Rey de mi corazón

El dolor es una constante, pero creo que estoy aprendiendo a vivir con él como si se tratara de un fiel compañero. No lo rehúyo, lo cierto es que no me molesta. Tampoco le tengo miedo. El dolor se ha convertido en una especie de nebulosa que me envuelve en mi día a día, que me acompaña cada minuto, a veces de forma sigilosa agazapado tras una sonrisa o un momento agradable, y otras, estallando con rabia y tremendo desgarro en un torrente de lágrimas. No me importa, porque sé que esta pena que me embarga es consecuencia del amor. Puede sonar paradójico, aunque para mí tiene todo el sentido. Si no te quisiera, si no fueras tan valioso, si no hubiéramos compartido la vida como lo hicimos, este dolor tampoco existiría. Tú te habrías ido y yo seguiría mi camino como el río que fluye tranquilo hacia el mar, sin mirar atrás. Por suerte no es así. Doy gracias por ser tu hija, y por este dolor que me azota ahora en tu ausencia.

Es cierto que a veces se recrudece tanto que viste de sombras lo demás, noqueándome el alma, robándome la fuerza y las ganas de todo. Incluso de estar. Eso me pasa cuando la consciencia toma el control de la situación. Cuando la memoria rescata los últimos días y me invaden los porqués. En el momento en el que la injusticia que yo siento me escupe a la cara. Cuando quiero contarte algo sencillo y sé que ya no puedo. Terrible impotencia. Sin embargo, lo hago. En mi mente son constantes las conversaciones contigo. Te cuento, te digo, te explico, te comparto. Te pido ayuda también. Aunque no recibo respuestas. Y ese silencio que convierte mis frases al aire en tristes monólogos de supervivencia se me clava en las entrañas. Me pregunto qué dirías si supieras que… Qué opinarías de… Cómo te tomarías tal o cual noticia… Si te soy sincera, sé bien lo que responderías y cómo reaccionarías a cada situación. Cosas de conocerte al límite, de haber convivido hasta el último aliento. Pero me desarma sentir que ahora son solo interpretaciones mías, elucubraciones que me permiten agarrarme a tu esencia, y que para ti ya nunca serán una certeza.

Me cuesta tanto aceptar esa parte… Que tu mundo (y parte del mío) se detuviera hace hoy cuatro meses y que no sepas nada de lo que (me) ha sucedido. Da escalofríos comprender que el tiempo no da tregua, impertérrito. Que todo sigue su curso. Que nosotros estamos aquí de paso y no somos conscientes de ello hasta que la vida nos pone contra las cuerdas y nos abofetea de la peor manera. Y no queda otra que ir acomodando los sentimientos en este proceso llamado duelo. Qué vértigo, papa, sentir que ya solo moras en mi interior. Pero ¿sabes? Ahí regentas el lugar más privilegiado, el que te mereces, a salvo de aquello que enturbia las emociones y de lo que no comprende la razón. Tú vives por siempre conmigo en ese lugar donde el amor permanece intacto. Tú eres el rey de mi corazón.

El amor que te tengo

Hoy hace tres meses que los latidos de mi corazón se detuvieron con los tuyos. Y no han vuelto a latir de la misma manera. Me parece que ya nunca lo harán igual. Hay días en los que me veo incapaz de lidiar con este dolor que no cesa entre la soledad y el silencio. La casa sigue hueca en tu ausencia, y lo seguiría estando por mucho que se llenara de gente. Al menos tu olor permanece inalterable en la almohada y me pregunto cuánto tiempo resistirá. Me aterra perder la única sensación tangible que me queda de ti. Esa conexión que aún puedo percibir como real con alguno de mis sentidos. Oler tu ropa es lo más parecido que tengo a envolverme en tu abrazo, papa. Cerrar los ojos y aspirar tu aroma durante unos segundos me aporta tanta paz… Que es algo que no quiero compartir. No quiero que nadie más me arrebate la oportunidad de sentirte. Necesito tenerte cerca, saber que estás. Aunque ya no estés. No de la manera en que quisiera que estuvieras.

Porque lo cierto es que todavía quiero llegar con prisas a casa para contarte algo. Quiero darte una noticia. Quiero saber tu opinión. Quiero escuchar lo que tengas que decir de cualquier tema. Luego soy consciente de que ya no puedo hacerlo y no sabes cómo se me encoge el alma cuando la realidad me golpea para abrirme los ojos. Ese clic de lucidez que me parte en dos una y otra vez. Como si no estuviera ya lo suficientemente partida. Como si en mi corazón aún quedaran pedazos de amor intactos esperando su turno para hacerse añicos también. Pero no. No creo que sea el amor lo que se me está rompiendo desde que te fuiste, sino el no poder compartirlo contigo en las pequeñas cosas del día a día. Y comprender que ya nunca podré. Ahora me pregunto si lo hice lo suficiente. Si sabías hasta qué punto eras importante y necesario en mi vida. Inconmensurable. Espero que sí.

Echo de menos lo más ínfimo y absurdo de la rutina. Aquello que antes nunca había tenido importancia o yo no le había prestado demasiada atención. Me vienen a la memoria situaciones sencillas de cuando era pequeña. Como tú mondando una naranja de una vez, sin romper la piel, retándome a que hiciera lo mismo a ver si lo conseguía. Me parecías un héroe con una fruta en la mano. Bendita infancia. O los domingos después de comer diciéndome con tono socarrón «hoy sí que te acepto un café», sin que yo te lo hubiera ofrecido. Esa forma particular de pedirme las cosas. Extraño hasta el tintineo de la cucharilla en la taza y esos «c’est qualité, Monsieur» tan tuyos, ya ves. Y las meriendas que tanto te gustaban… Siempre preguntabas si había algo especial. Echo de menos incluso montar claras para sorprenderte con un buen merengue o con cualquier otro dulce que se nos antojara una tarde de invierno. Creo que me llevará algún tiempo hornear con la misma ilusión. Ojalá pudiera volver a regañarte por pasearte por la cocina en cuanto olías que un bizcocho iba a salir del horno o por picotear de una bandeja antes de empezar a comer en familia. Cómo quisiera seguir disfrutando de ti, papa. De todos nuestros momentos juntos. Los más cotidianos y valiosos.

¿Sabes? Ahora me he aficionado a ver las películas que rodaste cuando era pequeña. Mandé digitalizar la montaña de cintas VHS-C que grabaste durante mi infancia y adolescencia. Horas y horas de vídeos maravillosos donde tú siempre fuiste tan tú, y yo una niña tan feliz. Me gusta mucho vernos. Escuchar tus «Tinita, mira a la cámara», «¡qué bonita que es mi niña!», «qué guapa estás, hija…» me infla el corazón y me saca sonrisas en medio de tantas lágrimas. Me encanta verme bailar en tus brazos o escuchar mi vocecilla gritar «papa, papa, ¡papaaaa!» reclamando atenciones. Escenas que fueron quedando atrás pero que hoy resurgen con fuerza para retener cada minuto de vida que hemos compartido. Qué privilegio el mío.

Siento que estás en cada paso que doy, papa, en cada segundo que respiro. No puedo hacerte a un lado y seguir con mi vida, como dicen algunos. Esto no funciona así. Solo tengo que encontrar un nuevo lugar para ti, a salvo del dolor y de la pena que me invade, porque esas emociones no te corresponden, por mucho que sean el peaje que la vida nos hace pagar ante la muerte. Sé que el tiempo me ayudará a recolocarte donde mereces estar, en el centro de mis alegrías. Como eras tú. Como lo seguirás siendo.

Dicen que recordar significa volver a pasar por el corazón. No puedo estar más de acuerdo. Ahí es donde construiré nuestro refugio, papa, para proteger el amor que siempre te tuve de este feroz desconsuelo. El amor que te tengo.

Tanto ruido en el silencio

Se había imaginado muchas veces ese momento. Como tantos otros, en realidad. Solía hilvanar de ilusiones su corazón y su cabeza. Lo que podría llegar a sentir, cómo se lo diría, su reacción. La miraría desconcertado primero, no tenía duda, pero luego la abrazaría con esa fuerza que solo él le daba. Reirían nerviosos, ella dejaría brotar alguna lágrima serena. Todo estaría bien.

Sentada en la orilla repasaba con tristeza aquellas situaciones que un día quiso hacer reales. Todas fruto de la ensoñación romántica, del deseo, del amor. No, no tenía que culpabilizarse por haber sentido tanto, pues así era como sentía ella. Hasta el límite, sin censura, sin miedo. Y no, no tenía tampoco que martirizarse ahora por no haberse dado cuenta antes. «La gente, cuando ya no les sirves, te desecha sin más», pensaba mientras jugueteaba con la arena entre sus dedos. 

Era un día frío de otoño. El mar estaba imponente y bello. Ella y su relación con el mar… Con la vida en todas sus formas. Se llenaba los pulmones inspirando el aire salado que le llegaba en cada ola, como si fueran sus propias emociones en un vaivén sin tregua. Así se sentía desde que lo supo. «No, no… Fue un poco después», afirmaba. Tras el choque inicial que la desbarató en segundos, se sosegó luego en la esperanza. Confió en el tiempo, que todo lo acomoda. Pero lo único que acomodó fue la desesperación. Los días iban pasando y el silencio se hacía más denso. Lo conocía demasiado bien como para no saber interpretar ese tipo de señal. Ya eran muchos años de juegos y sombras.

Algunas mañanas, antes de meterse en la ducha, le gustaba detenerse para calibrarse desnuda frente al espejo. Había llegado a sentir rechazo por su propio cuerpo porque era lo único que a él le interesaba. A eso la reducía, a las cenizas de una pasión que ahora la asfixiaba. Qué asco, y qué pena. Tenía ganas de contarle lo que ocurría y que estallara todo por los aires, si es que era eso lo que tenía que pasar. No podía seguir haciendo malabares para no incomodar a los demás. Estaba harta. Cansada de esperar con una paciencia sumisa impropia de ella, para evitar que la volvieran a tildar de intensa. Solo pidió dos horas en un café. No le quiso conceder ni eso.

El amor no duele. Había escuchado esa frase hacía poco, no recordaba dónde. Sintió que era muy cierto. El amor no debe doler. Lo que duele es la falta de respeto, la indiferencia, el engaño, la traición, el abuso, la cobardía, el egoísmo. Tanto ruido en el silencio. «Y todas esas cosas que te acuchillan el alma, como este mar helado que me salpica en los tobillos», murmuraba para sí. Se acercó un poco más, despacio, sintiendo la frialdad recorriéndole las piernas por debajo de los pantalones. El agua estaba tan gélida que la piel se tornaba insensible al cabo de un rato. No le importaba. Se adentró, conteniendo la respiración.

Había imaginado tantas veces aquel momento y, sin embargo, ni en sus formas más amargas lo pudo haber soñado así. Las lágrimas caían a borbotones sobre el mar, mientras él, en cualquier otro lugar, disfrutaba tranquilo del destino que le había robado. Dio otro paso. Solo quería cerrar los ojos y ser feliz. «Porque no puedo hacerlo sola», trataba de convencerse. El agua comenzaba a sacudirla por la cintura cuando se llevó la mano al vientre en un acto reflejo. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo más importante, y se detuvo en seco.

No, no era cierto. No estaba sola. Ya nunca más estaría sola. 

Al abismo de un latido

Miedo. Aunque no fue lo único que sentí aquella noche, la sensación de miedo es la que más recuerdo, y la que más me atormenta. Miedo y mucho, mucho frío.

Nos miraron con cierta condescendencia y murmuraron un «son ellos» que a ninguno de nosotros se nos escapó. Se acercaron lentamente rompiendo una distancia que a mí se me hizo gélida. Me fijé en sus batas blancas, en lo jóvenes que eran, en sus caras de preocupación y esa típica inseguridad de quien teme anunciar un trago amargo por el que otro tendrá que pasar. Quise despertar en ese momento de aquel terrible mal sueño. Pero no pude.

—¿Son los familiares de…? —Dejaron la frase en el aire ante nuestra necesidad de premura. Claro que éramos nosotros, por increíble que parezca en ese momento en Urgencias no había nadie más.

—¿Están todos? —La pregunta me atravesó la garganta robándome la respiración. Y qué necesitados de oxígeno estábamos esa noche…

Apenas unas horas antes la vida fluía tranquila en su rutina. Había sido un día de lo más normal. Teníamos planes para el día siguiente, y para la próxima semana. Hablamos de temas triviales, comentamos las noticias de las nueve mientras cenamos, reímos por alguna tontería, quizá incluso perdiera un poco la paciencia también. Nada hacía presagiar entonces que un momento después se nos quebraría el corazón.

—Sí, sí, estamos todos… —balbuceamos tras las mascarillas, asintiendo con la cabeza para reforzar la respuesta por si acaso no nos salía la voz. El nudo en el estómago me ahogaba, las rodillas a duras penas me sostenían. Seguía sin poder despertar de aquella pesadilla.

Estado crítico. Ventilación asistida. Sedación. Horas vitales. Gravedad. Haremos todo lo posible. Estén preparados. Oxígeno. Situación muy justa. Riesgo. Hay que esperar…

Palabras que se me clavaban en la sien para volverse luego extrañamente lejanas, como si fuera un rumor entre la niebla amortiguado por mis propios pensamientos queriendo negar la realidad, tratando de entender cómo era posible que estuviéramos allí reunidos a las dos de la madrugada.

Después de cenar lo habíamos oído toser. Una tos tranquila y esporádica, nada que hiciera saltar las alarmas. Sin embargo, preferimos comprobar que todo estaba bien, es lo que tiene preocuparse de alguien a quien quieres. La tos se convirtió en asfixia en cuestión de segundos. Diez minutos después, cuatro médicos trataban de estabilizarlo en su propia cama antes de poder trasladarlo al hospital mientras él, inconsciente, se aferraba a la vida con una fuerza tremenda.

Al caos del principio le siguió una sucesión de horas lentas, eternas y amargas. El frío de los pasillos solitarios me calaba los huesos mientras un sudor extraño me erizaba la piel en cada escalofrío que me recorría el cuerpo, aunque yo creo que más bien eran quejidos del alma. Luché contra todos los pensamientos negativos que se colaban en mi mente, los desterré asustada y rabiosa. No quería pensar en eso, no quería tentar aún más a la suerte ni adelantarme a unos acontecimientos para los que no estaba, ni estoy, preparada. Como si de alguna superstición se tratara, rechacé cualquier pesimismo en una cruenta batalla contra mí misma.

Busqué consuelo en los últimos momentos juntos confiando en todos los que vendrán. Recordé su cumpleaños celebrado solo cinco días antes con toda la familia, y la felicidad que significa verlo sonreír, brindar, contar chistes, desesperarse con el fútbol, disfrutar con una buena mesa, tararear las canciones de siempre, salir a pasear, apuntarse a un bombardeo… Me agarré a la esperanza, que definitivamente es lo último que se pierde, para poder escapar de un laberinto de dolor y ausencia que me mareaba en aquella calma mentirosa. Le rogué a ese Dios que a veces olvido, a la ciencia y al destino, que no me arrebatara esa noche a mi padre.

Y cuando al fin sus latidos se acompasaron de nuevo, sentí que lo hacían también los míos.

Batalla perdida

Tienes que dejarlo ir. La manera en que te besaba, cómo te olía, la forma que tenía de agarrarte de la cintura y atraerte hacia él. Tienes que dejar ir todo eso, y a él también. Porque eso es lo que fue, pero no lo que ahora es.

Aquellas palabras le resonaban en la mente a cada rato. Luchaba contra sí misma en un frenesí de emociones dispares, zarandeada por las pretensiones y los olvidos de quien a su antojo tan pronto llegaba como desaparecía. Al principio no le dio importancia a las ausencias, le dolían claro, eso siempre fue así, pero en su balanza pesaban más los momentos juntos, las risas, los besos. Sin darse cuenta se fue acostumbrando a una dinámica que iba en contra de sus principios. Pasó por alto demasiadas cosas creyendo que de esa manera él jugaría a su favor. Lo que no supo entonces es que el juego nunca iba a ser entre iguales y ella llevaba las de perder.

Sin embargo, lo quería tanto… Se sentía libre entre sus brazos, se sentía ella misma en cada caricia que le daba y que recibía. Se veía reflejada en el brillo de sus ojos, poderosa. Le gustaba esa sensación de dominio cuando él se rendía a sus pies para abandonarse luego trémulo entre sus piernas. Y las cosquillas, y los susurros, y la intimidad que construyeron a espaldas del mundo. Ella era feliz siendo ellos dos. El resto estorbaba, no tenía cabida en su burbuja, no había sitio para más. Pero cuando el búnker se abría, el embrujo se desmoronaba. Lo reconstruía con gestos y detalles, con muestras de atención, con promesas de sueños locos y cuestionables. Flotaba entre nubes etéreas que le sabían a algodón de azúcar. No quería despegarse.

Hasta que llegaba otro desplante, otro imprevisto, otra decepción. Y así, alternando el paraíso y el destierro, fueron pasando los años mientras la balanza poco a poco se iba descompensando. Lo que antes toleraba con mayor o menor agrado, ahora la asfixiaba sin tregua. Lo que un día pudo soportar con estoica paciencia, hoy le revolvía salvaje las entrañas. Se sentía tan agotada… Corrompida en una batalla que tuvo perdida desde aquel primer amanecer en el que cruzaron la frontera: por mucho que hiciera, que dijera, que demostrara, que buscara, que tolerara o que amara, no era capaz de derribar ese muro gélido contra el que se estrellaba una y otra vez.  Y no, jamás lo haría. Cuando se percató de que ese amor más que curarle la desangraba, recogió los pocos retales de dignidad que aún poseía y le cerró para siempre las compuertas de su cuerpo y de su alma.

Los corazones rotos

Los corazones rotos no tienen memoria. Se rompen y se reconstruyen con la esperanza de que ese dolor nunca vuelva a ocurrir. Los corazones son demasiado ingenuos. Sufren rasguños, cortes, golpes, taquicardias. En el peor de los casos también paradas. Pero en general aguantan como campeones sin darse cuenta de que ya pasaron por todo eso antes de quebrarse en dos, la primera vez. Ellos no lo recuerdan, no lo prevén, no saben adelantarse a los acontecimientos ni descifrar las señales de alarma. Son así de tontos, los pobres. Se entregan a un abismo de incertidumbre porque son generosos y espontáneos, porque rezuman bondad, esperanza y un tremendo amor. Esos son los corazones que más sufren, los que batallan las guerras más duras, los que pierden siempre en el intento de ganar un poco de afecto. Los que esperan ser correspondidos hasta las últimas consecuencias.

Y es que los corazones rotos no saben jugar. No entienden de reglas, ni de estrategias, ni de dobles intenciones. Ellos sólo están ahí, remendándose cada vez, cosiéndose los recuerdos bonitos para sobrevivir al desastre, confiando en que todo lo malo pasará y volverán a ser felices. O por lo menos a palpitar tranquilos, que es un tipo muy necesario de felicidad. Los corazones rotos se exponen tanto que, justo antes de romperse, dejan de latir por unos instantes. Es en ese preciso momento, en ese denso vacío que queda, en el silencio amargo que sube por la garganta, cuando se siente el terrible crujido que lo destruye todo. Basta una palabra, dos. Una noticia devastadora o una simple frase a destiempo para hacer cambiar el sentido de las cosas que hasta entonces eran una realidad. Ya no son dos partes las que estallan, como aquella primera vez. Ahora son demasiados añicos reventando por las cicatrices de siempre, esas que un corazón roto se empeña tanto en ocultar.

Sí, es cierto. Los corazones rotos no tienen memoria, porque si la tuvieran yo no tendría que escribir hoy estas palabras ni ellos se dejarían romper más.

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