La gente que me gusta

Me gusta la gente inesperada. Esa gente que hace las cosas porque sí, porque lo siente, porque le sale, porque te quiere. Personas que viven sin complejos, que ríen con ganas, que derrochan libertad. Me gusta esa gente que fluye como si fuera un relámpago o que te sacude el alma como si se tratara de un huracán. Esos que estallan sinceros, que viven sabiendo que esto un día se nos terminará.

Me gusta la gente que mira a los ojos cuando habla y que busca en los labios el camino si se pierde. Aquellos que te toman de la mano para infundirte seguridad o confianza, que te abrazan con el corazón lejos de darte una fría e hipócrita palmadita en la espalda. Gente que no le teme a la verdad, que no se oculta tras una máscara, que no disfraza con abalorios de grandeza su auténtica realidad.

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Me gusta la gente atrevida, curiosa, imprevisible. Personas espontáneas que no tienen miedo a idear, probar o conocer. Esos que están siempre a punto para un buen plan, que te siguen el juego y las locuras sin preguntar demasiado porque simplemente disfrutan estando a tu lado. Esos mismos que también son el aliento cuando eres tú quien ya no sabe cómo ni por dónde avanzar, los que no te permiten caer pero si lo haces se tumbarán junto a ti hasta que te vuelvas a levantar.

Me gusta la gente que no tiene horarios ni que va a las citas con el tiempo justo o predeterminado. Aquellos que no buscan en las agujas del reloj el toque de queda, los que no utilizan el móvil para escapar de una conversación, esos que no inventan excusas ni ponen pretextos alegando que no pueden cuando en realidad es que no quieren.

Me gusta la gente detallista y deslumbrante. Personas generosas que tienen la capacidad de sorprender con un simple detalle, de provocar sonrisas y de construir momentos bonitos y agradables fuera de lo que dicta el calendario. Esa gente que se acuerda de preguntar cómo estás o qué tal te fue porque les interesa de verdad. Me gusta la gente que calla, que valora el silencio, que no te atropella con su verborrea, que cede la palabra y que sabe, por encima de todo, escuchar.

Me gusta la gente respetuosa y consecuente. Esas personas que defienden una opinión sin menospreciar la de enfrente, que no tratan de cambiarte ni de convencerte. Esos que abren sus brazos y su mente a nuevos retos y experiencias, que dejan los prejuicios a un lado, que no viven de cara a la galería. Gente decente que no se retroalimenta del ego ni de la envidia, que huye de la pose y que detesta el qué dirán.

Me gusta la gente emocionalmente valiente. Esas personas que no le temen a los sentimientos, que no se incomodan ante una lágrima ni les asusta una declaración de intenciones. Esa gente apasionada a la que le hierve la sangre con la injusticia y que afronta de cara tanto lo bueno como la adversidad.

Me gusta la gente viajera, exploradora, entusiasta. Esos que no se detienen, que no temen, que indagan, que aprenden, que quieren. Me gusta muchísimo toda esa gente que te hace sentir parte fundamental de su vida sin importar tiempo, distancia ni edad. Esas personas que se convierten en tu otra familia sin tener que compartir necesariamente un hogar. Esos que te regalan un sitio, un motivo y una razón. Esa gente importante que se nos cruza en el camino para hacernos mejores personas. Ellos: los que son y los que están.

 

 

Ser, estar, ¿pertenecer?

La RAE, entre otras acepciones más posesivas, define “pertenecer” como “formar parte de algo o alguien”. Sentirse integrado, ubicado, consolidado, quizá respaldado. Ser del grupo, estar en él, pertenecer a él. ¿Es todo lo mismo?

Tengo la sensación de que no siempre es fácil sentir que perteneces al lugar en el que estás, que eres quien crees que eres, o que estás realmente donde perteneces, en cualquier ámbito de nuestra vida. Familia, amigos, trabajo, pareja… Una a veces se siente extraña.

En medio de esa comida familiar de repente una punzada que no identificas, que probablemente nunca has sentido o si lo has hecho no eras totalmente consciente, se te clava en algún lugar entre el intelecto y el corazón, por ahí a medio camino entre el querer y el poder. Sientes que no estás viviendo plenamente ese momento, que las risas suenan lejanas, que los rostros familiarEncajar_3es no se parecen ya tanto a ti, que tú misma eres otra. Distinta a la de hace años, a la de hace días. Pero esa punzada que dura apenas unos segundos se va diluyendo a la vez que todo se colorea de nuevo, y te alivias.

Hasta que llega la segunda punzada después de comer en la oficina, con el teléfono en calma y los asuntos resueltos. Vuelves a sentir ese desconcierto y lo atribuyes a la ambición de querer más, de saber que puedes darlo, quizá en otro tiempo o en otro lugar, más adelante pero con la certeza de que llegarás. Lo sabes, lo crees, lo esperas pero no lo tienes. Y esa tarde tratas de hacer callar la impaciencia de tu punzada con palabras de aliento, de consuelo, de esperanza. Y te vuelves a aliviar, o a conformar.

Pero una noche cualquiera se te atraviesa con más fuerza al darte cuenta de que quien comparte esa intimidad junto a ti ya no está. O crees que no está. O quizá tú no estás. Sientes que las caricias se reducen nada más a la piel y que los besos que por horas le darías nunca serán del todo suyos ni tuyos. Y en ese momento, cuando te das cuenta de esa extraña sensación de ser y estar, el sentido de pertenencia se empieza a desvanecer.

Y te preguntas si quieres ser ella, la mujer en la que te estás convirtiendo. Y crees que sí pero hay mil errores por el camino, y no sabes hasta cuándo los arrastrarás, ni siquiera si estás acertando ahora o la vas a cagar. Si decir hola o adiós puede cambiar algo, si hay que dejar la puerta entreabierta o dar ese portazo sin más. Si estás aquí porque quieres o porque no te queda de otra. Si todo tiene su tiempo, espacio y lugar. Si perteneces a una familia de locos tan cuerdos y de corduras de atar porque son los que mejor te van a enseñar. Si eres de quien te roba sueños y besos por igual, y si quieres estar ahí en medio de tanto huracán. Te sigues preguntando a las 7 de la mañana si tu día a día te compensa o es un medio para un fin. ¿Te llena? ¿Y qué fin? Sientes que no perteneces ni te pertenece lo que tienes, lo que haces, a quien quieres y sin embargo ahí estás. Porque quizá es lo que tiene que ser, y así, girando la rueda, te vuelves a conformar.

Hasta la próxima punzada. Aquella que diga ya no más.