Mi Barcelona 

Anoche lloré, lo confieso. Anoche no pude conciliar el sueño, una sensación de asfixia me dejó seca el alma. Anoche tuve miedo. 

“Ahora nos ha tocado a nosotros”. Ese es el comentario recurrente y tan humanamente conformista que más se comparte esta mañana, como si fuera una lotería del terror. Ése y el #prayforBarcelona que circula por todas las redes sociales desde ayer, como ya lo fueran los #prayfor tantas otras ciudades víctimas de la irracionalidad y de la barbarie. Y ahora nos ha tocado a nosotros.

Muchas veces, al hilo de los atentados en lugares como París, Londres, Berlín, Bruselas o Niza, nos hemos sentido vulnerables, atacados en esa hipótesis más de palabra que de facto: ¿y si hubiera un atentado en Barcelona? Pensamientos fugaces que a uno se le cruzan por la mente cuando otros, sobre todo europeos, viven su horror. Pero son escenarios que ni tan siquiera podemos imaginar, porque en el fondo creemos que no, a nosotros no nos va a pasar.

Hasta que pasa. Hasta que una tarde de un día cualquiera, en pleno agosto, con la ciudad rebosante de turismo, siendo Las Ramblas un auténtico hervidero, una furgoneta descontrolada recorre más de 600 metros arrollando a todo el que esté a su alcance, dejando un reguero de cuerpos tendidos, heridos y muertos, caos y horror. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que ahora sí, nos ha tocado a nosotros.

La sensación de incertidumbre es tal que asusta. Asusta el hecho de pensar que el terrorismo llega hasta tu puerta y que los niveles de alerta poco pueden hacer para luchar contra este tipo de atentados. Si basta una furgoneta alquilada para matar, la impotencia que se siente es mucho mayor. ¿Cómo evitarlo? Somos un país acostumbrado a lidiar durante décadas con el terrorismo de ETA, a desactivar comandos, a interceptar objetivos, a evitar muertes. Y luchamos contra el yihadismo de la misma manera, desarticulando células e interviniendo los mensajes más radicales entre los jóvenes más vulnerables. Pero eso no basta, no nos funciona ni a nosotros ni a nadie en Europa. Estamos ante un tipo de terror nuevo, en el que los que matan no tienen nada que perder y sí un paraíso que ganar. Bajo el nombre de un dios al que le otorgan el fanatismo que les interesa perpetran odio, muerte y temor. Y por mucha alerta que tengamos es muy difícil anticiparse a su maldita locura.

Ahora nos ha tocado a nosotros. Hoy Barcelona se tiñe de luto pero las lágrimas que derramamos no nos hacen débiles sino mucho más conscientes de que tenemos que seguir adelante, de que el miedo no es el camino y de que achantarse no es una opción. Cuando vemos en las noticias este tipo de sucesos en otros lugares nos enfadamos, nos entristecemos, empatizamos. Pero egoístamente nunca llegamos a sentir el golpe real como parte de esa vivencia, por muchas banderas que pongamos en nuestro perfil de Facebook y por muchos mensajes de apoyo que mandemos a todos en general y a nadie en particular. Puedo decir ahora, con todo el dolor que siento, que nunca antes había sufrido un golpe tan amargo como parte de mi sociedad, de mi pueblo, de mi gente. Muy cierto es eso de que hasta que no tocan lo tuyo, no sabes lo que se siente. Dolor, amargura, deseos incontrolables de llorar, rabia, impotencia. Pero también este tipo de situaciones revelan quiénes somos y puedo decir que después de esto me siento más profundamente orgullosa, si cabe, de ser barcelonesa y de pertenecer a esta gran ciudad que ante la adversidad sale a la calle, ante la desgracia se muestra solidaria, y ante el terror no baja los brazos. 

Ahora nos ha tocado a nosotros y tendremos que asumir el dolor de los familiares de las víctimas y de los heridos como nuestro. Porque es también el dolor de una ciudad que hoy amanece enrarecida, con los ojos rojos y un amargo sabor en la boca. Pero que volverá a ser la Barcelona bulliciosa, cosmopolita, colorida, cultural, pacífica y hermosa que todos queremos seguir teniendo. La Barcelona que el mundo conoce y admira. Mi Barcelona. 

Otra vez el terror

Europa vuelve a despertar atemorizada tras una noche de pánico. Una vez más, el terrorismo nos estalla en la cara sin que podamos evitarlo. Aunque en estos momentos todavía las informaciones son algo confusas, ayer pasadas las 22.30h tras la finalización del concierto de la estadounidense Ariana Grande en el Manchester Arena estalló un artefacto que ha provocado la muerte, hasta ahora, de 22 personas además de contabilizarse cerca de 60 heridos. La mayoría jóvenes y algunos niños que habían acudido a ver a su artista favorita brillar en el escenario. Nada hacía presagiar que una noche de emociones pudiera llegar a convertirse en fatídica.  Leer más “Otra vez el terror”

El poder del miedo.

El mundo está conmocionado y yo llevo varios días dándole vueltas a lo mismo entre el pesar de la desgracia y la rabia de la impotencia.

Asisto incrédula a la barbarie que asoló París ese viernes trece y negro que será difícil de olvidar, como lo es el 11S estadounidense o nuestro 11M de terror en Madrid, entre otros. Fechas que quedan grabadas en la memoria occidental y democrática y que funcionan como resorte para movilizarnos en rezos, plegarias, flores, velas blancas y lutos. #PrayforParis

Pero, ¿por qué rezamos por París? ¿Por qué las redes sociales se inundan de torreiffeles y de fotos parisinas de “yo estuve allí”? ¿Por qué nuestra bandera también es la francesa? ¿Por qué pedimos ahora vivir en paz? Porque nos sentimos vulnerables. Porque te puede pasar a ti. Porque al fin y al cabo las 129 víctimas de los atentados del pasado viernes son como tú y como yo. Salieron una noche cualquiera a cenar, a divertirse en un partido de fútbol o a bailar. Eran personas con vidas normales y corrientes, acostumbradas al bienestar, la confianza y la seguridad de una sociedad libre, fraternal e igualitaria. Como tú, y como yo. Y esa proximidad es la que nos asusta de verdad.

Nos compadecemos de los refugiados sirios, sí. Sabemos que su drama es inmenso y que perdura (y lo hará) en el tiempo sin que ningún gobierno se ponga de acuerdo sobre qué hacer con sus fronteras. Vemos imágenes sobrecogedoras de un país que vive bajo la dictadura del terrorismo y el yugo del bombardeo diario. Pero no es la primera vez que esto pasa, desde que tenemos uso de razón Oriente Medio está en guerra y nos parece normal o por lo menos, en cierta manera, irrelevante. El mismo viernes trece y negro murieron 43 personas en otro atentado en Beirut, pero no hubo velas ni condolencias mediáticas, porque allí están “acostumbrados” a vivir así. Somos inmunes frente al hambre, a la guerra y a la pobreza de medio mundo. Pero no lo somos frente al terror en nuestra casa.

Por eso, cuando pasa, nos ataca de verdad. Porque más allá de la muerte de víctimas inocentes (tan inocentes como los civiles que pagan por las guerras de otros) lo que un atentado terrorista de esta índole pretende es golpear nuestro espíritu democrático y bondadoso, donde “las cosas malas” no pasan aquí. El shock social que se produce es tal que ya circulan por whatsapp mensajes de alarma alertándonos de atentados inminentes a la vuelta de la esquina y recomendaciones para no salir de casa. El pánico tiene los pies rápidos y los terroristas saben jugar con él. Ahí es donde nos golpean. Y es ahí donde los gobiernos tienen que saber responder.

Lo acontecido en París es solamente el último episodio de lo que lleva años gestándose bajo la sombra del islamismo radical (y no del Islam) que cada vez se presenta más capacitado y poderoso para hacer daño. Sirviéndose de las redes sociales y de la propaganda violenta y publicitaria que supone un atentado, no es difícil captar a una parte de la sociedad que, aunque viviendo en un país democrático y siendo ciudadano del mismo  por segunda e incluso tercera generación, se sigue sintiendo marginal y fuera de.

Así, lo que ISIS consigue es captar a esa parte minoritaria pero peligrosa de la sociedad para, una vez reclutados y amaestrados en sus filas, devolverlos a sus lugares de origen para perpetrar el ataque a su propio país. Y como un caballo de Troya, ISIS deja de estar nada más en Siria, Líbano, Irak… Para estar también dentro de nuestra propia casa. Y entonces es cuando nos damos cuenta de lo que es el poder del miedo.