Acordes de nostalgia

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en su interior bailaba al compás de la música mientras preparaba los platillos que se servirían más tarde. Era quince de septiembre, el día grande del mes patrio, y el rancho se había engalanado para celebrar un año más sus fiestas de la independencia. Pronto comenzarían a llegar los invitados, todos familia y amigos, vestidos con los trajes típicos y ataviados con la bandera tricolor a modo de fajín. Los hombres como auténticos charros del norte, y las mujeres con sus largas faldas de colores y sus trenzas adornadas de lazos. Sonrió recordando a su madre cuando, siendo ella una niña, le peinaba con delicadeza su revuelta melena azabache. Cerró los ojos y con el vello de punta sintió cómo su corazón se le aceleraba con cada acorde que le llegaba desde el patio, haciéndola virar atrás en el tiempo. Regresó a aquella noche y volvió a ver a sus padres bailando al son de la banda, divertidos, como si no existiera nadie más sobre la faz de la tierra. Los escuchó entonando algunos versos con ardor y tarareando a su manera los ahora clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o Miguel Aceves Mejía. Y luego, rememoró el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: «¡Viva México!», que corearon tres veces. Y cómo ella, con apenas cinco años y escondida tras las cortinas, susurró un tímido «viva».

mexican-bunting-traditional-banners-cuttingpaper¿Cuántos años habían pasado desde entonces, sus primeros vítores? Tantos que podía resumirlos en toda una vida… El pueblo había cambiado, es cierto, se abrieron nuevos comercios, más modernos, y en los últimos tiempos el turismo había comenzado a hacer aparición por aquellos rumbos, entre la curiosidad y el desconcierto. El rancho, sin embargo, se mantenía impertérrito, como si las grietas en forma de arrugas que decoraban algunas paredes no fueran más que garabatos infantiles sin importancia. La esencia que construye un hogar no cambia, pensaba ella. Y ese había sido su hogar desde que nació. Allí atesoraba la seguridad de lo conocido, todo aquello que le fue transmitido por sus padres, antes por sus abuelos, más atrás por aquellos viajeros nómadas que un día decidieron establecerse a las faldas del cerro. Aquella casa de colores desconchados y vigas de madera había sido testigo mudo de amoríos y despechos, de riñas, de miedos, de guerras, de penas, de hambre, de sueños. Había resistido los envites del tiempo y de las circunstancias como si supiera que su objetivo en este mundo era ser mucho más que un simple refugio.

Sonreía pensando que ciertamente, así era. Mucho más. Era el lugar que la había visto crecer, aprender, disfrutar. Donde el eco de la risa de sus padres se engrandecía siempre, incluso hasta después de apagarse con sus últimas exhalaciones. Era la vivienda familiar que a punto estuvieron de perder y por la que ella quiso luchar a pesar incluso de sus hermanos. Y lo consiguió. Construyó su búnker de felicidad durante los años de matrimonio y maternidad, aunque también la sintió como un débil cristal cuando la Muerte se adelantó llevándose a su esposo una fría tarde de noviembre. Todo se tornó oscuro de repente, y la casa parecía querer venirse abajo, desconsolada. Pero pronto los vacíos se fueron llenando otra vez con la innata alegría de los más pequeños, que le devolvieron a cada una de las estancias el calor de la hospitalidad.

Y regresaron los cánticos, los bailes, las fiestas. Resurgieron los colores, el folclor, ese olor característico mezcla de chiles y algún dulce en el horno, los sabores de antaño, la tradición. Y con todo ello adornaban también esa noche, como tantas otras a lo largo de su vida, entre el recuerdo y la ilusión.

—¡Abuela, apúrese, ya van a llegar todos!

El grito de su nieta Marita la sacó del enjambre de sus memorias para devolverla de nuevo a los fogones donde el pozole se cocinaba lentamente y las tortillas se amontonaban ya en el comal.

No quiero nada

Que qué quiero, me preguntas entre el reproche y la curiosidad, entre el atisbo de esperanza y el temor. Y te contesto lo mismo cada vez: no quiero nada. Porque me parece mucho más sencillo resumirlo así que tratar de explicarte todo lo que se me pasa por la cabeza. O quizá lo hago por miedo, para cubrirme las espaldas y no salir de nuevo escaldada. Como una cobarde, sí, obligada quizá por el fracaso de haber sido tan valiente ante los espejos equivocados. No puedo magullarme más, pero…

Quiero paseos sin rumbo tomados de la mano y cafés improvisados. Quiero besos robados en el autobús o a la vuelta de la esquina. Quiero tu sonrisa en las mañanas de lluvia y el refugio de tu piel en las noches de tormenta, en las tardes soleadas de verano. Quiero sentirme protegida en tu abrazo y salvajemente deseada por tus labios.

Pero no, no quiero nada.

Quiero escuchar todo aquello que me quieras contar, y aún más eso que te cuesta tanto desvelar. Quiero que seamos cómplices de nuestras bromas y secretos, de nuestras palabras mudas, de los gestos que solo tú y yo entendemos. Quiero aprender de ti y que tú lo hagas de mí. De las lecturas, de las canciones, de los misterios.

Pero de verdad, que no, no quiero nada.

52cb4c32432a6d1f40531a280f744f3eOK

Quiero hipnotizarme viendo arder el fuego de tus ojos mientras chisporrotean las brasas en aquella chimenea. Quiero mecerme contigo en un mar de salitre y sueños. Quiero conocer el mundo a través de tu perspectiva, desde la aldea más remota a la ciudad más cosmopolita. Quiero llegar y que estés, y quiero irme sabiendo que a mi regreso también estarás. Quiero que viajemos juntos y que construyamos un hogar.

Pero no insistas, ya te lo he dicho: no quiero nada.

Quiero trazar un mapa de cosquillas en tu espalda y mil rutas de vida a tu lado. Quiero que me incluyas en las buenas y en las malas, que cuentes conmigo y que cuando yo ya no pueda más, me ayudes a reflotar. Quiero que fluyamos a la par por los vaivenes de las emociones, de los miedos, de las ilusiones. Quiero ser el apoyo que necesitas sin que sientas que por ello me debes lealtad a cambio. No quiero ese tipo de lealtad comprada. Quiero que estemos y seamos en libertad, en plenitud, en confianza y en igualdad.

Pero no, en serio, nada de nada.

Quiero ser el resorte que buscas para atreverte. Ser siempre esa adrenalina que te recorre la sangre cuando me ves, cuando me sientes, cuando me tienes. Quiero bucear en tu pasado para comprender mejor tu presente. Y quiero que, después de todo, vayamos por un futuro común sin tapujos ni titubeos. Sí, quiero tener las obligaciones y los derechos, y asumo el riesgo de tener tu amor por completo.

Porque quiero ser mucho más que tu loca bajo las sábanas. Quiero ser tu respuesta, tu seno, tu vicio, tu antídoto, tu causa, tu remedio. Y quiero que te rindas por fin, sin tregua ni condiciones, a ese brillo que lleva mi nombre y que te empaña de felicidad la mirada.

Pero no te preocupes que cuando me preguntes, te diré, una vez más, que yo no quiero nada.