La despedida

¿A quién le gustan las despedidas? A mí no, desde luego no soy buena con ellas. Diría en realidad que soy pésima gestionándolas emocionalmente aunque suela hacer de tripas corazón más por orgullo que por creencia. Y eso que las he tenido de todos los dolores, pero no me acostumbro, y no las soporto, aunque acostumbro a lucir la coraza en su máximo esplendor.

Decir adiós duele, sea cual sea el contexto, desde el más infantil hasta el peor de ellos. Duele incluso sabiendo que tras esa despedida llega algo similar a una liberación. Aunque deseemos decirlo, el miedo a ese instante de vacío, duele. Duele porque probablemente le rompemos el corazón al de enfrente o porque nos remendamos el nuestro como podemos, sin saber y sin querer.

Decir adiós tampoco es fácil cuando necesitamos (o creemos necesitar) seguir en ese bucle que nos marea, confunde y a la vez nos divierte. Ese bucle que cronometra los ratos buenos y convierte en letanía los malos pero que todavía no los desequilibra lo suficiente como para zanjarlos. Esa especie de limbo emocional que engancha y desespera, pero que cuesta mucho dejar.

Duele cuando nos dicen adiós, como un calambre interminable que te sacude entera y te hace literalmente flaquear. Eso duele el doble y da más miedo. Más vacío, más incertidumbre, más porqués sin aliento. ¿Y qué hay de los portazos en silencio? Sin palabras de consuelo, sin explicaciones de por medio, sin tiempo siquiera, y sin ganas de hacerlo. Esas despedidas cobardes te atraviesan de verdad.

Duelen las despedidas en los aeropuertos pero más en los hospitales. Duelen las noches que no se duermen sin la compañía de los que amamos. Duelen los duelos y las miradas al cielo. Duele despedirse de quien no volveremos a ver jamás. Incluso duelen los inocentes “nos vemos pronto”, las promesas inseguras, las grietas en las amistades, los “estamos en contacto” mentirosos sabiendo que si no eres tú ellos no lo harán. Duelen los mensajes convertidos en humo y el alma cansada de inquietud cuando ya no puedes ni respirar.

Te prepoema despedidaguntas si vale la pena siempre tirar de la madeja que te deja cada dos por tres pendiente de un hilo con tu familia, con tus amigos, con tus amores y tus amantes, celando y recelando las idas y venidas. Queriendo ganar sin tener que sufrir, balanceando el columpio entre lo que está bien y lo que está mal. Y es entonces cuando te planteas la despedida final, la ruptura, el cortar por lo sano, el partir sin mirar atrás. Pero todavía no lo asumes y te resistes porque a veces, como escribió el genial Buesa, decir adiós no es sinónimo de olvidar.

Y el miedo a la pérdida sin retorno siempre duele mucho más.