A mi manera

No hace mucho leí en algún lugar una frase que me hizo reflexionar: ojalá vivas todos los días de tu vida. Qué obviedad, ¿no? Vivir todos los días de nuestra vida, por supuesto. Pero detrás de una frase tan simple se esconde algo realmente complejo: vivir. Y no solo eso, sino hacerlo todos los días de nuestra vida. Porque a veces sin darnos cuenta lo único que hacemos con nuestro tiempo es pasar. Pasamos de puntillas por una existencia que vemos de lejos, como espectadores ante una gran pantalla de cine en la que se proyectan secuencias con más o menos acierto pero que no nos llegan ni a rozar.

A veces el destino, las circunstancias, el momento, nos convierte en marionetas de una voluntad ajena de la que parece que no podemos escapar. Es cierto que no todo está en nuestras manos y que la vida trae consigo problemas, sorpresas e imprevistos que debemos aprender a gestionar, pero ¿qué hay de todo lo demás? De todo aquello sobre lo que sí podemos decidir y sobre todo lo que podemos actuar. A veces se nos olvida el control que tenemos sobre nuestro propio camino intentando agradar a los demás.

A mí me gusta ser intensa. Me gusta sentir que lo que hago lo estoy viviendo, lo estoy disfrutando, lo estoy acariciando. No quiero ver pasar mi vida por delante de mí, quiero vivirla, morderla, arañarla. Y quiero hacerlo como protagonista, no como actriz secundaria de un guion escrito por alguien más. Quiero rodearme de gente igualmente intensa, que disfrute de la misma manera de una tarde tranquila tomando café que de vagar sin rumbo por una ciudad desconocida. Gente que se atreva a ir siempre un poco más allá y que te anime también a ello. Gente que sea libre para decidir, que esté donde quiere estar, con quien quiere estar, y que luche por ello. Y no estoy hablando de sueños o imposibles, ni tampoco escapo a las obligaciones que la vida de por sí conlleva. Hablo de estar a gusto con uno mismo y con las circunstancias que le rodean, o al menos de buscar el camino para ello, cual sea, para estar sencillamente en paz.

Algo así tiene que ser la felicidad…

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Últimamente siento que tengo prisa por vivir, por no dejar para mañana las pasiones, los viajes, las lecturas, los paseos, las palabras, los momentos. Quiero sumergirme en todo, exprimirlo con mis dedos, sentir que no pierdo el tiempo. Quiero aprender cosas nuevas, conocer a personas distintas, empaparme de vivencias y atesorar más recuerdos. No quiero asfixiarme en la rutina ni convertirme prematuramente en una señora mayor cuando queda aún tantísimo por hacer. No quiero repetir los mismos planes de siempre por miedo a lo desconocido. Estoy cansada. No quiero esperar toda la tarde un mensaje que dé el pistoletazo de salida o que corte las alas. No quiero ver caer la lluvia solamente tras los cristales. No quiero que me cuenten las cosas, quiero saber cómo se sienten. No quiero que me gane la pereza, el conformismo, el sopor. Ni que me lo contagien. No quiero que mi vida se convierta en lo que otros quieren que sea, como sea, donde sea. No quiero ceñirme a la moralidad de otros pensamientos si no van conmigo. No quiero marchitarme eternamente en la misma zona de confort, ¡qué aburrimiento! No quiero ser siempre la que esté dispuesta a renunciar a una sonrisa, ni a dar el paso atrás por el qué dirán, ni a dejarlo estar por el temor a intentarlo.

No quiero vivir la vida de nadie más.

Porque cuando el telón baje y las luces de esta bonita función se apaguen dejándome sola frente a mí misma no quiero caer en el desconsuelo del reproche sintiendo que esto no fue como me hubiera gustado ni lo que un día imaginé. Lo que de verdad quiero es poder sentirme satisfecha por el desempeño realizado sabiendo que cuando tomé las riendas lo hice intensamente, con pasión, con errores, con aciertos, con miedos, con dudas, con coraje. Y que en definitiva logré vivir una vida plena y, como cantaba el gran Sinatra, a mi manera.

 

 

Vámonos

Vamos a escondernos tras la ladera

de aquella montaña de hielo

donde tu calor y mi fe ciega

son de este querer escuderos.

Vámonos a robarle caricias al viento

que las voces del eco nos quiebran

intentando con furia condenarnos

por esta locura de mieles y hiedra.

Vámonos al refugio de nuestras pasiones,

a la oscuridad de aquella noche eterna

cuando pudimos amarnos por horas,

mientras la lluvia ahogaba las penas.

Vamos de nuevo a ese jardín prohibido

donde tú eres solo mío, nunca más de ella,

y donde yo soy para siempre tuya,

envuelta en rosas, perfumes y sedas.

Vámonos a donde no puedan seguirnos los miedos,

las injurias, las mentiras, los celos,

que la culpa siempre se viste de gala

y se adueña de los amores más necios.

Vámonos a la orilla del mar

para que la brisa despeine tu pelo

mientras mis labios buscan tu sal

y las olas nos mecen bajo su seno.

Vámonos a cabalgar de luna en luna

que quiero morir cada noche a tu lado

consumiéndome las ganas y la ternura

en el húmedo placer que sabe a pecado.

Vámonos lejos de aquí, de todo,

que ya no puedo soportar más la carga

de sentirte a escondidas del mundo,

de ocultarte incluso de mi alma.

Vámonos, ¿a qué le temes?

¿No es acaso esta forma de vida,

una triste condena de muerte?

Vámonos, no me atormentes…

Que los años no regalan clemencia

y nuestra juventud de alas doradas

pronto será un recuerdo maltrecho

tejido entre las sienes de plata.

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Lo que deseo para ti

Deseo que la vida te sonría y que aprendas a sonreírle tú a ella cuando se le olvide tratarte con condescendencia. También deseo que de vez en cuando lo haga, sí, que te golpee, que te haga bajar de la nube para que le abras los ojos a la cruda realidad. Así es como se aprende, como se crece.

Deseo que tengas amigos, muchos a poder ser, de diferentes ámbitos, círculos y culturas. Pero sobre todo, deseo que tengas uno, aunque sólo sea uno, a quien puedas confiarle ciegamente tus alegrías, tus miedos, tus locuras y tus miserias. También, por qué no, deseo que tengas de esos malos amigos que sólo te quieren por interés para que te hagan dudar de tus certezas y reaccionar cuando estés haciendo las cosas mal.

Deseo que viajes, que te muevas, que te atrevas a conocer y que nunca dejes de sentir curiosidad. Deseo que tu mayor aventura esté siempre por llegar y que sepas atesorar cada experiencia que te brinde la vida como si del mejor regalo se tratara.

Deseo que seas emocionalmente generoso con las personas que te rodean, lo suficientemente humilde como para poder aceptar un buen consejo y sabio para entender la importancia del silencio y de ceder tu palabra para escuchar a los demás.

Deseo que seas sincero en tus promesas pero más en tus actos. Deseo que te quejes cuando algo te incomode, pero no que ataques y hieras. Deseo que opines de todo, pero sin criticar. Deseo que no te escondas de ti mismo, que no trates de huir de los sentimientos y que no disfraces con mentiras la verdad.

NIÑOS CAMINANDO POR LA VIA DEL TREN

Deseo que aproveches las oportunidades que se te presenten y que busques nuevas alternativas cuando algo no te convenza. También deseo que flaqueen tus fuerzas para que no te acomodes, que el desasosiego te sirva para reinventarte y que luches con más convicción cuando te vuelvas a levantar.

Deseo que ames profundamente sin el temor a lo incierto. Y quiero que te amen de la misma manera, que te amen mucho pero sobre todo que te amen bien. Y si llega el momento de decir adiós deseo que tengas un buen olvido, lejos del pesar y de la venganza. Que llegue el día en el que puedas voltear al pasado con una sonrisa y que te conviertas al menos en un bonito recuerdo para quien quiera custodiarte en su memoria.

Deseo que seas tolerante con lo que te disgusta, paciente con los errores que cometen los demás e igualmente justo con los tuyos propios. Deseo que el rencor no te coma por dentro pero que si empieza a hacerlo lo sepas detener. Deseo que tengas algún fracaso para que los éxitos no se te suban a la cabeza con demasiada facilidad, y que si eso pasa espero que no te falten aquellos que te vuelvan a poner en tu lugar.

Deseo que confíes en la gente pero que si te menosprecian te alejes sin titubeos. No quiero que fuerces ni que lastimes, no quiero que aguantes todo por nada ni que te aferres al dolor con resignación, pero que si eso ocurre que al menos tu duelo sea corto.

Deseo que de vez en cuando le des una tregua a tu exigencia y te permitas llorar para sanar. Que si te azota la angustia no sea imaginaria y que si algo te ahoga aprendas pronto a nadar. Quiero que dejes en manos del tiempo todo lo que realmente no puedes controlar.

Deseo que no te pongas cadenas ni que trates de ponérselas a nadie por ti. Ama sin ser posesivo, ama la libertad de quien amas, ama con respeto y admiración. Deseo que acompañes en su camino a las personas que ames pero sin invadirlas, ni juzgarlas, ni sobreprotegerlas. Deseo que trates de vivir rodeado de quienes te hagan mejor y confío en que tú también seas capaz de mejorar a los demás.

Y espero que cuando llegues a viejo y te tengas que echar cuentas a ti mismo acaricies con ternura las cicatrices que un día te dejó la vida por vivirla y que entonces puedas sentir algo parecido al orgullo, o quizá a la tranquilidad.

 

 

Hay que matar más vacas

Cuenta una leyenda que en una lejana aldea vivía una familia muy humilde. Tan humilde que su posesión de más valor era una vaca que les proporcionaba algo de leche para sobrevivir. Su casa era apenas de unos metros cuadrados destartalados donde se apilaban como podían siete personas, pero a pesar de todo su existencia parecía ser estable.

Un día pasaron por allí un joven y su maestro y pidieron alojamiento en aquel lugar. La familia los acogió con gran afecto ofreciéndoles lo poco que tenían para poder estar cómodos. Al amanecer los dos huéspedes se disponían a continuar su camino y en silencio salieron de la casa. Pero de repente el maestro se acercó a la vaca, la desató y alejándola del lugar, la degolló. El joven, horrorizado, increpó a su maestro: “¿cómo haces eso? ¿No te das cuenta de que esta vaca era lo único que tenían?” El maestro lo miró y le instó a seguirlo en su camino, sin decirle nada. El joven aprendiz no comprendía qué había pasado para que aquel hombre al que respetaba desde lo más profundo de su alma hubiera cometido un acto tan brutal. Ante la insistencia del chico, lo único que su maestro le dijo fue: “algún día lo entenderás”.

Un año después volvieron a pasar por aquella aldea y con gran asombro el joven descubrió que en el lugar de aquella casucha en la que se hospedaron había ahora una edificación sólida y un amplio terreno lleno de huertos y cosechas. Pensó con tristeza que aquella familia se habría ido después del incidente con la vaca, que habría llegado su ruina total. Sin embargo, la sorpresa fue descubrir que la familia seguía allí y que todo aquello que ahora poseían lo habían conseguido con su esfuerzo. El maestro se dirigió al padre y le preguntó qué había pasado para que tal cambio se produjera de un año para otro. El hombre le explicó que aquella mañana en la que ellos partieron encontraron a su vaca muerta y no supieron qué hacer. Durante muchos días estuvieron sumidos en la desesperación, aterrados, sintiendo que su único valor ya no existía. Pero ellos sí, y de alguna manera tenían que seguir adelante. Así que arreglaron el terreno y plantaron unos pocos vegetales para subsistir. Poco a poco la cosecha se hizo más grande y empezaron a vender el excedente. Con ese dinero invirtieron en más semillas y en algunos animales, y así, al cabo de un año, habían logrado prosperar.

El maestro sonrió al ver que el joven empezó a entender lo ocurrido un año atrás: aferrarse a aquella vaca era lo que siempre habían hecho y la comodidad de verse protegidos por la rutina no les hizo ver más allá. Pero cuando la vaca murió y su mundo se vino abajo, no les quedó más remedio que salir ahí afuera a luchar. Y el cambio les trajo prosperidad.

Este cuento popular no es más que una metáfora para entender que muchas veces la comodidad nos ciega de tal manera que sin darnos cuenta estamos dejando escapar todo un mundo de posibilidades. Que sí, lo desconocido implica miedo y el riesgo vulnerabilidad, pero también la oportunidad de que todo salga bien ¿te imaginas? Salir de la zona de confort no es nada fácil porque para empezar muchas veces no sabemos ni cómo hacerlo. Pero cuando empiezas a caminar en esa dirección y vas alcanzando tus pequeños objetivos la fortaleza crece y las ganas se multiplican.

Todos tenemos ataduras que nos impiden movernos en ocasiones como quisiéramos: una familia poco asertiva, una pareja a la que ya no amamos, un trabajo que no nos motiva… Mil cosas. Incluso obstáculos mentales que inconscientemente nos ponemos para justificar que estamos bien aunque no nos guste como estamos. Excusas personales para paliar los miedos tan humanos que nos aferran a lo “más vale malo conocido que bueno por conocer”. ¿En serio? ¿Vale más ver pasar tus días sin ton ni son sólo por costumbre? Yo creo que no. Los cambios no llegan de hoy para mañana y la vida es una carrera de fondo en la que desfallecer también esta permitido, pero siempre retomando la marcha. Y si hay que salirse del camino, adelante. A veces las mejores cosas suceden fuera de lo establecido, doy fe.

Puede que quien me lezona-de-magiaa piense que lo digo con mucha ligereza y que dar consejos es lo más sencillo del mundo, pero no es así. Porque quien me conoce sabe que para mí no es tan fácil aplicarme en mis propias palabras, que le doy muchas vueltas a lo que está bien y lo que está mal aunque a veces ni siquiera sepa por qué lo hago, si los juicios vienen siempre solos y lo que debería importar de verdad es nuestro bienestar interior. Padezco de exceso de responsabilidad y me cuesta mucho decir que no a cosas que por costumbre los demás ya dan por hecho de mí. Pero también he matado alguna vaca y sé que romper con el propio statu quo es de lo más valiente y a la vez gratificante que podemos hacer cuando realmente sentimos que es necesario para poder pasar página, alejarnos de lo que nos impide desarrollarnos y ser, y seguir adelante por nadie más que por nosotros mismos.

¡Tenemos que matar más vacas!

 

 

 

 

No hay anestesia para el alma

corazoncitoTengo una herida que me escuece, me pica y me tira. Tengo grapas que me ayudan a cicatrizar y sé que en unos días ni lo sentiré. Me las quitarán y todo estará bien, todo tiene que estar bien. Aunque quede una muesca de lo que pasó no será más que el signo físico de una curación. El tiempo se encargará del resto.

Pero tengo otra herida que me arde y que me rasga. Una herida que no necesita puntos ni grapas, que no sangra ni precisa yodo y que no se cura con vendajes o gasas. Una herida de esas que no tienen tiempo de reposo prescrito y se diagnostican con las miradas. Una herida que demanda receta médica emocional y que como yo, tú también tienes.

Las heridas que deja la vida por serlo. Las pérdidas, las despedidas, las desilusiones, los fracasos… La enfermedad, el bofetón, las malas caras, el rencor. Los rumbos quebrados, las malas rachas, la impotencia y el desconsuelo. Heridas que van dejando huellas más o menos perceptibles en nosotros, acumulando dolor y resistencia a partes iguales hasta que un día cualquiera una de las dos se desequilibra. Y cuando es la primera te embargan las heridas y te duelen más que nunca.

Te duele el niño desprotegido, el anciano abandonado. Te duele no poder hablar, no tener nada que decir, querer callar. Duele la música y las letras, igual que aterra el silencio y el grito. Te hiere salir de ese agujero confortable pero también quedarte en él, tener que restaurarte cansada de tanto aguantar. La herida del vacío y la ausencia te sacude mientras cocinas o cuando conduces, en actos tan simples y mecánicos que parecieran no tener relevancia. Pero es que es en lo cotidiano cuando más a flor de piel se sienten las heridas.

En las noticias del telediario, en las llamadas intempestivas, en los mensajes robados. Enterarte de lo que no quieres saber, preguntar por valiente y consumirte por cobarde. Llegar antes o después a casa, a la oficina, a aquella reunión. Variar una ruta y comprobar que los instantes existen en lo bueno y en lo malo, y que son precisamente ellos los que lo cambian todo para seguir creando sueños y abriendo heridas, para seguir con nuestra vida.

Tengo una herida que me escuece pero ni siquiera me enteré cuando me la abrieron a punta de bisturí, bendita medicina. Sin embargo tengo muchas otras heridas que me estigmatizan, me hunden y me engañan. Heridas que celo, cubro y protejo de miradas inquisidoras y juicios morales, igual que haces tú con las tuyas, mudas y sin exposición. Porque en realidad nadie muestra sus marcas de guerra emocional a la primera de cambio, no vayan a pensar que somos estúpidamente vulnerables. Y sin embargo todos las tenemos y todos las lloramos en la soledad de una cama o de improviso frente a aquel semáforo.

Nos resignamos a soportar las heridas que nos quiebran y a vivir con las cicatrices que con el tiempo nos van moldeando. Al fin y al cabo es así como se aprende a caminar: sin anestesia para el alma y saboreando todo lo que nos concede aquello vivido, amado, perdido y arriesgado.

 

 

Me perdono

Perdonar es valentía. Cuando nos hieren, nos ofenden, nos insultan, necesitamos perdonar para vivir en paz, incluso cuando faltan esas palabras de disculpa porque hay gente que no sabe pedir perdón tenemos igualmente que concedérselo. Al menos, esa es la moral con la que crecemos y es fundamental para mantener las relaciones personales saneadas y convivir en sociedad. Estamos de acuerdo.

Sin embargo, igualmente importante es saber perdonarse a uno mismo, y muchas veces ni lo pensamos. Por eso hoy quiero perdonarme por todas esas cosas que me hacen daño desde dentro, que me provoco con o sin sentido, por unos y otros, por mí.

Me perdono por haberme perdido intentando ser quien no soy simplemente para encajar en tu vida, para gustarte, quien seas. Me perdono por todas aquellas veces que callé por no molestarte, o peor aún, para no perderte. También me perdono por todos los portazos que doy, por toda esa rabia que acumulo y exploto, por las malas caras que pongo cuando algo no me parece o me incomoda.

Me perdono por suplicar atención olvidando la mía propia, qué tonta. Por pretender de ti lo que yo te doy hasta el exceso, vaciándome por momentos. Me perdono por necesitar tu reconocimiento público en forma de likes que no llegan, tags invisibles y fotos que nunca se cuelgan. Me perdono por esforzarme tanto en capturar el mejor paisaje, provocar el descaro más sexy o escribir las mejores líneas si no me concedes ningún estúpido click de aprobación. Hoy me perdono por todas las veces que lo esperé y me consumí esperándolo.

Me perdono por cederte los tiempos y las estrategias, las bridas de mi existencia. Me perdono por no saber valorarme a veces, por pasarme de orgullo otras. Me perdono las ganas de seguir haciendo regalos que se quedarán en un cajón intactos junto con notas que quién sabe, quizá terminan en la basura. Igual que muchas de las caricias y besos que di astillándome el alma, y que también hoy me perdono.

Me perdono el deseo que me hace temblar de risa, de cólera, de emoción y de esperanza. Me perdono por las noches en vela y los sueños robados, por los viajes que no concreto, las citas que cancelo y los planes que no comparto. Me perdono los celos que guardo y escupo frente al espejo, por las fisuras que te permito, por el malestar que me desangra y por creer que luego recompones mis añicos.

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Me perdono las lágrimas que no llevan mi nombre sino tantos otros. Me perdono por escuchar esas melodías tan tristes y dejarme caer en los abismos del miedo y la ansiedad. Me perdono por culpabilizarme de lo que nunca fue mi culpa. Me perdono por los daños que he justificado y las mentiras que no he evitado. Me perdono por confiar en tantas palabras vacías y en amigos que nunca te echan una mano, aunque digan extrañarte y quererte tanto.

Me perdono el exceso del corsé que a veces me asfixia. Me perdono la autoexigencia y la intolerancia al fracaso. Me perdono las flaquezas que me generan las críticas y las comparaciones absurdas, los correos sin respuesta y los mensajes olvidados. Igual que me perdono las equivocaciones, los puntapiés por el camino, las broncas, desaires y gritos.

Me perdono por sentir huracanes al verte y tsunamis al tocarte. Me perdono por recordar tantas fechas y lugares que no llevan a ninguna parte. Me perdono por serle demasiado fiel al recuerdo, por traicionarme, por romperme y empezar a olvidarte. Me perdono por todo el amor que te elige a ti por encima del resto. El amor que te muerdo y que te duele. Ese amor que no quieres. Por eso hoy me perdono los anclajes que me atan… Para poder soltar las riendas que tanto te hieren.