Cuando éramos felices

Dicen que hubo un tiempo en el que salir a la calle era sentirse libre. Que no hacía falta llevar guantes ni mascarillas ni guardar ninguna distancia de seguridad. Un tiempo en el que los horarios no se restringían, donde no se sabía lo que era un estado de alarma ni un toque de queda más allá de lo que los libros de texto narraban. Cuentan que en los supermercados nunca faltaba el abastecimiento, que en las farmacias te atendían sin mamparas, y que se podía acudir a comprar cualquier cosa sin el riesgo que significa ahora exponerse a los demás.

Dicen que en el transporte público la gente se apelotonaba sin reparos, que todos tocaban las mismas barras, que se hablaban a pocos centímetros, que se rozaban las pieles. ¿Te imaginas? Y que organizaban marchas para mostrar su disconformidad social y promover el cambio. ¡Se hacían manifestaciones!

Dicen, además, que había unas salas con olor a palomitas donde se proyectaban películas que podías ver en compañía de extraños, y que lo mismo pasaba con las obras de teatro. Y que los cantantes, de vez en cuando, se subían a unos escenarios para tocar en vivo al calor de su público. Aseguran que las aficiones vibraban viendo jugar a sus equipos en directo y que el ambiente que nacía con miles de corazones latiendo a la par es difícil de explicar. Comentan algo de unos locales repletos de jóvenes bailando hasta altas horas de la madrugada, bien pegados unos con otros sin conocerse de nada. Y que incluso algunos salían de allí con nuevas pasiones que con suerte sobrevivían al desayuno de la mañana siguiente. Sin pasar filtros ni utilizar máscaras, como auténticos inconscientes.

Dicen que antes podías abrazar a los tuyos sin temores, y que besarse no estaba prohibido. Que cuando un ser querido moría se le despedía dignamente, en familia, con honores, sin prisas. Que se podía llorar en los hombros de alguien más sin que ello comportara un grave peligro. Que el consuelo físico estaba bien visto y que era, de la misma manera, muy necesario.

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Dicen que estaban acostumbrados a pasear en pareja ¡y hasta cogidos de la mano! A sentarse en las terrazas al sol cuando llegaba la primavera, a compartir copas, risas y sueños. Y que lo disfrutaban muchísimo. Reconocen que a veces se venían arriba haciendo planes que luego no cumplían, y se arrepienten de no haber exprimido mejor cada momento. Aunque también hablan de viajes que hicieron más allá de sus fronteras, cuando para moverse por el mundo solo bastaba una mochila y un pasaporte en regla. Podían palpar con los cinco sentidos otras culturas, otras gastronomías, otros ritos, otros idiomas, a otras gentes… y enriquecían su alma sin pretenderlo.

Dicen que la enseñanza era presencial, que existían colegios y universidades donde el apoyo del grupo era de gran ayuda para seguir adelante. Que los niños jugaban en los parques, que hacían fila esperando su turno para volar en un columpio y que se empujaban divertidos en los toboganes. Y opinan acerca de unos lugares de atracciones que eran mucho mejores que los videojuegos, como unas ferias a lo grande. Que correteaban por las calles de los pueblos en verano y que invitaban a sus amigos a hacer fiestas de pijamas en sus casas, ¡menudo nombre! Pero en su memoria se antojan divertidas, incluso las guerras de almohadas entre hermanos, y las cosquillas, y las luchas, y las peleas y la manera en que se molestaban dándose pellizcos a escondidas. Porque en el contacto no pasaba nada.

Dicen que antes de esto los abuelos colmaban de besos a sus nietos, los consentían, los achuchaban, los protegían, y no se enfermaban por eso. Y que las familias se reunían alrededor de una mesa para celebrar, y reír, y debatir, y perdonar. Que cualquier excusa era buena para juntarse, para quererse, para sentirse cerca sin necesidad de apretar el botón de videollamada.

Asumen con tremenda nostalgia que estaban tan seguros de su férrea pertenencia, de la magia de lo establecido, de todo lo que siempre habían conocido, de la verdad, de lo tangible, de la rutina de las pequeñas cosas que los sujetaban a la realidad, de la amistad indiscutible, del contacto social, del amor sin condiciones, de un abrazo oportuno, de la inquebrantable libertad… Que sin percatarse habían dejado de valorar la vida en su sencillez incapaces de sospechar que llegaría un día en el que ya nada de eso existiría fuera de su recuerdo. Y cuando ese día llegó y la vida rugió viniéndose el mundo abajo, entendieron que en aquellos tiempos pasados la felicidad les había estado acariciando, sin darse cuenta, las manos.

Y fue entonces cuando lloraron.

 

 

El coraje de ser feliz

Hay momentos en la vida en los que, por esperados que sean, cuando llegan te revolucionan por completo. No le puedes poner medida a las emociones por mucho que insistas en que las sabes manejar, en que el control es lo tuyo, en que puedes con esto y con más. A veces la vida te sorprende con esas bromas del destino que hacen virar tu rumbo 180 grados, mareándote tanto que ni siquiera sabes dónde estás.

Otras veces nos perdemos en conversaciones inconclusas, cerramos los ojos a una realidad que no nos interesa ver, huimos de todo aquello que no queremos afrontar por miedo. Porque sí, somos cobardes, nos escudamos en la responsabilidad, en el qué dirán. Nos da pavor cambiar nuestro statu quo por mucho que ese Pepito Grillo que todos llevamos dentro nos grite horrorizado que así no vamos bien. Apretamos la venda en los ojos y le buscamos justificación a todo. Decimos que no sabemos qué hacer, cuándo, cómo… Pero no es verdad. Una vez leí que si tienes dudas acerca de algo trascendental apuesta tu decisión a cara o cruz porque justo cuando la moneda esté en el aire, en esa milésima de segundo, sabrás realmente de qué lado quieres que caiga. Y funciona. Porque todos en el fondo sabemos lo que queremos, aunque nos dé pavor admitirlo, aunque vaya incluso en contra de quienes somos o creíamos que éramos, aunque una simple decisión pueda ser tan drástica como para cambiarlo absolutamente todo, aunque ello conlleve un terremoto emocional en ti y en todos los que te rodean. Pero ¿importa?

Pues sí importa, porque importas tú.

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Con el paso de los años, de las personas y de las experiencias, he aprendido que hace falta tener mucho coraje para ser feliz. Sí, hay que echarle huevos a la vida y plantarle cara a todo aquello que nos quita la sonrisa, que nos roba la paz. Aunque eso duela y aunque sea una decisión demasiado difícil para tomarla. Claro que lo es, y por eso mismo la posponemos. Dejamos para mañana la felicidad pensando que, bueno, en esta inercia no se está tan mal, que puedes aguantarlo un poco más. Pero aguantar no es un verbo que deba conjugarse en el día a día ni debe ser predicado vital. Tenemos muy poco tiempo como para conformarnos con el «más vale malo conocido…» o como para estar perdiéndolo vagando de puntillas por algo que ya no va con nosotros. Igual nunca lo fue, o quizá sí. A lo mejor el paso de los años erosiona de tal manera que lo que un día nos pareció suficiente hoy ya no lo es. ¿Y te vas a conformar? Entonces déjame decirte que eres un idiota.

Si sabes dónde está tu felicidad, cómo, con quién, de qué manera, y no vas a por ella entonces ni siquiera te la mereces. Claro que duele, cuesta, asfixia. El primer paso es siempre el más difícil, pero si tienes la suficiente valentía como para darlo, no te eches atrás. Nadie sabe qué pasará mañana, si tus decisiones serán las acertadas o no, eso solo el tiempo lo dirá. Pero si hay algo de lo que estoy segura es que no intentarlo siempre será mucho peor. Quedarse inmóvil en la línea de salida es arriesgarse a perder cualquier oportunidad de mejorar. Acomodarse en el limbo de la incertidumbre te va carcomiendo por dentro lento pero sin dilación, y esa procesión de «y sis» y «hubieras» que revolotea en tu alma te condena directamente al patíbulo. Y de tristeza, no lo olvides, también se muere.

Así que cuando veas tu vida descomponerse, cuando sientas que esa persona ya no, cuando alguien más te haga sentir que sí, cuando tu trabajo te robe la energía cada mañana, cuando la motivación ya no encuentre su lugar, cuando las emociones se te escurran sin pena ni gloria, cuando el hartazgo de la espera te haga renunciar, cuando un sábado te sepa a lunes, cuando un martes ya no puedas más, cuando la rutina te pese demasiado, cuando te canses de estar siempre detrás… Sal de las sombras y enfréntate a ese vacío que por llenarlo de sinsentidos ya no te deja avanzar. Cambia todo aquello que no, por todo aquello que sí. Y asume plenamente las consecuencias de vivir tu vida y de ser sencillamente feliz. No hay mayor valentía que ésa.

 

 

Las cosas bonitas

El temblor previo a un beso.

Un suave roce sin querer, queriendo.

Los buenos días somnolientos.

La ropa desmadejada en el suelo.

Una sonrisa espejada en la mirada.

Las lágrimas nacidas en una risotada.

Los libros que se atesoran en el alma.

Las frases que alguien más acaba.

Los dedos entrelazados al andar.

Las noches acurrucados en un sofá.

Las huellas del camino que va quedando atrás.

Las tardes de domingo frente al mar.

El lugar preciso, el momento adecuado.

El cálido invierno, la lluvia en verano.

El olor a café recién hecho,

a dulces, a guisos, a pan tostado.

Los abrazos que aprietan

y las palabras que abrazan.

Las heridas que se curan

y los sueños que se alcanzan.

El eco de los latidos en cada reencuentro.

Los acordes de una guitarra que suena a lo lejos.

La conciencia tranquila, la duda en silencio.

Mis miedos en tu regazo, tu hogar en mi pecho.

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Cansada

Hay días en los que la vida te hace click como si de aquel viejo resorte se tratara, medio oxidado y apenas sin fuerza intentando saltar o detenerse como queriendo decir hasta aquí. Porque hay días en los que el peso de muchas circunstancias acumuladas, de muchas emociones ahogadas, de muchos noes disfrazados de síes puede contigo y de repente te sientes profundamente harta y cansada.

Cansada de estar siempre para todos, de alterar tu ritmo por los demás, de cuadrar agendas sacrificando tus deseos y de que luego la reciprocidad brille por su ausencia. Cansada de quedarte en un abismo de sentimientos inconcluso, ni contigo ni sin ti. Cansada de ser la bonita y divertida segunda opción de amores y amigos. Cansada de tener que salir en defensa propia buscando el escudo de alguien que en realidad nunca te defenderá. Cansada de batallar con la razón y el corazón y de que vengan a vulnerar tu tregua emocional cada dos por tres. Cansada de que no coman ni dejen comer.

Cansada de que un mísero fallo se convierta en reproche, en montaña, en pelea. Y que los aciertos no se valoren porque mágicamente los damos por hecho, porque siempre estuvieron ahí, porque tiene que ser así. Cansada de la exigencia que se sube a la espalda y que no nos deja ni respirar, de la gente que abusa de la vulnerabilidad para crecerse más. Cansada de que no se respeten los silencios, de la gente que habla sin parar y que tiene la desfachatez de darse la vuelta cuando se trata de escuchar. Cansada de la mala educación, del protagonismo, de tanto yo-yo. Cansada de que no nos detengamos un segundo a ver, a sentir, a percibir. Cansada de las prisas, de correr, del tiempo que se nos escurre vacío entre los años. Cansada del objeto por encima de la persona, de la idolatría, del tanto tienes tanto vales. Cansada de ver cómo se extinguen los te quiero, los perdones y los agradecimientos.

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Cansada de tanta palabrería y de innumerables promesas etéreas. Cansada de hacer planes que no se cumplirán, de caminar siempre punteando la misma rutina, de reducir el mundo a una asfixiante zona de confort. Cansada de la falta de huevos, del conformismo, de aferrarse a lo que no nos llena por miedo a lo incierto o por simple comodidad. Cansada de esperar tanto. Cansada de poner buena cara para no incomodar al de enfrente mientras en mi interior libro una cruenta guerra de sentimientos y razones. Cansada de las estrategias y de la falta de naturalidad, de la poca implicación y del maldito qué dirán. Cansada de ser paciente, de no romperme, de ser valiente. Cansada de justificarme, de ilusionarme, de decepcionarme, de volver a empezar, de dar(me) infinitamente la última oportunidad. Cansada de lidiar con mentiras, con egos, con locuras, con celos. Cansada de la carga de lo ajeno y de no poder decir basta, no quiero esa responsabilidad. Ya estoy cansada de todas esas piedras que se acomodan en la espalda entorpeciendo el camino a la felicidad.

 

La gente que me gusta

Me gusta la gente inesperada. Esa gente que hace las cosas porque sí, porque lo siente, porque le sale, porque te quiere. Personas que viven sin complejos, que ríen con ganas, que derrochan libertad. Me gusta esa gente que fluye como si fuera un relámpago o que te sacude el alma como si se tratara de un huracán. Esos que estallan sinceros, que viven sabiendo que esto un día se nos terminará.

Me gusta la gente que mira a los ojos cuando habla y que busca en los labios el camino si se pierde. Aquellos que te toman de la mano para infundirte seguridad o confianza, que te abrazan con el corazón lejos de darte una fría e hipócrita palmadita en la espalda. Gente que no le teme a la verdad, que no se oculta tras una máscara, que no disfraza con abalorios de grandeza su auténtica realidad.

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Me gusta la gente atrevida, curiosa, imprevisible. Personas espontáneas que no tienen miedo a idear, probar o conocer. Esos que están siempre a punto para un buen plan, que te siguen el juego y las locuras sin preguntar demasiado porque simplemente disfrutan estando a tu lado. Esos mismos que también son el aliento cuando eres tú quien ya no sabe cómo ni por dónde avanzar, los que no te permiten caer pero si lo haces se tumbarán junto a ti hasta que te vuelvas a levantar.

Me gusta la gente que no tiene horarios ni que va a las citas con el tiempo justo o predeterminado. Aquellos que no buscan en las agujas del reloj el toque de queda, los que no utilizan el móvil para escapar de una conversación, esos que no inventan excusas ni ponen pretextos alegando que no pueden cuando en realidad es que no quieren.

Me gusta la gente detallista y deslumbrante. Personas generosas que tienen la capacidad de sorprender con un simple detalle, de provocar sonrisas y de construir momentos bonitos y agradables fuera de lo que dicta el calendario. Esa gente que se acuerda de preguntar cómo estás o qué tal te fue porque les interesa de verdad. Me gusta la gente que calla, que valora el silencio, que no te atropella con su verborrea, que cede la palabra y que sabe, por encima de todo, escuchar.

Me gusta la gente respetuosa y consecuente. Esas personas que defienden una opinión sin menospreciar la de enfrente, que no tratan de cambiarte ni de convencerte. Esos que abren sus brazos y su mente a nuevos retos y experiencias, que dejan los prejuicios a un lado, que no viven de cara a la galería. Gente decente que no se retroalimenta del ego ni de la envidia, que huye de la pose y que detesta el qué dirán.

Me gusta la gente emocionalmente valiente. Esas personas que no le temen a los sentimientos, que no se incomodan ante una lágrima ni les asusta una declaración de intenciones. Esa gente apasionada a la que le hierve la sangre con la injusticia y que afronta de cara tanto lo bueno como la adversidad.

Me gusta la gente viajera, exploradora, entusiasta. Esos que no se detienen, que no temen, que indagan, que aprenden, que quieren. Me gusta muchísimo toda esa gente que te hace sentir parte fundamental de su vida sin importar tiempo, distancia ni edad. Esas personas que se convierten en tu otra familia sin tener que compartir necesariamente un hogar. Esos que te regalan un sitio, un motivo y una razón. Esa gente importante que se nos cruza en el camino para hacernos mejores personas. Ellos: los que son y los que están.

 

 

Lo que deseo para ti

Deseo que la vida te sonría y que aprendas a sonreírle tú a ella cuando se le olvide tratarte con condescendencia. También deseo que de vez en cuando lo haga, sí, que te golpee, que te haga bajar de la nube para que le abras los ojos a la cruda realidad. Así es como se aprende, como se crece.

Deseo que tengas amigos, muchos a poder ser, de diferentes ámbitos, círculos y culturas. Pero sobre todo, deseo que tengas uno, aunque sólo sea uno, a quien puedas confiarle ciegamente tus alegrías, tus miedos, tus locuras y tus miserias. También, por qué no, deseo que tengas de esos malos amigos que sólo te quieren por interés para que te hagan dudar de tus certezas y reaccionar cuando estés haciendo las cosas mal.

Deseo que viajes, que te muevas, que te atrevas a conocer y que nunca dejes de sentir curiosidad. Deseo que tu mayor aventura esté siempre por llegar y que sepas atesorar cada experiencia que te brinde la vida como si del mejor regalo se tratara.

Deseo que seas emocionalmente generoso con las personas que te rodean, lo suficientemente humilde como para poder aceptar un buen consejo y sabio para entender la importancia del silencio y de ceder tu palabra para escuchar a los demás.

Deseo que seas sincero en tus promesas pero más en tus actos. Deseo que te quejes cuando algo te incomode, pero no que ataques y hieras. Deseo que opines de todo, pero sin criticar. Deseo que no te escondas de ti mismo, que no trates de huir de los sentimientos y que no disfraces con mentiras la verdad.

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Deseo que aproveches las oportunidades que se te presenten y que busques nuevas alternativas cuando algo no te convenza. También deseo que flaqueen tus fuerzas para que no te acomodes, que el desasosiego te sirva para reinventarte y que luches con más convicción cuando te vuelvas a levantar.

Deseo que ames profundamente sin el temor a lo incierto. Y quiero que te amen de la misma manera, que te amen mucho pero sobre todo que te amen bien. Y si llega el momento de decir adiós deseo que tengas un buen olvido, lejos del pesar y de la venganza. Que llegue el día en el que puedas voltear al pasado con una sonrisa y que te conviertas al menos en un bonito recuerdo para quien quiera custodiarte en su memoria.

Deseo que seas tolerante con lo que te disgusta, paciente con los errores que cometen los demás e igualmente justo con los tuyos propios. Deseo que el rencor no te coma por dentro pero que si empieza a hacerlo lo sepas detener. Deseo que tengas algún fracaso para que los éxitos no se te suban a la cabeza con demasiada facilidad, y que si eso pasa espero que no te falten aquellos que te vuelvan a poner en tu lugar.

Deseo que confíes en la gente pero que si te menosprecian te alejes sin titubeos. No quiero que fuerces ni que lastimes, no quiero que aguantes todo por nada ni que te aferres al dolor con resignación, pero que si eso ocurre que al menos tu duelo sea corto.

Deseo que de vez en cuando le des una tregua a tu exigencia y te permitas llorar para sanar. Que si te azota la angustia no sea imaginaria y que si algo te ahoga aprendas pronto a nadar. Quiero que dejes en manos del tiempo todo lo que realmente no puedes controlar.

Deseo que no te pongas cadenas ni que trates de ponérselas a nadie por ti. Ama sin ser posesivo, ama la libertad de quien amas, ama con respeto y admiración. Deseo que acompañes en su camino a las personas que ames pero sin invadirlas, ni juzgarlas, ni sobreprotegerlas. Deseo que trates de vivir rodeado de quienes te hagan mejor y confío en que tú también seas capaz de mejorar a los demás.

Y espero que cuando llegues a viejo y te tengas que echar cuentas a ti mismo acaricies con ternura las cicatrices que un día te dejó la vida por vivirla y que entonces puedas sentir algo parecido al orgullo, o quizá a la tranquilidad.