Peces en el mar

Hablan por ahí de historias de peces en el mar, de clavos que sacan otros clavos, de reyes muertos y reyes puestos, de hoyos y bollos, de oportunidades perdidas y de reemplazos sin más. Así, con tremenda ligereza, como si decir adiós fuera tan fácil como cerrar un libro para empezar con el siguiente. Sin embargo, todos los que somos lectores sabemos que cuando un libro te remueve el alma no termina nunca en su última página. El poso que te deja, aunque lo cierres, no se puede disimular. Y dura. Y te azota en el silencio de la madrugada o en el bullicio de las tres de la tarde, con un recuerdo súbito, con el deseo de continuar con ese relato que a veces consideramos inacabado.

Porque historias hay muchas, sí. Pero de las grandes e inolvidables en realidad hay pocas. Y disculpa si crees que soy demasiado atrevida o insensata si digo que quiero que tú seas la mía, la que construyo a diario, la que rehúsa cualquier epílogo posible, la definitiva, la que quiero contar. No reniego de tus propios capítulos ni de los míos, al fin y al cabo ellos, trenzados y caprichosos, nos han traído hasta aquí. Tampoco lo hago de las letras que hemos trazado antes de nosotros con otras tintas y en otros cuerpos, a veces buscando la eternidad, otras siendo simplemente fugaces. Son esas palabras, esas emociones, esas experiencias, las que nos mecen por los senderos del amor y de la vida, y nos ayudan a comprender cuándo y cómo debemos escribir un poco más o, por el contrario, negociar una retirada final.

Y contigo siento que me quedan tantas páginas pendientes… Acumulamos ya borradores de sueños por cumplir, y algún que otro tachón de decepciones inevitables, pero salvables. Hemos escrito nuestros propios párrafos escondidos por miedo a destruir algo que pensamos frágil, y no lo es. Ahora me doy cuenta. Somos más de lo que podemos admitir, aunque nos guste jugar a pretender que no pretendemos gran cosa. Mucho más que las excusas que nos escupen que no podríamos funcionar, porque resulta que yo siento que sí, quiero que funcione contigo. No niego que quizá también podría funcionar con alguien más, de ahí los cuentos fantásticos de peces por descubrir. Pero resulta que llega un momento en la vida en el que una se detiene después de haber conquistado algunos mares, y siente que el que más le gusta nace en el brillo verdoso de una mirada demasiado especial. De la tuya.

Por eso quiero que seas tú quien bucee en las profundidades de este corazón que cargo rasgado por otros amores que no lo fueron. Que me conozcas en lo más oscuro, que me descubras en lo excepcional. Quiero contarte de mí hasta lo más absurdo, que sepas por qué la cicatriz de mi rodilla izquierda y de dónde mi temor a los maniquíes. Que rompas la coraza, que abras mis compuertas. Quiero que tus abrazos sean refugio y vicio, que tus manos me sostengan con fuerza cuando me sienta desfallecer, y que tus dedos me inunden trémulos hasta hacerme enloquecer.

Quiero escuchar tus historias de infancia, que te interesen las mías. Acariciar fotos antiguas, enmarcar las que vendrán. Que sigas preparándome el mejor café, que nos llueva sobre mojado una y otra vez. Quiero que seas tú quien me arrope los domingos de invierno, y ser yo quien te haga bailar al atardecer en cualquier playa en verano. Discutir cuando sea necesario, para seguir creciendo. Jugarnos a piedra, papel o tijera la próxima serie que veremos. Quiero perderme a tu lado por las calles de tantos países extraños y anotar cada beso en la piel como promesas de amor adolescente en un diario. Quiero saber de ti lo que ni tú mismo sabes y perderme en el laberinto aéreo de tu mente, aunque sé que de ahí jamás saldría ilesa. No me importa.

Estoy dispuesta a ser tu mejor misterio, compañera de risas y penas, tu mayor sorpresa. ¿Quieres ser tú el pez que navegue en mi mar?

No quiero nada

Que qué quiero, me preguntas entre el reproche y la curiosidad, entre el atisbo de esperanza y el temor. Y te contesto lo mismo cada vez: no quiero nada. Porque me parece mucho más sencillo resumirlo así que tratar de explicarte todo lo que se me pasa por la cabeza. O quizá lo hago por miedo, para cubrirme las espaldas y no salir de nuevo escaldada. Como una cobarde, sí, obligada quizá por el fracaso de haber sido tan valiente ante los espejos equivocados. No puedo magullarme más, pero…

Quiero paseos sin rumbo tomados de la mano y cafés improvisados. Quiero besos robados en el autobús o a la vuelta de la esquina. Quiero tu sonrisa en las mañanas de lluvia y el refugio de tu piel en las noches de tormenta, en las tardes soleadas de verano. Quiero sentirme protegida en tu abrazo y salvajemente deseada por tus labios.

Pero no, no quiero nada.

Quiero escuchar todo aquello que me quieras contar, y aún más eso que te cuesta tanto desvelar. Quiero que seamos cómplices de nuestras bromas y secretos, de nuestras palabras mudas, de los gestos que solo tú y yo entendemos. Quiero aprender de ti y que tú lo hagas de mí. De las lecturas, de las canciones, de los misterios.

Pero de verdad, que no, no quiero nada.

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Quiero hipnotizarme viendo arder el fuego de tus ojos mientras chisporrotean las brasas en aquella chimenea. Quiero mecerme contigo en un mar de salitre y sueños. Quiero conocer el mundo a través de tu perspectiva, desde la aldea más remota a la ciudad más cosmopolita. Quiero llegar y que estés, y quiero irme sabiendo que a mi regreso también estarás. Quiero que viajemos juntos y que construyamos un hogar.

Pero no insistas, ya te lo he dicho: no quiero nada.

Quiero trazar un mapa de cosquillas en tu espalda y mil rutas de vida a tu lado. Quiero que me incluyas en las buenas y en las malas, que cuentes conmigo y que cuando yo ya no pueda más, me ayudes a reflotar. Quiero que fluyamos a la par por los vaivenes de las emociones, de los miedos, de las ilusiones. Quiero ser el apoyo que necesitas sin que sientas que por ello me debes lealtad a cambio. No quiero ese tipo de lealtad comprada. Quiero que estemos y seamos en libertad, en plenitud, en confianza y en igualdad.

Pero no, en serio, nada de nada.

Quiero ser el resorte que buscas para atreverte. Ser siempre esa adrenalina que te recorre la sangre cuando me ves, cuando me sientes, cuando me tienes. Quiero bucear en tu pasado para comprender mejor tu presente. Y quiero que, después de todo, vayamos por un futuro común sin tapujos ni titubeos. Sí, quiero tener las obligaciones y los derechos, y asumo el riesgo de tener tu amor por completo.

Porque quiero ser mucho más que tu loca bajo las sábanas. Quiero ser tu respuesta, tu seno, tu vicio, tu antídoto, tu causa, tu remedio. Y quiero que te rindas por fin, sin tregua ni condiciones, a ese brillo que lleva mi nombre y que te empaña de felicidad la mirada.

Pero no te preocupes que cuando me preguntes, te diré, una vez más, que yo no quiero nada.

 

 

Caballo ganador

Me gusta cuando me miras como queriéndome atravesar el alma. Siento que me desnudas la piel y las emociones de la misma manera, que me destruyes la coraza, que perforas mi interior. Siento tu mirada alcanzándome en lugares repletos de gente como si fueras un cazador furtivo pendiente de su presa, a punto de atacar. Y me gusta. Me gusta ver cómo tras el brillo que ilumina tus ojos al verme se te escapa por la comisura una tenue sonrisa esperando la mía correspondiente.

Me gusta jugar contigo al gato y al ratón sabiendo que en algún momento rozaremos los dedos, los labios, las lenguas. Me gusta cuando guiñas un ojo y me desbaratas. Y cuando te ríes escandalosamente de lo más absurdo que puedas oír. Me gusta tu humor de mierda, tu necedad, tu seriedad. Me gustas hasta cabreado con el mundo, maldito gruñón. Pero me gustas mucho más cuando dices que todo irá bien apelando a cierto optimismo ensoñador. Aunque los dos sepamos que todo esto, nosotros, estamos más cerca de ser una cruel ilusión que una bonita realidad.

Me gusta cuando me acaricias, me aprietas, me dejas sin respiración. Cuando te vuelves loco en mi boca, cuando me haces estallar todo lo que llevo acumulado, cuando me dices que no te deje de hablar. Me gusta cuando te embelesas en mi cuerpo como si no existiera nada más. Cuando me buscas, me provocas, me tientas. Cuando me recuperas con paciencia cada vez que me alejo, tan seguro de que voy a volver…

Me gusta cuando recorres mi espalda y juegas a contarme los lunares, porque siempre terminas perdiendo la cuenta. Me gusta cuando te deslizas lentamente sobre mí, saboreando cada instante como si el reloj no corriera en contra. Y también me gusta cuando me agarras sin miramientos ni tiempo que perder. Me gusta sentir tu admiración, tu vocación, tu rendición. Y que me redimas a besos de todos los malos momentos que nos acechan tras las ventanas.

Me gusta esa sensación de que todo está en calma cuando tus brazos me rodean, cuando consigo acallar los miedos, las dudas, los celos, los reproches, cuando te conviertes en refugio y no en tormento. Me gusta el silencio que nos envuelve liviano sin imposturas, ése que surge espontáneo cuando nos amamos, ése que nos habla con la yema de los dedos nada más. Me gusta nuestro olor en la almohada, tu pelo revuelto por la mañana, el café que me preparas.

Me gusta vagabundear contigo por aquel parque pisando hojas secas en otoño, sentarnos en un banco cualquiera como adolescentes que empiezan, reírnos por todo. Me gusta cuando me molestas, me picas, me incitas. Cuando parece que formamos buen equipo aun siendo un par de polos perdidos y opuestos. Me gusta cuando los astros conspiran a nuestro favor, cuando bailamos al mismo ritmo, cuando fluimos en sintonía, cuando vamos en la misma dirección.

Me gustan tantas cosas contigo que, aun conociendo ya otras tantas que no, sigo apostando por ti al todo por el todo, cual caballo ganador.e3470725d2158f1ec7b5da96f666dcbd

 

 

A mi manera

No hace mucho leí en algún lugar una frase que me hizo reflexionar: ojalá vivas todos los días de tu vida. Qué obviedad, ¿no? Vivir todos los días de nuestra vida, por supuesto. Pero detrás de una frase tan simple se esconde algo realmente complejo: vivir. Y no solo eso, sino hacerlo todos los días de nuestra vida. Porque a veces sin darnos cuenta lo único que hacemos con nuestro tiempo es pasar. Pasamos de puntillas por una existencia que vemos de lejos, como espectadores ante una gran pantalla de cine en la que se proyectan secuencias con más o menos acierto pero que no nos llegan ni a rozar.

A veces el destino, las circunstancias, el momento, nos convierte en marionetas de una voluntad ajena de la que parece que no podemos escapar. Es cierto que no todo está en nuestras manos y que la vida trae consigo problemas, sorpresas e imprevistos que debemos aprender a gestionar, pero ¿qué hay de todo lo demás? De todo aquello sobre lo que sí podemos decidir y sobre todo lo que podemos actuar. A veces se nos olvida el control que tenemos sobre nuestro propio camino intentando agradar a los demás.

A mí me gusta ser intensa. Me gusta sentir que lo que hago lo estoy viviendo, lo estoy disfrutando, lo estoy acariciando. No quiero ver pasar mi vida por delante de mí, quiero vivirla, morderla, arañarla. Y quiero hacerlo como protagonista, no como actriz secundaria de un guion escrito por alguien más. Quiero rodearme de gente igualmente intensa, que disfrute de la misma manera de una tarde tranquila tomando café que de vagar sin rumbo por una ciudad desconocida. Gente que se atreva a ir siempre un poco más allá y que te anime también a ello. Gente que sea libre para decidir, que esté donde quiere estar, con quien quiere estar, y que luche por ello. Y no estoy hablando de sueños o imposibles, ni tampoco escapo a las obligaciones que la vida de por sí conlleva. Hablo de estar a gusto con uno mismo y con las circunstancias que le rodean, o al menos de buscar el camino para ello, cual sea, para estar sencillamente en paz.

Algo así tiene que ser la felicidad…

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Últimamente siento que tengo prisa por vivir, por no dejar para mañana las pasiones, los viajes, las lecturas, los paseos, las palabras, los momentos. Quiero sumergirme en todo, exprimirlo con mis dedos, sentir que no pierdo el tiempo. Quiero aprender cosas nuevas, conocer a personas distintas, empaparme de vivencias y atesorar más recuerdos. No quiero asfixiarme en la rutina ni convertirme prematuramente en una señora mayor cuando queda aún tantísimo por hacer. No quiero repetir los mismos planes de siempre por miedo a lo desconocido. Estoy cansada. No quiero esperar toda la tarde un mensaje que dé el pistoletazo de salida o que corte las alas. No quiero ver caer la lluvia solamente tras los cristales. No quiero que me cuenten las cosas, quiero saber cómo se sienten. No quiero que me gane la pereza, el conformismo, el sopor. Ni que me lo contagien. No quiero que mi vida se convierta en lo que otros quieren que sea, como sea, donde sea. No quiero ceñirme a la moralidad de otros pensamientos si no van conmigo. No quiero marchitarme eternamente en la misma zona de confort, ¡qué aburrimiento! No quiero ser siempre la que esté dispuesta a renunciar a una sonrisa, ni a dar el paso atrás por el qué dirán, ni a dejarlo estar por el temor a intentarlo.

No quiero vivir la vida de nadie más.

Porque cuando el telón baje y las luces de esta bonita función se apaguen dejándome sola frente a mí misma no quiero caer en el desconsuelo del reproche sintiendo que esto no fue como me hubiera gustado ni lo que un día imaginé. Lo que de verdad quiero es poder sentirme satisfecha por el desempeño realizado sabiendo que cuando tomé las riendas lo hice intensamente, con pasión, con errores, con aciertos, con miedos, con dudas, con coraje. Y que en definitiva logré vivir una vida plena y, como cantaba el gran Sinatra, a mi manera.

 

 

Nuestro juego de dados

Te quiero de tal manera que jamás pretenderé cambiar lo que sientes por mí aunque esa rara generosidad no me salve de nada, más bien me ahogue. Pero aprendí hace tanto a maquillar las emociones que no me tiembla el pulso al aceptar que tú ya no serás. Es cierto, claro que quisiera que todavía me amaras como una vez creí que lo hacías, vagos sueños de héroes y princesas. Pero ya no comulgo con aquello que un día me bastó y ni tan siquiera me siento orgullosa de tal credo. Patrañas. Pero es que ahí estabas tú, con tu sonrisa perfecta y ese ademán galante que inventé para ti. Y ahí estaba yo, un alma partida y necesitada. El juego perfecto para los dos.

Maldita sea, cuánto te amé. Y debo admitir que quizá a veces en mi memoria cristalina todavía te siga queriendo aunque me empeñe en camuflar con olvido e indiferencia tu recuerdo, aunque el enojo me acobarde y la culpa me comprima por una pasión que nunca fue mucho más que eso, pero tampoco menos. Te disfrazo de todo, de nada, de qué sé yo. Y te oculto en el silencio tonta e irremediablemente porque tengo miedo a perderte, a que dejes de estar incluso en esa trinchera de mi corazón que soportó más guerras que paces, pero que aún y así ondea tu nombre con honores. Qué le vamos a hacer…

593113-blowing-dice1Otras veces, sin embargo, pienso que todo este remolino de sentimientos es una ingrata confusión y que en realidad yo ya no te quiero a ti sino solo a mí. Sí, puede que todo esto solo sea el resultado de cuánto me quise siendo quien era contigo, gustándome de aquella manera tan determinada, tan capaz, tan apasionada a tu lado. Y quizá de ti ya solo queda esa excentricidad que corre por el imaginario y que me hizo enamorarme de quien creí que eras, del hombre que pensé que podrías llegar a ser, del perfecto extraño que acomodé virtuosamente para encajarlo conmigo.

Es tan caprichoso el amor y tan extraño el olvido que una nunca sabe si el azar de los encuentros favorece o castiga, si la resignación es defensa o ataque, si la frialdad es simple estrategia o si el calor de nuestros cuerpos aproximándose todavía resulta palpable. Mágico destino que nos rompe y nos corrompe con sus idas y venidas, que nos quita el aire, que nos devuelve poco a poco la fantasía de quien busca cenizas donde antes ardió el fuego y la vida. Y así, felizmente incompletos y resignados vamos ahora cada uno por nuestro lado provocando nuevos temblores, caóticos y peligrosos, apostándonos vertiginosamente algo parecido al amor jugando a los dados.

 

 

Irse a tiempo es quedarse

Me voy con la sonrisa enmudecida y una mueca afligida en la cara porque no es fácil dar el paso pero ya es hora de tomar las riendas de una senda no sé si mejor, pero sí más adecuada. Te pido perdón si tú todavía sientes que esto no acaba, que duele demasiado una palabra callada, un gesto duro o una lágrima capturada. Acepta mis disculpas y piensa que no soy yo la que se marcha, que tú lo hiciste de puntillas mucho antes, y que todos somos marionetas de esto que algunos llaman amor y otros pasiones desbocadas. Puede que sea simplemente la vida con sus rutas maltrechas, sus caprichos ocultos, sus destinos inciertos. Puede que sea todo una triste comedia, un mágico drama, una ruleta rusa o una coincidencia tan extraña como inesperada. Pero aun con dolor me convenzo de que una partida a tiempo es la única opción que nos queda para seguir siendo, ahora ya en el recuerdo de una historia que pidió eternidad y resultó quedar sesgada. No alarguemos la condena ni arrastremos los pies por una pena que no merecemos ninguno de los dos.

61a2f7_b0a4358043894561804974e0b70e2929_mv2Porque lo que un día vivimos permanecerá, estoy segura, aunque la memoria se reserve antojadiza ciertos matices. Volveremos a ser aquellos que fuimos cada uno con nuestros caminos, buscando la paz en otros cuerpos, el amor sin condiciones, el respeto y el compromiso de nuevos valores. Otras almas vendrán para guiarnos cuando la propia nos juegue una mala pasada y siempre, en algún lugar no sé si del corazón o de la mente, se escapará la sonrisa traviesa por nuestros sueños inalcanzables entonces, quién sabe si probables después. Seguiremos siendo tú y yo, lejanos y difusos, perdidos en la ausencia, bruscos, puede que amargos a veces, pero felices también.

Te lo prometo.

Estaremos en cada recuerdo que una vez construimos, en cada plato que se nos hizo añicos, en las botellas de vino que nos bebimos a medias, en cada beso que protegimos del miedo, en cada melodía a la luz de las velas. Seguiremos estando en las navidades y los cumpleaños, en los detalles improvisados, en las servilletas grabadas, en las cartas manuscritas. Y también, por qué no, en las noches de cine y de fútbol, en la torpeza de un baile espontáneo, en las risas estridentes, en las cosquillas y en los chistes malos.

Volveremos a estar en las batallas ganadas, en las guerras perdidas, en la fuerza de una palabra, en el abrazo curativo, en el nacimiento de un pequeño latido. Compartiremos con otros alegrías parecidas, secretos, misterios y retos. Mejoraremos todo aquello que no nos funcionó, aprenderemos de los errores y los tropiezos, también de todo lo bueno que nuestra historia nos brindó.

Nos quemaremos los labios con la impaciencia del café matutino, aunque ninguno podrá volver a mezclar tu sabor con el mío. Leeremos más y mejores libros quizá, pero siempre repetiremos aquellos versos que memorizamos y que tanto nos marcaron. Forjaremos nuevos sueños pero mantendremos la ilusión intacta para realizarlos. Reiremos envueltos en el eco de otras carcajadas y mezclaremos colores distintos en nuestra paleta vital, pero siempre nos detendremos un segundo ante el azul intenso del mar. Ese mar que nos llevó casi a naufragar en las tormentas del ego, que nos impregnó de sal las heridas y que terminó meciéndonos serenos cuando entendimos, por fin, que en el amor no siempre gana el que más ama.

Me despido ahora que no es demasiado tarde, ahora que todavía te quiero, ahora que la vida me da la fuerza para hacerlo sin rencores ni miedos. Porque en algún lugar sé que seguiremos siento nosotros, un par de locos enamorados, aunque ya no lo estemos y ni tú ni yo volvamos a ser los que fuimos antaño.