El otro lado del amor

Primero dolió. Le ardió la decepción en el pecho como un aguijonazo de fuego. Le faltó el aire, creyó desvanecer.

Lloró. Derramó aquella noche lo que nunca antes había podido llorar, con más rabia que pena.

Escupió. Aborreció el veneno que había tragado por ambrosía durante años, maldito estafador.

Peleó. Atacó con ira su frialdad, impuso la vehemencia sobre la cordura, se intoxicó de sinrazón.

Odió. Detestó el desdén que acompañaba cada uno de sus desaires, de sus infames y soberbios silencios.

a5e1f5f96ee32063229eac2f5133aa7eLuego preservó. Se protegió de la melancolía manteniendo la distancia, batalló el miedo con rutina, pero de poco le sirvió.

Sacrificó. Desterró cualquier afecto al rincón más vacío de emoción, hueco de pasión, yermo de sentimiento.

Y al final lo mató. Lo arrancó de su alma, lo cegó de su memoria y lo sepultó lejos de ese corazón mancillado y herido, en carne viva, vomitando desamor.

 

 

 

 

Me voy de ti

No voy a ofrecer ni una disculpa más por algo que no hice simplemente por evitar un malestar. No voy a pedir un mísero minuto de atención ni un día más de asueto, no me interesa. No pido una consideración extra, darle la vuelta a la tortilla por enésima vez ni quemarme in extremis por nada. O por demasiado. No, no voy a pedir una explicación mentirosa ni un argumento convincente, porque yo tampoco lo voy a dar. Hoy no, hoy decido liberarte de mí… Hoy me voy de ti.

Te libero de mí y de mi necesidad constante por atenderte, consentirte y cuidarte. Te libero de mis ojos al amanecer, de mis piernas entre las tuyas y de mi boca besando tu piel. Te libero del gozo que siento al complacerte y de mis deseos por agradarte, de las dádivas que adoro regalarte, de los simples detalles que siempre me hacen pensarte.

Te libero del afán por amarte incluso en tus días más perros y de querer provocarte sonrisas destruyendo los miedos. Te libero del empeño por protegerte a costa de desgarrarme. Te libero de la bondad que siempre perdona y de este amor patoso que olvida todo lo malo al instante.

Te libero de mi intensidad, de mis ganas de saber siempre un poco más, de querer conocer lo que no me permites desenterrar. Te libero de mis preguntas latosas, de mis celos amagados, de mis ilusiones infantiles, de la loca felicidad que pretendo procurarte estando a tu lado.

Te libero de todo 11147919 - lonely girl with suitcase at countryside.lo que soy, lo que fui y lo que no me dejas ser. Te libero de mí y me voy de ti.

Me voy de tus silencios complejos y de tu vehemencia contenida, de tus susurros elocuentes y de tu vanidad engrandecida. Me voy de aquellas risas alegres, de tus cosquillas.

Me voy de la mirada penetrante que me enganchó una vez, y del veneno de tus labios que siempre me hace volver. Me voy de tu cuerpo que me sé de memoria, y de tus manos frías que igual que acarician me arañan hasta el alma.

Me voy de los llantos callados, de las noches en vela esperando un gesto, un mensaje, un guiño disimulado. Me voy de tus guerras sin bandera, de tus conflictos inacabados. Me voy de la emoción que me das, y del aliento que me quitas. Me voy de tu fuego que no sé controlar y del temor a cagarla por una palabra equivocada o fuera de lugar.

Me voy de la ansiedad, de la incertidumbre y de la confusión. Me voy de tu magnetismo candente que tanto me atrae y que también me cuesta sofocar. Me voy de las letras que llevan tu nombre, de las fotografías que no hicimos, de los viajes y sueños sin forjar.

Hoy me voy de ti con este clamor al viento de la libertad esperando que mañana me retengas un poco más, pidiéndole clandestinamente a la vida, como siempre, otra oportuna casualidad.

(Ya no) Se querían

Se querían con los labios desangrados, la piel tibia y las manos frías.

Se querían con la locura de los principios y el temor de tanta algarabía.

Se querían en las incipientes desdichas, en las improvisadas alegrías.

Se querían arañándose las vanidades con sonora egolatría.

Se querían con mentiras y silencios, con mochilas llenas y palabras vacías.

Se querían a trompicones, sin valor y con argumentos que nadie más defendía.

Se querían como tontos, como siempre prometían que se amarían.

Se querían como ingenuos, confundiendo pasión y compañía.

Se querían en la oscuridad de cualquier camastro, al amanecer en aquella playa, por los rincones al mediodía.

Se querían con astucia, algún desprecio y demasiada cobardía.

Se querían en la furia, derribando sus muros sin paz ni armonía.

Se querían húmedos y calientes, y de igual forma también se prendían.

Se querían en el odio y el rencor, en el destierro y en la melancolía.

Se querían sin tan siquiemargaritara saber quererse, pero lo hacían con el alma y a sangre fría.

Se querían tanto que batallaron todas las guerras de lo imposible y de la apatía.

Pero en aquel camino de infortunio perdieron poco a poco el sentido de sus días…

Y queriéndose de tal forma supieron que llegado el momento con un quedo «hasta aquí» les bastaría.

Se habían querido tanto, tanto, tanto… Que una mañana, sin más, ya no se querían.

La despedida

¿A quién le gustan las despedidas? A mí no, desde luego no soy buena con ellas. Diría en realidad que soy pésima gestionándolas emocionalmente aunque suela hacer de tripas corazón más por orgullo que por creencia. Y eso que las he tenido de todos los dolores, pero no me acostumbro, y no las soporto, aunque acostumbro a lucir la coraza en su máximo esplendor.

Decir adiós duele, sea cual sea el contexto, desde el más infantil hasta el peor de ellos. Duele incluso sabiendo que tras esa despedida llega algo similar a una liberación. Aunque deseemos decirlo, el miedo a ese instante de vacío, duele. Duele porque probablemente le rompemos el corazón al de enfrente o porque nos remendamos el nuestro como podemos, sin saber y sin querer.

Decir adiós tampoco es fácil cuando necesitamos (o creemos necesitar) seguir en ese bucle que nos marea, confunde y a la vez nos divierte. Ese bucle que cronometra los ratos buenos y convierte en letanía los malos pero que todavía no los desequilibra lo suficiente como para zanjarlos. Esa especie de limbo emocional que engancha y desespera, pero que cuesta mucho dejar.

Duele cuando nos dicen adiós, como un calambre interminable que te sacude entera y te hace literalmente flaquear. Eso duele el doble y da más miedo. Más vacío, más incertidumbre, más porqués sin aliento. ¿Y qué hay de los portazos en silencio? Sin palabras de consuelo, sin explicaciones de por medio, sin tiempo siquiera, y sin ganas de hacerlo. Esas despedidas cobardes te atraviesan de verdad.

Duelen las despedidas en los aeropuertos pero más en los hospitales. Duelen las noches que no se duermen sin la compañía de los que amamos. Duelen los duelos y las miradas al cielo. Duele despedirse de quien no volveremos a ver jamás. Incluso duelen los inocentes «nos vemos pronto», las promesas inseguras, las grietas en las amistades, los «estamos en contacto» mentirosos sabiendo que si no eres tú ellos no lo harán. Duelen los mensajes convertidos en humo y el alma cansada de inquietud cuando ya no puedes ni respirar.

Te prepoema despedidaguntas si vale la pena siempre tirar de la madeja que te deja cada dos por tres pendiente de un hilo con tu familia, con tus amigos, con tus amores y tus amantes, celando y recelando las idas y venidas. Queriendo ganar sin tener que sufrir, balanceando el columpio entre lo que está bien y lo que está mal. Y es entonces cuando te planteas la despedida final, la ruptura, el cortar por lo sano, el partir sin mirar atrás. Pero todavía no lo asumes y te resistes porque a veces, como escribió el genial Buesa, decir adiós no es sinónimo de olvidar.

Y el miedo a la pérdida sin retorno siempre duele mucho más.

Carta a mi ‘Titi’

Tenemos la fea costumbre de llegar tarde a los momentos: nunca decimos lo que queremos cuando queremos, no sabemos gestionar los tiempos, nos arrepentimos demasiado tarde, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos ni le damos confesión al alma cuando aún podemos. Por miedo, vergüenza, desgana o quizá por demasiada seguridad. Creemos que todo va a ir siempre bien, que habrá tiempo para hablar y para amar, otro día más, mañana mejor, ahora no puedo, después nos tomamos ese café. Pero la vida no tiene condescendencia y lo que no haces, dices o sientes en su momento te pasa factura más adelante, quizá cuando ya no hay vuelta atrás. ¿Y entonces? Entonces, el arrepentimiento.

No sé si esto que hoy escribo es una forma de alivio personal o de conformismo con la situación pero espero no llegar demasiado tarde para que escuches todo aquello que nunca dije. Para que escuches, por ejemplo, que el primer recuerdo que tengo de ti se corresponde con la imagen vaga y difusa de un hombre que vino de lejos, al que en mi casa llamábamos «titi»en vez del tradicional «tío» y que siendo yo la pequeña de la familia me vi obsequiada con el juguete de moda por aquellos inicios de los 90: un muñeco llamado Penique, vestido de marinero, flexible y casi de mi tamaño. Supongo que a esa edad lo que cuenta son los regalos y poco más puedo recordar de aquella primera vez.

IMG_20150825_131501Por la distancia geográfica y otros azares durante años sólo fuiste aquel tío casi intangible para mí que vivía lejos en el exotismo de una pequeña ciudad al norte de África, porque durante mi infancia yo no tuve la fortuna, como sí mis hermanos, de acumular vivencias reales junto a ti y los tuyos. A mí me tocó otra época, otras circunstancias, mi niñez sin Melilla, mis raíces cortadas. Hasta que de nuevo por otros azares ese lazo se fortaleció y las visitas se hicieron más seguidas, la sangre más auténtica y mi sentimiento de pertenencia a esa tierra tuya y también mía mucho más profundo.

Veranos, bodas, viajes de la nada y porque sí… Compartiendo momentos de risas, de alegría y sobre todo de optimismo y vitalidad, porque ese eres tú. Ese eres y siempre serás aunque el cáncer te mine hasta el tuétano y ya ni aliento de fuerzas puedas espirar.

No me imagino qué pasa por la mente de alguien que sabe lo que viene, que tiene tiempo para ver el final y que lo sufre como lo estás sufriendo tú, pero supongo que uno echa la vista atrás para enorgullecerse de cosas, arrepentirse de otras, y preguntarse alguna más. Y entre esas cuestiones yo sé que te preguntas qué pensamos de ti. Pues bien, lo primero que pienso de ti es que eres un superviviente nato. Un hombre luchador y optimista hasta el extremo, seguro de su valía y de que todo va a ir bien. Buscador de soluciones, más o menos acertadas imagino que como todos, pero siempre hacia adelante. Incluso cuando la enfermedad llamó a tu puerta no fue más que «un bicho» que ibas a matar. Pero a veces la vida, por más ganas que le eches, termina siendo muy puta.

Recuerdo anécdotas que me ha contado mi madre de vuestra infancia: tu forma tan especial de nombrarla, tus palabrejas cuando empezabas a hablar y lo difícil que era entenderte, tus travesuras épicas, siempre en movimiento, siempre inventando qué hacer. Imagino que lo que uno es de niño lo lleva siempre dentro, pulido por los años y la experiencia quizá, pero no deja de ser la esencia de todos nosotros. Por eso de adulto, que es lo que los demás conocemos de ti, has seguido siendo ese hombre impetuoso, de genio y figura, de chistes, de voz fuerte y de mirada socarrona.

Y con ese tú me quedo yo.

Ahora que todavía tengo tiempo quiero que sepas que eres realmente importante para mí y para quienes han tenido el placer de conocerte. A lo largo de la vida no faltan los acompañantes, sobre todo en los tiempos de dicha, pero son aquellos que quedan al final los que revelan quién fuiste. Y tú has tenido que hacer las cosas muy bien para que tu mujer, tus hijos, tus nietos, tu hermana, cuñados y sobrinos, y tus amigos de cuna, juventud y vida sigan estando contigo en tu lucha y en tu paz.

Sólo las buenas personas consiguen tener eso y tú, Titi, nos tienes a todos.

Siempre nos vas a tener.

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