Caballo ganador

Me gusta cuando me miras como queriéndome atravesar el alma. Siento que me desnudas la piel y las emociones de la misma manera, que me destruyes la coraza, que perforas mi interior. Siento tu mirada alcanzándome en lugares repletos de gente como si fueras un cazador furtivo pendiente de su presa, a punto de atacar. Y me gusta. Me gusta ver cómo tras el brillo que ilumina tus ojos al verme se te escapa por la comisura una tenue sonrisa esperando la mía correspondiente.

Me gusta jugar contigo al gato y al ratón sabiendo que en algún momento rozaremos los dedos, los labios, las lenguas. Me gusta cuando guiñas un ojo y me desbaratas. Y cuando te ríes escandalosamente de lo más absurdo que puedas oír. Me gusta tu humor de mierda, tu necedad, tu seriedad. Me gustas hasta cabreado con el mundo, maldito gruñón. Pero me gustas mucho más cuando dices que todo irá bien apelando a cierto optimismo ensoñador. Aunque los dos sepamos que todo esto, nosotros, estamos más cerca de ser una cruel ilusión que una bonita realidad.

Me gusta cuando me acaricias, me aprietas, me dejas sin respiración. Cuando te vuelves loco en mi boca, cuando me haces estallar todo lo que llevo acumulado, cuando me dices que no te deje de hablar. Me gusta cuando te embelesas en mi cuerpo como si no existiera nada más. Cuando me buscas, me provocas, me tientas. Cuando me recuperas con paciencia cada vez que me alejo, tan seguro de que voy a volver…

Me gusta cuando recorres mi espalda y juegas a contarme los lunares, porque siempre terminas perdiendo la cuenta. Me gusta cuando te deslizas lentamente sobre mí, saboreando cada instante como si el reloj no corriera en contra. Y también me gusta cuando me agarras sin miramientos ni tiempo que perder. Me gusta sentir tu admiración, tu vocación, tu rendición. Y que me redimas a besos de todos los malos momentos que nos acechan tras las ventanas.

Me gusta esa sensación de que todo está en calma cuando tus brazos me rodean, cuando consigo acallar los miedos, las dudas, los celos, los reproches, cuando te conviertes en refugio y no en tormento. Me gusta el silencio que nos envuelve liviano sin imposturas, ése que surge espontáneo cuando nos amamos, ése que nos habla con la yema de los dedos nada más. Me gusta nuestro olor en la almohada, tu pelo revuelto por la mañana, el café que me preparas.

Me gusta vagabundear contigo por aquel parque pisando hojas secas en otoño, sentarnos en un banco cualquiera como adolescentes que empiezan, reírnos por todo. Me gusta cuando me molestas, me picas, me incitas. Cuando parece que formamos buen equipo aun siendo un par de polos perdidos y opuestos. Me gusta cuando los astros conspiran a nuestro favor, cuando bailamos al mismo ritmo, cuando fluimos en sintonía, cuando vamos en la misma dirección.

Me gustan tantas cosas contigo que, aun conociendo ya otras tantas que no, sigo apostando por ti al todo por el todo, cual caballo ganador.e3470725d2158f1ec7b5da96f666dcbd

 

 

Vámonos

Vamos a escondernos tras la ladera

de aquella montaña de hielo

donde tu calor y mi fe ciega

son de este querer escuderos.

Vámonos a robarle caricias al viento

que las voces del eco nos quiebran

intentando con furia condenarnos

por esta locura de mieles y hiedra.

Vámonos al refugio de nuestras pasiones,

a la oscuridad de aquella noche eterna

cuando pudimos amarnos por horas,

mientras la lluvia ahogaba las penas.

Vamos de nuevo a ese jardín prohibido

donde tú eres solo mío, nunca más de ella,

y donde yo soy para siempre tuya,

envuelta en rosas, perfumes y sedas.

Vámonos a donde no puedan seguirnos los miedos,

las injurias, las mentiras, los celos,

que la culpa siempre se viste de gala

y se adueña de los amores más necios.

Vámonos a la orilla del mar

para que la brisa despeine tu pelo

mientras mis labios buscan tu sal

y las olas nos mecen bajo su seno.

Vámonos a cabalgar de luna en luna

que quiero morir cada noche a tu lado

consumiéndome las ganas y la ternura

en el húmedo placer que sabe a pecado.

Vámonos lejos de aquí, de todo,

que ya no puedo soportar más la carga

de sentirte a escondidas del mundo,

de ocultarte incluso de mi alma.

Vámonos, ¿a qué le temes?

¿No es acaso esta forma de vida,

una triste condena de muerte?

Vámonos, no me atormentes…

Que los años no regalan clemencia

y nuestra juventud de alas doradas

pronto será un recuerdo maltrecho

tejido entre las sienes de plata.

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En el ojo ajeno

Dice el refrán aquello de que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. ¡Cuánta verdad! Ahora que estamos en plena campaña electoral, por ejemplo, asisto perpleja a los debates que enzarzan a unos contra otros en el eterno “y tú más” que solo genera discordia en un momento en el que más que nunca lo necesario es bajar las revoluciones y levantar de vez en cuando el pie del acelerador del ataque por el bien común. Pero qué utopía, si estoy hablando de política, irónicamente el lugar en el que más sentido de lo común debería haber y sin embargo donde cada vez es más raro encontrarlo. Penoso.

Me cansan los reproches y las pullitas que se lanzan por doquier casi tanto como la soberbia de quienes se creen mejores en sus actos, en sus pensamientos, en sus ideales. De quienes no ceden posiciones ni dejan espacio al diálogo. De quienes se sienten moralmente superiores basándose en temas como la propia identidad o cultura, olvidando que hay muchos rasgos culturales diversos y no por ello unos van a ser mejores que otros. De quienes desprecian a todo el que no piensa igual. De quienes intentan imponer en vez de proponer. Me cansa ver a una clase política más empeñada en dejar evidencia de la paja en el ojo ajeno que en reconocer bajo un sincero mea culpa la viga de sus errores, conflictos y fracasos con el ánimo y la vocación de mejorar lo que presumen como Estado del bienestar. Cada vez más raquítico, por cierto.

Y, mientras esta pandilla de políticos mediocres que encabezan los partidos “de toda la vida” ha resultado ser incapaz de gestionar el país, otros listillos aprovechan el tirón del descontento general para lanzar discursos populistas cada vez más radicales y temerarios. Así surgió Podemos hace unos años, aunque se presume más desinflado últimamente. Y así escuchamos en estos momentos a Vox, haciendo apología de los toros y de la caza como estandartes inequívocos de la patria y envueltos en una bandera tan brillante y rojigualda que consigue cegar todo lo demás. Por amor a España, dicen. Pero lo mismo ocurre con los nacionalismos varios que sobrevuelan la península prometiendo el paraíso en la autodeterminación. Por amor a Catalunya, por ejemplo. Y no se dan cuenta, unos y otros, que son los mismos ojos con las mismas vigas dentro. Que defienden exactamente lo mismo, le pongan la etiqueta que le pongan, se quieran llamar como se llamen. Que por el amor a su tierra (amor, dicen) exaltan cuestiones que poco tienen que ver con el día a día de los ciudadanos, lo que de verdad nos importa.

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Estoy harta de escuchar en mi tierra catalana las voces democráticas y cultas (ejem) de los que abogan por la independencia como única tabla de salvación menospreciando todo lo que no forme parte de ese mantra, en concreto a esa España “profunda” que catalogan como país de garrulos y de pandereta. Como si no existiera también la misma Cataluña “profunda”. Pero es que aquí vamos de modernos, demócratas, adelantados y europeos. De respetuosos, liberales y dialogantes. De defensores de la libertad de expresión y de todas esas cosas que llenan muy bien la boca de educación y de saber estar. Pero después ponemos el grito en el cielo cuando en un pueblo de Sevilla queman un muñeco de Puigdemont en el marco de una festividad tradicional llamada la “Quema de Judas” y que cada año protagoniza un personaje popular diferente desde hace décadas. Llevamos el tema a la Fiscalía. Lo hacemos internacional (como toda la cuestión catalana, claro). Y sin embargo, quemar banderas españolas o muñecos y fotos del Rey (u otros dirigentes españoles) cuando nos venga en gana es un ejercicio de libertad. Pues qué piel tan finita tenemos, oigan. Y que conste que no defiendo ni justifico ni una cosa ni la otra, pero lo que no está bien para unos, tampoco para los otros. Eso sería lo justo y democrático, ¿no?

En definitiva, que más nos valdría a todos hacer un poquito de introspección antes de ponernos a dar lecciones al prójimo como si fuéramos poseedores de la verdad absoluta. Ojalá que nos escuchemos más y nos juzguemos menos. Y que el que gane las elecciones generales el próximo domingo sepa estar a la altura de lo que demandan los tiempos que corren y no se pierda en pajas ajenas. Ojalá. Por mi parte, tal es el panorama, que todavía ni siquiera sé a quien voy a votar.

¡Suerte! La vamos a necesitar…

 

 

Vente conmigo

Dame la mano y vente conmigo. Vamos a cazar atardeceres, a pisar hojas secas, a perdernos en el mar. Ven, vamos a volar. Vamos a ser dos, vamos a no dejarnos jamás.

Ven, vamos a abrir la caja de los misterios y vamos a compartirnos los miedos. Ven, vamos a dejar los contras a un lado, vamos a centrarnos sólo en lo bueno.

Ven, vamos a escaparnos del qué dirán y de los platos que rompimos una vez. Ven, vamos a olvidarnos de quienes fuimos y a empezar de nuevo.

Ven, vamos a hacer esas cosas que una vez nos prometimos, vamos a cabalgar las locuras y los cuerpos. Vamos a provocar incendios.

Ven, vamos a quemarnos el alma y que se muera de envidia el mismísimo diablo. Ven, ven y quédate a mi lado.

O llévame. Llévame lejos al lugar donde te escondes, donde ondean otras banderas, donde rezan a otros dioses.

Ven, vamos a hacer de todos los rincones que conozcamos los nuestros y los mejores. Vamos a inmortalizar este momento, a completar nuestro propio álbum de recuerdos.

Ven, vamos a bailar hasta el amanecer, vamos a ser locos y borrachos de amor, vamos a ser tú y yo. Ven, mírame a los ojos y dime que no llevan tu brillo, a ver dímelo.

Ven, vamos a llorar de emoción, a temblar de ganas, a vaciarnos el uno en el otro, a perder el control.

Ven, vamos a jugar a indios y vaqueros, vamos a ganarle la guerra al orgullo y la batalla a cada estúpido “no puedo”.

Ven, vamos a curarnos las noches de ausencia con abrazos y besos. Ven, que las caricias no pueden esperar más, que los deseos me comen por dentro.

Ven, vamos a recorrer kilómetros, a conquistar islas desiertas, a navegar por todos los puertos.

Ven, vamos a mudarnos a la otra cara de la vida, la que se conjuga en plural, la que habla de nosotros en futuro y nunca más en condicional.

Ven, vamos a cosernos la piel huérfana de sentido y de fe, vamos a perdurar en los niños que tendremos, vamos a vivir nuestro propio sueño.

Ven, vamos a creer que es posible eternizar el amor. Ándale, ven. Dame la mano y vente conmigo, vamos a ser más fuertes que el azar, vamos a plantarle cara al destino.