Loco amante

El peor momento viene cuando ella mira el reloj y anuncia casi en un susurro y sin mirarle a los ojos que se tiene que ir, que ya es muy tarde. Y no por estar bajo preaviso del tiempo que tienen juntos a él le duele menos. Porque cuando se ven nunca es suficiente. Ya no le bastan unas horas escondidos en un hotel cualquiera, por bien que lo pasen entre besos, chocolates y películas de miedo. Él quiere más.

Quiere despertar a su lado por la mañana y que nadie tenga que decir que se va porque alguien más lo espera en casa. Quiere estar con ella en casa. No le gusta el silencio que inunda la habitación mientras se visten a solas, recogiendo las prendas y la dignidad esparcidas por el suelo. No le gusta verla todavía medio desnuda lavándose bien con jabón las manos, la boca, la cara… Frotándose cualquier rastro de él, de su olor, haciéndolo desaparecer por el desagüe. No le gusta el protocolo que adoptan cuando la intimidad se termina rota por una alarma, un mensaje o una llamada telefónica. Y tampoco le gusta el formalismo que se instala después entre ellos, como si no fueran nada más que dos cuerpos que se funden de vez en cuando por expreso placer. «Aunque a lo mejor eso somos y no me quiero dar cuenta», piensa él. Dos pieles que se atraen, que se buscan, que se prenden. Y que se olvidan al final de la noche, cuando van somnolientas en procesión a descansar a otro lugar.

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A solas se pregunta tantas cosas… «Es que piensas demasiado, te vuelves loco», como le diría ella. Sí, es verdad, loco de remate por un amor que le estalla en las manos y que le quiebra el alma un poquito más cada vez. Loco por desearla, por adularla, por querer protegerla hasta de sus fantasmas. Loco por intentar ser su todo mientras ella vive al límite de las emociones como si nada. Loco por su risa, por los lunares que surcan su espalda, por el destello travieso en su mirada. «¡Ay, qué loco estás!» sentencia siempre ella en tono burlón cuando las conversaciones se ponen intensas, y él ya no le rebate ni media palabra.

Porque la verdad es que también está loco por el desconsuelo que le causa no tenerla. Pierde el sueño, el hambre, la sed. Se queda sin energía, le flojean las piernas, se dispersa con demasiada facilidad… Le falta el aire en cada adiós que se funde en su abrazo mientras trata de no imaginarla desnudándose de nuevo más tarde para meterse en la cama con otro hombre, abrazándolo, susurrándole que ya llegó, durmiendo complaciente a su lado. Y despertando al día siguiente viendo su rostro, sintiendo su calor y jugueteando en la cama como hace también con él cuando sus obligaciones se lo permiten. Y así, mientras ella disfruta del goce de sentirse aún más empoderada a costa de los sentimientos, él recurre a las letras para mitigar el dolor que le produce ese último roce de dedos, de sentirla a ratos, de no ser más que un «te quiero, pero no puedo».

 

 

Caballo ganador

Me gusta cuando me miras como queriéndome atravesar el alma. Siento que me desnudas la piel y las emociones de la misma manera, que me destruyes la coraza, que perforas mi interior. Siento tu mirada alcanzándome en lugares repletos de gente como si fueras un cazador furtivo pendiente de su presa, a punto de atacar. Y me gusta. Me gusta ver cómo tras el brillo que ilumina tus ojos al verme se te escapa por la comisura una tenue sonrisa esperando la mía correspondiente.

Me gusta jugar contigo al gato y al ratón sabiendo que en algún momento rozaremos los dedos, los labios, las lenguas. Me gusta cuando guiñas un ojo y me desbaratas. Y cuando te ríes escandalosamente de lo más absurdo que puedas oír. Me gusta tu humor de mierda, tu necedad, tu seriedad. Me gustas hasta cabreado con el mundo, maldito gruñón. Pero me gustas mucho más cuando dices que todo irá bien apelando a cierto optimismo ensoñador. Aunque los dos sepamos que todo esto, nosotros, estamos más cerca de ser una cruel ilusión que una bonita realidad.

Me gusta cuando me acaricias, me aprietas, me dejas sin respiración. Cuando te vuelves loco en mi boca, cuando me haces estallar todo lo que llevo acumulado, cuando me dices que no te deje de hablar. Me gusta cuando te embelesas en mi cuerpo como si no existiera nada más. Cuando me buscas, me provocas, me tientas. Cuando me recuperas con paciencia cada vez que me alejo, tan seguro de que voy a volver…

Me gusta cuando recorres mi espalda y juegas a contarme los lunares, porque siempre terminas perdiendo la cuenta. Me gusta cuando te deslizas lentamente sobre mí, saboreando cada instante como si el reloj no corriera en contra. Y también me gusta cuando me agarras sin miramientos ni tiempo que perder. Me gusta sentir tu admiración, tu vocación, tu rendición. Y que me redimas a besos de todos los malos momentos que nos acechan tras las ventanas.

Me gusta esa sensación de que todo está en calma cuando tus brazos me rodean, cuando consigo acallar los miedos, las dudas, los celos, los reproches, cuando te conviertes en refugio y no en tormento. Me gusta el silencio que nos envuelve liviano sin imposturas, ése que surge espontáneo cuando nos amamos, ése que nos habla con la yema de los dedos nada más. Me gusta nuestro olor en la almohada, tu pelo revuelto por la mañana, el café que me preparas.

Me gusta vagabundear contigo por aquel parque pisando hojas secas en otoño, sentarnos en un banco cualquiera como adolescentes que empiezan, reírnos por todo. Me gusta cuando me molestas, me picas, me incitas. Cuando parece que formamos buen equipo aun siendo un par de polos perdidos y opuestos. Me gusta cuando los astros conspiran a nuestro favor, cuando bailamos al mismo ritmo, cuando fluimos en sintonía, cuando vamos en la misma dirección.

Me gustan tantas cosas contigo que, aun conociendo ya otras tantas que no, sigo apostando por ti al todo por el todo, cual caballo ganador.e3470725d2158f1ec7b5da96f666dcbd

 

 

Pleamar

Es tu risa la que me provoca cosquillas

en cada una de mis coordenadas,

como si un viento suave me traspasara hasta el alma,

siendo tú la brisa que empuja mis mañanas,

y el aire que alivia las noches más cálidas.

Soy yo como ese barco a la deriva

que busca refugio entre tus dedos

jugando al poder y al tormento,

navegando sin bandera, ni control ni timonero.

¿Es el destino con sus bromas macabras

o somos nosotros provocando el azar?

De tenernos, de soñarnos, de perseguirnos,

de no soltarnos las amarras ni en la más cruda tempestad.

Porque cuando vamos juntos tomados de la mano,

como fugitivos de este amor apresurado

lleno de sombras, deseo y contratiempos,

siento que podemos ser más fuertes que cualquier lamento.

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Pero en el momento en el que dices no puedo,

ya basta, no sigas, qué miedo,

algo se tambalea en mis cimientos,

y me hundo en una marea que ahoga, que estalla,

que me condena al destierro cualquier sentimiento.

Si es verdad que sientes

que mi amor no lo merece, que no soy lo suficiente,

arrancaré de mi cabeza la lauréola que un día me pusiste,

confinaré mi lengua a un vasto silencio,

callaré al fin mis dudas, no buscaré más tu consuelo.

Y si después de todo todavía temes ser arriesgado

le pediré al sol que me ciegue los ojos,

y le suplicaré a la hiedra que enrede mis manos,

pues no podré ver de nuevo cómo te vas de mi lado.

 

Tengo un amor guardado en el alma

Tengo guardado aquí en un rinconcito de mi corazón todo el amor que una vez te tuve. No, no creas que lo tiré a la basura, no hay contenedor especial para el querer ni tampoco manera de reciclar. Lo que una vez se amó de verdad siempre se queda. Puede que al principio duela ver el final de lo que pretendimos hacer eterno. Es cierto que en algún momento rompí ese amor, le prendí fuego, lo hice trizas. Lo magullé, como él a mí, lo asfixié, lo quise callar, lo maldije. Maldita sea, cómo lo maltraté. Hasta que me di cuenta de que esa no era la manera de seguir adelante. No así, no con un amor tan roto.

Entonces decidí recomponerlo, y con él, a mí misma. Incluso a ti. Rescaté los jirones que quedaban prendidos en mi alma y los cosí con el recuerdo de los buenos momentos que pasamos juntos. Escuché de nuevo el eco de tu risa hasta que a mí también me dio por reír. Aprendí a aceptar todo aquello que antes había despreciado por despecho, por celos, por miedo. Me reforcé gracias a tus idas y venidas y comprendí que un amor de vaivenes y claroscuros ya no era para mí. Entendí que dos egos en constante batalla nunca serán capaces de ganar un frente común y que las guerras en soledad son mucho más complicadas. Pero ésas son, justamente, las que te hacen crecer.

Y en mi crecimiento personal descubrí otro tipo de amor. Ese que nace “después de” en el respeto, en la memoria, en la generosidad y en la indulgencia. Un amor que no supe que sería capaz de tenerte ni de poder gestionar pero que aquí está, junto a mí. Convivo con él porque es parte de mi esencia, como tú lo eres de mi historia, y aunque ya no recurro a su poder adictivo desde hace mucho tiempo, saber que puedo protegerlo sin lastimarme es el mejor final que nos puedo brindar a los dos. Y quizá también el mejor homenaje a un tiempo pasado lleno de grandes momentos, locuras y sueños. Qué caprichoso es el olvido que siempre mitiga lo malo y presume lo bueno…

flat1000x1000075f-2-976x703Hoy lo más sincero que puedo regalarte es la promesa de que siempre serás aquel desconocido que un día me hizo reír hasta el amanecer, que me descubrió la fortaleza que vive dentro de mí y que me cosió las alas adecuadas para romper con mis propias cadenas. De todo lo demás, créeme, ya ni siquiera me acuerdo si no lleva implícita una sonrisa en los labios. Me sequé las últimas lágrimas una mañana frente al espejo tras tocar fondo en el vacío de la ausencia y desde entonces empecé a recuperar todo el terreno que me había dejado ganar siempre a tu favor. Sí, claro que lloré, pero de qué sirve cargar con esa losa de pena y rencor sobre los hombros. Nunca el tiempo es perdido y mucho menos lo es la oportunidad de poder sentir lo que me hiciste sentir. Porque, como dice la canción: es siempre más feliz quién más amó, y esa siempre fui yo.

De recuerdo me llevo una bonita cicatriz en el alma por haberte vivido y la tranquilidad, y por qué no también la felicidad, de saber que hay amores que nunca se olvidan, simplemente se guardan en un lugar donde ya no pesan tanto mientras continuamos nuestro camino llenando esta increíble mochila llamada vida.

Ojalá que te vaya bonito y ojalá que mi amor tampoco te duela.

 

 

Epicentro de fuego

Salió el sol aquella mañana de principios de verano con toda la furia contenida tras un largo invierno. Amaneció con ganas, abrasador, casi como ellos dos revueltos entre las sábanas. ¡Qué noche la de aquel día! Fuego que se prende, tremenda llamarada. Una chispa espontánea en un encuentro en cierta manera casual, probablemente la chispa adecuada, ésa que consigue arder incluso en los corazones más yermos. Sí, ésa fue.

Jugaron al gato y al ratón durante horas sabiendo que cuanto más enrevesado, mejor. Se calibraron con miradas intensas y sonrisas impares pidiendo permiso y rogando atención. Barajaron sus cartas más de una vez guiando sutilmente al destino para que no cometiera ningún error. Apostaron al mismo número en los dados y con un beso furtivo bailando al ocaso ya habían ganado los dos.

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Tomados de la mano callejearon al son de una ciudad desconocida mientras la noche se posaba lentamente sobre ellos. Ni siquiera sabían si seguían alguna ruta establecida más allá de la que el brillo en sus ojos parecía indicarles. Pero qué más les daba… El resto del mundo les era ajeno, los adoquines parecían alfombras bajo sus pies, los cláxones ni siquiera sonaban, el gentío se dispersaba a su paso. Casi sentían que les estaban regalando una entrada de gala allá por donde pisaban. Las risas no dejaban lugar a las palabras, que poco a poco se fueron quedando dormidas en algún rincón del alma mientras las vísceras y el deseo se agitaban.

De bar en bar, de copa en copa, de beso en beso. Así los meció libremente la madrugada hasta llegar a una habitación pequeña y desordenada, de paredes blancas y ventanales desproporcionados. La luz tenue de un cuarto menguante en el cielo junto con las farolas que salpicaban las aceras fueron suficientes para bañarles la piel al compás de unos dedos inquietos que elevaban la temperatura en cada roce. Los labios húmedos y carnosos se acoplaron enseguida como piezas perfectas de un rompecabezas. Las lenguas jugaban traviesas y curiosas, entre cosquillas y murmullos de placer. El tiempo se detuvo justo cuando sus cuerpos se acompasaron con la exactitud de un reloj y epicentro de fuego bajo sus ombligos, eso fue al menos lo que ellos quisieron creer. Cayeron rendidos, él cerrando los ojos, ella mordiéndose todavía el labio inferior. ¿Podía ser eso la felicidad? Momentos etéreos que apenas son nada pero que saben a todo.

Un rayo de sol tejió su silueta entrelazada ya bien entrada la mañana. Él, somnoliento, se apretó un poco más buscando cobijo bajo el ángulo del cuello palpitante de ella, que intentaba incorporarse consciente de que hay embrujos que nunca perduran más allá de la oscuridad. Lo miró dormir respirando suavemente y con la yema de los dedos trazó la línea de su boca, ahora reseca, mientras se le dibujaba una sonrisa refleja. Se levantó silenciosa de la cama y desnuda como estaba se acercó a la ventana para abrirla de par en par buscando algo de alivio sin saber muy bien a qué. Pero la tenue brisa de aquella mañana de verano no pudo competir con el ardor de ese sol que quemaba la piel y cegaba los ojos. El cronómetro corría deprisa, se le estaba haciendo tarde. Recogió su ropa del suelo, también el amor que germinaba, y salió de puntillas dirigiéndole a ese loco desconocido una última mirada empañada mientras dos lágrimas saladas le besaban el rostro.

Nos volveremos a ver, le susurró en una promesa al viento…

Pero tras cerrar la puerta de aquella habitación supo que a veces las mejores historias son las que no le dan tregua al corazón. Y aquella mañana de principios de verano él despertó a solas y ella subió a un avión que nunca más regresó.

Las cosas bonitas

El temblor previo a un beso.

Un suave roce sin querer, queriendo.

Los buenos días somnolientos.

La ropa desmadejada en el suelo.

Una sonrisa espejada en la mirada.

Las lágrimas nacidas en una risotada.

Los libros que se atesoran en el alma.

Las frases que alguien más acaba.

Los dedos entrelazados al andar.

Las noches acurrucados en un sofá.

Las huellas del camino que va quedando atrás.

Las tardes de domingo frente al mar.

El lugar preciso, el momento adecuado.

El cálido invierno, la lluvia en verano.

El olor a café recién hecho,

a dulces, a guisos, a pan tostado.

Los abrazos que aprietan

y las palabras que abrazan.

Las heridas que se curan

y los sueños que se alcanzan.

El eco de los latidos en cada reencuentro.

Los acordes de una guitarra que suena a lo lejos.

La conciencia tranquila, la duda en silencio.

Mis miedos en tu regazo, tu hogar en mi pecho.

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