El amor en tiempos de instagram

Estoy en shock. En tres días he asistido en directo a una pedida de mano (“te diría que sí un millón de veces más”, ¿por qué sobamos tanto las frases??), a unas cuantas vacaciones idílicas, a un par de bodorrios, a cuatro fiestas de cumpleaños y por lo menos a una ruptura tan inesperada como sonada. Y no, no tengo una vida social tan ajetreada ni poseo el don de la ubicuidad. Ni siquiera he tenido que moverme del sofá. Así de fácil, así de accesible, así de aterrador.

Vivimos tan de cara a la galería que asusta. La pose, la pose, la pose. Repetimos la foto hasta conseguir que el brillante luzca en su máximo esplendor, que nuestros pies se enreden en consonancia con los de nuestra pareja en el momento exacto de una puesta de sol, que la risa parezca natural y no forzada, que el viento ondee nuestro cabello queriendo transmitir espontaneidad ante la cámara. Activamos la ubicación en los viajes y en los mejores restaurantes. Presumimos nuestra diversión en fiestas hasta altas horas de la madrugada y luego lo mucho que alguien nos ama llevándonos desayunos bonitos a la cama. Aunque eso no sea más que una invención incómoda y marrana disfrazada de romanticismo.

Convertimos nuestro día a día en una sucesión de selfies y situaciones prefabricadas con el único objetivo de subirlas a una red social y esperar aprobación. Que aprueben nuestra relación, nuestro viaje, nuestra cena saludable, nuestros logros, nuestro new look, nuestro vestido nuevo, nuestra #happy rutina . Y que con todo ello nos aprueben especialmente a nosotros. Porque somos guapos, divertidos, tiernos, aventureros, gourmets, seductores, risueños… Somos todo eso que figuramos ser pero curiosamente necesitamos que un ejército de likes nos lo confirme.

81167c311be6982546d2ed1a3878ad9bb059a6f1Jugamos peligrosamente una doble vida excedida de ego con la irresponsabilidad de no saberla manejar. Llenamos nuestros perfiles de auténtica pose y de cada vez menos verdad. Inmortalizamos momentos para que combinen con el hashtag y no para el recuerdo. Le ponemos filtro a todo, incluido y sobre todo al amor. Queremos hacerlo tan bonito que lo convertimos inevitablemente en una mentira. Cambiamos la ingenuidad de las emociones por una imagen perfecta dedicada a los demás. Perdemos la franqueza del sentir por la rigidez del aparentar. Entrelazamos nuestros dedos para la foto y nos besamos estratégicamente mientras encuadramos el beso sujetando un palo selfie. Para que todos lo vean. Para que todos nos vean. Ya no anhelamos el escalofrío de unos labios humedecidos sobre los nuestros en un acto de intimidad; ahora nos da más placer cuantificar la repercusión que con ello conseguimos y, al final, la necesidad de vivir para el objetivo nos impide sentir algo tras él. Es la era del #instalove.

Buscamos ser un reflejo de la modelo, del cantante, del futbolista, de la actriz… Una copia adaptada a nuestras posibilidades de lo que ellos hacen y de esta manera nos recreamos  posando en la playa como fulanita o conjuntando nuestro atuendo súper fashion con los colores de una fachada californiana, como hizo menganita. Imitamos patrones que creemos de éxito y ansiamos ser protagonistas de la película que viven los demás (o que creemos que viven) sin darnos cuenta de que ya lo somos de una mucho más importante: la nuestra. ¿Y qué aventura puede haber mejor que ésa? Una aventura con sus luces y sus sombras, con toda una maravillosa gama cromática por descubrir y también por qué no, por presumir sin complejos. Una aventura alejada de la frivolidad, de la pose y del qué dirán. Una aventura como la vida misma: real.

Y sin embargo, preferimos caer en la trampa de lo superfluo exponiéndonos completamente al otro. A veces siento que hemos perdido el control cediéndole a los demás el poder de opinar sobre nuestras vidas como si de telespectadores se tratara. Regalamos tanta información sobre lo que hacemos, dónde o con quién, que al final nos volvemos completamente vulnerables a la crítica convirtiéndonos en #instadependientes de aceptación. Y es realmente triste pensar que tras lo que parece un cuento de hadas hay demasiadas tomas falsas, y que tras esa sonrisa perfecta a veces se esconden muchas lágrimas de soledad y de baja autoestima que no conjugan bien con el postureo.

Que no sirva esto como crítica a algo que todos en mayor o menor medida hacemos sino como reflexión de la sociedad que sin darnos cuenta estamos creando: más preocupados de parecer que de ser, de aparentar que de sentir, viviendo la vida mirándonos en los espejos en vez de hacerlo mirándonos a los ojos. No olvidemos que lo mejor está en todo aquello que es tan intenso que ni siquiera nos da tiempo a fotografiar.

 

 

 

#yomímeconmigo

El otro día fui a la playa a tomar el sol, que me encanta. La arena, el mar, esos momentos de relajación oliendo a sal y sintiendo el verano en mi piel son un privilegio difícilmente prescindible para mí. Me gusta ir a la playa a desconectar pero el otro día que estaba medio nublado y no me acosté cual lagarto al sol estuve mirando a mi alrededor y no vi más que postureo. Chicas que van a la playa a poner morritos ante la cámara inventando poses estratégicas y teóricamente naturales para enseñar nalgas y pecho como quien no quiere la cosa con el único fin de ganar likes en las redes sociales. Chicas que están solas en sus toallas jugueteando con su propia imagen en pantalla, adorándose a sí mismas y retocándose el outfit y el maquillaje cada dos por tres. ¡Porque van maquilladas! ¿Quién se maquilla para ir a la playa?? Ah pero no, es que olvidé que ellas simplemente van a posar.

Esa tarde regresé a casa y decidí bucear un poco por Instagram, que se ha convertido en la red social del postureo por excelencia. Si no lo han hecho nunca por favor hay cuentas dignas de seguir… Y no me refiero a las de gente famosa que además de serlo también vive de su imagen y nos tiene que mostrar su día a día de lujos “sencillos” o cuerpos perfectos, no. Me refiero a gente como tú y como yo que que pierde la noción de la realidad en beneficio de la apariencia. Pero ojo, que las apariencias engañan.

Por ejemplo, me encontré con un vídeo de una chica que grabó el pasillo de su casa hasta el dormitorio para enseñarnos el caminito de rosas, globos y velas que le había preparado su novio supongo que por alguna fecha especial. ¿Perdón? ¿Entras en casa y te encuentras semejante sorpresa y en vez de lanzarte a los brazos del chico en cuestión sacas el teléfono? “Espera cariño, esto tengo que subirlo a Instagram”. Entonces grabas, editas, subes y esperas likes como agua de mayo. Qué manera de cortar el rollo, ¿no? Pero es que si no lo comparten en internet parece que no lo disfrutan, la felicidad del momento depende de la cantidad de reacciones virtuales a él. Reacciones de gente con la que muchas veces ni hablas ni le importas, pero likes por likes.

Ese vídeo me descolocó bastante, pero no es el único. Hay gente que diariamente sube un selfie pseudoartístico con frase motivadora happyflower al pie. Ostras, ¿tanto tiempo libre tienen? Porque probablemente para llegar a la foto que nos comparten han desechado unas cuantas más, lo que significa que destinan buenos ratos simplemente a alimentar su ego a base de filtros y Photoshop. De verdad, ¿viven? Luego están las típicas fotos de probador: a ver, ¡recapacitemos! ¿Necesitas el beneplácito de los demás para comprarte algo? Si como dice una amiga, muy probablemente para cuando alguien conteste a tu ridículo “¿me lo compro?” ya estarás fuera de la tienda. ¿Qué sentido tiene? Sinceramente eso ya no sé si es ego o cierta limitación mental…

Lo mismo ocurre con las fotos de postureo en el gimnasio. Oye, qué bueno que seas un atleta y presumas de abdominales de acero pero de verdad no necesitamos saber tu rutina healthy diaria, cuántas horas te matas (a fotos) en el gym o los batidos de proteínas que te tocan los jueves. De verdad, no. Y como ocurre con las fotos en la playa, las chicas también van maquilladas al gimnasio. Otra cita con el postureo.

No quiero parecer muy grinch, todos tenemos nuestra parcela ególatra y al fin y al cabo que cada uno haga y publique lo que quiera, pero es que me da un poco de miedo tanta vehemencia con la superficialidad. Una cosa es compartir acontecimientos, viajes, recuerdos especiales con nuestros amigos, y otra cosa es ese mostrar por mostrar, esa necesidad de decir qué haces, dónde o con quién. Ese afán por sumar likes de manera enfermiza olvidando que los momentos más importantes se viven lejos de las cámaras o los móviles y se guardan mejor en la memoria. Ya ves, nosotros somos tan felices que ni fotos tomamos.

Digo, no es que sea algo nuevo. Desde tiempos inmemoriales la historia nos ha dejado personajes que por notoriedad pública han hecho barbaridades, como aquel pastor de Éfeso que en el año 356 a.C. incendió el templo de Diana simplemente para pasar a la posteridad. Precisamente de él se tomó el nombre para el ‘complejo de Eróstrato’ que en psicología se refiere a aquellas personas que buscan fama o notoriedad utilizando todos los medios a su alcance.
NobodyLikesMeEither-600x387Hoy no hay que ir incendiando templos, los medios nos lo ponen bastante más fácil y quizá por ello hay que ir con más cuidado. La necesidad de aprobación social a través del exhibicionismo es cada vez mayor y el postureo se convierte en el camino para “representar un rol en nuestra vida que no nos pertenece, y que viene propiciado sobre todo por la falta de autoestima”, explican los psicólogos.

Y ahí vamos, hacia una sociedad narcisista donde importan más los followers que las amistades, las fotos llamativas que los instantes reales, las apariencias de una vida que por tanto pretender llenar se vuelve cada vez más vacía. Es triste, pero para mí el postureo no es más que un tipo de esclavismo personal que sólo conlleva ansiedad e infelicidad. No se puede estar más pendiente de qué subo hoy a la red para causar más impacto, que de a ver qué me depara mi día para sumar más vivencias. Porque eso realmente es una pena.

 

 

Filtros, poses y mentiras.

482583_538763789491932_844308697_nAhora que está de moda esta especie de positivismo enmascarado me pregunto ¿es necesario recordarnos en agendas, imanes y tazas que la vida es maravillosa? ¿De verdad? Yo creo que no. Me parece, además de fingido, inquietante que adoptemos esta corriente de optimismo forzado y pseudomotivacional en la que estamos cada vez más sumergidos como estilo de vida único e inalterable.

Porque es una auténtica mentira. Y puedo parecer muy grinch con tal afirmación pero es que lo que empezó siendo algo coqueto, divertido, mono, se ha convertido casi en una religión. No niego que ciertos mensajes te llegan a sacar una sonrisa, o que incluso tengas la tentación de completar aquel cuaderno que invita a plasmar tus sueños imposibles, o a ponerle marcas de colores al mapamundi que hemos recorrido juntos, esperando lo que vendrá. Pero eso de empapelar tus paredes con vinilos para que te ayuden a ponerte en pie cada mañana o perfumar tu casa con velas que huelen a nuestro primer beso me parece puro artificio… ¿¿A qué huele nuestro primer beso??

Me dan miedo las apariencias, no confío en ellas. Y menos en estos tiempos virtuales donde reina el postureo y el Photoshop. Donde nada es real aunque así nos lo vendan, donde los filtros no son simplemente un producto de Instagram sino una coraza que nos aleja de lo auténtico para crear y recrear un mundo happyflower mentiroso y vacío que paradójicamente tratamos de llenar con likes y atenciones desconocidas.

Es cierto, somos lo que pensamos y somos responsables de qué nos afecta y qué no, de cómo gestionamos las emociones y cómo actuamos ante ellas aunque a veces nos ganen las vísceras y caigamos en los mismos errores. ¡Y está bien! Caemos porque somos humanos, no somos ese copy-paste de frases manidas y azucaradas que circulan por ahí. Somos un manojo confuso de pensamientos buenos y malos, risas y llantos, debilidades y fortalezas.

Y por eso me cansa esta especie de halo de buenrollismo que trata de imperar entre esta juventud despreocupada y egoísta que somos. Porque en definitiva si tengo un día de mierda lo quiero disfrutar, lo quiero rasgar y lo quiero llorar. Me quiero enfadar, quiero ser borde, me quiero callar. O quiero explotar, te lo quiero gritar. Es mi día de mierda y tengo derecho a él. Sin sucedáneos ni tiritas que oculten las heridas, porque eso nunca curó.

Igualmente, sin tapaderas de ningún tipo, mañana me reiré de hoy y lo haré de verdad. Porque mis enfados son tan auténticos como mis perdones, mis reconciliaciones, mis alegrías y mis emociones. No necesito mostrarle al mundo que todo va bien para creer que va bien, ni que mi vida es una fiesta continua para que me envidien esos ‘pringaos’, que seguro tienen una vida más interesante que yo. Que soy feliz los lunes a las 7 de la mañana igual que los viernes a las 10 de la noche, porque soy pura adrenalina. Que no flaqueo porque emano optimismo por cada poro de mi piel y que cada día alineo mis chakras para irradiar energía positiva. Que parezco de goma haciendo yoga con suma facilidad y que puedo merendar cupcakes cada tarde sin que la báscula se resienta, y además presumir de ello en las redes sociales.

Porque eso son puras patrañas. Ni todo está siempre bien ni lo nuestro es una fiesta sin fin, porque también somos esos ‘pringaos’ de mundo interior. Que a las 7 de la mañana todos tenemos legañas y a las 10 de la noche muchos arrastramos ojeras. Que el optimismo a veces no basta porque la vida cuando pega, pega duro y muy real. Que mis chakras están más descentrados que yo y mi energía va y viene según mi ciclo menstrual. Que el yoga me desgarra los músculos con sólo verlo de lejos y que no puedo merendar lo que se me antoje cada día si quiero seguir entrando por las puertas. Y si lo hago luego me tengo que matar a correr, sin estilo y sin nada, porque yo cuando corro sudo y se me revolucionan los pelos de la coleta, así que lo último que me apetece es tomarme fotos. Pero oye, dicen que es igualmente efectivo hacerlo así, sin que nadie lo sepa.

Al fin y al cabo esa es la realidad del día a día, de la vida que tenemos que vivir absolutamente despeinados. Disfrutando de sus más y sus menos, pero siempre con la verdad de quienes somos, y la certeza, escrita en las palmas de las manos. Porque a mí eso del color rosa me aburre y la felicidad encapsulada me aterra. Por eso reivindico los días de mierda y el derecho a la pataleta, a la lluvia que fastidia y al tráfico que desgasta. No me gusta ponerle filtros ni retoques a las sonrisas, ni tampoco a las lágrimas. Así sabrán que cuando lloro es porque padezco, y cuando río soy puro gozo.

Facebook y otras mentiras.

Quién no ha abierto una mañana Facebook y se ha arrepentido con todo su ser de haberlo hecho. Quién no ha llorado viendo y leyendo lo que no quería ver ni leer. Quién no ha criticado una foto o dos. Quién no ha pasado horas analizando el chisme de turno y se ha reído de lo patética que puede llegar a ser la gente. Quién no ha subido contenidos esperando ciertas reacciones. Quién no ha jugado al populismo virtual. Quién…

¿Quién está a salvo de tantas mentiras?

Qué peligro, madre mía. Dejarnos engañar por lo que vemos sin saber qué intención se esconde tras cada foto, post o tuit. Comernos la cabeza imaginando lo que no es e intoxicar nuestra realidad. Luchar constantemente por mantener la mente fría y aprender a relativizar, o a madurar, sabiendo que no es oro todo lo que reluce y que las redes sociales pueden ser tan útiles como enfermizas si no las sabemos utilizar.

Vivimos bajo el yugo de la imagen y la popularidad en una sociedad cada vez más superflua, sometidos a likes y comentarios que elevan y destruyen en el mismo momento en que se publican. Si mi foto no alcanza cierta cuota de aceptación, ¿será que no soy lo suficientemente atractiva? Si mis publicaciones no se comparten, ¿qué estoy haciendo mal? Si no me incluyen en tal evento o me etiquetan, ¿se avergüenzan de mí? Inseguridades que nos enredan más en la red. Una patraña en realidad. Pero una condena también.

Ese afán de buscar reconocimiento virtual constante, de mostrar una vida que quizá llevas o quizá no, de inventar una realidad, edulcorarla o peor aún, dramatizarla para llamar la atención, me parece que se terminará convirtiendo en la enfermedad mental del futuro. No soy psicóloga pero basta echarle un ojo a Instagram para darte cuenta de que existe cierta obsesión por mostrar y demostrar lo bien que lo paso cada segundo de mi vida. Y cuidado, no critico las ganas de compartir con los demás tu viaje por el mundo, hay fotos que merecen incluso premios. Son lo que yo llamo fotos instructivas, de envidia sana, de ganas por conocer, de dar palmadita en la espalda y decirle al afortunado de turno con una sonrisa “jo, qué buena vida te das”.

Lo que me da realmente pavor es la foto frente al espejo de los abdominales de hierro que consigo a base de batidos y las sesiones compartidas a tiempo real en probadores de ropa. Porque tras esas fotos se esconden personas repletas de miedos y ansiedad. Personas quebradizas e infelices que mendigan reconocimiento para aliviar su falta de autoestima. Pero es tal el enganche al qué dirán que ya existen aplicaciones específicas para que gente que ni conoces opine acerca de tu físico y estilo personal. Un arma de doble filo si no sabes quién eres: tan pronto te dirán que estás espectacular como horrorosa, y dime, ¿tú qué vas a creer?

Depende de tu ego creerás que eres una reina. Que las fotos sacando morritos son lo máximo y cientos de likes de personas que ni conoces parece que lo atestiguan. Depende de tus frustraciones creerás que te sobran quilos o te falta pecho, que te tienes que operar la nariz y que jamás te van a valorar lo suficiente. No lo harán si tú no lo haces, aunque suene a cuento chino o a conformismo mental.

Da la senschistes-sobre-embarazadas-ación de que estamos cada vez más inmersos en lo virtual que en lo real, y que lo que no se publica no existe. Y qué equivocados estamos. La vida es la que vivimos, no la que colgamos en las redes sociales. La vida son los momentos que pasamos riendo con los amigos y los dramas que no aireamos. Son los perdones que se piden en la intimidad y las conversaciones que no guardamos.

Vivir es sentir cada instante y no perderlo retocando la imagen que lo congele para que todos lo vean. Claro que es bonito tener el recuerdo de aquella fotografía de nosotros dos en blanco y negro, pero es más bonita la emoción que guarda la memoria de aquel momento, y de todos los demás que no inmortalizamos. Aunque eso nunca lo sepa nadie ni haya etiquetas, comentarios o likes que nos respalden.

Porque al final lo privado es la vida real. Y lo demás, es sólo Facebook.