Estrella fugaz

A veces siente una punzada de celos con las buenas noticias ajenas. Y no es por maldad, al contrario, experimenta una sana alegría al conocer ciertas novedades pero si tiene que confesarse confiesa que por unos instantes sus ojos se velan sin poder evitarlo. Porque cuando otras celebran el milagro de una nueva vida ella todavía lo siente adentro, como una punzada muy adentro de sí, y se pregunta qué hizo mal, ¿es que no lo merecía?

Que no era el momento, que no era la manera, que no tenía que ser así. Argumentos tan válidos como repetitivos que le ayudaron a aceptar que ya nunca lo conocería pero que no sirvieron en absoluto para olvidarlo. Todavía hoy revive las emociones que le hizo sentir, y si se confiesa otra vez, lo primero que sintió fue miedo. Pánico incluso al saber que un corazoncito diminuto crecía en su interior y todo lo que ello conllevaba, ¿estaba preparada? Tan joven y alocada, con mil expectativas y planes de futuro en su cabeza, aquello llegaba como una revolución para cambiarlo todo de la noche a la mañana. Y sí, puede que fuera un imprevisto y también un shock, pero en ningún momento lo calificó de error. No soporta esa palabra aunque todos la utilicen a la ligera en los juicios de moral y valores que acostumbran a tener este tipo de cosas. Para ella aquello fue el resultado de pasiones acumuladas y tempos impacientes, fruto del deseo y también, por supuesto, del amor. Porque amaba a ese hombre tanto como empezó a amar a ese pequeño entre lágrimas confusas la misma mañana en la que lo supo dentro, o puede que incluso desde antes… Pero, ¿qué hacer de él? ¿Qué hacer con ella? Preguntas atropelladas que la mantuvieron en vela durante todos esos días en los que paradójicamente siempre estaba muerta de sueño. Cansada a todas horas, sintiendo su pecho endurecerse por momentos, desgarrándole él las entrañas pinchazo tras pinchazo. Tenía miedo, ilusión, fuerza y más miedo. Y alternaba la triste alegría de aquellos primeros momentos en los que no sabía mucho más que lo que esas dos rayitas del test quisieron contarle, con el desasosiego de ver avanzar el tiempo ocultándose a contrarreloj.

bc19fc3b43e3d8ef273181778f19c7eePero aquel incipiente sueño tenía otros planes y cuando ella por fin lo asumió como cierto, tangible y real, él prefirió no darle tregua con las presentaciones, ni con la ilusión, ni con la verdad… Y de la misma manera en que llegó a su vida, con ímpetu y desconcierto, se le escurrió entre las piernas aquella noche en la que ya no hubo vuelta atrás. No lo pudo retener, demasiado tarde para los dos. Aquella sensación le dio mucho más miedo si cabe. Sentir que lo perdía era infinitamente peor que sentir que lo tenía, y se derrumbó. No sintió alivio y mucho menos fortuna, aunque algunos le dijeron que eso había sido: suerte. No, no pudo hacerlo, nunca lo fue, y aquel vacío que le dejó, tan irreconocible, tan profundo, tan cruel, sigue intacto en un rincón de su alma tanto tiempo después. Un vacío que la arrastra por décimas de segundo al abismo del dolor cuando sabe de otros que se agarran a la vida. Y entonces, ahí va su tercera confesión, no puede dejar de preguntarse por qué tú no lo hiciste, por qué viniste para marcharte, por qué me abandonaste, por qué no me quisiste.

Pero ella sabe bien que no hay respuestas y que es inútil intentar encontrar un porqué así que se conforma pensando que esa estrella fugaz se marchó para regalarle unas alas nuevas y dejarle una huella especial en su memoria, aunque para el resto sólo dejó constancia de su paso por este mundo en un informe médico que nunca más volvió a leer. Sin embargo, ella a veces todavía le susurra alguna nana al viento y fantasea con el rostro del bebé que ya nunca podrá ser.

 

 

 

Positivo

Primero lo sintió su cuerpo, luego lo supo su alma. O quizá fuera al revés, qué importa. Días después la inevitable doble rayita del test lo confirmó: positivo.

La incertidumbre se diluía al son de su propio goteo, mojando el lápiz mágico, mientras se coloreaba irremediablemente. Pero ese miedo que aguantó y calló durante tantos días de cambios, extrañas sensaciones, altibajos y contradicciones, pasó a ser mera confusión cuando el resultado se tambaleó entre sus dedos como un débil papel. Y a la par, ese mismo miedo, ese nuevo desconcierto, esa esperada certeza de lo que estaba ocurriendo en su interior, dio paso a una lágrima que lenta y suavemente rodó por su mejilla izquierda. No era tristeza, ni dolor, ya ni siquiera era alarma. Pero tampoco era arrebato. Sólo lágrimas tranquilas, consecuentes, espontáneas y puede que hasta algo vacías de sentimiento, brotando precisamente de un cuerpo lleno.

Positivo.

Se miró en el espejo, desnuda, enfrentada a su propia imagen. Sus pechos se mostraban algo más hinchados y turgentes, su sensibilidad marcada a flor de piel. La tensión en el bajo vientre cubría el sobresalto que sentía con cada extraño pinchazo, como si algo quisiera rasgarle, estirarle las entrañas para ampliar un espacio hasta entonces virgen y hueco. Síntomas similares a otros ya conocidos pero a la vez tan nuevos que la llevaban a pensar que todo eso era irreal, que no estaba pasando, que en cualquier momento iba a despertar de ese letargo mezcolanza de éxtasis y pesadilla. Pero no, su instinto lo sabía y esa vocecilla que le retumbaba la mente y el corazón no le dejaba lugar a dudas: ella ya no era ella y nunca más volvería a serlo. Porque ahora eran ella y su precipitado futuro apremiante e incierto…

Positivo.

Se tumbó en la cama en silencio con la intención de percibir algo, simplemente algo. Cerró los ojos y posó sus manos sobre su vientre con la absurda esperanza de notar la realidad. Pero las patadas que anticipadamente quiso sentir no eran más que los golpes emocionales que se daba tratando de poner en orden su mente porque una nueva vida tan inesperada como repentina así se lo exigía.

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¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Se murió de risa y de nervios, pero también tuvo miedo. A verbalizarlo, a escucharse anunciarlo en voz alta, a compartirlo con el mundo y a confirmárselo a él. Pero sobre todo a sí misma. Esa extraña alegría que racionalmente no debía sentir, ¿o sí? Esa maldita pena bochornosa de las explicaciones calladas y las llamadas al viento, de los porqués. Ese temor sonoro, esa imaginación ingenua, esa revolución perfecta. Esa increíble sensación de paz y sosiego en medio de un auténtico caos. Ese imprevisto tan deseable como condenable le llegó una noche tan única y especial como otra cualquiera. La noche que una pasión desmedida le viró su camino sin saber que a partir de entonces iba a ser tan duro como reconfortante.

Tan positivo.