Volcán de obsidiana

Hoy me acordé de ti. Así, sin previo aviso, sin anestesia, sin más. Es lo que tienen las mañanas perezosas en el Metro, que a una le da por mirar el móvil o a veces incluso por pensar. Hoy hice las dos cosas y no sé cuál de ellas fue la que desencadenó tu recuerdo. Dibujé una sonrisa al rememorar aquellos comentarios ácidos que primero con gracia me provocaban y que después terminaron por sacarme de quicio. Regresé a la cama que compartimos y te acaricié la espalda por debajo de la camiseta del pijama sintiendo tu escalofrío espontáneo, y el mío. Reí extrañando esa sensación y comparándola con otras que fueron antes, y que vinieron después. Noté tus dedos correspondiéndome casi de forma autómata y soñolienta mientras poco a poco, y a besos, nos despertábamos el uno al otro. Oí de nuevo los susurros, los qué loca estás, los gemidos, nuestro unísono a la perfección. Descubrí otra vez tus ojos posándose a dos centímetros de los míos, tan brillantes, tan astutos, tan profundos. Y me vi reflejada en ellos como tantas otras veces en las que quise ser para siempre la única capaz de perderse en ese volcán de obsidiana que era la vida junto a ti. A lo mejor también el amor.

Navegué, mecida por un vagón traqueteante, a los atardeceres rosados del océano Pacífico y quise volver a tostarme bajo un sol más abrasador que de costumbre, aunque tú ya no estés nunca más allí. No conmigo. Me perdí con la mente entre las olas de una relación que fue todo sin ser nada, o que de la nada quiso hacer un todo. Busqué respuestas donde antes ni siquiera me hice preguntas o puede que ya ni sentido tenga tratar de descubrir qué pasó, qué nos mató, qué fue realmente lo poco que te importó. Cuánto daño fuimos capaces de soportar y sin embargo, una vez, creímos que de las heridas infligidas algo podríamos aprender e incluso sanar. Ni tú ni yo, huérfanos de razones, le dimos tregua a un deseo tan ambicioso como fugaz.

adios-trenRegresé a las mañanas soleadas y a las tardes de lluvia, a las piedras en el camino, a las medias tintas, a los entredichos. Justifiqué las malas maneras, entendí muchas otras. Asumí tu inmadurez como parte del juego, la inseguridad de ambos vestida de ego. Me desprendí al fin del lastre del querer y del olvido, y pude recuperar la cordura a tiempo para no volver a cometer los mismos errores, aunque ¿quién me dice que no me gusta complicarme la vida con amores incompletos? Empiezo a pensar que no fuiste del todo tú, ni tampoco lo fui yo.

Como lobos en la estepa cubiertos de nieve coincidimos aquella noche en tiempo, lugar y forma. Solitarios, hambrientos, necesitados. Fui el refugio de tus miedos, tú la sombra que cubrió los míos, la luz que más los alumbró también. Nos alentamos, nos destrozamos. Nos prometimos, nos olvidamos. Regresamos, nos buscamos, nos deshicimos. Yo te quise como a nadie y tú me amaste como a todas. Fuiste el Diego de mi vida sin dejarme ser la Frida de la tuya. Llena de colores, de dolores, de sueños, de pájaros, de flores. Viste en mí el potencial y la tenacidad, dijiste que lo conseguiría, que algún día, de verdad, escribiría. Y lo hice, y lo hago, o lo intento, de mil maneras contigo, por ti, para ti. Pero cuando mejor me saben las letras es en la ausencia, en el recuerdo, en el tormento. Es la tristeza una forma de arte, quizá. Mi arte al menos.

Perdóname, empiezo a divagar, parece que este trayecto no termina nunca… Y quién sabe por qué eres tú quien hoy, de nuevo en mi memoria, me abre las emociones de un tiempo pasado que igual no fue mejor, aunque para mí su sabor entonces fuera perfecto. Ansia de la huella que pisaba mi alma mientras yo le ponía lazos a la tuya. Inconforme e inmensurable, agónico final. Hoy pensé en ti y en ese adiós cobarde mientras una muchedumbre de gente se agolpaba a la salida de este subterráneo asfixiante empujándome sin ser yo capaz de oponer resistencia. Casi como fue la historia entre los dos: un dejarse llevar. Pero, ¿sabes? Desde que no dueles, y hace ya mucho de eso, me puedo permitir este pequeño lujo de mirar atrás sin resentimiento por las cicatrices marcadas. Con valor. La supervivencia hizo finalmente su trabajo, invoqué a la libertad y me devolvió calma tras demasiadas tormentas perdida. Después de todo la mente tiende a jugarnos malas pasadas y ahora que el silencio es lo único que nos une me parece que nada de todo esto pasó, que tú ni siquiera fuiste, ni siquiera existes.

 

Respiro

Siento el aire inundando mi nariz, bajando hasta mis pulmones, abriéndome el pecho de par en par. Con furia entra en mí el huracán del olvido mientras golpean con fuerza los recuerdos contra mis ventanas, queriéndome descolocar. Pero hoy huyo de todas esas puertas que sólo abren al pasado, de todos esos sentimientos que un día creí bucólicos y que ahora sólo buscan martirizar. No quiero saber nada de aquellos aires de grandeza que una vez fueron sin ser. No me interesan las ínfulas de quien se cree poderoso siendo nadie, ni de quien pretende serlo a costa de los demás. Ya no soy aquella niña que el viento efímero de una pasión podía hacer tambalear.

Entra en mí este aire frío que despierta mis rincones más adormecidos, que me pone alerta, que me despeja la mente y me ventila el corazón. Acaricio la brisa como si fuera un terciopelo rozándome la piel. La siento ligera, suave, condescendiente. Poco a poco me va mitigando la carga, me desata los nudos, me descama el óxido acumulado en el alma.

Es un viento agradable éste que busca insuflarle vida a un nuevo comienzo en el que emana la risa, el fervor, la verdad, el consuelo, la alegría, el bienestar. Irrumpe en mí la ilusión, el amor, la paz. Vuelan lejos las malas intenciones, los dobles sentidos, las estrategias, los desaires, las mentiras, las poses fingidas, la hipocresía, las burlas y el interés.

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Fluye en mí un incesante vaivén de sentimientos convalecientes buscando consuelo y otros que, recién nacidos, sólo quieren sobrevivir en este huracán que forman siempre mis emociones.

Siento el aire inundando mi nariz, bajando hasta mis pulmones, abriéndome el pecho de par en par como si de repente todo cobrara un nuevo sentido. Como si hasta ahora no hubiera sido capaz de oler la libertad.

Y hoy, por fin, respiro.

 

 

 

Libre

Libre rompo mis cadenas

desgarrándome el dolor,

la incertidumbre y el desorden.

Libre de ese caos

que castiga en las noches

y que ahoga en las penas.

 

Libre huyo del amor inalcanzable

veneno amargo de esos besos

que mitigan mentiras y engaños.

Libre también del lastre

que paraliza la vida

atesorando daños.

 

Libre deshago mis maletas

esparciendo emociones y lágrimas

a partes iguales.

Libre de los tristes recuerdos

de dos almas etéreas

que se pensaron inmortales.

 

Libre me voy de la guerra

de un corazón indeciso,

caricias atormentadas.

Libre del temor de tus andanzas

desbarato mis sueños rotos

arañándome el alma.

 

Libre busco otros horizontes

con la memoria adulterada

por historias de fuego y helor.

Libre del miedo a perder

y más valiente que nunca al saber

a qué jugaba tu amor.

 

Libre guardo ahora mis emociones,

mis promesas y tentaciones

para un destino mejor.

Libre de conjeturas y pecados,

orgullo, deseo y futuro

que con fervor he batallado.

 

Libre busco de nuevo el latir

de aquel corazón ingenuo y apasionado

que en su lealtad fue mancillado.

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Libre me voy alejando de ti

sin rencor por la desdicha,

sabiendo cuánto te he amado.

 

 

 

Me voy de ti

No voy a ofrecer ni una disculpa más por algo que no hice simplemente por evitar un malestar. No voy a pedir un mísero minuto de atención ni un día más de asueto, no me interesa. No pido una consideración extra, darle la vuelta a la tortilla por enésima vez ni quemarme in extremis por nada. O por demasiado. No, no voy a pedir una explicación mentirosa ni un argumento convincente, porque yo tampoco lo voy a dar. Hoy no, hoy decido liberarte de mí… Hoy me voy de ti.

Te libero de mí y de mi necesidad constante por atenderte, consentirte y cuidarte. Te libero de mis ojos al amanecer, de mis piernas entre las tuyas y de mi boca besando tu piel. Te libero del gozo que siento al complacerte y de mis deseos por agradarte, de las dádivas que adoro regalarte, de los simples detalles que siempre me hacen pensarte.

Te libero del afán por amarte incluso en tus días más perros y de querer provocarte sonrisas destruyendo los miedos. Te libero del empeño por protegerte a costa de desgarrarme. Te libero de la bondad que siempre perdona y de este amor patoso que olvida todo lo malo al instante.

Te libero de mi intensidad, de mis ganas de saber siempre un poco más, de querer conocer lo que no me permites desenterrar. Te libero de mis preguntas latosas, de mis celos amagados, de mis ilusiones infantiles, de la loca felicidad que pretendo procurarte estando a tu lado.

Te libero de todo 11147919 - lonely girl with suitcase at countryside.lo que soy, lo que fui y lo que no me dejas ser. Te libero de mí y me voy de ti.

Me voy de tus silencios complejos y de tu vehemencia contenida, de tus susurros elocuentes y de tu vanidad engrandecida. Me voy de aquellas risas alegres, de tus cosquillas.

Me voy de la mirada penetrante que me enganchó una vez, y del veneno de tus labios que siempre me hace volver. Me voy de tu cuerpo que me sé de memoria, y de tus manos frías que igual que acarician me arañan hasta el alma.

Me voy de los llantos callados, de las noches en vela esperando un gesto, un mensaje, un guiño disimulado. Me voy de tus guerras sin bandera, de tus conflictos inacabados. Me voy de la emoción que me das, y del aliento que me quitas. Me voy de tu fuego que no sé controlar y del temor a cagarla por una palabra equivocada o fuera de lugar.

Me voy de la ansiedad, de la incertidumbre y de la confusión. Me voy de tu magnetismo candente que tanto me atrae y que también me cuesta sofocar. Me voy de las letras que llevan tu nombre, de las fotografías que no hicimos, de los viajes y sueños sin forjar.

Hoy me voy de ti con este clamor al viento de la libertad esperando que mañana me retengas un poco más, pidiéndole clandestinamente a la vida, como siempre, otra oportuna casualidad.

Vidas ajenas

Me gusta viajar en transporte público. Y no me refiero a que me encante el agobio de las horas punta, las peleas por un asiento, el tráfico o los retrasos. No estoy tan loca. Lo que me gusta de viajar en transporte público es la sensación de libertad mental que me genera. Esos ratos mirando por la ventanilla viendo pasar lugares y personas desconocidas son un auténtico estímulo para mi imaginación. Tanto, que hay veces como hoy que escribo tras estos cristales mientras el claxon de un coche impaciente me aturde los oídos.

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Delante de mí un adolescente vaga por su mundo acotado por unos auriculares enormes, ajeno al ruido de fuera y casi a cualquier tipo de presencia a su alrededor. Está tan sumido en su ‘yo’ que quizá ha perdido ya el rumbo sin darse cuenta. No sé si está dormido o es el puro éxtasis de la concentración lo que lo mantiene con los ojos cerrados.

Detrás de mí oigo a dos mujeres enjuiciar a nueras y yernos y luego pelear por el galardón al nieto más guapo, más listo o más espabilado. Su charlatanería me llega algo diluida por otros sonidos y además no le presto demasiada atención a ese baile de reproches y críticas tan domésticas como comunes.

El autobús no va muy lleno a esta hora imprecisa de la tarde: gente solitaria como yo regresando a casa después de otro día más en la oficina, acumulando rutina y sin nada nuevo que contar. Así que lo que más me interesa en estos momentos se mueve ahí afuera paseando bajo los colores del incipiente otoño y de esta suave brisa que despeina y reordena las ideas.

Me quedo mirando fijamente a un anciano que espera su turno para cruzar la calle con poca paciencia. El bastón no le impide actuar con sensatez ni cautela y antes de que cambie el semáforo ya se ha puesto en marcha, arriesgando el pellejo. ¿Qué será lo que les genera tanta impaciencia a los mayores? ¿Qué prisa tienen? Te empujan, te adelantan, se cuelan, no esperan… A veces pienso si es la prisa de ver la vida que se les va.

Más allá, sentada en un banco flanqueada por unos matorrales una madre acuna a su bebé mientras le da el pecho evitando miradas ajenas. Casi con reparo, como si estuviera mal, como si no fuera lo más bello y natural del mundo alimentar a tu hijo. No puedo verle la carita y ni siquiera sé si es niño o niña, pero me encuentro reflejada en la sonrisa de esa chica que no aparta la vista de su propio milagro mientras lo mima con delicada fragilidad. La miro y recuerdo con un nudo en la garganta lo que un día pudo haber sido, imaginando el tacto suave de aquella intangible piel morena, soñando su boca y mis ojos en esa criatura que se nos fue.

El semáforo se ha puesto en verde y el autobús avanza dejándome cierto desgarro y una lágrima rodándome las mejillas, como siempre que vuelve a mí aquel extraño vacío. Hay cosas que no se pueden olvidar, aunque debamos dejarlas atrás.

Ríen los niños allá afuera, aúllan los perros, de repente una muchedumbre se agolpa a mirar algo, pero no alcanzo a ver bien qué es. Parece que hay alguien tendido en la calzada, a un lado del paso de peatones. Un motorista caído y el sonido de una ambulancia que incluso consigue despertar al adolescente extasiado de su letargo parecen ser la causa de tanto revuelo. Todos aplastamos la cara contra las ventanas para ver mejor: el morbo de lo humano.

Un policía corta el tráfico y nos desvía por otra calle, dejando atrás la escena del accidente sin que ninguno podamos dilucidar nada más. No me importa dar un rodeo, hoy no quiero bajar del autobús. Si por mí fuera seguiría dando vueltas, mirando por la ventana, imaginando historias, poniéndole nombre a lo que desconozco y viviendo a través de las vidas ajenas la vida que no me atrevo a vivir.

Otro semáforo en rojo. Una pareja sale del metro cargada con maletas. Por el rubio de su cabello y la tez blanquecina no cabe duda de que son turistas. Más turistas en esta ciudad en la que caminar por el centro se ha convertido casi en misión imposible y rechazo para los residentes. Los observo, calculo que tienen mi edad. ¿Estarán casados? O quizá ni siquiera son novios, amigos que recorren el mundo simplemente en compañía. ¿Cómo saberlo? O quizá son amantes, quizá están engañando a sus respectivas parejas y a todos, y sólo ellos lo saben. Ella estudia un mapa mientras él pregunta por algún lugar a un hombre regordete y con bigote que se dirige apresurado a la estación. Hacía tiempo que no veía a alguien leyendo un mapa en papel… Me causa nostalgia, y envidia. Quiero más viajes, más maletas, más mapas en los que perderse y más paisajes por descubrir. Juntos.

La mirada cómplice que se dedican me hace pensar en ti. En los planes que hicimos, los que cumplimos, los que quedan en el tintero, los que nunca haremos. O sí, quién sabe, damos siempre tantas vueltas…

Absorta en mi mundo de recuerdo y fantasía no me doy cuenta de que nos hemos detenido y de una brusca sacudida regreso a mi realidad.

Con el arrullo melancólico de quien se deja llevar por la memoria no tengo más remedio que bajar del autobús y guardar en la mochila todo pensamiento.

Hasta nuevo aviso, final de trayecto.

 

 

 

La condenada bandera

Quienes me cestelada catalanaonocen saben perfectamente cuál es mi identidad política, si es que se puede decir que tengo alguna ya que visto lo visto nadie la merece. Saben, por tanto, que en esta guerra de nacionalismos de fuerza y pose ni defiendo ni critico más que lo justo y necesario y que como el 90% de la población intento vivir mi día a día alejada de tanta tontería.

Pero hoy estoy cansada. Harta de unos y de otros, del eterno tira y afloja, del te prohíbo y me rebelo. Llevamos años sumergidos en esta lucha de poderes no sé si emocionales o ideológicos, aunque a veces es todo lo mismo, sin llegar a ninguna parte. Llevamos meses subiendo el tono, esgrimiendo tópicos y rompiendo esquemas del Parlament al Parlamento, y viceversa. Por este lado de mi terra catalana tuvimos un cambio de President allá por enero mientras al otro lado “de la frontera” seguimos con un gobierno en funciones desde diciembre a la espera de una nueva cita electoral en junio. No sé si esta coyuntura ha propiciado cierto relajamiento en el tema independentista, que a mi juicio en las últimas semanas se mostraba bastante reposado. Hasta ahora, volvemos a arder.

El domingo se disputa la final de la Copa del Rey que enfrentará al FC Barcelona y al Sevilla en el Vicente Calderón. Si ya de por sí el fútbol es ardor, ¿por qué no calentarlo más? Eso debió de pensar la delegada del Gobierno de Madrid, Concepción Dancausa, que ha decidido prohibir la entrada de banderas independentistas al estadio acogiéndose al artículo 2.1 de la Ley del Deporte, que prohíbe “la exhibición en los recintos deportivos, en sus aledaños o en los medios de transporte organizados para acudir a los mismos de pancartas, símbolos, emblemas o leyendas que, por su contenido o por las circunstancias en las que se exhiban o se utilicen de alguna forma inciten, fomenten o ayuden a la realización de comportamientos violentos o terroristas, o constituyan un acto de manifiesto desprecio a las personas participantes en el espectáculo deportivo”.

Pues bien, señora Dancausa, si lo que usted pretendía era evitar lo inevitable (no hay más que tirar de hemeroteca para ver el ambiente en este tipo de juegos) sepa que lo que ha conseguido es incendiar de nuevo un tema de naturaleza de por sí más que candente.

Qué equivocados están, señores del Partido Popular y demás cofrades, prohibiendo el uso de la libertad de expresión según su conveniencia, que es casi siempre. No soy independentista ni me gusta escuchar tan sonoras pitadas a un himno que considero propio como tampoco a ningún otro, pues ante todo para mí prevalece el respeto. Sin embargo no estoy de acuerdo con esta nueva medida que se han sacado de la manga de cara al próximo partido. No considero que la bandera estelada invoque a la violencia ni fomente el terrorismo cuando he visto más de un domingo simbología nazi, racista y xenófoba en más de un estadio. Ésa es la verdadera amenaza que recoge la legislación deportiva y créame, señora Dancausa, ése sí es un tema de violenta peligrosidad.

Si usted procura evitar que un sector de la afición del Barça aproveche la coyuntura del fútbol para hacer uso político le diré aquello que cantaba la gran Rocío Jurado: ahora es tarde, señora. Ahora es tarde porque desde que tengo memoria el Barça es més que un club, como lo es el Real Madrid y como lo es cualquier organización que tenga algo que ver con el poder. Pretender que en el palco del Bernabéu no se firmen grandes negocios u olvidar que la semilla de la hoy extinta CiU se gestó durante el tardofranquismo aprovechando una efeméride blaugrana es cuanto menos un despropósito falaz y majadero. Y personalmente no me gusta este matrimonio de conveniencia, el deporte es y debería ser simplemente deporte, pero no soy tan cándida como para no saber qué intereses se cuecen entre bambalinas, donde el aficionado de a pie no tiene lugar.

Conozco a muchos culés que lloran de emoción con su Barça y nada tienen que ver con el independentismo. Igual que conozco a muchos otros que sienten una victoria blaugrana como un triunfo sobre esa España represora y dictatorial que todavía hoy algunos no quieren dejar atrás. Algunos como usted, señora Dancausa.

Así que les ruego a todos los que tienen estas geniales ideas basadas en la mordaza y el silencio que se lo piensen un poco más antes de ponerse bravos impidiendo que una afición entera acceda a un estadio pacíficamente con la bandera que le dé la real gana. Si a ustedes no les gusta esa bandera en concreto entiendan que es nada más (y nada menos) que un símbolo al viento de lo que una parte del pueblo catalán intenta desde hace tiempo reclamar. Pero no la condenen con tan dura y ridícula opresión, retorciendo leyes y agitando las llamas de la política antes de las elecciones porque lo único que consiguen es alzarla mediáticamente todavía más, sumando adeptos a la causa independentista que precisamente tanto miedo les da.

Ustedes no se enteran de nada, y se lo digo yo con la potestad que me da tener el corazón catalán latiéndome en español. Probablemente pasaré un mal rato el domingo mientras silben el himno y no me gustará asistir de nuevo a la eterna politización de lo que es nada más fútbol, pero espero que el juez del Contencioso – Administrativo que ya está llevando esta causa resuelva hoy con sensatez y revoque tanta necedad. No estar de acuerdo ni compartir ciertas ideologías en una democracia no debería darnos tanta manga ancha para vetar. Al menos a mí me gusta más apelar a la libertad de expresión, no sé, llámenlo defecto profesional.