Aquí estoy

Aquí estoy,

con el alma partida por tu ausencia

y el rumor aún caliente de tu voz.

Aquí estoy,

entre las gotas de lluvia que nacen en tus ojos

pero brotan en los míos.

Aquí estoy,

inmersa en la lucha de poder

entre un qué dirán cobarde

y un inmenso querer.

Aquí estoy,

fingiendo con ganas la risa,

amarrando con fuerza el dolor.

Aquí estoy,

naufragando en un frío mar de dudas,

invocando por costumbre tu atención.

Aquí estoy,

esperando oírte decir con palabras

lo mismo que clama tu verde mirada.

Aquí estoy,

marcando fechas en el calendario,

viendo los días morir sin redención.

Aquí estoy,

huérfana del sabor de tu piel

buscando consuelo donde no existe el amor.

Aquí estoy,

cuidando siempre tus pasos de lejos,

batalla la nuestra de dardos y besos.

Aquí estoy,

extrañando los volcanes y los colores,

tus abrazos…

El olor a tierra húmeda tras la lluvia,

el dulzor en la palabra,

los bailes, las flores…

Aquí estoy,

de nuevo y como siempre

siendo yo el fuego al que una y otra vez regresas,

siendo tú el huracán que no arrasa,

pero tampoco cesa.

 

sola

 

 

¿De qué escribo cuando escribo?

Desde que empecé a escribir, o más bien a publicar en este blog permitiendo así que extraños y no tan extraños accedieran a mis letras, me he enfrentado a mí misma, al qué dirán, y a la sombra de la duda que se cierne sobre todo aquello que aquí relato. No pocas veces me han preguntado si es autobiográfico, si lo he vivido, amado, padecido. Si todas mis palabras responden a algo, si lanzo mensajes subliminales, si juego con la indirecta, si digo aquí lo que no puedo decir fuera de este espacio. Aún hay gente que piensa que me dirijo por y para alguien en concreto, como si de misivas con destinatario se tratara; gente que se da por aludida para bien y para mal; algunos que incluso ven todavía en mis sentimientos la marca de amores ya caducos, o de otros que se piensan incipientes. Y luego está la gente que no solo especula con el grado de ficción y realidad de lo que escribo, sino que además me critica por ello. Sí, hay gente que me convierte en la protagonista absoluta, sobre todo de las historias “moralmente cuestionables” (y lo entrecomillo porque quisiera yo conocer la vara de medir de la moralidad de ciertas personas), para dejarme a la altura del betún. Pero olvidan que yo no soy personaje sino escritora, y que cuestionarme así más que una crítica es para mí un verdadero halago. Que tú, como lector, sientas que lo que yo transmito bailando con las palabras puede ser real, me puede haber pasado, o que incluso te identifiques con ello, me llena de orgullo y me anima a continuar escribiendo. Si consigo provocarte sensaciones y no te dejo indiferente, ya me doy por satisfecha.

Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Fregar platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría. Agatha Christie.

A nadie se le ocurre pensar que la escritora británica, autora de sesenta y seis novelas policíacas, fue en realidad una asesina encubierta o que en cualquier caso le hubiera gustado serlo, a pesar de la excelente capacidad que tenía para narrar tramas homicidas tan detalladas como creíbles. Pues claro que no, quizá tuviera cierta afición por el mundillo de las intrigas y las investigaciones y de ahí naciera el pintoresco Hércules Poirot, pero todo lo demás fue fruto de su imaginación. Como lo son la mayoría de las historias que residen en la ficción, con sus destellos indispensables de realidad. Sin embargo, que existan esos destellos, que son al fin y al cabo de los que se nutre una narración para conferirle verosimilitud otorgándole viveza, no significa que sean fieles, ciertos ni nuestros.

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Pero entonces, ¿de qué escribo cuando escribo? ¿De dónde surgen las ideas? ¿Cómo puedo manejar temáticas que desconozco? ¿Hasta qué punto las emociones que plasmo en papel no son las mías? Está claro que la materia prima para todo escritor es la vida, aunque dicho así llega a confundir: ¿la propia vida? No. No tiene porqué. O sí, con matices. La vida como tal ya está lo suficientemente llena de elementos inspiradores, solo hay que saber observarlos. Un trayecto en autobús, una conversación en la mesa de al lado, ese sueño que te sacudió mientras dormías, aquello que nunca te atreviste a hacer, una decisión acertada o no,  lo que fue y lo que pudo haber sido, un destino equivocado, un paisaje de la naturaleza, los viajes que emprendemos, los deseos más ocultos, el terreno inexplorado de la fantasía, lo que decimos y lo que callamos, el recuerdo de la infancia, la gente y sus problemáticas, el contexto que nos rodea, las ficciones que vemos, escuchamos o leemos, el minuto siete del capítulo veintitrés de tu serie preferida, el vacío de la memoria… Y por supuesto, también aquello que todos sin excepción en algún momento sentimos: el amor, la tristeza, los celos, la pasión, la envidia, la locura, la gratitud, la esperanza, la rabia, el temor, la ilusión, la pérdida, el poder, un reencuentro, la lealtad y la traición, la impotencia, el valor de la amistad, la complicidad. Todo eso que está ahí, en la propia condición humana, en la existencia en sí misma, es susceptible de ser contado. Basta con dejarse llevar sin miedo por los recovecos más profundos y extraños, con cierto grado de intuición, curiosidad y delirio. Creo que, en definitiva, escribir es el resultado personal de una confluencia de elementos que nacen de muchas cosas pero sobre todo de una imperante necesidad. Cada uno sabrá cuál es la suya.

Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias. Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Refugio de tristes, nostálgicos y soñadores. Mario Vargas Llosa.

 

 

 

Pleamar

Es tu risa la que me provoca cosquillas

en cada una de mis coordenadas,

como si un viento suave me traspasara hasta el alma,

siendo tú la brisa que empuja mis mañanas,

y el aire que alivia las noches más cálidas.

Soy yo como ese barco a la deriva

que busca refugio entre tus dedos

jugando al poder y al tormento,

navegando sin bandera, ni control ni timonero.

¿Es el destino con sus bromas macabras

o somos nosotros provocando el azar?

De tenernos, de soñarnos, de perseguirnos,

de no soltarnos las amarras ni en la más cruda tempestad.

Porque cuando vamos juntos tomados de la mano,

como fugitivos de este amor apresurado

lleno de sombras, deseo y contratiempos,

siento que podemos ser más fuertes que cualquier lamento.

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Pero en el momento en el que dices no puedo,

ya basta, no sigas, qué miedo,

algo se tambalea en mis cimientos,

y me hundo en una marea que ahoga, que estalla,

que me condena al destierro cualquier sentimiento.

Si es verdad que sientes

que mi amor no lo merece, que no soy lo suficiente,

arrancaré de mi cabeza la lauréola que un día me pusiste,

confinaré mi lengua a un vasto silencio,

callaré al fin mis dudas, no buscaré más tu consuelo.

Y si después de todo todavía temes ser arriesgado

le pediré al sol que me ciegue los ojos,

y le suplicaré a la hiedra que enrede mis manos,

pues no podré ver de nuevo cómo te vas de mi lado.

 

Las cosas bonitas

El temblor previo a un beso.

Un suave roce sin querer, queriendo.

Los buenos días somnolientos.

La ropa desmadejada en el suelo.

Una sonrisa espejada en la mirada.

Las lágrimas nacidas en una risotada.

Los libros que se atesoran en el alma.

Las frases que alguien más acaba.

Los dedos entrelazados al andar.

Las noches acurrucados en un sofá.

Las huellas del camino que va quedando atrás.

Las tardes de domingo frente al mar.

El lugar preciso, el momento adecuado.

El cálido invierno, la lluvia en verano.

El olor a café recién hecho,

a dulces, a guisos, a pan tostado.

Los abrazos que aprietan

y las palabras que abrazan.

Las heridas que se curan

y los sueños que se alcanzan.

El eco de los latidos en cada reencuentro.

Los acordes de una guitarra que suena a lo lejos.

La conciencia tranquila, la duda en silencio.

Mis miedos en tu regazo, tu hogar en mi pecho.

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Vámonos

Vamos a escondernos tras la ladera

de aquella montaña de hielo

donde tu calor y mi fe ciega

son de este querer escuderos.

Vámonos a robarle caricias al viento

que las voces del eco nos quiebran

intentando con furia condenarnos

por esta locura de mieles y hiedra.

Vámonos al refugio de nuestras pasiones,

a la oscuridad de aquella noche eterna

cuando pudimos amarnos por horas,

mientras la lluvia ahogaba las penas.

Vamos de nuevo a ese jardín prohibido

donde tú eres solo mío, nunca más de ella,

y donde yo soy para siempre tuya,

envuelta en rosas, perfumes y sedas.

Vámonos a donde no puedan seguirnos los miedos,

las injurias, las mentiras, los celos,

que la culpa siempre se viste de gala

y se adueña de los amores más necios.

Vámonos a la orilla del mar

para que la brisa despeine tu pelo

mientras mis labios buscan tu sal

y las olas nos mecen bajo su seno.

Vámonos a cabalgar de luna en luna

que quiero morir cada noche a tu lado

consumiéndome las ganas y la ternura

en el húmedo placer que sabe a pecado.

Vámonos lejos de aquí, de todo,

que ya no puedo soportar más la carga

de sentirte a escondidas del mundo,

de ocultarte incluso de mi alma.

Vámonos, ¿a qué le temes?

¿No es acaso esta forma de vida,

una triste condena de muerte?

Vámonos, no me atormentes…

Que los años no regalan clemencia

y nuestra juventud de alas doradas

pronto será un recuerdo maltrecho

tejido entre las sienes de plata.

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Nuestro juego de dados

Te quiero de tal manera que jamás pretenderé cambiar lo que sientes por mí aunque esa rara generosidad no me salve de nada, más bien me ahogue. Pero aprendí hace tanto a maquillar las emociones que no me tiembla el pulso al aceptar que tú ya no serás. Es cierto, claro que quisiera que todavía me amaras como una vez creí que lo hacías, vagos sueños de héroes y princesas. Pero ya no comulgo con aquello que un día me bastó y ni tan siquiera me siento orgullosa de tal credo. Patrañas. Pero es que ahí estabas tú, con tu sonrisa perfecta y ese ademán galante que inventé para ti. Y ahí estaba yo, un alma partida y necesitada. El juego perfecto para los dos.

Maldita sea, cuánto te amé. Y debo admitir que quizá a veces en mi memoria cristalina todavía te siga queriendo aunque me empeñe en camuflar con olvido e indiferencia tu recuerdo, aunque el enojo me acobarde y la culpa me comprima por una pasión que nunca fue mucho más que eso, pero tampoco menos. Te disfrazo de todo, de nada, de qué sé yo. Y te oculto en el silencio tonta e irremediablemente porque tengo miedo a perderte, a que dejes de estar incluso en esa trinchera de mi corazón que soportó más guerras que paces, pero que aún y así ondea tu nombre con honores. Qué le vamos a hacer…

593113-blowing-dice1Otras veces, sin embargo, pienso que todo este remolino de sentimientos es una ingrata confusión y que en realidad yo ya no te quiero a ti sino solo a mí. Sí, puede que todo esto solo sea el resultado de cuánto me quise siendo quien era contigo, gustándome de aquella manera tan determinada, tan capaz, tan apasionada a tu lado. Y quizá de ti ya solo queda esa excentricidad que corre por el imaginario y que me hizo enamorarme de quien creí que eras, del hombre que pensé que podrías llegar a ser, del perfecto extraño que acomodé virtuosamente para encajarlo conmigo.

Es tan caprichoso el amor y tan extraño el olvido que una nunca sabe si el azar de los encuentros favorece o castiga, si la resignación es defensa o ataque, si la frialdad es simple estrategia o si el calor de nuestros cuerpos aproximándose todavía resulta palpable. Mágico destino que nos rompe y nos corrompe con sus idas y venidas, que nos quita el aire, que nos devuelve poco a poco la fantasía de quien busca cenizas donde antes ardió el fuego y la vida. Y así, felizmente incompletos y resignados vamos ahora cada uno por nuestro lado provocando nuevos temblores, caóticos y peligrosos, apostándonos vertiginosamente algo parecido al amor jugando a los dados.