¡Estoy harta!

Llevo ya varios días muy cansada, agotada, hastiada. Busquen todos los sinónimos que quieran pero esta es la situación: estoy completamente harta.

Estoy harta de Puigdemont, de Rajoy, de la política del perro y el gato, de promover el “cuanto peor, mejor”. Estoy harta de corrupción, corruptelas, arengas, utopías, irresponsabilidades y orejeras. Estoy harta de escuchar de aquí y de allí voces que no nos dan voz, de proclamas suspendidas, del pez que se muerde la cola y de amenazas de patio de Primaria. Estoy harta del intercambio de cartas que no se quieren entender, de jugadas de ajedrez, de leer tantos términos y condiciones que no dicen nada. Estoy harta de banderas, cacerolas, velas, pancartas, vídeos virales, imágenes photoshopeadas, victimismo por doquier y exaltaciones a tantas patrias. Estoy tremendamente harta.

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Como también estoy harta del cáncer de mama, de pulmón, de próstata, de piel o de cualquier otro tipo. Estoy harta de malas noticias, de ictus repentinos, de tumores infantiles, de “pupitas” que no eran nada, de que la vida no se olvide nunca de regalarnos su maldita dosis de putadas. Estoy harta de las enfermedades, de las adicciones, de los desahucios, de los embargos, de las mafias, del hambre en el mundo y de las guerras pactadas.

Estoy harta de apremiar a la gente para que cumpla su palabra. Harta de perseguir respuestas y acciones, de buscar yo sola las soluciones, de intentar entender los motivos de los silencios que van y vienen. Estoy harta de elucubrar de madrugada, de whatsapps vistos y no vistos, de llamadas no descolgadas, de indirectas virtuales, de lobos sospechosamente adorables. Estoy harta de hacer reclamos y sentir que por ello molesto, de ser una intensa porque necesito una mísera réplica a mis peticiones, comentarios y palabras. Estoy harta de esos que se dicen amigos pero que nunca preguntan cómo estás, qué tal te va, si no hay un beneficio para ellos detrás. Perdón por pretender mantener conversaciones reales lejos de las banales, por interesarme de corazón y por querer dialogar, que yo no soy como esos políticos con su cuento de nunca acabar.

Estoy harta de la hipocresía, de la mala gente, de la crítica por la crítica, de juzgar las decisiones ajenas sin conocer, de etiquetar a las personas sin saber. Estoy harta de que la confianza dé asco y de la falta de lealtad. Harta del pasotismo, del todo vale, de herir con conocimiento de causa. Estoy harta de los tuits y retuits ofensivos, de la pésima educación que impera en la sociedad, de las amenazas y de los juegos y artimañas. Muy harta de las estrategias, del individualismo, de la vanidad, del orgullo y de tanto infeliz subido a un pedestal. Harta de los pies del interés y de las zalamerías convenientes que siempre paso por alto. Harta de mí cuando remuevo Roma con Santiago si alguien me pide un favor, de no haber aprendido todavía a decir que no. Harta del egoísmo, de lo superfluo, de las mentiras y de las medias verdades. Estoy harta de que cueste tanto pedir perdón y dar con sinceridad las gracias.

Estoy harta de estar tan harta.