Y tú, ¿eres feliz?

 

Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices (…) pero no es fácil conseguir la felicidad. De vita beata, Séneca.

Navegando por la red me topo cada vez con más artículos de consejos ‘buenrollistas’ para vivir al máximo, para disfrutar cada segundo, para calibrar los tipos de amistad que tenemos o para aprender a seguir adelante tras una ruptura sentimental. Artículos de esos que comienzan con un Treinta cosas que hacer antes de los 30, Los 10 viajes imprescindibles de tus veintes o Siete razones por las que un ‘adiós’ es lo mejor que te puede pasar. Voy a las librerías y la sección de libros de autoayuda y autoestima se desborda por momentos, ¿qué nos pasa? Abro Instagram y me bombardean las frases motivacionales. Los anuncios de la televisión se llenan de sonrisas y saltos de alegría…

“Todos, hermano Galión, todos queremos ser felices.”

Ya lo decía Séneca allá por el año 58 d.C. Y es que a lo largo de la historia de la humanidad la felicidad siempre se ha mostrado como el camino, la búsqueda, el sentido de la vida. Pero, ¿qué es la felicidad? La RAE la define como un estado de bienestar, de paz mental, de equilibro, de seguridad, de ausencia de inconvenientes. Otros dicen que la verdadera felicidad es dormir sin miedo y despertar sin angustia. Pero imagino que cada uno de nosotros tiene un concepto diferente de lo que supone ser feliz, o mejor aún, de sentirse feliz. “Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios”, rezaba la canción. Puede que esas tres cosas, matizadas y adaptadas, sean lo que conformen el bienestar, el placer y la seguridad, las bases para ser feliz. Pero, ¿ser feliz o estar feliz?

No siempre es lo mismo. A veces damos por hecho que la posesión nos dará la felicidad. El coche nuevo, el vestido anhelado, el viaje programado. Las cosas materiales que obtenemos como recompensa a un esfuerzo nos hacen estar felices, nos ponen contentos. Y sin embargo, a veces sentimos una especie de vacío al conseguirlo, ese placer momentáneo, esa euforia que nos embarga y que confundimos con la felicidad se derrumba al instante ¿por qué? Porque no disfrutamos del camino para llegar a ello. Estamos más pendientes de tener, de acumular, de conseguir, que de saborear incluso los sinsabores que nos conducen a eso. De la vida, en definitiva.

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No existe la felicidad absoluta y el que diga vivir en permanente estado happyflower es un loco o un mentiroso. La vida no es rosa, ni fácil, ni bucólica. Ni ganas. Sería demasiado aburrido y al final no sabríamos discernir si somos siquiera felices, pobres almas en pena. Necesitamos nuestras dosis de amargura, de reveses y de putadas para darnos cuenta de que cuando los problemas se minimizan, ahora sí, estoy tranquila, estoy feliz, estoy en calma. Lo que pasa es que a veces las putadas son demasiado crueles o vienen muy juntas, entonces es cuando nos lo planteamos, ¿qué mierda es ésta? Al carajo todos esos artículos ‘buenrollistas’, las frases motivacionales y los libros de autoayuda. Patrañas. Somos la generación que más consejos recibe (malditas redes sociales) y al parecer somos la más infeliz. Que no nos engañen con el postureo: la infelicidad también existe, la depresión y el desánimo. Y tenemos derecho a sentirlo, y por qué no, a mostrarlo. Que no pasa nada por estar tristes, que no nos asusten las lágrimas, somos humanos. No somos entes programados para la sonrisa eterna y la energía infinita. Al final esa sonrisa se congela y pierde su sentido. Al final, nos derrumbamos. Y entonces, ¿de qué felicidad estamos hablando?

La felicidad está sobrevalorada o quizá sólo está mal entendida. La vida se construye de momentos en los que estamos felices porque nos sentimos bien. Llegar a casa y tener a los tuyos, leer un buen libro, disfrutar de un rato de silencio, confesarse con los amigos, mirar el mar, conocer gente nueva, visitar otros lugares, cenar con esa persona, escuchar música, darle la mano a un niño, oír reír a un anciano. Recibir buenas noticias y que salgan adelante los proyectos que comenzamos. Una llamada inesperada, una visita sorpresa, un abrazo oportuno, un “estoy a tu lado”. Ese tipo de detalles son los que realmente nos proporcionan el bienestar espiritual que nos acerca a un estado de felicidad pero vivimos tan deprisa que ni cuenta ni valor le damos. Al contrario, acostumbramos a preguntarle a los demás por cuestiones tangibles que damos por supuestas. Que si hemos terminado la carrera, si estamos trabajando, si nos hemos casado, si tenemos hijos, si hemos comprado un coche nuevo o un apartamento en la playa. Como si fuera una competición, como si hubiera que vivir a la carrera o como si ir marcando checks previsibles en el listado de la vida fuera suficiente. Como si eso significara que todo está bien porque aparentemente todo está bien, todo está en orden o todo es “como tiene que ser”. Pero conozco a muchas personas que han hecho todo eso que se supone que tenemos que hacer, lo que todo el mundo pregunta si ya hemos conseguido y sin embargo no irradian felicidad. Pero, ¿cómo? ¡si lo tienen todo!

Lo tienen todo y no son felices. A menudo aquellos que más tienen son los más insatisfechos, bien porque alcanzar la meta no era como esperaban, bien porque en realidad llenan ficticiamente sus vacíos, bien porque se ven inmersos en situaciones que los superan y los arrastran y de las que es muy complicado salir. El quid de la cuestión es saber gestionar los malos momentos, nuestra actitud ante la adversidad, nuestra manera de proceder, nuestra humanidad. Y no, nadie dijo que fuera fácil. Las circunstancias son las que son y a veces lo más sensato es aguantar estoicamente a que pase la tormenta porque simplemente no podemos hacer más. Es cierto que vivimos la felicidad a nuestra manera, lo que a mí me hace feliz al otro le puede dar igual, y viceversa, pero al final uno mismo se tiene que enfrentar al espejo, ponerlo todo en perspectiva y cuestionarse en soledad qué es lo que siente, lo que tiene, lo que pasa y cómo puede mejorar.

Porque todos queremos ser felices, pero nunca nadie nos pregunta si realmente lo somos.

Quizá la respuesta nos dé miedo, quizá sea un tema demasiado incómodo.

 

 

 

 

 

 

El otro lado del amor

Primero dolió. Le ardió la decepción en el pecho como un aguijonazo de fuego. Le faltó el aire, creyó desvanecer.

Lloró. Derramó aquella noche lo que nunca antes había podido llorar, con más rabia que pena.

Escupió. Aborreció el veneno que había tragado por ambrosía durante años, maldito estafador.

Peleó. Atacó con ira su frialdad, impuso la vehemencia sobre la cordura, se intoxicó de sinrazón.

Odió. Detestó el desdén que acompañaba cada uno de sus desaires, de sus infames y soberbios silencios.

a5e1f5f96ee32063229eac2f5133aa7eLuego preservó. Se protegió de la melancolía manteniendo la distancia, batalló el miedo con rutina, pero de poco le sirvió.

Sacrificó. Desterró cualquier afecto al rincón más vacío de emoción, hueco de pasión, yermo de sentimiento.

Y al final lo mató. Lo arrancó de su alma, lo cegó de su memoria y lo sepultó lejos de ese corazón mancillado y herido, en carne viva, vomitando desamor.