Batalla perdida

Tienes que dejarlo ir. La manera en que te besaba, cómo te olía, la forma que tenía de agarrarte de la cintura y atraerte hacia él. Tienes que dejar ir todo eso, y a él también. Porque eso es lo que fue, pero no lo que ahora es.

Aquellas palabras le resonaban en la mente a cada rato. Luchaba contra sí misma en un frenesí de emociones dispares, zarandeada por las pretensiones y los olvidos de quien a su antojo tan pronto llegaba como desaparecía. Al principio no le dio importancia a las ausencias, le dolían claro, eso siempre fue así, pero en su balanza pesaban más los momentos juntos, las risas, los besos. Sin darse cuenta se fue acostumbrando a una dinámica que iba en contra de sus principios. Pasó por alto demasiadas cosas creyendo que de esa manera él jugaría a su favor. Lo que no supo entonces es que el juego nunca iba a ser entre iguales y ella llevaba las de perder.

Sin embargo, lo quería tanto… Se sentía libre entre sus brazos, se sentía ella misma en cada caricia que le daba y que recibía. Se veía reflejada en el brillo de sus ojos, poderosa. Le gustaba esa sensación de dominio cuando él se rendía a sus pies para abandonarse luego trémulo entre sus piernas. Y las cosquillas, y los susurros, y la intimidad que construyeron a espaldas del mundo. Ella era feliz siendo ellos dos. El resto estorbaba, no tenía cabida en su burbuja, no había sitio para más. Pero cuando el búnker se abría, el embrujo se desmoronaba. Lo reconstruía con gestos y detalles, con muestras de atención, con promesas de sueños locos y cuestionables. Flotaba entre nubes etéreas que le sabían a algodón de azúcar. No quería despegarse.

Hasta que llegaba otro desplante, otro imprevisto, otra decepción. Y así, alternando el paraíso y el destierro, fueron pasando los años mientras la balanza poco a poco se iba descompensando. Lo que antes toleraba con mayor o menor agrado, ahora la asfixiaba sin tregua. Lo que un día pudo soportar con estoica paciencia, hoy le revolvía salvaje las entrañas. Se sentía tan agotada… Corrompida en una batalla que tuvo perdida desde aquel primer amanecer en el que cruzaron la frontera: por mucho que hiciera, que dijera, que demostrara, que buscara, que tolerara o que amara, no era capaz de derribar ese muro gélido contra el que se estrellaba una y otra vez.  Y no, jamás lo haría. Cuando se percató de que ese amor más que curarle la desangraba, recogió los pocos retales de dignidad que aún poseía y le cerró para siempre las compuertas de su cuerpo y de su alma.

Los corazones rotos

Los corazones rotos no tienen memoria. Se rompen y se reconstruyen con la esperanza de que ese dolor nunca vuelva a ocurrir. Los corazones son demasiado ingenuos. Sufren rasguños, cortes, golpes, taquicardias. En el peor de los casos también paradas. Pero en general aguantan como campeones sin darse cuenta de que ya pasaron por todo eso antes de quebrarse en dos, la primera vez. Ellos no lo recuerdan, no lo prevén, no saben adelantarse a los acontecimientos ni descifrar las señales de alarma. Son así de tontos, los pobres. Se entregan a un abismo de incertidumbre porque son generosos y espontáneos, porque rezuman bondad, esperanza y un tremendo amor. Esos son los corazones que más sufren, los que batallan las guerras más duras, los que pierden siempre en el intento de ganar un poco de afecto. Los que esperan ser correspondidos hasta las últimas consecuencias.

Y es que los corazones rotos no saben jugar. No entienden de reglas, ni de estrategias, ni de dobles intenciones. Ellos sólo están ahí, remendándose cada vez, cosiéndose los recuerdos bonitos para sobrevivir al desastre, confiando en que todo lo malo pasará y volverán a ser felices. O por lo menos a palpitar tranquilos, que es un tipo muy necesario de felicidad. Los corazones rotos se exponen tanto que, justo antes de romperse, dejan de latir por unos instantes. Es en ese preciso momento, en ese denso vacío que queda, en el silencio amargo que sube por la garganta, cuando se siente el terrible crujido que lo destruye todo. Basta una palabra, dos. Una noticia devastadora o una simple frase a destiempo para hacer cambiar el sentido de las cosas que hasta entonces eran una realidad. Ya no son dos partes las que estallan, como aquella primera vez. Ahora son demasiados añicos reventando por las cicatrices de siempre, esas que un corazón roto se empeña tanto en ocultar.

Sí, es cierto. Los corazones rotos no tienen memoria, porque si la tuvieran yo no tendría que escribir hoy estas palabras ni ellos se dejarían romper más.

Mi viejo gran amor

Había envejecido, las tapas estaban algo arrugadas y las hojas se veían amarillentas por el paso del tiempo, pero encontrarlo de repente, entre un montón de cajas amontonadas y llenas de polvo, me alegró el corazón.

Lo cierto es que, sin saber muy bien cómo, lo había ido dando por perdido poco a poco, hasta que dejé de buscarlo. Comprendí que aquella historia ya no daba para más por mucho que la leyera de mil formas distintas buscando retenerla, tratando de hacerme feliz. A veces todo el empeño no es suficiente porque hay historias que sencillamente no tienen que ser. Cerré el libro con la delicadeza que el amor que le tuve me permitió, y lo resguardé en un rincón de mi memoria al que ya no regresé.

Hasta ayer. Allí estaba, resuelto e inesperado, como cuando llegó a mi vida sin pretensión de ser lo que más tarde sería. Conservaba el mismo espíritu, ese tan único y socarrón que hace ya tantos años me atrapó entre sus palabras, ese del que me enamoré. Sonreí al verlo, claro, sonreí sin parar. Quise acariciarle la piel, palparlo con suavidad primero, estrecharlo entre mis brazos después. Me puse nerviosa al recordar su tacto y cerré los ojos liberándome en un largo suspiro. Me dejé llevar por su olor, envuelta en un aroma que me era demasiado familiar. Hay cosas que no se olvidan.

Tenía muchas preguntas… Lo abrí con sumo cuidado, no quería estropearlo ahora, no quería volver a perderlo. Lo hojeé buscando respuestas y me las concedió todas. Algunas ya las sabía, es verdad, pude intuirlas en su momento; otras fueron nuevas, como si la lectura hubiera cambiado con el tiempo. Aunque no son las letras las que cambian, sino nuestra manera de entenderlas. Me embargó una emoción desconocida, tranquila, sincera. Ya no me temblaban las manos al sostenerlo, ni se me quebraba la voz recitando sus pasajes. Pude volver a las páginas más doloras desde la paz del aprendizaje y me sentí profundamente orgullosa de cada renglón que escribimos juntos, incluidos los más torcidos.

Durante años me hizo descubrir todas las emociones posibles, todas. La intensidad que emanaba me arrastró hacia los abismos más excitantes. Cada capítulo era una aventura impredecible, una montaña rusa de sensaciones que no siempre tenía un final feliz. Pero fueron aquellos finales justamente los que me permitieron avanzar y llegar hasta este reencuentro con la seguridad de poder releer con tierna nostalgia e inmenso cariño aquello que un día dejé anestesiado en mi alma.

Él fue mi libro favorito, aunque a veces me guste titularlo como mi viejo gran amor.

Una piel extraña

Las horas y la luna jugaron a favor. También las copas, claro. Y los bailes casuales sin intenciones. O quizá con ellas. La música dejó al descubierto el compás torpón de nuestros cuerpos al son de la madrugada. Nos reímos, acalorados, y buscamos algo de frescor bajo aquel cielo tupido de nubes. El alboroto de la fiesta llegaba amortiguado al jardín y agradecimos la bajada de decibelios.

Dejamos que el silencio nos acompañara unos minutos sin sentirnos incómodos. Algunas parejas se besaban no muy lejos de allí, cómplices del alcohol y la penumbra. Un comentario travieso me hizo sonreír y probablemente me sacó los colores. Qué cosas tienes, te dije. Tú sonreíste también. Apuramos nuestras bebidas entre bromas. ¿Volvemos?

El primer escalofrío surgió tras el roce fortuito de nuestras manos de regreso a la fiesta, pero ambos quisimos ignorarlo. Como muchos de los invitados ya se despedían, aprovechamos la oferta de la amiga de una amiga de otra amiga para acercarnos en su coche hasta casa. Se nos hizo fácil decirle que sí, y se nos hizo lógico proponerle que nos dejara en un único punto para evitarle dar vueltas. Ese punto fue tu casa.

Serviste un par de copas que terminaron quedándose a medias sobre la mesita del salón. Nos recostamos en el sofá y comentamos lo divertido de la velada. En un momento dado, mientras yo hablaba, te agachaste para desabrocharme las sandalias de tacón y me las quitaste con suma ternura. Estarás más cómoda así, ¿no? Te miré con curiosidad y me sentí una Cenicienta a la inversa. Por alguna extraña razón tenerte a mis pies me pareció de lo más provocador, pero no dije nada.

Retomamos la conversación y poco a poco, sin sopesar las consecuencias, nos fuimos acurrucando de forma natural, como si lleváramos toda la vida haciéndolo. Los cuerpos se acomodaron el uno al otro con un estremecimiento reflejo. Así le cedimos la palabra a los gestos que, lentos, recorrieron nuestra piel por encima de la ropa primero, por debajo después. Los dedos se enredaron suaves en el cabello antes de entrelazarse entre sí.

Nuestros labios se mantuvieron al límite en sus escasos centímetros de distancia, prolongando el deseo, preservando también lo poco que nos quedaba de cordura. Los alientos se fundían a la par que nuestras piernas bajo mi vestido, hasta que no pudimos contenernos más. Desatamos los besos largos, las caricias descubridoras, el destello ardiente en las miradas. El silencio roto por los susurros al oído y el rumor del placer… Ya no había vuelta atrás.

Al abrir los ojos me vi abrazada por los ligeros rayos de sol mimándonos. Y por ti. No quise despertarte, por si al hacerlo ambos el embrujo se esfumaba. Te observé, dormido a mi lado, y con la yema de mis dedos tracé líneas difusas por tu rostro, tu cuello, tus hombros, tu espalda, tu pecho. Una amalgama de olores invadía mis sentidos atrayéndome como un imán que me apretaba contra ti. Aquella sensación era como estar en casa, un lugar al que ya no iba a poder dejar de pertenecer. Al fin había encontrado mi refugio en una piel, la tuya, que hasta apenas unas horas antes tan solo era una piel extraña.

Una mujer desconocida

—Si tú no crees que es prioritario estar al lado de tu padre en el hospital en estos momentos entonces no sé qué clase de hijo he criado.

La mujer cortó la comunicación con rabia y guardó el móvil en el bolso, que apretó contra su pecho. Vi su rostro reflejado en la ventana del autobús, envuelto en un halo de nostalgia por la luz del ocaso. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejándose caer en el asiento como si quisiera desaparecer. La rabia era ahora pesadumbre. Qué pena tan intensa emanaba de toda ella que no pude dejar de observarla.

Una melodía comenzó a sonar repetitiva desde las tripas del bolso al que se aferraba. Se revolvió incómoda, mirando nerviosa a su alrededor. No contestó. Algunos le devolvieron una mueca molesta por no haber tenido la decencia de silenciar el móvil en el transporte público. Pero decencia era lo que le faltaba a su hijo y no el sonido de su teléfono, pensaba yo.

Por sus manos calculé que tendría poco más de setenta años. El cabello castaño arreglado en una melena corta le daba un aspecto juvenil. Sin embargo, una corona de raíces canosas adornaba su frente como cuando no tienes ni tiempo de renovar el tinte en su fecha. Vestía un abrigo color café que no se había quitado durante el trayecto, quizá porque el aire que se colaba por las ventanas abiertas era realmente frío, o porque el frío lo sentía ella en su alma. Los ojos claros resaltaban luminosos sobre el horizonte que le enmarcaba la mascarilla ajustada por encima de la nariz. No podía ver el rictus dibujado en sus labios, aunque lo imaginaba. El brillo de sus pupilas no delataba felicidad sino lágrimas estancadas.

El trasiego de gente en cada una de las paradas no parecía perturbarla. Lo cierto es que a mí tampoco. Era como si el tiempo se hubiera detenido y el mundo vaciado, dejando a aquella mujer sola frente a su abismo de dolor y a mí frente a ella. Rebuscó en las profundidades de su bolso. Sabía bien quién la había llamado, yo también podía adivinarlo. Sus dedos temblorosos reseguían el nombre de su hijo en la pantalla. ¿Volverlo a intentar? ¿Cómo es posible que no salga de él? Por Dios, ¡es su padre! ¿Qué puede haber ahora más importante? Pueden ser sus últimos días, sus únicas horas… Hice míos sus pensamientos, pude palparlos a través de sus gestos, de sus ojos cansados. Quise decirle que tenía razón y que su hijo era un egoísta, pero en realidad no puedes decirle eso a una madre, aunque ella también sepa que es la verdad.

La melodía rompió de nuevo el silencio que, extraño, se había impuesto a los murmullos ajenos. La mujer dio un respingo y me miró durante unos segundos como quien busca aprobación y coraje a partes iguales. Asentí con mi sonrisa velada bajo la tela en un intento por infundirle lo que fuera que necesitara, y contuve las ganas de agarrarle las manos.

—Dime, hijo… No, no me han dicho nada más, que tenemos que esperar… Mal… Voy ahora para allá… ¿Cuándo?… Ah, entonces ahí te veo… Vale, hijo. 

Brotaron sus lágrimas como torrentes cargados de miedo, incertidumbre y tristeza. Cierto alivio también. Pensé en su hijo, incapaz de ver el desgarro de una pérdida inminente reflejado en su madre, deshilada por los recuerdos de lo que ya nunca sería. Puede que uno no vea lo que no quiere ver. El autobús se detuvo y abrió sus puertas dando paso a un aire gélido que revitalizó mis sentidos. Me despedí deseándole una pronta recuperación al amor de una mujer desconocida que en realidad encarnaba a todos aquellos que se apagaron en esos días de caos y terror. No sé si me escuchó, pero me pareció ver un destello de esperanza en sus ojos antes de decir adiós.

Un colibrí herido

Se fue sin equipaje una mañana cualquiera y, aun así, se lo llevó todo consigo. Por qué ese día y no otro, quién lo sabe. ¿Lo había decidido de antemano? ¿Lo tenía programado quizá? ¿O se trataba de un impulso cruel? Ni siquiera se despidió.

Ella se quedó acurrucada en la cama como un colibrí triste y asustado, herido en sus alas, incapaz de reaccionar. Primero la sorpresa, después la duda, luego la rabia, y más allá la pena de no saber por qué, de no merecer tan solo una explicación. Pero la gente hace esas cosas: desaparecer.

Pasaron los días. Los recuerdos golpeaban feroces en cada resquicio del corazón mientras la ausencia se volvía tan pesada que asfixiaba. Las manecillas caían lentas de los relojes. Las madrugadas se tornaron eternas. Los pensamientos estrangulaban la razón que no tenía. Y las respuestas no llegaban.

¿Por qué? Era lo único que alcanzaba a balbucear entre tanta confusión. Una y otra vez, y otra, y otra… ¿por qué?

Se martirizaba recreando cada escena en su mente, las conversaciones previas, las pistas que debían indicarle lo que iba a suceder. Trató de buscar el momento exacto en el que el lazo que los unía se les rompió de una forma tan desgarrada, pero fue incapaz de encontrarlo porque no existía. Lágrimas de impotencia acuchillaron sus mejillas.

Poco a poco aprendió a enmarcar una sonrisa automática, por aquello de las apariencias. Sin embargo, lo cierto es que le pesaban las emociones como un amasijo de hierros atravesándole el alma. Un estremecimiento mezcla de esperanza y angustia le recorría el cuerpo cada vez que un pitido anunciaba noticias, aunque el agotamiento por el silencio que la azotaba sin tregua la mantenía anestesiada. Vacía. Cansada.

Salió entonces a tientas, tras intentarlo todo, con los pies fríos de andar largo tiempo perdida y descalza. Si no la querían ruidosa tampoco la tendrían callada. Recogió los retales de amor propio que creyó que le quedaban y como una cobarde, lo que no era, se fue también sin equipaje ni despedidas una noche cualquiera.

A %d blogueros les gusta esto: