Un colibrí herido

Se fue sin equipaje una mañana cualquiera y, aun así, se lo llevó todo consigo. Por qué ese día y no otro, quién lo sabe. ¿Lo había decidido de antemano? ¿Lo tenía programado quizá? ¿O se trataba de un impulso cruel? Ni siquiera se despidió.

Ella se quedó acurrucada en la cama como un colibrí triste y asustado, herido en sus alas, incapaz de reaccionar. Primero la sorpresa, después la duda, luego la rabia, y más allá la pena de no saber por qué, de no merecer tan solo una explicación. Pero la gente hace esas cosas: desaparecer.

Pasaron los días. Los recuerdos golpeaban feroces en cada resquicio del corazón mientras la ausencia se volvía tan pesada que asfixiaba. Las manecillas caían lentas de los relojes. Las madrugadas se tornaron eternas. Los pensamientos estrangulaban la razón que no tenía. Y las respuestas no llegaban.

¿Por qué? Era lo único que alcanzaba a balbucear entre tanta confusión. Una y otra vez, y otra, y otra… ¿por qué?

Se martirizaba recreando cada escena en su mente, las conversaciones previas, las pistas que debían indicarle lo que iba a suceder. Trató de buscar el momento exacto en el que el lazo que los unía se les rompió de una forma tan desgarrada, pero fue incapaz de encontrarlo porque no existía. Lágrimas de impotencia acuchillaron sus mejillas.

Poco a poco aprendió a enmarcar una sonrisa automática, por aquello de las apariencias. Sin embargo, lo cierto es que le pesaban las emociones como un amasijo de hierros atravesándole el alma. Un estremecimiento mezcla de esperanza y angustia le recorría el cuerpo cada vez que un pitido anunciaba noticias, aunque el agotamiento por el silencio que la azotaba sin tregua la mantenía anestesiada. Vacía. Cansada.

Salió entonces a tientas, tras intentarlo todo, con los pies fríos de andar largo tiempo perdida y descalza. Si no la querían ruidosa tampoco la tendrían callada. Recogió los retales de amor propio que creyó que le quedaban y como una cobarde, lo que no era, se fue también sin equipaje ni despedidas una noche cualquiera.

El hombre en el balcón

La primera vez que lo vi estaba asomado en su balcón. Con el torso desnudo y los brazos en jarra viraba su rostro en calma hacia el sol, intentando retener los rayos como un lagarto en reposo. De vez en cuando daba un pequeño paseo por los escasos seis metros que la terraza le permitía. Un ir y venir de pasitos cortos pero firmes, y de nuevo un descanso acalorado. Ciertamente, el sol quemaba durante aquella primavera casi veraniega y cualquier brizna de aire se agradecía.

A él no le importaba mostrar su cuerpo anciano, lo hacía con la seguridad que solo el pasar de los años es capaz de otorgar. Y a mí me gustaba mirarlo a pesar de sus carnes flácidas, de los pectorales caídos, de la barriga pronunciada y del fino pellejo que colgaba de sus brazos. Allí donde alguna vez debió de haber fuerza y juventud, imaginaba yo, apenas quedaban vestigios de un pasado mejor. Sin darme cuenta me fui acostumbrando a salir a su encuentro desde mi ventana. Siempre a la misma hora, siempre de la misma manera. Verlo acudir a una cita que sin saberlo había pactado conmigo en la distancia me hacía sonreír. Ya está ahí, pensaba, y de alguna forma aquello me tranquilizaba.

Un día se cubrió con una camisa de rayitas azules, pues la sombra le había comido terreno al sol llegado septiembre, pero él siguió repasando las baldosas del suelo con mecánica decisión. Aquellos pies que tanto habían recorrido se conformaban ahora con acariciar la limitada parcela de su cuarto piso. No parecía importarle, aunque desde mi posición no percibía al detalle la expresión de su cara. De vez en cuando una ráfaga de viento otoñal le revolvía los escasos cabellos que le quedaban y entonces se detenía para atusárselos con sosiego, como quien no le debe nada más al tiempo. Después volvían los brazos en jarra para otear resignado lo poco que le permitía el horizonte gris de la ciudad.

Las hojas de los árboles cayeron dejando al descubierto esqueletos de ramas secas que se helaban con la llegada del invierno. Durante algunos días el frío y la lluvia lo mantuvieron encerrado en casa y a mí expectante tras la ventana. Hasta que una mañana de gélida luz retomó su rutina. Sin embargo, la vida se había dado prisa con él durante tan breve ausencia. Su espalda ahora encorvada soportaba más años de los que tenía y el danzar de sus pasos se asemejaba más bien a un torpe suceso. Quise achacar la lentitud de sus movimientos al grueso jersey que lo abrigaba, pero sus manos trémulas agarradas a la barandilla me mostraban impávidas la realidad. El ocaso de aquel hombre se revelaba ante mis ojos y no podía hacer nada.

Florecía de nuevo la primavera cuando dejé de verlo. Los días se alargaban en agonía para terminar muriendo lentos, igual que lo hacían mis esperanzas. Me atrincheré en mi particular atalaya convenciéndome de que quizá un cambio de hábitos era la explicación que necesitaba, aunque sabía bien que a ciertas edades la costumbre se torna férrea y no deja paso a la espontaneidad. Una noche, las luces que tenues iluminaban la estancia dejaron de parpadear. Nunca vi mujer alguna acompañándolo y ese pequeño detalle que hasta entonces no me había llamado la atención me caló extrañamente en el alma. Una corriente de sudor frío me recorrió la columna vertebral y sentí mis piernas flaquear ante tal temido presentimiento. En aquel instante a ciegas el mundo entero se silenció, o eso al menos me pareció a mí, triste espectadora desde mi ventana. Desde entonces nadie ha vuelto a pisar el balcón, que permanece lúgubre en la soledad que escupe su persiana bajada.

Descoser un amor

Con el lánguido pesar de quien todo lo dio, con el corazón revuelto de olvido y la conciencia dormida ya en calma, se enredan como madejas entre mis manos los recuerdos, tirando de sí a ratos, queriendo ser más de lo que fueron.

Acaricio el tapiz inacabado de la historia que tejimos poco a poco, sin darnos cuenta apenas, viviendo el momento entre los ojales del deseo y del misterio, intentando quizá perdernos en los perfiles de una costura mal dada, o tal vez cosernos ingenuos y eternos. 

Los flecos de nuestra pasión velada se airean ahora temerarios tras cada zurcido de excusas, mentiras, secretos. Las decepciones se mecen en el desánimo y sobrevuela tímidamente el tul de la tristeza. Se ovilla el estómago en esa especie de agotamiento que impide volverlo a intentar, y las palabras no pronunciadas se clavan como alfileres en los dedos.

Ya no basta con enhebrar nuestros cuerpos bajo las sábanas para remendarnos, ni bordar de ilusiones las promesas que no cumpliremos. Sin embargo, te confieso, extraño el tacto algodonado de tu piel y el terciopelo de tus besos en mis labios. Me enredo una y otra vez en este encaje de bolillos que es tu vida y la mía. Pero, ¿es eso lo que quiero?

De nuevo este extraño silencio.

Hilvano a tientas emociones desgarradas junto con esperanzas tan efímeras que mueren en su propia espera. Y ni siquiera tengo ahora palabras de despedida. Nunca imaginé que esta sería la silueta del adiós cuando la indiferencia se adueña del alma y puntada a puntada nos va descosiendo el amor. 

Naufragio

Abro con esfuerzo los ojos en medio de la oscuridad. Todavía no ha amanecido y hace frío. Tengo frío. Las mantas me envuelven, pero el calor me rehúye. Tiemblo. Siento los párpados pesados, doloridos. Los vuelvo a cerrar. Me cuesta respirar, las lágrimas de anoche se han hecho escarcha en mis fosas nasales. Tengo los labios resecos, se quejan sus grietas formadas de madrugada con mi propia sal. Entonces no, no lo he soñado.

Me palpo la cara, buscando más señales de realidad, confusa. Surcos de afluentes sin cauce me cruzan las mejillas y se pierden por mi cuello. El cabello revuelto como las sábanas, la almohada húmeda y viscosa como mis heridas, supurando decepción y rabia, miedo, incertidumbre, pena. Deseo.

Silencio. Las calles siguen dormidas, no sé ni qué hora es, ni cuánto tiempo he conseguido apaciguar los latidos que anoche me retumbaron hasta enloquecer. Más bien poco, a juzgar por mi estado de lentitud y desconcierto. Aún trato de entender qué pasó, cómo pudo ser.

Necesito ir al baño y comprobar si una pesadilla puede ser verdad. Si esta lo es. La imagen que me devuelve el espejo me hace flaquear. Una mujer de ojos hinchados y tez cadavérica me devuelve una triste mirada. Esa no soy yo. Y sin embargo, cuánto se me parece. Un escalofrío nace en mis pies desnudos al contacto con el mármol del suelo. Siento náuseas. Voy a vomitar.

Nunca me ha gustado la fragilidad de un cuerpo sumiso arrodillado ante el inodoro, pero no me queda más remedio que hacerle una repulsiva reverencia. El estómago escupe cruel en un cortejo fúnebre todas las mariposas ejecutadas que yacen en mi interior. Que ya no volarán más. Lloro por ellas y su ingenuidad.

Abro el grifo del agua caliente para llenar la bañera. Casi nunca la utilizo, la vida no nos deja ni tiempo para esos pequeños placeres. El vapor inunda poco a poco la estancia, empañando los cristales en un vaho persecutorio. Dibujo un corazón y le pongo tu nombre. Sé que eso también se desvanecerá.

Me desnudo sin prisa, recreándome en la belleza del cuerpo femenino y odiándome por ella. Ese es el único tesoro que muchos anhelan, y esa es mi terrible condena. Vuelvo a temblar de frío. Alcanzo a dedicarme una mueca vacía antes de que la neblina me borre. Estoy tan delgada.

Resignada, me sumerjo. Se me eriza el vello por un segundo, al contraste, pero pronto me adapto a la temperatura infernal. Me quedo largo rato inerte, acallándome, mecida por este mar improvisado. Cierro los ojos y dejo que los recuerdos felices me penetren suaves en un intento vano por salvarme. De ti, de mí, de todos.

Sin darme cuenta, las lágrimas han empezado a brotar de nuevo y se funden como ríos en un océano de fracasos, soledad y mentiras. Inhalo una bocanada de desesperación y me hundo por completo en esta bañera redentora. Oigo como un eco el sonido del agua desbordándose porque el grifo sigue abierto, y no me importa. Mi alma pide clemencia mientras me arrastra con furia este roto corazón. Sonrío levemente, quizá, en medio de una cruenta batalla de emociones y supervivencia, aunque tampoco estoy muy segura de eso. Yo solo quería que me quisieras…, pienso, y me dejo llevar.

Vencida, ya no soy más que silencio y efímeras pompas de jabón.

El viento de las castañas

Ya no era como antes, o puede que nunca fuera como creyó, pero el disfraz que le puso sirvió para disimularlo. Lo vistió de galantería, de diversión, de detalles. Adornó sus grietas y buscó entre sus cicatrices alguna que poder curar. Quería sentirse útil, necesitada, indispensable. Volcó en él afectos desmedidos, esperando, sin esperar, alguno de regreso. Los tuvo, quizá, aunque nunca de la misma manera, pero entonces eso no le pesaba. Asumió su papel sin quejas, guiada por la inercia de las emociones. Se fue vaciando poco a poco y no se dio cuenta siquiera de lo hueca que le temblaba el alma, hasta que un día no le quedó nada más que ofrecer y fue entonces cuando entendió que mientras ella regalaba un corazón, él solo tomaba una piel. Lo había dado todo, olvidando censuras, asumiendo condiciones y, sin embargo, seguía estando anclada al punto de partida, el mismo que siete años atrás la empujó al abismo.

Aquella noche de noviembre apenas hubo palabras, la humedad de sus labios al rozarse habló por ellos, cómplices en la ebria oscuridad. Surcaron sus cuerpos despacio, calibrándose el uno al otro por primera vez, deseando no poner límites, temerosos también de no hacerlo. Se dejaron llevar. Los descubrió la luz del mediodía envueltos en un abrazo distinto a los anteriores, desnudo de vergüenza, y no les importó. Tampoco hubo palabras bajo la sobriedad del sol, pero ambos sabían que ya nada podría ser igual, por mucho que lo pretendieran. Volvieron a verse tiempo después, y con ellos regresaron atrevidas las caricias, los besos, los susurros, el deseo. Un deseo que se desbordaba en cada encuentro, como si la confianza que iban construyendo entre sábanas revueltas y cafés recién hechos fuera un valor añadido jugando a su favor.

Sí, lo era. Las palabras que evitaron al principio poco a poco surgieron. Los afectos se hicieron notorios, las ganas por tenerse se incrementaron. Con el paso de los años habían llegado a crear su propio mundo, desconocido, único. Su búnker secreto, donde podían reír de lo más absurdo, confesarse los miedos y las ilusiones, quererse entre gemidos y sueños. Nadie invadía esa intimidad, nadie la podía juzgar. Tenían sus códigos, bastaban un par de miradas para entenderse, para encenderse. Y les gustaba. A él verla libre y sonrojada, a ella verle el brillo en la mirada.

A pesar de todo, una mañana, varios noviembres después, las lágrimas afloraron sin previo aviso desde lo más profundo de un dolor callado, partido. Como ellos. Regresaron los silencios de antaño, esta vez demasiado amargos. Resonaron los portazos que no dieron. Las emociones que antes hervían la sangre, fuertes y seguras, caían ahora lentas como hojas de otoño a sus pies. Ese búnker que los protegía incluso de sí mismos empezó a quedarse pequeño, y la magia de aquel secreto insolente los ahogaba por momentos. Lucharon por retenerse un poco más, es cierto, cada uno a su manera, anhelando piel o corazón. En un flemático combate de indiferencia fingida se fueron hiriendo orgullos y deshaciendo recuerdos. En realidad, ella, aferrada, todavía sentía que podían recuperarse abriéndole sin miedo las puertas a su cápsula de felicidad. Tan convencida de quererle, tan valiente por hacerlo… Sin embargo, a él no le interesaba eso tan loco, tan ciego. Se había acostumbrado a los relojes marcando impasibles rutinas y tiempos, mientras bailaban a escondidas compases sensuales sobre sus cuerpos. Era más cómodo, o quizá solo más cobarde, eso de ignorar los sentimientos.

Pero no para ella, tan intensa, tan pasional, siempre sintiendo de más… Hasta quedarse frágil y yerma, desterrada. Así se daba por costumbre, así decía siempre adiós. Recogió entonces los pedazos de amor que le quedaban, dispersos, rasgados, heridos, y se fue de la misma manera en que llegó un mes de noviembre, mecida por el viento de las castañas.

Ahora que no estás

Ahora que se adueña de ti el silencio, me invade el temor de que no vuelvas, de que no estés, de que no me quieras como yo te quiero. Ahora que la soledad abruma mis días me asusta esto que estoy sintiendo, tan potente, tan idiota, tan intenso.

Ahora que ya no suena el teléfono, que las tardes se desvanecen entre la espera y los recuerdos, y las noches se agitan temblorosas cubiertas de hielo. Ahora que el frío asoma tímido tras los cristales y del alma brotan palabras quebradas que guardo por miedo.

Ahora te echo de menos.

Ahora que la inercia de los años nos ha traído de nuevo hasta aquí, callados, perdidos, tan lejos. Ahora que me inundan las lágrimas acumuladas y palpo el orgullo vencido a mis pies, las mentiras atropelladas me escupen con descaro, y las verdades descubren lo que nunca quise creer.

Ahora que me basta un guiño cómplice, un gesto amable, para sentir que nada ha cambiado, aunque eso sea al final lo que siempre te ruego: un cambio. Ahora que la vida me abofetea insoportable la calma, y el ansia de libertad acarrea el sabor amargo de la derrota.

Ahora te echo de menos.

Ahora que el reloj ya no marca ni siquiera reproches, que los labios se borran de esta piel reseca por el olvido, huérfana de ti, y me invitan despechados y curiosos a seguir otros caminos.

Ahora que el futuro no pronuncia más tu nombre y el pasado no quiere recordarte tampoco el mío, ahora que las locuras duermen enredadas en los cajones, y el torrente de emociones por tu ausencia me aboca al desespero.

Ahora te echo de menos.

Ahora que nuestro universo de colorines solo pinta blancos y negros, que los atardeceres rosados no nos buscan insolentes tomados de la mano, ni los bares son testigo de aquellas caricias furtivas y de aquellos besos tan tiernos.

Ahora que no estás a mi lado me pregunto si alguna vez lo estuviste. Y me pierdo confusa entre la bruma del dolor y del deseo, del rencor, del amor, de los celos. Invoco a diario el valor que nos falta para vivir como queremos, y espero paciente el momento de mi partida, o de tu regreso.

Porque ahora que no te encuentro, que te has ido, que ya no te tengo…

Ahora es cuando más te echo de menos.