Vámonos

Vamos a escondernos tras la ladera

de aquella montaña de hielo

donde tu calor y mi fe ciega

son de este querer escuderos.

Vámonos a robarle caricias al viento

que las voces del eco nos quiebran

intentando con furia condenarnos

por esta locura de mieles y hiedra.

Vámonos al refugio de nuestras pasiones,

a la oscuridad de aquella noche eterna

cuando pudimos amarnos por horas,

mientras la lluvia ahogaba las penas.

Vamos de nuevo a ese jardín prohibido

donde tú eres solo mío, nunca más de ella,

y donde yo soy para siempre tuya,

envuelta en rosas, perfumes y sedas.

Vámonos a donde no puedan seguirnos los miedos,

las injurias, las mentiras, los celos,

que la culpa siempre se viste de gala

y se adueña de los amores más necios.

Vámonos a la orilla del mar

para que la brisa despeine tu pelo

mientras mis labios buscan tu sal

y las olas nos mecen bajo su seno.

Vámonos a cabalgar de luna en luna

que quiero morir cada noche a tu lado

consumiéndome las ganas y la ternura

en el húmedo placer que sabe a pecado.

Vámonos lejos de aquí, de todo,

que ya no puedo soportar más la carga

de sentirte a escondidas del mundo,

de ocultarte incluso de mi alma.

Vámonos, ¿a qué le temes?

¿No es acaso esta forma de vida,

una triste condena de muerte?

Vámonos, no me atormentes…

Que los años no regalan clemencia

y nuestra juventud de alas doradas

pronto será un recuerdo maltrecho

tejido entre las sienes de plata.

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En el ojo ajeno

Dice el refrán aquello de que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. ¡Cuánta verdad! Ahora que estamos en plena campaña electoral, por ejemplo, asisto perpleja a los debates que enzarzan a unos contra otros en el eterno “y tú más” que solo genera discordia en un momento en el que más que nunca lo necesario es bajar las revoluciones y levantar de vez en cuando el pie del acelerador del ataque por el bien común. Pero qué utopía, si estoy hablando de política, irónicamente el lugar en el que más sentido de lo común debería haber y sin embargo donde cada vez es más raro encontrarlo. Penoso.

Me cansan los reproches y las pullitas que se lanzan por doquier casi tanto como la soberbia de quienes se creen mejores en sus actos, en sus pensamientos, en sus ideales. De quienes no ceden posiciones ni dejan espacio al diálogo. De quienes se sienten moralmente superiores basándose en temas como la propia identidad o cultura, olvidando que hay muchos rasgos culturales diversos y no por ello unos van a ser mejores que otros. De quienes desprecian a todo el que no piensa igual. De quienes intentan imponer en vez de proponer. Me cansa ver a una clase política más empeñada en dejar evidencia de la paja en el ojo ajeno que en reconocer bajo un sincero mea culpa la viga de sus errores, conflictos y fracasos con el ánimo y la vocación de mejorar lo que presumen como Estado del bienestar. Cada vez más raquítico, por cierto.

Y, mientras esta pandilla de políticos mediocres que encabezan los partidos “de toda la vida” ha resultado ser incapaz de gestionar el país, otros listillos aprovechan el tirón del descontento general para lanzar discursos populistas cada vez más radicales y temerarios. Así surgió Podemos hace unos años, aunque se presume más desinflado últimamente. Y así escuchamos en estos momentos a Vox, haciendo apología de los toros y de la caza como estandartes inequívocos de la patria y envueltos en una bandera tan brillante y rojigualda que consigue cegar todo lo demás. Por amor a España, dicen. Pero lo mismo ocurre con los nacionalismos varios que sobrevuelan la península prometiendo el paraíso en la autodeterminación. Por amor a Catalunya, por ejemplo. Y no se dan cuenta, unos y otros, que son los mismos ojos con las mismas vigas dentro. Que defienden exactamente lo mismo, le pongan la etiqueta que le pongan, se quieran llamar como se llamen. Que por el amor a su tierra (amor, dicen) exaltan cuestiones que poco tienen que ver con el día a día de los ciudadanos, lo que de verdad nos importa.

cerdos

Estoy harta de escuchar en mi tierra catalana las voces democráticas y cultas (ejem) de los que abogan por la independencia como única tabla de salvación menospreciando todo lo que no forme parte de ese mantra, en concreto a esa España “profunda” que catalogan como país de garrulos y de pandereta. Como si no existiera también la misma Cataluña “profunda”. Pero es que aquí vamos de modernos, demócratas, adelantados y europeos. De respetuosos, liberales y dialogantes. De defensores de la libertad de expresión y de todas esas cosas que llenan muy bien la boca de educación y de saber estar. Pero después ponemos el grito en el cielo cuando en un pueblo de Sevilla queman un muñeco de Puigdemont en el marco de una festividad tradicional llamada la “Quema de Judas” y que cada año protagoniza un personaje popular diferente desde hace décadas. Llevamos el tema a la Fiscalía. Lo hacemos internacional (como toda la cuestión catalana, claro). Y sin embargo, quemar banderas españolas o muñecos y fotos del Rey (u otros dirigentes españoles) cuando nos venga en gana es un ejercicio de libertad. Pues qué piel tan finita tenemos, oigan. Y que conste que no defiendo ni justifico ni una cosa ni la otra, pero lo que no está bien para unos, tampoco para los otros. Eso sería lo justo y democrático, ¿no?

En definitiva, que más nos valdría a todos hacer un poquito de introspección antes de ponernos a dar lecciones al prójimo como si fuéramos poseedores de la verdad absoluta. Ojalá que nos escuchemos más y nos juzguemos menos. Y que el que gane las elecciones generales el próximo domingo sepa estar a la altura de lo que demandan los tiempos que corren y no se pierda en pajas ajenas. Ojalá. Por mi parte, tal es el panorama, que todavía ni siquiera sé a quien voy a votar.

¡Suerte! La vamos a necesitar…

 

 

Vente conmigo

Dame la mano y vente conmigo. Vamos a cazar atardeceres, a pisar hojas secas, a perdernos en el mar. Ven, vamos a volar. Vamos a ser dos, vamos a no dejarnos jamás.

Ven, vamos a abrir la caja de los misterios y vamos a compartirnos los miedos. Ven, vamos a dejar los contras a un lado, vamos a centrarnos sólo en lo bueno.

Ven, vamos a escaparnos del qué dirán y de los platos que rompimos una vez. Ven, vamos a olvidarnos de quienes fuimos y a empezar de nuevo.

Ven, vamos a hacer esas cosas que una vez nos prometimos, vamos a cabalgar las locuras y los cuerpos. Vamos a provocar incendios.

Ven, vamos a quemarnos el alma y que se muera de envidia el mismísimo diablo. Ven, ven y quédate a mi lado.

O llévame. Llévame lejos al lugar donde te escondes, donde ondean otras banderas, donde rezan a otros dioses.

Ven, vamos a hacer de todos los rincones que conozcamos los nuestros y los mejores. Vamos a inmortalizar este momento, a completar nuestro propio álbum de recuerdos.

Ven, vamos a bailar hasta el amanecer, vamos a ser locos y borrachos de amor, vamos a ser tú y yo. Ven, mírame a los ojos y dime que no llevan tu brillo, a ver dímelo.

Ven, vamos a llorar de emoción, a temblar de ganas, a vaciarnos el uno en el otro, a perder el control.

Ven, vamos a jugar a indios y vaqueros, vamos a ganarle la guerra al orgullo y la batalla a cada estúpido “no puedo”.

Ven, vamos a curarnos las noches de ausencia con abrazos y besos. Ven, que las caricias no pueden esperar más, que los deseos me comen por dentro.

Ven, vamos a recorrer kilómetros, a conquistar islas desiertas, a navegar por todos los puertos.

Ven, vamos a mudarnos a la otra cara de la vida, la que se conjuga en plural, la que habla de nosotros en futuro y nunca más en condicional.

Ven, vamos a cosernos la piel huérfana de sentido y de fe, vamos a perdurar en los niños que tendremos, vamos a vivir nuestro propio sueño.

Ven, vamos a creer que es posible eternizar el amor. Ándale, ven. Dame la mano y vente conmigo, vamos a ser más fuertes que el azar, vamos a plantarle cara al destino.

 

 

Treinta

cumplir 30A pocos días de cambiar mis dos dígitos (¡pero si hace nada que los cambié!) aquí estoy sentada escribiendo que voy a cambiarlos, no sé si como reivindicación o por autoconvencimiento.

Treinta…

Si hubiera seguido el plan establecido por mi yo de siete años a estas alturas ya tendría por lo menos tres hijos, siendo cauta. Según mi yo adolescente probablemente estaría casada y tendría una preciosa casa con jardín y perro incluido (y un bebé también, por qué no). Y según mi yo universitario ya estaría más que reconocida y remunerada en el trabajo de mis sueños. Y sin embargo los planes que idílicamente trazamos no suelen salir como esperamos, pero lo mejor de todo es que la vida nos guarda sorpresas mucho más increíbles e inimaginables mientras esperamos que lo que tenga que ser, será.

Algunas veces he hablado del destino, la casualidad, o la causalidad. De cómo un momento gira los rumbos y un instante cambia las perspectivas. Sigo sin saber de qué va esto, pero sé mucho más que hace 10 años. Sí, ya no tengo 20. Sí, ya no soy una niña. Sí… Lo que tú quieras. Pero sinceramente no cambio estos ya casi 30 por aquellos idílicos 18. Puede que arrecie la nostalgia en esas reuniones con amigas recordando años escolares, cuando lo más importante era pensar qué conjunto ponernos para ir el viernes al Music Box de turno o cómo trampear los deberes de ‘mates’. Pero realmente lo mejor de todo es haber llegado hasta hoy con esas mismas amigas para poder recordarlo entre risas, cafés y copas.

Cada época tiene lo suyo, y supongo que cada persona lo vive a su manera y según sus circunstancias. Tengo amigas casadas y con hijos, y tengo amigas dando tumbos por ahí. ¿Y qué? Durante mucho tiempo me dio pavor pensar que los años avanzaban siendo un maldito rompecabezas que no encontraba su lugar en el mundo, con la presión añadida del conservadurismo y de que a cada edad le corresponde una actitud. Como si el tiempo corriera en contra y se nos pasara el arroz. ¡Venga ya! Eso no es cierto, y ahora que levanto el pie del acelerador es cuando me doy cuenta. ¿Los maravillosos veintes? Sí, puede que hayan sido divertidos, pero un consejero que tengo por ahí me dijo el otro día que ahora es cuando viene lo interesante. Y puede que tenga razón.

Para empezar, me gusta más mi yo de ahora que el de hace cinco años, por ejemplo. Prefiero a esta chica que intenta vivir el presente sin etiquetas ni dobleces, que aquella angustiada por el futuro incierto. Carpe diem, que dirían los romanos. Prefiero ser esta loca sin complejos que aquella niña de inseguridad autoexigente. Estoy más a gusto admitiendo lo que no sé que tratando de impresionar con lo que sé. Llámalo seguridad, madurez o relatividad, como quieras. Quizá son las experiencias que una va asumiendo las que la fortalecen y la moldean, y en este punto estoy agradecida por ello y por todo lo que he aprendido a base de lágrimas y caídas, que es como mejor se aprende  y se valora. Vivo más tranquila conmigo misma aunque aún tenga muchos frentes abiertos, muchas metas por alcanzar y algunos sueños rondándome todavía. No me importa, al contrario, lo prefiero. Y aunque lo de comerse la cabeza es algo que llevo en mi idiosincrasia estoy aprendiendo a dejar fluir y a no agobiarme por lo que no está en mi mano. Además, de tenerlo todo sabido  y hecho, ¿qué tendría de emocionante seguir cumpliendo años? Lo mejor siempre está por llegar.

Voy a cumplir treinta y es cierto que no tengo esa vida de cuento que un día soñé. Lo que entonces no había previsto en mis sueños color de rosa es que se cruzarían en mi camino personas y oportunidades que me guiarían para ser hoy la mujer que soy, cargada con mi propia mochila de errores y aciertos, experiencias impagables y algún que otro secreto. Entonces no entendía que esto no es un camino recto y placentero sino uno lleno de curvas, altibajos y recovecos necesarios para el aprendizaje del alma y el valor de esas pequeñas cosas que nos dan la felicidad: una llamada inesperada, una conversación a los ojos, la risa de un niño o ese abrazo de “no te voy a soltar”.

Así que a estas alturas no puedo más que agradecerle a la vida todo lo que me ha brindado a través de aquellos que me dieron una parte de sí mismos y de su tiempo para ayudarme a crecer, a conocerme y a complementarme. Gracias a los que fueron ave de paso con más o menos intensidad, porque todos me dejaron algo de ellos para aprender. Y mil gracias a los que a día de hoy siguen siendo mis favoritos y me acompañan en un nuevo año. Gracias por estar y dejarme estar en éstas nuestras no perfectas vidas, vosotros ya sabéis quiénes sois.

¡¡Y ahora que vengan los treinta!!