Los corazones rotos

Los corazones rotos no tienen memoria. Se rompen y se reconstruyen con la esperanza de que ese dolor nunca vuelva a ocurrir. Los corazones son demasiado ingenuos. Sufren rasguños, cortes, golpes, taquicardias. En el peor de los casos también paradas. Pero en general aguantan como campeones sin darse cuenta de que ya pasaron por todo eso antes de quebrarse en dos, la primera vez. Ellos no lo recuerdan, no lo prevén, no saben adelantarse a los acontecimientos ni descifrar las señales de alarma. Son así de tontos, los pobres. Se entregan a un abismo de incertidumbre porque son generosos y espontáneos, porque rezuman bondad, esperanza y un tremendo amor. Esos son los corazones que más sufren, los que batallan las guerras más duras, los que pierden siempre en el intento de ganar un poco de afecto. Los que esperan ser correspondidos hasta las últimas consecuencias.

Y es que los corazones rotos no saben jugar. No entienden de reglas, ni de estrategias, ni de dobles intenciones. Ellos sólo están ahí, remendándose cada vez, cosiéndose los recuerdos bonitos para sobrevivir al desastre, confiando en que todo lo malo pasará y volverán a ser felices. O por lo menos a palpitar tranquilos, que es un tipo muy necesario de felicidad. Los corazones rotos se exponen tanto que, justo antes de romperse, dejan de latir por unos instantes. Es en ese preciso momento, en ese denso vacío que queda, en el silencio amargo que sube por la garganta, cuando se siente el terrible crujido que lo destruye todo. Basta una palabra, dos. Una noticia devastadora o una simple frase a destiempo para hacer cambiar el sentido de las cosas que hasta entonces eran una realidad. Ya no son dos partes las que estallan, como aquella primera vez. Ahora son demasiados añicos reventando por las cicatrices de siempre, esas que un corazón roto se empeña tanto en ocultar.

Sí, es cierto. Los corazones rotos no tienen memoria, porque si la tuvieran yo no tendría que escribir hoy estas palabras ni ellos se dejarían romper más.

Un mar en cada gota

Qué tendrá el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas cosas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.

Gotas de nostalgia me surcan la piel dejando un reguero salado a su paso. Sonrío. El horizonte se ve muy lejos, pero ahora un poco más claro.

Gotas de esperanza salpican mi rostro, deslumbrándome traviesas. Me dicen ¡eh, tú, respira! Y me lleno los pulmones de un futuro tan incierto como retador.

Gotas de zozobra se enredan disimuladas entre mis pestañas cuando me sumerjo a solas en mis profundidades. Les doy algo de tregua, hoy no merecen contenerse con tanto empeño.

Gotas de fortaleza apuntalan mi espalda para dejar atrás un pasado que ya solo puede ser huella, camino y aprendizaje. Qué gran consuelo será poderse desprender, poderlo comprender.

Gotas de deseo nacen entre mis piernas cuando me dejo vencer por la pasión que me invade. Cierro los ojos y te encuentro siempre atrapado en un largo suspiro. Ven, te suplico. Ven…

Gotas de ilusión acarician mis labios devolviéndome el sabor de aquellos besos, como si fueran los primeros. Lo eran, quizá. ¿Y si lo intentamos de nuevo?

Gotas de indulgencia caen de mis manos en franca letanía como cuentas de un rosario. Las más difíciles, las más sangrantes. Las únicas que nos permiten seguir adelante.

Y qué será lo que tiene el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas gotas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.

Un colibrí herido

Se fue sin equipaje una mañana cualquiera y, aun así, se lo llevó todo consigo. Por qué ese día y no otro, quién lo sabe. ¿Lo había decidido de antemano? ¿Lo tenía programado quizá? ¿O se trataba de un impulso cruel? Ni siquiera se despidió.

Ella se quedó acurrucada en la cama como un colibrí triste y asustado, herido en sus alas, incapaz de reaccionar. Primero la sorpresa, después la duda, luego la rabia, y más allá la pena de no saber por qué, de no merecer tan solo una explicación. Pero la gente hace esas cosas: desaparecer.

Pasaron los días. Los recuerdos golpeaban feroces en cada resquicio del corazón mientras la ausencia se volvía tan pesada que asfixiaba. Las manecillas caían lentas de los relojes. Las madrugadas se tornaron eternas. Los pensamientos estrangulaban la razón que no tenía. Y las respuestas no llegaban.

¿Por qué? Era lo único que alcanzaba a balbucear entre tanta confusión. Una y otra vez, y otra, y otra… ¿por qué?

Se martirizaba recreando cada escena en su mente, las conversaciones previas, las pistas que debían indicarle lo que iba a suceder. Trató de buscar el momento exacto en el que el lazo que los unía se les rompió de una forma tan desgarrada, pero fue incapaz de encontrarlo porque no existía. Lágrimas de impotencia acuchillaron sus mejillas.

Poco a poco aprendió a enmarcar una sonrisa automática, por aquello de las apariencias. Sin embargo, lo cierto es que le pesaban las emociones como un amasijo de hierros atravesándole el alma. Un estremecimiento mezcla de esperanza y angustia le recorría el cuerpo cada vez que un pitido anunciaba noticias, aunque el agotamiento por el silencio que la azotaba sin tregua la mantenía anestesiada. Vacía. Cansada.

Salió entonces a tientas, tras intentarlo todo, con los pies fríos de andar largo tiempo perdida y descalza. Si no la querían ruidosa tampoco la tendrían callada. Recogió los retales de amor propio que creyó que le quedaban y como una cobarde, lo que no era, se fue también sin equipaje ni despedidas una noche cualquiera.

Aquí estoy

Aquí estoy,

con el alma partida por tu ausencia

y el rumor aún caliente de tu voz.

Aquí estoy,

entre las gotas de lluvia que nacen en tus ojos

pero brotan en los míos.

Aquí estoy,

inmersa en la lucha de poder

entre un qué dirán cobarde

y un inmenso querer.

Aquí estoy,

fingiendo con ganas la risa,

amarrando con fuerza el dolor.

Aquí estoy,

naufragando en un frío mar de dudas,

invocando por costumbre tu atención.

Aquí estoy,

esperando oírte decir con palabras

lo mismo que clama tu verde mirada.

Aquí estoy,

marcando fechas en el calendario,

viendo los días morir sin redención.

Aquí estoy,

huérfana del sabor de tu piel

buscando consuelo donde no existe el amor.

Aquí estoy,

cuidando siempre tus pasos de lejos,

batalla la nuestra de dardos y besos.

Aquí estoy,

extrañando los volcanes y los colores,

tus abrazos…

El olor a tierra húmeda tras la lluvia,

el dulzor en la palabra,

los bailes, las flores…

Aquí estoy,

de nuevo y como siempre

siendo yo el fuego al que una y otra vez regresas,

siendo tú el huracán que no arrasa,

pero tampoco cesa.

 

sola

 

 

Canción de ámbar

Llegas con ese aire pillo que me desbarata,

y pienso en todos aquellos que hablaron de catástrofes,

tsunamis, finales de un mundo errante,

y no, no era todo eso lo que venía,

eras tú.

Me besas rápido primero,

para que te ruegue más,

y me torturas con un juego de guiños y esperas,

de dulces palabras.

Y te veo ante mí,

y ya no hay nadie alrededor,

solos tú y yo,

el amor y nuestras ganas.

Un beso, y otro, tan lento como suave,

se desliza por mi cuello,

recorriéndome la espalda,

en busca de ese abismo trémulo

que habita al final de mis nalgas.

El escalofrío responde que sí

y la respiración entrecortada

se acelera con los latidos

que provocas bajo mi falda.

Sientes el hormigueo que me eleva

y te busco la boca desesperada,

mientras bailamos juntos nuestra mejor canción,

haciendo cómplice a la madrugada.

Contamos lunares a la par que minutos,

temiendo el final de la noche,

ese intruso en forma de adiós

que no da treguas sino reproches.

Me gusta tanto este día…

Pero me aterra también el mañana,

si la ausencia, el vacío, el silencio,

se adueñaran de nuestra calma.

La cordura me pide prudencia,

calla, no digas nada,

pero la mentira no encuentra refugio

en el ámbar de tu mirada.

Por ti daría otra vuelta al mundo,

al fin lo digo como lo siento,

llévame a donde vayas. 

Y tú sonríes nervioso,

y yo me muerdo el labio,

disimulada,

qué loca ¿verdad?

Siempre tan impulsiva, tan arriesgada…

Pero lo cierto es que la piel se te eriza al rozarme

y suspiran alerta tus pensamientos,

y ya no sé si es porque no me crees

o porque te asusta estar tan de acuerdo.

Entonces llega el momento

y comienza la cruda batalla

en tu mente misteriosa,

tremenda encrucijada

entre la inercia ya hueca del deber

y la felicidad que de nosotros emana.

Porque es inútil que niegues

lo que tus ojos delatan

cuando a solas, sin miedo,

sin nada,

sigo siendo yo quien habita tu alma.

unnamed

Intenciones

Llegará el verano con su irreverencia habitual, sus vestidos bailando al son de la brisa, el calor sofocando el cielo y el alma, las gotas de sudor perlando la columna vertebral como pequeñas guías de amor. Y tú, ¿dónde estarás?

Volverán las noches de insomnio y las ventanas abiertas de par en par, las sábanas ausentes o revueltas, la ropa caída en el suelo, el frenesí de los abrazos atrincherados durante meses, la urgencia por despertar unos labios resecos de besos y de sonrisas. Pero tú, ¿volverás?

Regresarán las respiraciones agitadas, los latidos sordos de un corazón acelerado, las cosquillas que juguetean entre las piernas enredadas, el agua que emana sin tregua y la marea que nos alcanza desenfrenada. Y tú, ¿también vendrás?

Se dibujará poesía en las miradas y nada importará más que nuestros nombres, brotarán emociones contenidas en lágrimas liberadas para no engañarnos más, y la vida que nazca será la más pura, la más cierta, la de verdad. Pero tú, ¿lo permitirás?

1mensaje-de-amor-en-una-botella-para-san-valentin-600x375OK

Sonarán melodías de añoranza frente al mar y el horizonte pintará de colores la distancia que nos rompe en pedazos y nos quiebra la calma. Las velas se derretirán sobre el pastel antes de que el deseo se pueda soplar, y la incertidumbre del mañana otra vez sobrevolará… Y tú, ¿me escribirás?

Estallará la pirotecnia de las ferias al atardecer mientras el fuego del delirio arde en el bronce de la piel. Se olvidarán algunas cartas inacabadas en el tintero y las palabras que nunca fueron dichas por miedo se derramarán. El futuro nos preguntará a quemarropa qué camino pretendemos tomar y entonces yo le contaré cuánto te quiero… Pero tú, ¿te atreverás?

Pasará el verano tan fugaz como siempre, y el otoño traerá consigo flores secas, alguna promesa cansada y cierta fragilidad. Los relojes retomarán el compás marcado y miles de mariposas pelearán su batalla final y, lo confieso, pienso dejarlas ganar. Y tú, ¿también lo harás?

Se rendirá la memoria ante aquel par de fugitivos que ya no huirá, las riendas que la costumbre ató se romperán, el oleaje del sacrificio querrá vernos naufragar, aunque los sueños tejidos por las comisuras de la felicidad prevalecerán. Y, después de todo, cuando la ausencia cese y el mundo avance, yo seguiré en pie aferrada a mi destino… Y tú, ¿me esperarás?