Estás justo a tiempo

Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer… Así cantaba el famoso bolero con aire nostálgico el paso de una noche que quisiera haber sido eterna. Así rogaba, entre la lágrima contenida y el dolor, que aquello, lo que fuera que le hacía sentir bien, no se terminara jamás. Que el tiempo se detuviera ahí, que por favor no avanzara. Pero si hay algo seguro en esta vida es que el tiempo, por mucho que nos empeñemos, pasa. A veces para bien, pues dicen que cura heridas. A veces para mal, cuando ese maldito reloj no nos da tregua y nos obliga a decir adiós antes de lo que nos gustaría.

Queremos creer que el tiempo nos esperará, que nos dejará hacer, que nos regalará una nueva oportunidad. Pero sabemos que no, que es tan fugaz como imprevisible y que sin darnos cuenta nos castiga por no saberlo aprovechar. Porque es cierto, a veces perdemos el tiempo. Esperando, buscando, analizando, preguntando, sopesando. Aterrados, paralizados, inmóviles. El tiempo nos asusta por su rapidez, su fugacidad y su desinterés. El tiempo está ahí para saberlo gestionar, para gozarlo, para disfrutarlo. Porque un día, sin más, ese tiempo se nos acaba. Se nos van los ratos con esas personas, las conversaciones que no tuvimos, las palabras que no supimos pronunciar, las promesas que no llegamos a cumplir, los sueños por los que íbamos a luchar. Todo eso que no hacemos se lo lleva consigo el tiempo. Y para eso no hay vuelta atrás.

Pero aunque es cierto que el tiempo no se detiene por nada ni por nadie, hay que entender que no todos tenemos los mismos tempos y que intentar que así fuera no sería justo en ningún caso. La trayectoria vital de cada persona es diferente y exigirnos metas según la edad que tenemos es un auténtico error. Ahora toca esto, después vendrá lo otro. Ya deberías haber hecho aquello, no deberías seguir haciendo lo demás. Y el peor de todos: yo a tu edad… Tú a mi edad ¿qué? Probablemente habías hecho mil cosas que a mí me faltan por hacer pero ¿cuántas de las que he hecho yo hiciste tú?

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La relación edad-temporalidad no siempre nos funciona como socialmente se espera que lo haga. No todos terminamos una licenciatura a los 22, encontramos nuestro trabajo ideal a los 25, nos independizamos a los 28, nos casamos a los 30 y tenemos el primer hijo a los 32. Supuesta estabilidad conseguida, objetivo cumplido. Y aunque hay personas que cumplen esa especie de regla establecida porque las circunstancias les son favorables para ello, otras lo hacen forzando la máquina como si se tratara de algún tipo de reto. Pero si hay que forzarlo, ¿no será que todavía no es nuestro momento?

Hay quienes tardan años en encontrar un trabajo que les resulte gratificante o lo suficientemente solvente, una pareja con la que construir un proyecto común o un lugar ideal para vivir. Algunos quieren alargar una juventud que saben que un día sí o sí se terminará explorando, viajando, conociendo. Otros prefieren dedicar esa misma juventud a compartir con sus hijos esa inagotable energía de los veintes. A veces las decisiones que tomamos nos llevan a alargar o acortar esos tiempos pero muchas otras veces el azar, las circunstancias, los momentos que no podemos controlar son los que nos guían por un camino u otro sin que la cuestión biológica deba ser algo que nos tenga que preocupar demasiado ni algo que debamos envidiar de los demás.

Nos han hecho creer que si a cierta edad no hemos llegado a lo más alto, ya sea personal o profesionalmente, es que ya no lo vamos a conseguir. Que si no nos ponemos en marcha pronto ya será demasiado tarde para poder hacerlo. Esa asociación inconsciente que hacemos entre éxito y juventud realmente no nos hace ningún bien. La vida es una carrera de fondo y muchas veces esa necesidad de alcanzar la mejor posición cuanto antes creyendo que de lo contrario ya no lo lograremos se convierte en una losa con la que cargamos conforme vamos cumpliendo años. Pero eso no tiene por qué ser así. Stieg Larsson publicó su primera novela a los 47 años y a los 50 murió de un infarto sin tiempo para poder saborear las mieles del éxito. José Saramago se consolidó como escritor a los 60 tras haber fracasado con varios escritos a los 25 y durante sus últimos años vivió por y para su auténtica y genial vocación, ganando un premio Nobel por el camino. Barack Obama terminó su carrera como presidente de los Estados Unidos a los 55 años y Winston Churchill llegó a Primer Ministro del Reino Unido a los 66. Pelé se consagró futbolísticamente a los 17 años y Bernarda Angulo, una mujer canaria que aprendió a nadar a los 47 años, superó una marca mundial de natación a los 95.

El tiempo pasa, sí, y tenemos que saber aprovecharlo siendo conscientes precisamente de que esto es aquí y ahora. Pero que el paso de los años no se convierta en un impedimento para creer que todavía se puede, para luchar por lo que nos motiva o para dejar de intentarlo por sentirnos “demasiado viejos” o “fuera de juego”. Conozco a gente de 30 años que piensa que ya no está para según qué trotes y a gente de 70 que hace planes de futuro con tremenda vitalidad. La biología no perdona pero la mente tiene el poder suficiente como para superar las barreras que nosotros mismos o la sociedad intenta imponernos. Cada uno corre su propia maratón, con sprints, con pausas, con recesos. Unos nos adelantarán y otros quedarán atrás, pero nuestro carril plagado de decisiones, circunstancias y casualidades es el único que nos tiene que importar. La vida se trata de vivirla así que no te agobies porque realmente no has llegado tarde ni tampoco demasiado temprano. Tú tienes tu propio ritmo: estás justo a tiempo.

 

 

Lucía

Afuera, el viento. Adentro, la tormenta. En el corazón un huracán y en sus ojos, como en el cielo, la lluvia. Lucía se acurruca como cada tarde de este otoño gris frente a la ventana del hospital, hipnotizada por las gotas que trazan caminos sobre los cristales mientras ella desde adentro los resigue despacio con el dedo índice.

axamulalom-1467311281-2257c0d_xlargeLa misma rutina, los mismos truenos, los mismos miedos. La misma incertidumbre, el mismo deseo frustrado, la misma desesperanza. Una rueda que gira, que la envuelve y que la ahoga. “Esta lluvia cómo aprieta… Casi tanto como la soledad” piensa.

Se le oscurece el alma a la par que la mirada con el recuerdo de quien ya no es, de quien nunca volverá. Huérfana de emoción, rota de dolor, una fuerza extraña la arrastra a los abismos con tanta intensidad que se vuelve débil. Y cae, de nuevo, en las redes de la adicción. Invisible, imperceptible y seguramente sin intenciones pero aquí está ella, como la araña que se enreda en su propia tela, agonizando. Quisiera poder controlar sus arrebatos, sus pasiones, su razón. Pero Lucía es así: un corazón errante lleno de piedras y cicatrices y a pesar de todo dispuesto a amar. Porque ella ama, claro que sí. Ama con nervios, con ganas. Ama cuando se muere de risa, ama cuando le surcan el rostro las lágrimas. Ama en la distancia y en el roce frágil de la piel. Ama a gritos llena de vida igual que ama de lejos, confinada tras estos ventanales y con la voz callada.

Piensa en esos años locos de desenfreno, de drogas, sexo y rock and roll. Sonríe melancólica y se pregunta cómo llegó hasta allí y sobre todo cómo pudo llegar a lo que vino luego, hasta aquí. Tener el mundo a sus pies, sentirse invencible y poderosa, jugarse la vida y el amor a una carta, y perder el control después. Lo apostó todo por una idea, una pasión, una utopía. Pero en la ruleta ganó el negro y la margarita le susurró que no. Y qué difícil es sentirlo, se dice. Romperte en mil pedazos tras cada silencio, cada reproche, cada desaire. Farfullar súplicas y ruegos, esconder los sentimientos en público, explotarlos desnudos y a solas más tarde. Qué difícil convivir con la mentira, con la sonrisa fingida, con las marcas en el cuerpo, con los huecos en el alma, con las miradas esquivas y los celos acuchillándote las entrañas. Pero qué fácil se recomponía después con un gesto noble, una caricia certera, una palabra adecuada. Promesas que ocultaban los lazos que no existían pero que Lucía creía o quizá sólo la conformaban. Y así, a ratos, a trompicones, a pedazos, fue vendiéndole su alma al diablo, prostituyendo el amor, enmudeciendo el dolor, intoxicando su cuerpo y ahogando la culpa en alcohol.

Se dejó llevar por amores furtivos y vencer por pasiones cegadas. Perdió las riendas de todo aquello que la sujetaba y huyó hacia adelante porque no encontró un camino mejor. Esperó que todo su desbarajuste se solucionara por la propia inercia de los acontecimientos, como lo hacen las cosas que no tienen mucho sentido, pero eso no ocurrió. Y un día el caos fue tan brutal que terminó sola y desgarrada deambulando descalza bajo la lluvia. Parecía una loca y como tal la trataron. Desde entonces pasa las tardes trazando el camino abrupto de unas gotas de agua sobre un cristal mientras resigue de igual manera en su mente la línea trunca de una vida corta, intensa y rápida que un día le vino grande y que ahora se le ha quedado tremendamente vacía.

 

 

¡Es que soy millennial!

Dice mi fecha de nacimiento que soy Leo. La hora dice que tengo el ascendente en Libra y la luna vete a saber, quizá la tengo en Valencia (o eso opina a veces mi madre). El horóscopo chino, que es el que se rige por los años, determina que soy Tigre. Y ahora ese mismo año resulta que también dice que soy millennial. ¿Millennial? Me parece que eso ya no tiene nada que ver con el Zodiaco, creo que es más bien una etiqueta que engloba a toda una generación de eternos adolescentes…

Millennial: término para definir a los nacidos entre las décadas de los ochenta y de los noventa (en concreto 1982-1996) y que alcanzaron la edad adulta ya en el cambio de milenio” (de ahí su nombre). A esta generación también se la conoce como Generación Y, por correlación con la anterior que era la X, que venía a su vez de la Baby Boomer. A nosotros nos sigue la Generación Z, nacidos entrados los 2000. Y luego ¿qué vendrá? ¿Vuelta a empezar con el abecedario?

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Pero nosotros los millennials ¿quienes somos en realidad? Dicen que somos esa “generación Peter Pan” que retrasa al máximo la llegada a la edad adulta, o mejor dicho, a la responsabilidad adulta que vemos reflejada en las generaciones predecesoras. Somos madurescentes: retrasamos la vida familiar, nos pensamos mucho eso de tener una hipoteca, preferimos viajar. Queremos un buen puesto de trabajo acorde con nuestra creatividad, el máster que estudiamos y el talento que tenemos; buscamos en realidad un reconocimiento social y ya no sólo una insatisfecha estabilidad económica que nos permita anclarnos a lo material, aunque seamos cada vez más materialistas. Somos la generación mejor preparada hasta la fecha pero la que más difícil lo tiene para entrar en el mercado laboral. Somos los que cogen sus maletas y se van, porque quieren o porque no tienen de otra, aunque eso ha pasado siempre y en peores condiciones, también es verdad. Somos emigrantes con Visa y móvil, bueno, pues no estamos tan mal.

Queremos ser felices y recuperamos a los antiguos romanos adoptando su “carpe diem” como máxima actual. Sin embargo, necesitamos cientos de gurús del buenrollismo, libros de autoayuda, artículos positivistas, frases optimistas en vinilos decorativos y tazas motivacionales para el desayuno… Y aún y así siempre nos falta algo, nunca estamos satisfechos.

Somos los que nacimos libres con la tecnología y en la edad adulta nos hemos convertido en sus esclavos. Fuimos los primeros en abrirnos una cuenta en Facebook y los primeros ahora en empezar a cerrarla… Ya no le vemos tanto sentido, otras redes están ganando la batalla. Somos los que maquillamos el currículum en Linkedin y nos enteramos de las noticias por Twitter o en la versión online de esos periódicos que no sabemos cómo hojear. Somos los que opinamos de todo detrás de las bambalinas virtuales, la generación más interesada en la política y en los asuntos sociales, la que más se reivindica pero la más alejada en cambio a los partidos y a las asociaciones tradicionales. Somos una multitud de opinión plagada de egos individualistas.

Leemos novelas en kindles (aunque yo siempre preferiré el olor de un libro en papel) y no podemos ir a dar la vuelta a la manzana sin conectar los auriculares del iPod. La tablet releva al portátil y los ordenadores de sobremesa nos parecen demasiado remotos, demasiado encorsetados, demasiado estáticos. El móvil es parte de nuestra anatomía y la inmediatez de respuesta, de opinión, de comunicación es parte de nuestro carácter.

Pero también somos la generación que vivió su infancia en los noventa, cuando todo esto de hoy era bastante diferente. Dragon Ball, Oliver y Benji o Pinky y Cerebro era lo que veíamos después del ‘cole’. Pesadillas fue nuestra primera colección literaria; luego llegó Harry Potter. Los Simpson la serie de animación por excelencia unida a la irreverente South Park que veíamos casi casi a escondidas. ¿Dibujos infantiles malhablados? Perdón, ¿infantiles? Somos la primera generación adulta que sigue viendo dibujos animados. La misma que creció con las precuelas de Star Wars pero que se hizo incondicional de toda la saga y cuenta los días para el estreno del Episodio VIII. Somos esa generación que ha hecho de los superhéroes una fuerza cultural y de los videojuegos está haciendo un deporte. Porque con nosotros llegó la PlayStation, niños. Aunque antes de la Play tuvimos una consola Sega en la que jugábamos a Sonic y también una Game Boy ¡en color! para entretenernos en los viajes.

Somos la generación que coreografió los bailes de las Spice Girls y forró sus carpetas con las fotos de los Backstreet Boys. Lloramos con la muerte de Jack Dawson más que con la del millar de náufragos reales del Titanic y todavía hoy reivindicamos que había sitio en la maldita tabla, ¡Rose! Somos los que nos sabemos al dedillo cada capítulo de Friends y los que seguimos echando una lágrima cuando muere Mufasa. La factoría Disney nos quiso convertir en princesas pero Pixar llegó para contrarrestarlo.

Dicen que somos millennials pero tenemos un pasado en el que los móviles eran como ladrillos, o incluso no había móviles. ¿Que cómo puede ser? Cuando era pequeña no teníamos línea fija en el apartamento de la playa y si había una urgencia llamaban a la vecina. Las cabinas telefónicas tenían sentido y las madres te llamaban a gritos desde el balcón, no te escribían un whatsapp para que subieras a cenar. Somos la generación que para usar internet tenía que desconectar la línea de teléfono y escuchar el chisporroteo del módem para saber que aquello se estaba conectando, lento pero seguro. Ni fibra óptica ni miles de gigas. Wikipedia no existía, lo más novedoso entonces era la enciclopedia Encarta en CD que sustituía a los grandes tomos de la Larousse que siguen adornando muchas estanterías en las casas, acumulando polvo.

Somos la generación que recuerda vagamente los casetes de Nino Bravo, de Mocedades, de los Beatles y de Perales en el coche de sus padres; pero que creció poniendo CDs en un discman efímero, que pirateó descargas musicales y que ahora escucha en streaming la música comercial pero vuelve a coleccionar vinilos de sus ídolos porque es más auténtico. Hipsters. Somos los mismos que dejamos de ir al videoclub en la adolescencia y ahora nos pasamos horas viendo Netflix desde cualquier dispositivo. Somos appdictos y sin embargo todavía imprimimos las entradas que compramos vía web. Por si acaso.

Somos, en definitiva, los que estamos entre lo viejo y lo nuevo, los últimos supervivientes de una forma de vida analógica, los primeros en caminar solos por la vida digital. Tenemos los suficientes recuerdos como para saber que antes esto no era así pero no concebimos otra manera de ser, de estar, de relacionarnos con el mundo que no sea a través de la tecnología. Guardamos álbumes de fotos en papel como un tesoro que sólo disfrutaban los implicados; ahora compartimos fotos de todo para todos, los conozcamos o no, les importemos o no. Caemos en la pose con suma facilidad, pintamos momentos felices, desayunos bonitos, atardeceres de cuento. Sólo los pintamos. Los vivimos tras el objetivo pero ¿los sentimos? A veces me parece que no como antaño.

Los millennials somos una generación boomerang, de altibajos, desconcertada en el cambio, aferrada y tecnológica. Innovadora para unas cosas, tradicional para otras. Reivindicativa del abrazo auténtico que estamos perdiendo, deseosa de interacción, falta de comunicación real, necesitada de aprobación. Sentimos que tenemos que vivirlo todo tan intensamente que a veces dejamos de vivirlo, nos abruma la impaciencia y la necesidad de (de)mostrar. Si no nos adoran, no adoramos. Si no nos quieren, no queremos. Si no nos contestan, no contestamos. Si nos ignoran, pues más ignoramos. Caemos en la provocación y en el orgullo con facilidad pasmosa, malinterpretamos mensajes escritos y enviados, le buscamos los tres pies al gato. Estamos dejando de lado los cafés y las miradas, las conversaciones importantes, por los teclados.

Y sí, es cierto, es que soy millennial y la primera que cae en todo eso, en la tecnología, en la moda, en la pose y en el hashtag. Pero igual que caigo me paro a pensar y me da miedo sentir que vamos a la deriva de la fachada y de la hipocresía, y que por querer estar tan conectados en un mundo ficticio al final estemos demasiado alejados de lo que cuenta de verdad. Lo que me consuela es pensar que el bagaje de nuestra infancia en los noventa seguirá estando ahí para recordarme que los teléfonos se pueden apagar para cenar con alguien, que todavía quedan momentos íntimos, que lo mejor nunca es lo publicable, que la autoestima no se mide en likes, que los amigos son más que los seguidores y que lo importante es ser y estar, no sólo (a)parecer. Y eso, por muy millennial que sea no me lo van a cambiar.

 

 

 

No existe el adiós.

Hacía calor aquella mañana pero ella sentía escalofríos. Tan pronto necesitaba de su abanico como se le ponía el vello de punta. La manicura resistía los envites de sus dientes como podía y sus pies taconeaban el suelo en un intento vano por calmarse. Demasiado tiempo sin verse reflejada en ojos ajenos, demasiado sin sentir el calor de aquel aliento de miel acidulada.

Y no es porque lo extrañara, en realidad había aprendido a callar las voces internas, a madurar los sentimientos, a dormir los deseos. No quiso recordar en la espera las heridas que ya ni siquiera dolían pero se apoderó de ella el desconcierto y la duda. Comenzó un baile inútil de “y sis” y los porqués se amontonaron en fila esperando su turno. Taconeando el suelo de mármol trataba de mantenerlo todo bajo control ensayando su mejor sonrisa y conteniendo las ganas hasta que sonó el timbre de ese acento que pronto la desbarataba.

Bastó un abrazo para entender que seguía siendo humana.

La mirada de obsidiana, aquella boca maldita, el tacto que la erizaba. El mismo hombre y la misma mujer, en apariencia. Pero ninguno de los dos estaba realmente seguro de quién era el de enfrente y con disimulo se fueron calibrando. ¿Serían los de siempre? ¿Debían serlo? Que no quiero cometer los mismos errores, pensaba él. Que a veces quisiera empezar de cero, soñaba ella.

Pero pronto se atropellaron las palabras con urgencia por explicarse los días ausentes. Se destensaron los músculos y afloraron sonrisas a la par que recuerdos. La nostalgia de los buenos momentos hizo su aparición, igual que las bromas y los pequeños detalles que la memoria en su capricho suele guardar aun sin darnos cuenta. Se sintieron relajados y empezaron a desenterrar aquel baúl repleto de tesoros y de algunos trapos sucios que nunca nadie lavó.

Trapos de promesas efímeras y huellas perdidas, mojados en lágrimas durante noches de tormenta, tejidos con dedos ávidos jugueteando a escondidas. Tesoros de alegrías tan vivas que aunque a veces tambaleantes siempre calaron mucho más hondo. Momentos que se fueron fundiendo en la pira que él encendió para espectáculo del resto. Humo que los fue asfixiando a la vista de todos aunque sólo ella tosía sacrificada ante el altar mayor de aquel ego desmesurado. Vuelta a prender de nuevo reviviendo en la oscuridad de aquellos abrazos secretos, renaciendo de sus propias cenizas.

Pero ahora se tomaban el pulso de otra manera. Eran más sinceros con las miradas y más certeros con las palabras. Varios años de felicidad intercalada daban para mucho más de lo que a ellos mismos les podía parecer. Y lo demostraban hablándose directamente a los ojos sin tapujos ni misterios. Porque a pesar de los nervios y de la confusión que siempre precedió a cada encuentro, ellos se sabían atraídos desde el más íntimo rincón de su ser. Quizá imperaba el deseo sobre el querer, o puede que no supieran cómo darse y recibirse, o que simplemente estuvieran condenados a encontrarse y reencontrarse por los caminos de la vida como gatos en celo, magullados y callejeros, para lamerse y aliviarse las heridas de cada riña. Curarse los vacíos y las inseguridades llenándose el uno del otro, hilvanando cicatrices sin llegar jamás a coserlas.

Y así lo hicieron una vez más hasta que ella volvió a taconear sobre aquel tablao de mármol y él se refugió en el mismo abrazo que siempre lo protegía. Qué sabe nadie del futuro y de la vida, si quizá esto es sólo la historia de aquel bolero, como no hay otro igual… Seguirían adelante como ya habían aprendido a hacer en todas las anteriores despedidas. Puede que ella soltara alguna lágrima de más aquellas primeras noches de soledad, como era costumbre, pero tenía la certeza de que ése era el precio a pagar por su felicidad, tomando el único riesgo que siempre valió la pena tomar.

Se encomendó a todos los santos de aquella Catedral y le pidió al destino algo de piedad. Recitó en silencio poemas inacabados y escribió agradecimientos y perdones en una humilde servilleta de papel. Nunca hubo algo tan lindo y sincero como aquellas palabras que el viento sopló. Escribió varios te quieros para aligerar el consuelo y se refugió en el conformismo de siempre, tan cruel como cobarde: “porque confío plenamente en la casualidad de haberte conocido…”

Pero nadie lo concluyó, y aquella tarde tampoco se dijeron adiós.

Veintitantos.

Dicen que la mejor época son los veintes. Pero yo me pregunto, ¿la mejor? Que sí, que sí, no lo dudes, ¡quién los tuviera! Y no, no lo dudo, pero sí discrepo.

Los veintes no son tan bonitos, ni tan livianos, ni tan sencillos. Muy al contrario, conforme vas sumando veintes el panorama deja de ser tan bucólico. Y sí, eres joven, qué duda cabe, pero la sombra de los treinta es alargada y maliciosa. Y aunque hoy en día la sociedad camina con tempos muy distintos a los de hace unos años, mentalmente los treintas siguen suponiendo una barrera, inconsciente quizá, pero estable.

Es como si en algún lugar estuviera escrito lo que corresponde y lo que no a cierta edad: los veintes están para experimentar, y los treintas para asentarse. Y eso, a veces, nos agobia. Ver cómo avanzamos hacia el tercer piso con unos cimientos tan inestables no provocan más que desazón y rebeldía. Pero ¿acaso una edad va a determinar mi comportamiento? ¿Acaso se me terminan las noches de ron descontrolado y estoy condenada a los vinos con medida? ¿Es que no se puede improvisar un viaje sin rumbo ni hoteles ni guía en mano? ¿Ya no tenemos edad de pensar sólo en el presente y vivirlo sin andar encorsetados?

Yo me rebelo contra todo eso, aunque a veces eso es lo que me apetezca: noches tranquilas de vino o camas de hotel programadas y confortables. Pero en cierta manera me rebelo contra ese plan oculto y preestablecido en el que conforme más cerca del treinta estás más te venden independencia y casamiento, horario de oficina e hijos por criar como algo “que ya toca”. Luego viene la segunda parte: todavía eres muy joven. Y entonces te sientes en una especie de limbo vital en el que ni tan joven como para pasar de todo como adolescente ni tan mayor como para sentir que te come la rutina y ya no hay vuelta atrás.

Porque no por estar en mis veintitantos tengo que estar pensando en mis treintas, creo yo. Esto no es una carrera por ver quién alcanza antes su estabilidad aunque Facebook cada vez esté más lleno de bodas y bebés. Al menos sigue habiendo otro gran grupo de veintitantos (y alguno más) como tú: perdidos y encontrados, con sus crisis existenciales de cinco minutos y sus arrebatos de pasiones descarriadas.

La vida da muchas vueltas y las cosas llegan cuando y como tienen que llegar. No por mucho madrugar amanece más temprano y eso es algo que me ha costado muchos años, quizá todos estos veintitantos, asimilar.