban el pelo, que allí era mi cabello. Las comidas estaban deliciosas, las cosas eran hermosas y los olores ricos. Cuando estaba especialmente favorecida no estaba bien, no… ¡me veía bien! Sobre todo cuando me enchinaba (rizaba) estas pestañotas que la genética me dio. Y si él me miraba, entonces era la piel la que se me ponía chinita… Mucho mejor que de gallina, ¿no?

Tampoco me duchaba, yo me bañaba o me daba un regaderazo. Es curioso porque lo primero suena eterno y lo segundo fugaz, pero es que las medidas del tiempo en tierra azteca son harina de otro costal. Una vez se descompuso la coladera y llamaron a un plomero para que lo arreglara. Pero yo le dije a mi madre que se había estropeado el desagüe y había venido el fontanero, para que me entendiera mejor. Porque allí las cosas no se rompen, se descomponen. Y si hay que repararlas se les da una manita de gato.

Los niños no vuelan cometas sino papalotes, no sacan notas sino calificaciones, y no suspenden las asignaturas, las reprueban. Las aulas son salones y los salones son salas. Las aceras son banquetas y si te desorientas en verdad te norteas. Pero no pasa nada, porque entonces preguntas por una dirección y te dicen que está ahí cerquita, luego luego de aquel Oxxo. Porque todo tiene cerca un Oxxo…

Pero como seguía perdida llamé al móvil del mexicano pero en verdad le marqué al celular, y me contestó diciendo “¿bueno?” y yo sentí que estaba metida de lleno en una telenovela, que por cierto allí nada más son novelas. Él me dijo que no me preocupara porque ahorita pasaba por mí. Creo que esperando me salieron tres canas. Al principio esa impuntualidad me ponía nerviosa, y eso que yo británica tampoco soy, y comprendí entonces por qué en vez de decir “¿me esperas?” dicen “¿me aguantas?“, porque sí es realmente un ejercicio de aguante lo que hay que hacer. Pero luego ya me acostumbré a esos “al rato te aviso” tan indeterminados y empecé a usarlos a mi favor.

Alguna vez menté madres y lo mandé todo a la chingada, creo que ya me entienden. Y sí, a veces también les hablaba así, de usted. Utilicé el “wey” relevando al “tío” tan castizo, y la primera vez que me salió del alma un “no mames” en vez de mi español “no jodas” fue cuando me hicieron honores de graduada. Aunque en realidad yo alcancé el top de mi aprendizaje y utilización cuando un taxista supo adivinar a dónde me tenía que llevar (¡milagro!) y para confirmarle que era correcta su ruta prevista le solté un muy mexicano y aliviado “ándele“.

Aquel día me supe totalmente integrada y confieso que a día de hoy cuando me comunico con México de manera inconsciente recupero todos esos términos que, como esa maravillosa tierra volcánica, también forman ya parte de mí. Y es curioso, porque siento que a ellos, mis buenos amigos mexicanos, no los echo de menos, no… A ellos en realidad siento que los extraño… ¡Un chingo!

Trufi.

Si nunca has tenido perro (gato, o animal doméstico) por el que hayas sentido un amor incondicional no sigas leyendo esta entrada, probablemente no entiendas nada. De lo contrario, te invito a que compartas estos recuerdos conmigo.

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A mi perro, mi fiel amigo:

Hoy hace un año que no estás, aunque yo dejé de tenerte hace dos, cuando decidí cruzar el charco en busca de aventuras y sueños. Supongo que por eso empecé a guardarte cierto luto mucho antes de que te fueras de verdad. El día que crucé las puertas de casa para irme con mis tres maletas no me acompañaste ni me quisiste mirar. Pero yo te busqué para estrujarte contra mí y en una décima de segundo pensé que aquella podía ser la última vez. A lo mejor tú también lo sabías y preferiste no mirarme para no sufrir mi adiós. O quizá fue simplemente mi imaginación y lo que en realidad tenías eran ganas de seguir durmiendo aquella mañana entre cojines.

El caso es que me fui y nunca más te pude volver a estrujar contra mí. Te eché de menos en la distancia y siempre pedía verte por Skype, y aunque tu incipiente sordera ya no te permitía escuchar mi voz yo te hablaba como de costumbre. Me mirabas y a veces girabas la cara, o te ibas por el pasillo mientras mi madre te perseguía con la cámara… Pero tú aplicabas el “ojos que no ven, corazón que no siente” para sobrevivir. Siempre fuiste más listo que yo.

En ese tiempo alejada de ti trataba de verte reflejado en los otros perros que entonces compartían la vida conmigo, pero nunca era lo mismo. ¿Cómo podía serlo? ¿Cuántos años hemos pasado juntos? ¿Cuántas aventuras, anécdotas y alegrías me has dado? ¿Cuánto has sabido de mí observándome en silencio? ¿Qué pensabas tú? ¿Qué piensa un perro?

Llegaste a casa una fría noche de finales de enero envuelto en una bufanda en brazos de mi hermano. Tenías 26 días, tropezabas al andar y no te habían salido los dientes. Mi madre te confundió con un Cocker y mi padre sin dejar de ver el partido de fútbol que televisaban preguntó que cuándo había que devolverte. Pero pronto aquella bolita negra y diminuta que tomaba biberón se hizo un hueco en el corazón de todos, incluido el de mi padre que nunca había querido perros en casa ni atendió jamás mis ruegos por tener uno.

Yo tenía 13 años y seguía manteniendo mi infantilismo cuando jugaba contigo. Tú me seguías a todas partes, cuando hacía deberes, cuando veía la TV, cuando iba al baño, cuando comía… ¡Hasta cuando ensayaba flauta cantabas conmigo! Eras nuestro pequeño satélite, siempre detrás de todos, siempre alerta a los movimientos, siempre esperando al que faltaba, siempre brincando, siempre feliz de vernos llegar.

Robabas calcetines de la lavadora y corrías por toda la casa como un conejillo. Ibas de veraneo a la playa y perseguías a los niños que gritaban. Te metías entre las rocas como un valiente hasta que un día te hundiste en un charco y nunca más te volviste a acercar. Te escapabas para perseguir novias de raza blanca como lo era tu gran amor imposible, ¡por la que babeabas y todo! Viajaste en avión, barco, tren… Siempre viniste con nosotros a todas partes, tú eras uno más de la familia.

Tenías tu carácter, claro. Ladrabas cuando llegaba alguien extraño a casa y sentías la necesidad de proteger hasta lo que nadie te pedía que protegieras. Te llevaste más de un grito de regaño porque eras muy cabezota y aprendías lo que te daba la gana. Te encantaba salir a la calle, no tenías más que sacudirte y dirigirte a la puerta. Conocías los horarios de todos y esperabas a mi padre en la entrada justo cuando el árbitro del Camp Nou pitaba el final del partido. No te gustaban los petardos y en las noches de tormenta te refugiabas detrás del bidé del baño, o debajo de mi cama. Dormías con la cabeza en una almohada o en un cojín o en cualquier otra elevación que te produjera comodidad. En invierno te enroscabas cerca de los radiadores o entre las mantas; en verano te ponías delante del aire acondicionado todo desparramado y con las patas por alto. Te gustaba escuchar música tranquila y te adormilabas, pero huías cuando sonaba El Mago de Oz allá por mi adolescencia. Creo que a veces te escuché gruñir mientras te alejabas de esos “ruidos infernales”…

Cuando nació Alex sentiste miedo y curiosidad al mismo tiempo, y nos divertía ver cómo te acercabas sigiloso a la cuna para ver qué era aquel pequeño humano que de repente también estaba en tu vida, y te alejabas asustado cada vez que el bebé movía un bracito o gimoteaba. Cuando empezó a gatear continuabas observándolo y lo perseguías por la casa, ahora estabais a la misma altura. Pero cuando ya se puso a caminar creo que entendiste que sí, era un humano de dos piernas como todos los que ya conocías, aunque más bajito. Luego llegaron otros siete bebés pero tú ya supiste de qué se trataba y pasaste de la curiosidad al ‘quiero jugar pero no quiero que me tiren de las orejas o del pelo’.

Y así fue pasando tu vida, y la de todos. Una vida del día a día, con tu rutina inalterable, tus paseos, tus descansos, tus vivencias, tus travesuras, nuestras alegrías. Y un día, ya con 14 años, empezaste a dejar de comer. Nunca fuiste tragón, al contrario, había que recordarte que tu plato de pienso llevaba horas y horas lleno, pero aquel día no quisiste comer ni siquiera jamón ibérico, tu pequeño gran placer. Así comenzó tu declive, la desgana, el cansancio. Imagino que eso era la vejez. Siempre gozaste de buena salud y quizá por eso no tuvimos tiempo de asimilar que ahora sí, tu vida empezaba a apagarse.

Debo decir que no sufriste dolores de ningún tipo y que sepamos no tenías ninguna enfermedad, simplemente era tu momento. Te fuiste un jueves, como llegaste también un jueves. Aquella mañana mi madre te bañó y te llevó en brazos al parque, tú ya apenas te mantenías en pie para poder pasear. Te dio la brisa de la primavera que tanto te gustaba y después de comer te fuiste a tumbar a tu lugar preferido de la casa: la alfombra del salón desde donde te sentabas a ver pasar a otros perros mientras el sol te calentaba. Casi como un ritual, eso hiciste también tu último día. Y así te despediste de mis padres que estuvieron en todo momento a tu lado, mientras yo a miles de kilómetros de ti no sabía que te morías. Lo supe días después y aquella noche te lloré hasta quedarme dormida. Lloré en la distancia, en la impotencia, en la rabia, en el desconsuelo, en la tristeza. Lloré por todo un año sin ti y sobre todo lloré al tomar conciencia de que ahora ya no era la distancia lo que nos separaba sino la muerte, y que con ello ya nunca más sentiría las cosquillas de tus pelillos rozándome ni tus lametones en mis manos. Pero tras varios días ahogada algo me dijo que tú te habías ido así para no hacerme sufrir. Me evitaste ver tu declive y no guardo en la memoria la decadencia del final, al contrario, en mi memoria tú siempre serás aquel perro feliz, mimado, cuidado y amado de la forma más sincera que se puede amar.

A ti, mi Trufito, que fuiste el mejor y más inesperado regalo de mi vida, donde estés y para siempre, nunca te olvidaré.