Esta noche nuestra.

Esta noche iremos a cenar.

IMG_1541Me vestiré para ti y te llevaré al mejor restaurante que nos podamos permitir. Esta noche te escucharé sin interrupción, te observaré mientras me explicas qué tal tu día y sé que algo similar al orgullo brotará en mi interior. Esta noche hilaré sueños e ilusiones junto a ti. Y tras la cena, esta noche nos tomaremos una copa. Pero sólo una, y en un lugar igualmente tranquilo y apartado. Esta noche beberé contigo de nuevo y te confesaré tantas cosas…

Esta noche no te dejaré escapar.

Y enlazando palabras, sonrisas y dedos, esta noche te llevaré a mi cama de la manera más dulce y ardiente que puedas imaginar. Esta noche te besaré en los labios con la suavidad de la primera vez, con el tímido respeto que aún me provocas. Esta noche me rendiré en tu abrazo mientras la ropa va deslizándose lentamente hacia el suelo. Esta noche jugaré con tu piel al escondite y me dejaré ganar por tus manos.

Esta noche te amaré sabiendo que no habrá un mañana.

Me entregaré en cuerpo mientras con ello te concederé también mi alma. Esta noche rozaremos imprudentemente el cielo con caricias y sin pedir nada a cambio. Esta noche te regalaré mi olor y la locura de mi razón. Esta noche me acurrucaré junto a ti en silencio para que me acunen tus murmullos. Te contemplaré dormido, revuelto entre mis sábanas, siempre tan sereno.

Y te admiraré.

Esta noche nuestra, como aquella, la exprimiré otra vez contigo hasta que nos lo permita el tic tac del amanecer. 

Tempus fugit.

O lo que es lo mismo: el tiempo vuela. Irremediablemente, sin que podamos darle pausa o rebobinar o acelerar pisando a fondo a nuestro antojo, sin tregua. Lo sabemos, el tiempo avanza como la vida y sigue avanzando sin ella. Nosotros sólo estamos aquí de paso.

Qué vértigo, ¿no? O qué alivio. O qué miedo. O qué gran oportunidad. O qué pena. Que todo llega y todo pasa, que esto es efímero pero certero, que es real aunque parezca un sueño,que no hay mal que cien años dure, que…

arte_contemporanea_029

Que el tiempo, sí, vuela. Aunque nos parezca que no avanzamos en ningún sentido, que nada cambia, que lo de hoy es lo de ayer y muy probablemente será lo de mañana. Pero no es cierto, todo es un constante cambio. En una décima de segundo te flechas de alguien, en un minuto pierdes el tren, en una hora llegas a París. En un parpadeo te saltas un semáforo y en un instante la vida gira o se rompe. Pero no lo pensamos porque estamos programados para creer en la eternidad de nuestra presencia a pesar de saber de la caducidad de la misma, qué curioso. Supongo que se trata de un mecanismo de defensa ante la idea de que todos vamos a morir, o de un mecanismo de resorte ante precisamente esa misma idea. Como aquello de ver el vaso medio lleno o medio vacío todo depende del cristal con el que se mire.

Por ejemplo un año. Un año con sus 365 días y sus 365 noches, ahí es nada. Un año que a futuro se nos presenta como un tiempo considerable y holgado para llevar a cabo todos nuestros planes pero a pasado se convierte en otra pequeña muesca vital, nada más. O nada menos, porque depende de cómo haya sido un año puede representar al final una vida entera.

Dicen que los momentos malos se nos hacen muy largos y los buenos muy cortos. En parte es verdad. No es lo mismo las tres horas de tu película preferida que esa cosa tan tediosa que estás viendo un domingo por la tarde sin saber muy bien por qué. Ni es lo mismo la semana de exámenes que la de vacaciones. Ni los nueve meses de ilusión por verle la carita que esa maldita noche de llantos en vela que parece no tener fin. Y no es lo mismo la letanía de 116 minutos sin gol que la fugacidad de tres días consecutivos sin dormir celebrando aquel maravilloso Mundial. Todo eso es cierto, los momentos pasan más o menos rápido según la calidad de los mismos, pero eso son sólo los momentos. Porque en líneas generales esto a lo que llamamos vida corre a una velocidad de miedo y lo que sucedió hace ya más de 10 años se resume en un sorprendido y temeroso “¡pero si parece que fue ayer!”

Es precisamente al echar la vista atrás cuando nos damos cuenta de este tempus fugit que impera y desespera. Entonces llega alguien y te pregunta si este tiempo se te ha pasado rápido y contestas que sí, claro… Pero sabes muy bien que esa no debería ser la cuestión. La pregunta que nadie hace y que realmente descubre la única respuesta importante para valorar el propio tempo de nuestra vida es si, además de rápido, ha pasado feliz.

¡Maldita memoria!

Tengo un problema, un grave problema: exceso de memoria. Y sí, lo que en su momento me supuso subidas de nota en mis rigurosos exámenes de historia, es hoy una especie de amenaza. Y lo que la gente considera un privilegio porque no se me olvidan los cumpleaños ni las fechas más singulares del calendario, yo a veces lo siento como mi propio verdugo. Demasiada memoria que gestionar…

Porque es complicado lidiar con la memoria del recuerdo que quizá prefieres olvidar. Y es muy complicado levantarte por la mañana un día cualquiera y de forma inconsciente saber que ese mismo día hace un año dormías en brazos de alguien, o que hace dos te ibas de viaje, o que hace tres estabas en un hospital. Nostalgia, emociones, arrepentimiento, deseo, temporalidad… Todo eso que pasa mientras vivimos y poco a poco archivamos en nuestro cerebro, de forma imperceptible, como máquinas registradoras. Todo eso, que es la vida, se almacena y de repente, ¡pum! El recuerdo.

Envidio a aquellos que no padecen mi síndrome de memoria excesiva y que no recuerdan ni lo que comieron ayer. Aunque a veces eso pueda crear problemas (¡Oye! Hoy es nuestro aniversario! ¡Qué poco te importa…!) yo creo que en el fondo es una ventaja: la falta de memoria te otorga libertad. Y lo curioso del caso es que quizá yo tampoco recuerdo qué comí ayer y mucho menos tengo memoria para esos “recuérdame que…”, pero no olvido una fecha ni a propósito. Números, números… A veces parece que solo tengo memoria para eso, ¡y lo triste es que soy de letras! Pero puedo almacenar en mi mente teléfonos a los que no llamo, datos bancarios que poco muevo e incluso documentos de identidad ajenos, ¿para qué? Para contestar por mi madre cuando le piden el DNI, o para solventar una compra online sin la tarjeta delante. Sí, lo hago, y sin esfuerzo.

Pero estoy aprendiendo a codificarla y a saber que aunque esa memoria a veces me atormenta y me hunde en el ayer, es también una forma de decirme que si pasó puede volver a pasar, que lo bueno regresa y que las fechas de los grandes momentos importantes o de los pequeños instantes vitales siempre formarán parte de nuestra memoria personal. Porque lo que de verdad nos interesa, a ti y a mí, nunca se deja atrás. Así que si alguna vez no te felicito por tu cumpleaños ya sabes que no será porque se me ha olvidado.

frase-memoria-selectiva-para-recordar-lo-bueno-prudencia-logica-para-no-arruinar-el-presente-y-isabel-allende-100806