El amor

El amor es un estallido de furia,

una gota de calma, una noche de luna.

El amor es un sueño que abarca

el eco de una risa, un rayo de luz en penumbra.

Es una emoción que desnuda,

una pena que embriaga, un dolor que se escuda.

El amor te llega y te atrapa,

te cura, te aturde, te enloquece, te amaga.

Te busca por los rincones, te lleva en volandas.

El amor te sacude con fuerza,

te revienta los muros, te deja descalza.

Te sube al cielo, te regala esperanza,

te confunde, te entusiasma, te revuelve las entrañas.

El amor es un loco que te hace pensar

que se puede tocar con los dedos la eternidad.

Es un matiz callado, una batalla ganada,

la sonrisa, el llanto, un beso perdido, una caricia velada.

El amor te eleva, te aferra, te rasga,

es un canto de sirena, una dulce trampa.

El amor te promete, te busca, te gusta y te espanta.

Es un destello de burla, la vela que se apaga,

una triste verdad, un arañazo de magia.

Es coraje, imprudencia, veneno voraz.

El amor enreda, anhela, atormenta y avasalla,

te inventa excusas, te apasiona y te sacia,

te llena el vacío, juega, te culpa y te aletarga.

Es un extraño que rompe la paz,

que arrasa con fuego, que irrumpe con rabia.

Y cuando ya te tiene te quiebra la vida,

te muerde en el alma, te clava sus garras.

Te suelta, te olvida, te desangra entre lágrimas,

te confunde, se ríe de ti, se venga y te desarma.

El amor te roba la ilusión, te consume las ganas,

te arroja al olvido, te destruye y ni se apiada.

El amor que te hace feliz un día se marcha,

y te deja rendida, ahogada, temblando, cansada.

Con la mente desbaratada te rompe de celos, te quema de ansia,

y al final te miente, te duele, te pisa, te explota y te mata.

Sindrome-Corazon-Roto-Takotsubo-Morir-Amor

 

 

 

¡Se acabó!

Cantaba con fiereza María Jiménez allá por el 78 aquello de “¡se acabó! Porque yo me lo propuse…” como un grito de guerra contra la hartura de estar siempre, de ser siempre, de esperar siempre, de dar siempre. Contra todo lo que a todos nos ha hecho daño alguna vez, contra lo que hemos permitido queriendo y sin querer. Hasta que un día probablemente se miró al espejo y se dijo “se acabó”. O quizá no, quizá fue sólo el estallido de una canción y no de un dolor, pero eso en realidad no importa porque quién no ha gritado más de una vez como ella un potente e irrevocable “¡se acabó!”.

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Se acabaron las excusas que no llevan a ninguna parte. Las que nos ponemos a nosotros mismos por miedo, por vergüenza o incluso por pereza. Incluso esas excusas estúpidas que nos hacen tragar los demás y que aceptamos como buenas por no ponernos a pelear. Pues no, grítalo claramente: ¡se acabó!

Se acabaron las noches, los días, las tardes aguardando un movimiento en el tablero de la vida en la que ya no jugamos porque perdimos la partida, o quizá porque la ganamos. Ya no más arrastrar situaciones y sentimientos, ya no más cargar con resentimiento. No, grítalo bien fuerte: eso ¡se acabó!

Se acabaron las palabras mudas y el conformismo con lo que nos duele. A veces pensamos que es mejor dejarlo pasar, qué más da, no vayamos a crear un conflicto, no vayamos a molestar a alguien más. Pero callarse no conduce a nada así que no, eso tampoco lo hagas. Grita para que no se te enquiste el dolor y diles a todos que eso también ¡se acabó!

Se acabaron los cuentos chinos y las ventas de humo, los ni contigo ni sin ti, las intermitencias, las apariencias, los caprichos efímeros y los perros del hortelano. Adiós a la gente interesada que te busca como si todo, que te olvida como si nada. Que no, que no merece la pena, díselo bien alto: ¡se acabó!

Se acabaron las flagelaciones que nos imponemos y la aceptación de que si no nos piden perdón es porque bueno, quizá no era para tanto, quizá yo saqué las cosas de quicio, quizá yo me equivoqué. Deja de convencerte de que tú tienes la culpa del mal comportamiento de los otros, de su miserable personalidad, de su pésima condición humana. Claro que no, por tu bien asume que esto también ¡se acabó!

Se acabaron los mensajes a medias y las llamadas perdidas, las noches en vela, la angustiante espera, los nervios temerosos y las malas maneras. No más estar ahí la primera, no más ser la niña buena, no más permitir que las mentiras se conviertan en rutina y que los desprecios se arreglen con cuatro besos. Libérate de todo eso, plántate cara a ti misma y a tus sentimientos y repítete que eso y todo lo que no te aporta nada, ¡se acabó!

Se acabaron las malas caras, las lágrimas inmerecidas, las sonrisas heladas. Se acabaron las promesas vacías que tomamos como ambrosía porque de algo nos tenemos que alimentar el corazón y claro, mejor de palabras que de hechos, así de tontos nos pone el amor. Hasta que un día la balanza se equilibra para ti y te das cuenta de que eso ya no va contigo y vuelves a gritarlo: ¡se acabó!

Todos tenemos nuestros propios demonios y nuestras propias batallas, todos tenemos ese algo o ese alguien que nos hace volver, que nos hace caer. Esa debilidad mal gestionada o esa dependencia encadenada. Todos tenemos miedo a romper, a escapar, a lo incierto de dar un paso al vacío y de desligarnos de la costumbre o la comodidad. Nos repetimos “un poco más” porque confiamos en que algo cambiará, en que las piezas del puzzle en algún momento encajarán y así vamos viviendo el día a día, con fingida felicidad. Pero cuando una situación resta más energía de la que aporta y eso se prolonga en el tiempo no queda más remedio que emular a aquella María Jiménez del 78 y con la voz desgarrada de coraje y razón gritar que no, que ahora ya sí… ¡Se acabó!