Vuela alto

El amanecer se colaba por el horizonte dibujando las siluetas de los aviones que esperaban su hora para volar. Era una imagen extrañamente bella. Esas moles torpes en tierra no parecían las mismas que ligeras surcan los cielos, pensaba. Se sentía diminuta tras la cristalera de la sala de embarque que daba a la pista de aterrizaje, como una pieza aislada en un mecano del que era imposible escapar. ¿Quería hacerlo? Ninguna partida era fácil, pero ningún regreso tampoco.

Había pasado toda la noche tumbada como un ovillo entre dos asientos, cubierta con un chal y utilizando la bolsa de mano como almohada, tratando en vano de dormir. Algún escalofrío cansado le recorría el cuerpo de vez en cuando. Estaba agotada, pero en esas circunstancias se le hacía muy difícil conciliar el sueño. Las manecillas del reloj parecían no avanzar, hasta que los primeros claros del alba la obligaron a espabilarse. Se incorporó con pesadez, sintiendo todos los huesos del cuerpo chirriar como bisagras oxidadas. Se quedó largo rato ahí quieta, con la mirada perdida en los aviones aparcados deduciendo cuál podía ser el suyo. Ninguno lo parecía. Miró la hora y vio que aún era temprano.

Un chico más joven dormía tranquilo no muy lejos de ella. Qué envidia, pensó. Se levantó para estirar las piernas y se acercó a los ventanales. La luz asomaba tenue tiñendo de naranja todo a su alrededor. Esa imagen extrañamente bella le recordó a aquellos atardeceres frente al mar. Qué tontería, esto no se parece en nada, se reprochó. De vez en cuando el estruendo de los motores allá afuera rompía el inusual silencio del aeropuerto, y el suyo propio. Tenía miedo.

Un grupo de azafatas entró al vestíbulo por una de las pasarelas contiguas, todas exquisitamente arregladas y portando sus enseres personales. Parecían salidas de una película romántica y no de doce horas de vuelo. ¿Cómo lo harán? Yo siempre llego destrozada, se maravillaba ella. Y esta vez más que nunca… Se preguntaba si estaba haciendo lo correcto, o quizá no era pregunta sino una manera de autoconvencerse. Cuántas veces lo correcto distaba de lo deseado, cuántas la razón se imponía cruel a los sentimientos. ¿Por que lo permitía? Solo quería ser libre.

Miraba los aviones que llegaban, rasgando sus ruedas contra el pavimento, a trompicones. Le parecía que estaban fatigados. Veía también, a lo lejos, los que alzaban el vuelo livianos, seguros, decididos. Quería ser como ellos, aunque olvidaba que ellos también tenían una ruta marcada, un destino necesario. Sin embargo, podían cambiarlo, ¿no? Hay muchos destinos, solo hay que tener el valor de tomar las riendas y subirse al avión adecuado, debatía consigo misma.

Un murmullo a sus espaldas la sacó de sus ensoñaciones. Los pasillos empezaban a recuperar su cadencia habitual, las tiendas subían las persianas y los pasajeros se acercaban a las salas con sus tarjetas de embarque en la mano, leyendo en las pantallas la información actualizada. Poco a poco el aeropuerto volvía a parecerlo con su ritmo frenético cargado de historias por vivir. Regresó a su asiento y acomodó sus cosas, más por nerviosismo que por desorden. Revisó en su móvil los datos del viaje y le bailaron las emociones en el estómago, pero no se movió.

La fila empezaba a formarse a su lado. El griterío de unos niños pequeños la hizo sonreír. Sus padres trataban de mantenerlos quietos y callados, aunque ellos estaban demasiado animados como para contenerse. Un matrimonio mayor discutía con los pasaportes en la mano como solo las personas de esa edad lo hacen: con cierto aire cómico que no deja de ser enternecedor. Dos chicas con macutos más grandes que ellas, una pareja de recién casados a juzgar por sus carantoñas y el resplandor de sus alianzas, un hombre de aspecto preocupado vestido con traje y corbata, un grupo de estudiantes deseosos de fiesta… Todos y cada uno de ellos fueron subiendo al avión llevando consigo su propio bagaje de aventuras, ilusiones y recuerdos. Y ella solo podía observarlos.

Los altavoces anunciaban una última llamada. Le faltaba el aire, sus pies no respondían, su cuerpo entero se había atrincherado en un clamor obsceno de rebeldía. Sabía que si no se subía a ese avión estaría fallándole a quienes la esperaban al otro lado, pero también que hacerlo sentenciaba a quienes dejaba en esta parte. ¿Y ella? ¿Qué era lo que realmente quería? Creyó que el dilema se resolvería por sí solo cuando se enfrentara al momento. No previó las consecuencias de no haberse escuchado lo suficiente a sí misma y de haber permitido convertirse en un alma mecida por vaivenes ajenos en vez de por su propia lucha.

El vuelo estaba a punto de cerrarse, ya no quedaba nadie en la sala y una azafata rezagada recogía con diligencia la documentación de la lista de pasajeros a bordo. Recordó el juego de la moneda al aire, ese que dice que cuando la lanzas, en esa milésima de segundo, tu corazón ya sabe de qué lado quiere que caiga. Rebuscó en sus bolsillos. ¿De verdad iba a cederle las riendas al azar? Quizá fuera lo mejor, quizá el truco funcionara. La moneda voló batallando los besos y los abrazos, los consejos, la memoria, los suspiros, el silencio, las promesas rotas, la esperanza, el dolor, la responsabilidad, el qué dirán, los sueños por cumplir, el deseo más irracional, la nostalgia…

—Señorita, este vuelo va a partir. ¿Se encuentra bien?

La moneda se posó sobre su mano izquierda y ella, al verla, miró a la azafata y sonrió aliviada.

El último vuelo

La sensación de desamparo que te sacude cuando conoces la noticia de una tragedia aérea es inevitable. Podría pasarte a ti. Tú podrías estar en ese avión, o en cualquier otro. Tú que viajas con más o menos frecuencia, tú que compras vuelos con tanta antelación, tú que buscas las mejores ofertas, tú que abres negocios aquí y allá, tú que estudias tan lejos, tú que tuviste que dejar tu hogar, tú que…

Tú que vuelas y te gusta volar. O no. Hay gente que le tiene miedo al avión, otros simplemente le tenemos respeto. Los nervios del despegue y la ilusión del aterrizaje, nada más. En fase crucero te relajas (o lo intentas) escuchando música, leyendo, viendo películas o con suerte, durmiendo. Piensas en lo que dejas y en lo que te vas a encontrar a tu llegada. Organizas rutas turísticas, escribes o planeas esa reunión tan esperada. Cada cual con sus razones, sus vivencias, sus anhelos. Todos pasajeros de vuelos que van y vienen acercando y alejando personas, vidas y momentos. Todos seguros de despertar mañana.

Pero a veces el mañana se interrumpe y salta la tragedia: los accidentes sobrevienen.

Y los accidentes se pueden asumir, con más o menos capacidad, tiempo y determinación.

Sin embargo, la sensación que te sacude cuando se confirma que ese accidente pudo no serlo es absolutamente devastadora. ¿Cómo superas eso? ¿Cómo digieres que ese vuelo que reunía todas las condiciones de seguridad que debía reunir, con un clima agradable y sin ningún fallo técnico, se truncó? ¿Cómo asumes que un viaje, como tantos otros que tú has hecho, no ha llegado a término porque una persona así lo ha querido? ¿Con qué derecho alguien de forma deliberada te arranca la vida?

Cuando otro decide llevarte por delante en su aberrante decisión de estrellar un avión no te está llevando solo a ti. Se está llevando a todos aquellos que forman parte de ti. Se está llevando tus sueños, deseos e ilusiones. Te está despojando de tu futuro y del de los tuyos junto a ti. Y está creándole un dolor imperdonable a todas esas personas que una mañana abrazaron a sus seres queridos sin saber que ésa sería la última vez, solo porque alguien en su delirio así lo había decidido.

Los accidentes sobrevienen.

Pero esto no se supera, ni se digiere, ni se asume.

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*Mi más sentido pésame a los familiares y amigos de las víctimas del Airbus A320 Bcn-Düsseldorf