Retales

Tumbada en la cama no sabe cómo acomodarse esta noche, hace demasiado calor. Ni una ligera brisa se cuela por las rendijas de las persianas. Nada. Boca arriba, boca abajo, de lado. Dando mil vueltas sin encontrar la postura que le permita conciliar el sueño, alcanzar la paz.

Hace apenas unas horas ese desasosiego era pura pasión y ese sudor, calentura. Una vez más sumida en el torbellino de las emociones, del sexo, de la adrenalina, del egoísmo y del temor. Pero cómo decirle que no a quien la llena de tanto, aunque luego ese torrente de todo se convierta en un amargo y doloroso vacío. Cómo resistir el envite del placer surcando su piel, de las caricias que le erizan el vello y que hacen temblar los rincones más dormidos de su ser. Cómo negarse a querer sentirse irremediablemente esa mujer.

8-Yaces-sobre-la-cama-Mujer sensual-Desnuda-Erótica-Optimizada-Relatos-EspejoUna mujer poderosa que lo mira a los ojos mientras toma el control bajo sus caderas. Ambiciosa, sabiéndose deseada, buscando mucho más. Seductora, sin complejos, jugando al mismo tiempo a ser niña consentida y femme fatale. Dominante y dominada, fuerte y tan frágil a la vez. Entendiendo que los tiempos tienen límite, que en los juegos también se pierde, que el fuego hasta que no mata igualmente hiere. Pero a ella, sumida en el caos del deseo, poco le importa. Prefiere no pensar en los daños, ni en los riesgos, ni en las mentiras ni en el qué dirán.

Porque cuando el brillo en las pupilas da paso a un roce que suavemente se intensifica, cuando las yemas de los dedos aprietan entre las piernas, cuando los labios trazan caminos surcando el cuello, cuando la columna se arquea y los latidos se aceleran por momentos… De ahí ya no se puede escapar. La razón pasa a ser instinto y el amor una mera ilusión. Cae de pleno en las garras de un hombre que la quiere, es cierto, quizá a veces incluso la ama, pero cómo saberlo. En esos momentos sólo se dejan llevar por la furia y el desenfreno, por el exceso de atrevimiento. Juegan, prueban, tientan y se provocan a partes iguales. Ahora tú, ahora yo, relevando las ganas, explotando el deseo.

Qué calor esta noche. Se levanta para abrir de par en par las ventanas buscando alivio, se le está asfixiando hasta el alma. Ahora que el compás de sus cuerpos ha terminado y sólo el olor impregnado en su piel es testigo de esta locura reaparece el vaivén emocional. El insomnio, la tristeza, el abismo y la incerteza. Ese baile de cadenas que la atan y desatan a un imposible increíblemente tan tangible es demasiado cruel cuando tras poseerlo azota de nuevo la soledad. Acariciar con los dedos su espalda a la par que el cielo, creer que lo efímero de sus ratos a solas un día podrá ser eterno… Y caer de bruces otra vez al verlo marchar.

Le quema en las entrañas una pasión maltrecha mientras anhela ser protagonista de la historia que, bien lo sabe, nunca vivirá. Riegan sus mejillas un par de lágrimas cargadas de celos y rabia mientras por fin una bocanada de aire fresco la ayuda a recomponerse, a respirar. La libertad implica un peaje muy caro que quizá ninguno de los dos está dispuesto a pagar y al final lo que comparten son sólo los retales de una vida hecha jirones que a besos, feroces y desconsolados, tratan de remendar.

 

 

 

 

Las letras en su espalda

Ella se enamoró, de qué serviría negarlo. Se enamoró primero de todo de sus manos, de sus meñiques torcidos, de la lúnula de sus pulgares. Se enamoró de la simetría de su boca y de sus ojos algo rasgados. Y luego, lo que es peor, se enamoró de su risa exagerada y de sus andares descompasados. Cuando se dio cuenta de que se había enamorado también de la cicatriz de su ceja izquierda ya era demasiado tarde como para tener que olvidarlo. Se le metió ese amor en las entrañas con tanto ímpetu como desconcierto. Se le agarró al pecho, se le subió a la cabeza, le inundó de prisas el corazón.

Fue una locura, sí. ¿Pero de qué otra forma se puede vivir el amor?

Ella se enamoró una noche a principios de verano cuando sólo eran un par de extraños calibrándose frente a frente entre miradas discretas y tímidos roces. Pero la violencia de las emociones que embisten para dejar huella se hizo notar cuando el embrujo de sus ojos negros dio paso al consentimiento de sus labios y éste a la pasión de sus cuerpos. Se enamoró de su aroma y del abrazo que la rodeó aquel amanecer y un millón de veces más, todas las que la vida se lo permitió. También se enamoró de la lluvia que los refugió bajo el mismo paraguas, de su piel tostada mecida por los rayos del sol tras las ventanas, del dibujo etéreo de su perfil al trasluz y de su boca ansiosa buscándola a oscuras cientos de madrugadas.

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Se enamoró de la picardía de un guiño y de la atracción irreverente de aquella mirada. Del deseo que emanaban sus poros y de ese cierto temor que sólo lo que se sabe efímero es capaz de otorgar. Se enamoró del nerviosismo que su presencia le provocaba, del nudo en la garganta, del brillo en sus pupilas, del húmedo placer que resbalaba entre sus piernas cuando los centímetros se acortaban. Se enamoró del anhelo, de la inercia y de la calma. Se enamoró en todas las idas y venidas de cada risa y sorpresa, de las confesiones amargas, del puñal de los celos y quizá también del dolor que la ausencia le provocaba. Ella se enamoró del misterio que no era, de las voces que la atormentaban, de un sueño más pueril que real, de sus lágrimas saladas.

Se enamoró de un ego beligerante necesitado de independencia y compañía. Del perro del hortelano que ni come ni deja comer, del hombre oculto tras la máscara que creyó llegar a conocer. Se enamoró del conformismo, de la fuerza, del fuego y del olvido. De las caricias certeras y de los halagos oportunos, también de las excusas que cicatrizaban y de las heridas que sin darse cuenta se le gangrenaban. Se enamoró de las reconciliaciones a besos, de los dedos entrelazados, de los susurros al oído, de los latidos acelerados. Se enamoró del orgullo, de la soledad, del daño vanidoso, de aquella tarde de playa paseando junto a la orilla del mar.

Ella se enamoró del exotismo y de la utopía. Del futuro que imaginaba, de las raíces que dejaba, de los cimientos que poco a poco construía. Se enamoró de las esperas y de los reencuentros, hasta de aquellas noches en vela sumida en tantas fantasías. Se enamoró también de las películas que nunca vieron, de los libros que quedaron amontonados en el cajón, de la primavera violácea en su jardín, del inmenso caos que fluía torpe a su alrededor. Se enamoró de la inestabilidad, del extraño sabor a derrota, de la eterna ilusión, del hijo que nunca nació. Se enamoró de una promesa rota y de una triste canción igual que de todas las letras que le escribió a tientas sobre su espalda en aquella oscura habitación. Pero él sólo entendía ‘Roma‘ cuando ella quería decir ‘amor‘.

 

 

No te enamores de mí

Dicen que el que avisa no es traidor así que ahí te va mi mejor consejo: no te enamores de mí. Sí, como lo lees, no lo hagas por favor. De verdad, no te convengo.

¿Que por qué?

Porque soy esa mujer que querrá saberlo todo de ti, que te hará preguntas incómodas en momentos inoportunos, así porque sí. Tumbados en el sofá o yendo a ese lugar en coche se me puede ocurrir cualquier tema que me lleve a conocerte mejor aunque a ti te parezca que estoy punzándote la coraza.

Soy esa pesada que se preocupará por tus problemas en el trabajo, por tu última bronca familiar y por tus análisis clínicos. Intentaré ayudarte en todo lo que esté en mi mano sin que me pidas ayuda, así de entrometida soy. Saciaré mi curiosidad preguntándole a tu madre por tu niñez, viendo tus fotos de pequeño, absorbiendo todas esas anécdotas que la memoria va archivando. Querré conocer tu pasado, tus raíces, las cicatrices que te llevaron a ser quien hoy eres y los miedos que no tienes superados.

Soy tan curiosa que mentalmente haré un listado de tus cosas favoritas: el color que mejor te sienta, la película que más te emociona, tu plato predilecto, el grupo que te hace vibrar en los conciertos, tu autor fetiche o el libro que guardas en tu mesita de noche.

Soy esa mujer que escaneará tus gestos sin que te des cuenta o que directamente te preguntará por qué pones esa cara tan rara. Contaré tus pestañas mientras duermes y trazaré tus lunares de memoria cuando estemos en la cama. Exploraré tu mente debatiendo nuestras diferencias y aprenderé a respetarlas con y por todo el amor que te tengo.

974212_2017-04-26_14_08_50Soy esa mujer detallista que de vez en cuando te dejará notitas cursis en post-its de colores y que sin motivo te regalará aquella camiseta que una vez te probaste, las entradas para el partido de tus sueños o un álbum de recortes personales. Estoy tan loca que acecharé tus gustos para satisfacerlos y te compartiré los míos sin pedir que los retengas. Me puede la generosidad, no tengo remedio.

Soy esa mujer que te hará explotar las iras y los deseos, que insistirá en tus secretos inconfesables y que te secará las lágrimas cuando sea necesario. Cuidaré de ti hasta en tus peores momentos, cuando pierdas el rumbo, cuando te caigas y no sepas cómo avanzar, porque así de intensa soy. Organizaré festejos y viajes, te prepararé dulces aunque no cumplas años, esconderé los rencores y las nostalgias en el fondo del armario. Protegeré tus tesoros más nimios y lucharé por defender todo lo tuyo como si fuera mío, empezando por tu opinión aunque ése tampoco sea mi cometido.

Soy esa mujer apasionada que te confundirá sin remedio, a veces delirante en la propia locura. Rayo lo absurdo, muero de timidez y no conozco el pudor. Me contradigo, y qué. A veces seré la madre protectora y otras la niña vulnerable, pero si te acercas demasiado a mí encenderás un fuego inapagable. Besaré tu nariz después de hacer el amor, te acunaré en mi pecho desnudo y acompasaré tu respiración con la mía. Dibujaré formas etéreas sobre tu piel, reiré buscando tu calor, te complaceré las filias y te estimularé la imaginación.

No, no te convengo. Así que no vayas a enamorarte de mí porque si lo haces tendrás a tu lado a una mujer tan disparatada como para querer conocer cada detalle de tu vida y velar por cada ranura de tu alma. No me digas luego que no te lo advertí.

 

 

 

 

Yo tan loca, tú tan cabrón

pulsosuperheroes1Odio el estereotipo pero hoy vamos a jugar a ser esos dos representantes de lo femenino y de lo masculino. Eso que dicen las revistas para tontas y los chistes de mal gusto. Lo que unas callan, toleran y soportan. Lo que otros justifican y de lo que se vanaglorian.

Hoy te confieso que soy una loca. Así tal cual, sin filtros. Lo soy.

Loca porque me gusta saber cómo fue tu día y compartirte el mío. Porque acostumbro a utilizar frases con sujeto y predicado y a veces hasta me atrevo con subordinadas y yuxtapuestas, será que me gusta darle vueltas.

Soy cero adicta a hablar por teléfono pero cuando marco suele ser porque tengo algo importante que contar y qué curioso, me gusta que me contesten. ¡Estoy bien loca! Tampoco dejo a nadie con la palabra en la boca en mensajes, llamadas o menciones por aquello de no hacerle al prójimo lo que no te gusta que te hagan a ti. Qué loco respeto.

Whatsappeo con frecuencia o a ratos, depende de mi tiempo y de las ganas, como todos. Pero no comprendo cómo en una conversación dinámica de ida y vuelta se puede dar un silencio repentino sin venir a cuento que te deja primero con cara de tonta y luego con un “pero qué coño…” incrédulo, rabioso e interrogativo alojado en el alma. Loca impaciente y paranoica que imagino lo que dicen que no es pero ¡ah! qué loca porque para salir de dudas luego pido explicaciones.

También estoy loca porque me interesan tus planes y tus dudas por puro cariño, aunque vaciles en todo eso. Por querer que te acuerdes de las promesas vacías, los sueños ebrios y las conscientes utopías. Loca por pretender que escuches realmente lo que te cuento y que entiendas mejor lo que callo. Loca porque espero agradecimiento en los regalos y tengo tremendas ganas de ver cómo te sientan, si acerté con la talla o si el color fue el adecuado. Loca porque necesito respuesta a mis ¿muchas? demandas y valoración en cada esfuerzo. No sé, será cuestión de ego. Pero estoy tan loca como para preocuparme hasta de tus constipados, tus resacas y los festivos de tu calendario.

Soy una loca porque me gusta divertirme de más, provocadora que prende y se prende con una chispa y sin pudor, ¿y eso te parece mal? No cuando eres tú quien quiere jugar. Loca por anidarme en un abrazo bajo las sábanas, por reír, hablar y preguntar. Loca por quererte siempre mirar, pero es que ya lo ves… Soy ese tipo de maldita mujer loca que no entiende de estrategias y olvida razonar.

Pero si tanta locura mía te asusta no olvides que de todo lo que yo tenga de loca, de cabrón tú lo tienes mucho más.

Cabrón porque te da igual compartir tu día y saber del de los demás. Cabrón por contestar con monosílabos y frases casi sin conjugar.

Cabrón por desconectar el teléfono a tu antojo y no preguntarte qué querrá. Por dejar morir los temas incómodos en azul, en blanco o en el más allá. Por desaparecer de repente, por regresar. Cabrón por protegerte en público de lo que eres en privado y por el silencio que me estalla mientras te pavoneas por cualquier red social.

Cabrón porque olvidas compartir tus planes hasta el último minuto, por darlo todo por tenido y hecho, por dejar esperando al otro sin preguntar ni consensuar. Cabrón porque te acuerdas de mil cosas que increíblemente olvidas a la vez. Cabrón por no tener la suficiente templanza para no caer en el eterno error ni el coraje adecuado para pedir disculpas cuando algo duele de verdad. No sé, quizá lo tuyo también es cuestión de ego, pero a veces las gracias forzadas y los sorrys esquivos dejan mucho que desear.

Cabrón por olvidar la importancia de la empatía y los sentimientos de los demás. Por querer juegos lejos de la responsabilidad, por buscar el propio interés y saciar esos antojos de los que luego vas a renegar. Cabrón por mancillar la vulnerabilidad y refugiarte con excusas tan manidas como vacías de verdad. Cabrón por no darte cuenta de que esta loca estará muy loca… Pero de tonta no tiene ná.

Ya lo ves, odio el estereotipo pero es que a veces nos comportamos como dos locos cabrones que se tiran y se aflojan en una guerra de egos, pasiones y peligrosa intensidad. Y en realidad lo que todos necesitamos es resarcirnos de nuevo, aflojar los motores y terminar con esta lucha de poderes sin razón que nos demuestre que al final ni yo tan loca, ni tú tan cabrón.