Nuestro juego de dados

Te quiero de tal manera que jamás pretenderé cambiar lo que sientes por mí aunque esa rara generosidad no me salve de nada, más bien me ahogue. Pero aprendí hace tanto a maquillar las emociones que no me tiembla el pulso al aceptar que tú ya no serás. Es cierto, claro que quisiera que todavía me amaras como una vez creí que lo hacías, vagos sueños de héroes y princesas. Pero ya no comulgo con aquello que un día me bastó y ni tan siquiera me siento orgullosa de tal credo. Patrañas. Pero es que ahí estabas tú, con tu sonrisa perfecta y ese ademán galante que inventé para ti. Y ahí estaba yo, un alma partida y necesitada. El juego perfecto para los dos.

Maldita sea, cuánto te amé. Y debo admitir que quizá a veces en mi memoria cristalina todavía te siga queriendo aunque me empeñe en camuflar con olvido e indiferencia tu recuerdo, aunque el enojo me acobarde y la culpa me comprima por una pasión que nunca fue mucho más que eso, pero tampoco menos. Te disfrazo de todo, de nada, de qué sé yo. Y te oculto en el silencio tonta e irremediablemente porque tengo miedo a perderte, a que dejes de estar incluso en esa trinchera de mi corazón que soportó más guerras que paces, pero que aún y así ondea tu nombre con honores. Qué le vamos a hacer…

593113-blowing-dice1Otras veces, sin embargo, pienso que todo este remolino de sentimientos es una ingrata confusión y que en realidad yo ya no te quiero a ti sino solo a mí. Sí, puede que todo esto solo sea el resultado de cuánto me quise siendo quien era contigo, gustándome de aquella manera tan determinada, tan capaz, tan apasionada a tu lado. Y quizá de ti ya solo queda esa excentricidad que corre por el imaginario y que me hizo enamorarme de quien creí que eras, del hombre que pensé que podrías llegar a ser, del perfecto extraño que acomodé virtuosamente para encajarlo conmigo.

Es tan caprichoso el amor y tan extraño el olvido que una nunca sabe si el azar de los encuentros favorece o castiga, si la resignación es defensa o ataque, si la frialdad es simple estrategia o si el calor de nuestros cuerpos aproximándose todavía resulta palpable. Mágico destino que nos rompe y nos corrompe con sus idas y venidas, que nos quita el aire, que nos devuelve poco a poco la fantasía de quien busca cenizas donde antes ardió el fuego y la vida. Y así, felizmente incompletos y resignados vamos ahora cada uno por nuestro lado provocando nuevos temblores, caóticos y peligrosos, apostándonos vertiginosamente algo parecido al amor jugando a los dados.

 

 

Irse a tiempo es quedarse

Me voy con la sonrisa enmudecida y una mueca afligida en la cara porque no es fácil dar el paso pero ya es hora de tomar las riendas de una senda no sé si mejor, pero sí más adecuada. Te pido perdón si tú todavía sientes que esto no acaba, que duele demasiado una palabra callada, un gesto duro o una lágrima capturada. Acepta mis disculpas y piensa que no soy yo la que se marcha, que tú lo hiciste de puntillas mucho antes, y que todos somos marionetas de esto que algunos llaman amor y otros pasiones desbocadas. Puede que sea simplemente la vida con sus rutas maltrechas, sus caprichos ocultos, sus destinos inciertos. Puede que sea todo una triste comedia, un mágico drama, una ruleta rusa o una coincidencia tan extraña como inesperada. Pero aun con dolor me convenzo de que una partida a tiempo es la única opción que nos queda para seguir siendo, ahora ya en el recuerdo de una historia que pidió eternidad y resultó quedar sesgada. No alarguemos la condena ni arrastremos los pies por una pena que no merecemos ninguno de los dos.

61a2f7_b0a4358043894561804974e0b70e2929_mv2Porque lo que un día vivimos permanecerá, estoy segura, aunque la memoria se reserve antojadiza ciertos matices. Volveremos a ser aquellos que fuimos cada uno con nuestros caminos, buscando la paz en otros cuerpos, el amor sin condiciones, el respeto y el compromiso de nuevos valores. Otras almas vendrán para guiarnos cuando la propia nos juegue una mala pasada y siempre, en algún lugar no sé si del corazón o de la mente, se escapará la sonrisa traviesa por nuestros sueños inalcanzables entonces, quién sabe si probables después. Seguiremos siendo tú y yo, lejanos y difusos, perdidos en la ausencia, bruscos, puede que amargos a veces, pero felices también.

Te lo prometo.

Estaremos en cada recuerdo que una vez construimos, en cada plato que se nos hizo añicos, en las botellas de vino que nos bebimos a medias, en cada beso que protegimos del miedo, en cada melodía a la luz de las velas. Seguiremos estando en las navidades y los cumpleaños, en los detalles improvisados, en las servilletas grabadas, en las cartas manuscritas. Y también, por qué no, en las noches de cine y de fútbol, en la torpeza de un baile espontáneo, en las risas estridentes, en las cosquillas y en los chistes malos.

Volveremos a estar en las batallas ganadas, en las guerras perdidas, en la fuerza de una palabra, en el abrazo curativo, en el nacimiento de un pequeño latido. Compartiremos con otros alegrías parecidas, secretos, misterios y retos. Mejoraremos todo aquello que no nos funcionó, aprenderemos de los errores y los tropiezos, también de todo lo bueno que nuestra historia nos brindó.

Nos quemaremos los labios con la impaciencia del café matutino, aunque ninguno podrá volver a mezclar tu sabor con el mío. Leeremos más y mejores libros quizá, pero siempre repetiremos aquellos versos que memorizamos y que tanto nos marcaron. Forjaremos nuevos sueños pero mantendremos la ilusión intacta para realizarlos. Reiremos envueltos en el eco de otras carcajadas y mezclaremos colores distintos en nuestra paleta vital, pero siempre nos detendremos un segundo ante el azul intenso del mar. Ese mar que nos llevó casi a naufragar en las tormentas del ego, que nos impregnó de sal las heridas y que terminó meciéndonos serenos cuando entendimos, por fin, que en el amor no siempre gana el que más ama.

Me despido ahora que no es demasiado tarde, ahora que todavía te quiero, ahora que la vida me da la fuerza para hacerlo sin rencores ni miedos. Porque en algún lugar sé que seguiremos siento nosotros, un par de locos enamorados, aunque ya no lo estemos y ni tú ni yo volvamos a ser los que fuimos antaño.

 

 

Volver a nacer

Este fin de semana vi una de esas películas que de vez en cuando se topan en mi camino y de la nada me hacen reflexionar. La cinta en cuestión se llama Volver a nacer, es del director italiano Sergio Castellitto y está protagonizada por Penélope Cruz y Emile Hirsch. Vaya por delante que no soy especialmente fan de nuestra Penélope y además ni siquiera conocía la existencia de esta película que me puse a ver un poco de aquella manera, más por llenar mi tiempo que por ganas. Y la verdad es que me fue cautivando poco a poco hasta el punto de que hoy siento la necesidad de escribir sobre ella.

Bueno, no sé si sobre ella, o sobre lo que me hizo sentir, o sobre tantas cosas, o sobre la vida en sí. Para contextualizar, y en general, diré que la trama gira en torno a una mujer que viaja con su hijo adolescente a Sarajevo en busca de aquello que un día vivió, lo que la hizo feliz, lo que la rompió en el dolor, lo que la cambió. En busca quizá de unos orígenes, o del sentido de su misma existencia. Intercalando los recuerdos en los Balcanes con el presente en Roma se va tejiendo una historia de crudeza emocional y física cuyo telón de fondo es la Guerra de Bosnia acontecida a principios de los años 90. Una guerra, como todas, salvaje e inhumana que marcó por completo a todas aquellas generaciones, hasta hoy.

En la película se tocan temas como el amor, el deseo de ser madre, las expectativas de futuro, el optimismo de la juventud y los zarpazos que todo lo cambian. Y eso, supongo, fue lo que me hizo reflexionar. Lo efímero, lo soñado, lo inesperado. La vida, al fin y al cabo. Las casualidades, o el destino. El estar allí en aquel lugar, en el minuto exacto para conocer a ese alguien o para que se te clave el puñal más hondo en el alma.

Y me pongo a pepies-descalzos-caminandonsar en mi propio camino, en mi historia, en todo lo que riendo y llorando me ha traído hasta hoy, hasta ser la persona que soy. En los amores que quedaron en la cuneta, los que nunca fueron amores. En las personas que fui encontrando y olvidando. En aquellos que compartieron parte de su tiempo conmigo pero que hoy ya no lo hacen. En los que a veces extraño, en los que ni siquiera recuerdo. Todos los que me dieron algo para aprender a ser mejor, o incluso el ejemplo para no ser como ellos.

Reflexioné acerca de cómo suceden las cosas, cómo un simple momento puede cambiar tu rumbo vital racionalmente establecido. Cómo es sentirse viva y absolutamente feliz, y qué es tocar fondo para tener que volver a nacer. Lo que significa el anhelo de tus deseos que puede llegar a convertirse en obsesión, en darlo todo por todo, y por nada. En arriesgar por una idea, en alcanzar una meta y en la lucha de tus sueños aunque en la batalla se te rompan en pedazos. Quizá es porque nunca se cumplen como esperamos, pero eso no significa realmente que salgan mal. A veces lo que no se planea sabe incluso mejor.

La película me hizo pensar en el destino, en por qué pasan las cosas o por qué no. En el ritmo a veces caprichoso que te marca la vida, queriendo acelerar y frenar a nuestro antojo sin darnos cuenta de que lo que tiene que ser, será. Y que algunas veces aquello que nunca creíste que pasaría, está pasando de verdad.

Pensé en el altruismo y el amor a los amigos que cada uno escoge y que el tiempo se encarga de poner también en su justo lugar. En aquellos que nos acompañan incondicionalmente y nos ayudan a crecer. En esa clase de amor tan intenso imposible de olvidar. Amor en una simple caricia y en el inocente deseo de abrazarse en silencio nada más. En el dolor del bebé que no nació y todo lo que con él también murió: la posibilidad de tener lo que ya nunca será, no al menos de aquella forma, con su boca y sus manos.

El desconcierto del desconocimiento y los juicios de valor que lanzamos a la ligera. La desinformación, las suposiciones, las historias a medias y las mentiras que se callan. Las verdades que no se entregan, las palabras que no se dicen, los sentimientos que afloran y que matamos por miedo. O no. Lo que se padece en las entrañas y lo que arde en el alma sin desconsuelo. “¡¿A esto le llamas amor?!”, gritaba la protagonista en pleno bombardeo mientras el hombre de su vida se alejaba sin mirarla, precisamente por salvaguardarla de ella misma y poder darle su mejor regalo.

Porque a veces las cosas no son como parecen.

Muy al final de la película, en un diálogo precioso, los protagonistas se plantean cuál es la palabra preferida de cada uno de ellos, a lo que alguien responde que la mejor de todas es “gracias”. Así, un simple y llano “gracias”. Y la verdad es que pocas palabras tiene el diccionario tan completas como ésta, y qué pocas veces la verbalizamos. Y no me refiero a cuando la utilizamos como coletilla por educación, sino a dar las gracias de verdad. Gracias a quienes pasan por nuestra vida para concedernos el mayor aprendizaje. Gracias a las casualidades que nos cambian los rumbos. Gracias a los miedos y a las lágrimas que nos hacen valorar mejor los retos y las risas. Gracias a los amigos que nos exponen las verdades desde la tolerancia y el cariño. Gracias a quienes nos infravaloran y humillan porque en su desdén nos enseñan a ser más fuertes. Gracias a todos los que nos quieren bien desde el respeto a nuestra libertad y a aquellos que nos permiten con su sola existencia saber lo que es realmente amar.

Todas esas “gracias”, las que se dan con el corazón desnudo y el alma remendada, mirándose a los ojos sin velos ni estrategias, son las que de verdad importan y sin embargo las más difíciles de pronunciar.

 

Veintitantos.

Dicen que la mejor época son los veintes. Pero yo me pregunto, ¿la mejor? Que sí, que sí, no lo dudes, ¡quién los tuviera! Y no, no lo dudo, pero sí discrepo.

Los veintes no son tan bonitos, ni tan livianos, ni tan sencillos. Muy al contrario, conforme vas sumando veintes el panorama deja de ser tan bucólico. Y sí, eres joven, qué duda cabe, pero la sombra de los treinta es alargada y maliciosa. Y aunque hoy en día la sociedad camina con tempos muy distintos a los de hace unos años, mentalmente los treintas siguen suponiendo una barrera, inconsciente quizá, pero estable.

Es como si en algún lugar estuviera escrito lo que corresponde y lo que no a cierta edad: los veintes están para experimentar, y los treintas para asentarse. Y eso, a veces, nos agobia. Ver cómo avanzamos hacia el tercer piso con unos cimientos tan inestables no provocan más que desazón y rebeldía. Pero ¿acaso una edad va a determinar mi comportamiento? ¿Acaso se me terminan las noches de ron descontrolado y estoy condenada a los vinos con medida? ¿Es que no se puede improvisar un viaje sin rumbo ni hoteles ni guía en mano? ¿Ya no tenemos edad de pensar sólo en el presente y vivirlo sin andar encorsetados?

Yo me rebelo contra todo eso, aunque a veces eso es lo que me apetezca: noches tranquilas de vino o camas de hotel programadas y confortables. Pero en cierta manera me rebelo contra ese plan oculto y preestablecido en el que conforme más cerca del treinta estás más te venden independencia y casamiento, horario de oficina e hijos por criar como algo “que ya toca”. Luego viene la segunda parte: todavía eres muy joven. Y entonces te sientes en una especie de limbo vital en el que ni tan joven como para pasar de todo como adolescente ni tan mayor como para sentir que te come la rutina y ya no hay vuelta atrás.

Porque no por estar en mis veintitantos tengo que estar pensando en mis treintas, creo yo. Esto no es una carrera por ver quién alcanza antes su estabilidad aunque Facebook cada vez esté más lleno de bodas y bebés. Al menos sigue habiendo otro gran grupo de veintitantos (y alguno más) como tú: perdidos y encontrados, con sus crisis existenciales de cinco minutos y sus arrebatos de pasiones descarriadas.

La vida da muchas vueltas y las cosas llegan cuando y como tienen que llegar. No por mucho madrugar amanece más temprano y eso es algo que me ha costado muchos años, quizá todos estos veintitantos, asimilar.

¿Destino?

Dicen que si dos personas están destinadas a estar juntas, terminarán encontrándose al final del camino. Dicen también que cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no te toca, ni aunque te pongas. Dicen que cuando deseamos algo fervientemente el universo conspira para que lo logremos.

Pero, ¿será verdad?

A veces me pregunto si todos tenemos un trazo marcado que vamos sorteando con nuestras propias decisiones según las oportunidades que vamos tomando o rechazando. A veces creo que ni siquiera existe tal trazo, que sería injusto pensar en una vida predeterminada desde el momento de nacer. Y otras creo verdaderamente que sí, que todos tenemos un destino y la clave está en que al no conocerlo no podemos actuar en relación a él ni jugar con ventaja alguna.

Tan sólo nos podemos limitar a vivir en la incertidumbre y a avanzar a través de decisiones, sumando errores y aciertos. Vivimos en constante aprendizaje un presente marcado por un pasado personal pero sin anclarnos a él, modificando las rutas sobre la marcha, creyéndonos libres. Pero esas rutas que escogemos, ¿por qué las escogemos? ¿Instinto, vocación, riesgo, seguridad, confort? O ¿destino?

Yo hoy decido salir con mis amigos o quedarme en casa según mis ganas. Decido aplicar a una oferta de trabajo u otra según mis aspiraciones. Decido viajar a un lugar u otro según mis intereses. Y todo eso no es azar, es certeza.

Pero qué hay de cuando querías quedarte en casa esa noche y en el último momento te convencieron para salir y conociste al amor de tu vida. Qué hay de cuando te dijeron “no” en aquel trabajo, y en otro, y en otro, y en otro… Y al final en la desesperanza la última llave fue la que abrió tu verdadero futuro laboral. Qué hay de cuando las experiencias acontecidas en ese viaje fueron tan fuertes que se reordenó tu escala de valores.

Y ¿qué hay de haber tomado la decisión contraria en cada momento? Si en vez de haber salido aquella noche te hubieras quedado en casa. Si en vez de haberte ido de aquel trabajo todavía estuvieras allí. Si nunca hubieras hecho aquel viaje y hubieras visitado otras culturas… ¿Qué?

No sé si es destino. No sé si lo que decidimos está de alguna forma programado. No sé si la vida nos va llevando por los puentes que tenemos que atravesar o si caminante no hay camino, se hace camino al andar.

No sé si las casualidades existen o no. Pero pienso que hay momentos y situaciones que sí pasan por una razón, aunque no seamos conscientes de cuál es esa razón. A veces el tiempo nos la dará, otras no. Pero lo que es seguro es que todo va dejando huella en nuestro trayecto y lo más importante, involuntariamente, nos lo condiciona. Aunque no queramos esperar a que el destino nos junte al final del camino porque lo bonito será que lo recorramos juntos. Aunque rechacemos la idea de que ahora no puede ser porque no nos toca, ¿y quién dice cuándo nos tocará? Aunque no confiemos en los astros, los horóscopos y la alineación de los planetas pensando que no son más que pamplinas para resignarnos.

Pero lo cierto es que aunque creamos en el libre albedrío y la causalidad, al final todos nos preguntamos alguna vez, en silencio o en secreto, si lo estamos haciendo bien, si el camino es el correcto y si todas estas vueltas que da la vida no son más que el laberinto que nos guía hacia nuestro auténtico y desconocido destino.