La niña que fue

Mira al mar y llora. Nadie se da cuenta, tampoco quiere que lo hagan. Llora tanto de esta manera… A solas, en silencio, sin aspavientos ni dramas. Bastante tiene ya por dentro. El mar le alivia y la libera. Aunque también le sacude los recuerdos. No le importa, es cierto. Pero duele. Claro que duele.

Fue una niña feliz en este mismo mar. Pasó todos sus veranos aquí. No conoció otros, pero los suyos fueron los mejores que pudo tener, de eso estaba segura. Muchas veces fantaseaba con poder ofrecerles a sus hijos al menos un pedacito de la infancia maravillosa que a ella le regalaron sus padres. Sin embargo, una punzada de realidad se le clava hoy en el corazón. Ni siquiera tiene hijos. «Qué injusto es todo», piensa, «conmigo nadie se queda para tanto». Para divertirse entre las sombras de unas piernas enredadas sí, quizá. Para llenar los huecos de almas que vagan vampíricas e incompletas. Para ser bálsamo de vidas insatisfechas y cobardes que no se jugarán la comodidad, ni la posición, ni el qué dirán, naufragando entre mentiras. Para bailarle al amor de estos tiempos sin compromiso. Para sucumbir a la fugacidad de sus propios antojos y a los de otros, a veces sin potestad ni permiso. ¿Es que no es suficiente para más?

Una lágrima amarga le alcanza suavemente los labios. Qué paradoja, los tiene heridos de tanto besar. Le escuecen. No quiere pensar más en eso. Ya no quiere pensar. «Ojalá fuera incapaz de sentir», murmura con rabia. Cierra los ojos y se deja acariciar por la brisa que le revuelve el cabello. «Aquí fui una niña tan feliz…», suspira. Recuerda que corría libre por la orilla, hundiendo los pies en la arena, salpicándose las piernas antes de sumergirse en el mar. Buceaba como un pececillo inquieto, se dejaba llevar por las olas, jugaba con ellas, las retaba y se revolvía. No le temía a nada, aunque a veces tragara agua y sintiera ahogarse por unos momentos. La niña que fue se volvía a levantar una y otra vez, decidida. El sol le secaba después el salitre que le dejaba caminos blanquecinos sobre la piel morena, mientras construía castillos en la arena con la ayuda de papá. Eran fortificaciones enormes, con sus puentes y sus fosos. «Hay que protegerse», aconsejaba él levantando las murallas, «para que los malos no nos alcancen». «Hay que hacerlo, papá, cuánta razón… En esta vida es importante aprender a distinguirlos», se dice, «y no invitarlos a entrar». Pero es difícil. Ya no llegan acompañados de lanzas ni fusiles, como en los cuentos de entonces. Ahora incluso pueden traerte flores envueltas en promesas, galanterías y sonrisas. Esas son las armas más peligrosas, cuando no son sinceras.

La luz del atardecer se posa sobre el horizonte. Otro día presto a morir. Se enjuga las lágrimas con resignación y recorre de nuevo sus pasos sobre la orilla. Mañana el sol volverá a renacer… ¿Y ella?

«Una vez fui una niña tremendamente feliz aquí», asegura convencida antes de irse. «Debería serlo también ahora que soy mujer.»

 

 

 

 

 

Jugar a ser niñas otra vez

Quince años. Esas dos palabras fueron lo más repetido de la velada. Quince años que se proclamaban con asombro y felicidad a partes iguales. Quince años que se nos han pasado volando pero que ahí están, aunque mirándonos unas a otras no viéramos siquiera dónde. Porque los “quince años” y los “estás igual” batallaron durante horas por el podio a lo más comentado de la noche. La noche de los reencuentros quince años después.

Volver a tu colegio cuando hace casi media vida que saliste de él es una sensación extraña en la que se mezcla la emoción, la nostalgia y la incredulidad. Parece mentira que ya hayan pasado tantos años desde que nos graduamos con prisas por entrar en la universidad y llegar oficialmente a la vida adulta. Qué mayores nos sentíamos entonces y qué niñas éramos en realidad. Con 17 o 18 años nos despedíamos de nuestro colegio (para la mayoría, de toda la vida) cargando una mochila repleta de ilusiones, miedos y recuerdos que probablemente todas nos pusimos de nuevo en cuanto se gestó la idea de convocarnos para un reencuentro de promoción. Pero esa mochila tiene ahora quince años más y está llena de muchas otras vivencias que hemos ido compartiendo solo con esas personas contadas que se han mantenido a nuestro lado todo este tiempo, siendo ajena para la otra gran mayoría. Hasta ayer.

940x643_teresianes_img_6777

Es cierto que las redes sociales ayudan a mantener cierto contacto y a no perdernos tanto de vista las unas de las otras, pero definitivamente no hay nada como volver a darse un abrazo o a mirarse a los ojos. Nada como reír juntas recordando aquellos años de infancia y adolescencia, las anécdotas que todas atesoramos, las que teníamos olvidadas y que de pronto refrescamos. Los inagotables te acuerdas cuándo o aquí es donde… Y más y más risas. Anoche tuvimos la oportunidad de entrar de nuevo en el que fue nuestro colegio, subimos las escaleras, nos perdimos por los rincones, cotilleamos algunas aulas. Y, entre otras cosas, nos dimos cuenta de que éramos unas privilegiadas cuando de niñas pasábamos por el pasillo de los arcos de Gaudí sin darle la mayor importancia porque estábamos acostumbradas, simplemente era el colegio. Pero qué bonito es verlo ahora con ojos de adulta manteniendo todavía aquel destello de la niñez.

Y reconocer el olor. Y los cuadros en sus mismos sitios. Y la decoración que se mantiene intacta. Y sí, los cambios y las mejoras que se han ido haciendo, pero la misma esencia en su conjunto. O quizá fuera la compañía la que nos hizo retroceder en el tiempo y querer verlo todo igual a como lo recordábamos, a lo que fue. Ese sitio en el que crecimos, aprendimos, lloramos, reímos, conocimos la amistad, nos fortalecimos. Un lugar que siempre será el punto de conexión entre todas y que ayer nos devolvió algo de aquella magia que en algún momento de nuestras vidas nos regaló.

Ahora, hablando unas con otras, poniéndonos al día resumiendo en cuatro pinceladas lo que han sido quince años sin vernos, nos damos cuenta de que las expectativas no siempre se cumplen pero que lo que no esperamos suele ser siempre mucho mejor. Que la vida nos lleva por caminos distintos a los previstos, que mantenemos amigas incondicionales desde los tres años, que quienes entonces parecía que iban a estar siempre poco a poco dejaron de estarlo, o que personas que no estuvieron demasiado en su momento, se convirtieron en indispensables después. Esas cosas que pasan.. Pero lo bonito de este tipo de reencuentros es que te permiten retomar amistades desde otro punto de partida para darte cuenta de que con el paso del tiempo lo que queda siempre es lo mejor. Y anoche pudimos jugar a ser niñas otra vez.

 

A %d blogueros les gusta esto: