Vidas ajenas

Me gusta viajar en transporte público. Y no me refiero a que me encante el agobio de las horas punta, las peleas por un asiento, el tráfico o los retrasos. No estoy tan loca. Lo que me gusta de viajar en transporte público es la sensación de libertad mental que me genera. Esos ratos mirando por la ventanilla viendo pasar lugares y personas desconocidas son un auténtico estímulo para mi imaginación. Tanto, que hay veces como hoy que escribo tras estos cristales mientras el claxon de un coche impaciente me aturde los oídos.

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Delante de mí un adolescente vaga por su mundo acotado por unos auriculares enormes, ajeno al ruido de fuera y casi a cualquier tipo de presencia a su alrededor. Está tan sumido en su ‘yo’ que quizá ha perdido ya el rumbo sin darse cuenta. No sé si está dormido o es el puro éxtasis de la concentración lo que lo mantiene con los ojos cerrados.

Detrás de mí oigo a dos mujeres enjuiciar a nueras y yernos y luego pelear por el galardón al nieto más guapo, más listo o más espabilado. Su charlatanería me llega algo diluida por otros sonidos y además no le presto demasiada atención a ese baile de reproches y críticas tan domésticas como comunes.

El autobús no va muy lleno a esta hora imprecisa de la tarde: gente solitaria como yo regresando a casa después de otro día más en la oficina, acumulando rutina y sin nada nuevo que contar. Así que lo que más me interesa en estos momentos se mueve ahí afuera paseando bajo los colores del incipiente otoño y de esta suave brisa que despeina y reordena las ideas.

Me quedo mirando fijamente a un anciano que espera su turno para cruzar la calle con poca paciencia. El bastón no le impide actuar con sensatez ni cautela y antes de que cambie el semáforo ya se ha puesto en marcha, arriesgando el pellejo. ¿Qué será lo que les genera tanta impaciencia a los mayores? ¿Qué prisa tienen? Te empujan, te adelantan, se cuelan, no esperan… A veces pienso si es la prisa de ver la vida que se les va.

Más allá, sentada en un banco flanqueada por unos matorrales una madre acuna a su bebé mientras le da el pecho evitando miradas ajenas. Casi con reparo, como si estuviera mal, como si no fuera lo más bello y natural del mundo alimentar a tu hijo. No puedo verle la carita y ni siquiera sé si es niño o niña, pero me encuentro reflejada en la sonrisa de esa chica que no aparta la vista de su propio milagro mientras lo mima con delicada fragilidad. La miro y recuerdo con un nudo en la garganta lo que un día pudo haber sido, imaginando el tacto suave de aquella intangible piel morena, soñando su boca y mis ojos en esa criatura que se nos fue.

El semáforo se ha puesto en verde y el autobús avanza dejándome cierto desgarro y una lágrima rodándome las mejillas, como siempre que vuelve a mí aquel extraño vacío. Hay cosas que no se pueden olvidar, aunque debamos dejarlas atrás.

Ríen los niños allá afuera, aúllan los perros, de repente una muchedumbre se agolpa a mirar algo, pero no alcanzo a ver bien qué es. Parece que hay alguien tendido en la calzada, a un lado del paso de peatones. Un motorista caído y el sonido de una ambulancia que incluso consigue despertar al adolescente extasiado de su letargo parecen ser la causa de tanto revuelo. Todos aplastamos la cara contra las ventanas para ver mejor: el morbo de lo humano.

Un policía corta el tráfico y nos desvía por otra calle, dejando atrás la escena del accidente sin que ninguno podamos dilucidar nada más. No me importa dar un rodeo, hoy no quiero bajar del autobús. Si por mí fuera seguiría dando vueltas, mirando por la ventana, imaginando historias, poniéndole nombre a lo que desconozco y viviendo a través de las vidas ajenas la vida que no me atrevo a vivir.

Otro semáforo en rojo. Una pareja sale del metro cargada con maletas. Por el rubio de su cabello y la tez blanquecina no cabe duda de que son turistas. Más turistas en esta ciudad en la que caminar por el centro se ha convertido casi en misión imposible y rechazo para los residentes. Los observo, calculo que tienen mi edad. ¿Estarán casados? O quizá ni siquiera son novios, amigos que recorren el mundo simplemente en compañía. ¿Cómo saberlo? O quizá son amantes, quizá están engañando a sus respectivas parejas y a todos, y sólo ellos lo saben. Ella estudia un mapa mientras él pregunta por algún lugar a un hombre regordete y con bigote que se dirige apresurado a la estación. Hacía tiempo que no veía a alguien leyendo un mapa en papel… Me causa nostalgia, y envidia. Quiero más viajes, más maletas, más mapas en los que perderse y más paisajes por descubrir. Juntos.

La mirada cómplice que se dedican me hace pensar en ti. En los planes que hicimos, los que cumplimos, los que quedan en el tintero, los que nunca haremos. O sí, quién sabe, damos siempre tantas vueltas…

Absorta en mi mundo de recuerdo y fantasía no me doy cuenta de que nos hemos detenido y de una brusca sacudida regreso a mi realidad.

Con el arrullo melancólico de quien se deja llevar por la memoria no tengo más remedio que bajar del autobús y guardar en la mochila todo pensamiento.

Hasta nuevo aviso, final de trayecto.

 

 

 

La condenada bandera

Quienes me cestelada catalanaonocen saben perfectamente cuál es mi identidad política, si es que se puede decir que tengo alguna ya que visto lo visto nadie la merece. Saben, por tanto, que en esta guerra de nacionalismos de fuerza y pose ni defiendo ni critico más que lo justo y necesario y que como el 90% de la población intento vivir mi día a día alejada de tanta tontería.

Pero hoy estoy cansada. Harta de unos y de otros, del eterno tira y afloja, del te prohíbo y me rebelo. Llevamos años sumergidos en esta lucha de poderes no sé si emocionales o ideológicos, aunque a veces es todo lo mismo, sin llegar a ninguna parte. Llevamos meses subiendo el tono, esgrimiendo tópicos y rompiendo esquemas del Parlament al Parlamento, y viceversa. Por este lado de mi terra catalana tuvimos un cambio de President allá por enero mientras al otro lado “de la frontera” seguimos con un gobierno en funciones desde diciembre a la espera de una nueva cita electoral en junio. No sé si esta coyuntura ha propiciado cierto relajamiento en el tema independentista, que a mi juicio en las últimas semanas se mostraba bastante reposado. Hasta ahora, volvemos a arder.

El domingo se disputa la final de la Copa del Rey que enfrentará al FC Barcelona y al Sevilla en el Vicente Calderón. Si ya de por sí el fútbol es ardor, ¿por qué no calentarlo más? Eso debió de pensar la delegada del Gobierno de Madrid, Concepción Dancausa, que ha decidido prohibir la entrada de banderas independentistas al estadio acogiéndose al artículo 2.1 de la Ley del Deporte, que prohíbe “la exhibición en los recintos deportivos, en sus aledaños o en los medios de transporte organizados para acudir a los mismos de pancartas, símbolos, emblemas o leyendas que, por su contenido o por las circunstancias en las que se exhiban o se utilicen de alguna forma inciten, fomenten o ayuden a la realización de comportamientos violentos o terroristas, o constituyan un acto de manifiesto desprecio a las personas participantes en el espectáculo deportivo”.

Pues bien, señora Dancausa, si lo que usted pretendía era evitar lo inevitable (no hay más que tirar de hemeroteca para ver el ambiente en este tipo de juegos) sepa que lo que ha conseguido es incendiar de nuevo un tema de naturaleza de por sí más que candente.

Qué equivocados están, señores del Partido Popular y demás cofrades, prohibiendo el uso de la libertad de expresión según su conveniencia, que es casi siempre. No soy independentista ni me gusta escuchar tan sonoras pitadas a un himno que considero propio como tampoco a ningún otro, pues ante todo para mí prevalece el respeto. Sin embargo no estoy de acuerdo con esta nueva medida que se han sacado de la manga de cara al próximo partido. No considero que la bandera estelada invoque a la violencia ni fomente el terrorismo cuando he visto más de un domingo simbología nazi, racista y xenófoba en más de un estadio. Ésa es la verdadera amenaza que recoge la legislación deportiva y créame, señora Dancausa, ése sí es un tema de violenta peligrosidad.

Si usted procura evitar que un sector de la afición del Barça aproveche la coyuntura del fútbol para hacer uso político le diré aquello que cantaba la gran Rocío Jurado: ahora es tarde, señora. Ahora es tarde porque desde que tengo memoria el Barça es més que un club, como lo es el Real Madrid y como lo es cualquier organización que tenga algo que ver con el poder. Pretender que en el palco del Bernabéu no se firmen grandes negocios u olvidar que la semilla de la hoy extinta CiU se gestó durante el tardofranquismo aprovechando una efeméride blaugrana es cuanto menos un despropósito falaz y majadero. Y personalmente no me gusta este matrimonio de conveniencia, el deporte es y debería ser simplemente deporte, pero no soy tan cándida como para no saber qué intereses se cuecen entre bambalinas, donde el aficionado de a pie no tiene lugar.

Conozco a muchos culés que lloran de emoción con su Barça y nada tienen que ver con el independentismo. Igual que conozco a muchos otros que sienten una victoria blaugrana como un triunfo sobre esa España represora y dictatorial que todavía hoy algunos no quieren dejar atrás. Algunos como usted, señora Dancausa.

Así que les ruego a todos los que tienen estas geniales ideas basadas en la mordaza y el silencio que se lo piensen un poco más antes de ponerse bravos impidiendo que una afición entera acceda a un estadio pacíficamente con la bandera que le dé la real gana. Si a ustedes no les gusta esa bandera en concreto entiendan que es nada más (y nada menos) que un símbolo al viento de lo que una parte del pueblo catalán intenta desde hace tiempo reclamar. Pero no la condenen con tan dura y ridícula opresión, retorciendo leyes y agitando las llamas de la política antes de las elecciones porque lo único que consiguen es alzarla mediáticamente todavía más, sumando adeptos a la causa independentista que precisamente tanto miedo les da.

Ustedes no se enteran de nada, y se lo digo yo con la potestad que me da tener el corazón catalán latiéndome en español. Probablemente pasaré un mal rato el domingo mientras silben el himno y no me gustará asistir de nuevo a la eterna politización de lo que es nada más fútbol, pero espero que el juez del Contencioso – Administrativo que ya está llevando esta causa resuelva hoy con sensatez y revoque tanta necedad. No estar de acuerdo ni compartir ciertas ideologías en una democracia no debería darnos tanta manga ancha para vetar. Al menos a mí me gusta más apelar a la libertad de expresión, no sé, llámenlo defecto profesional.

 

 

 

Veintitantos.

Dicen que la mejor época son los veintes. Pero yo me pregunto, ¿la mejor? Que sí, que sí, no lo dudes, ¡quién los tuviera! Y no, no lo dudo, pero sí discrepo.

Los veintes no son tan bonitos, ni tan livianos, ni tan sencillos. Muy al contrario, conforme vas sumando veintes el panorama deja de ser tan bucólico. Y sí, eres joven, qué duda cabe, pero la sombra de los treinta es alargada y maliciosa. Y aunque hoy en día la sociedad camina con tempos muy distintos a los de hace unos años, mentalmente los treintas siguen suponiendo una barrera, inconsciente quizá, pero estable.

Es como si en algún lugar estuviera escrito lo que corresponde y lo que no a cierta edad: los veintes están para experimentar, y los treintas para asentarse. Y eso, a veces, nos agobia. Ver cómo avanzamos hacia el tercer piso con unos cimientos tan inestables no provocan más que desazón y rebeldía. Pero ¿acaso una edad va a determinar mi comportamiento? ¿Acaso se me terminan las noches de ron descontrolado y estoy condenada a los vinos con medida? ¿Es que no se puede improvisar un viaje sin rumbo ni hoteles ni guía en mano? ¿Ya no tenemos edad de pensar sólo en el presente y vivirlo sin andar encorsetados?

Yo me rebelo contra todo eso, aunque a veces eso es lo que me apetezca: noches tranquilas de vino o camas de hotel programadas y confortables. Pero en cierta manera me rebelo contra ese plan oculto y preestablecido en el que conforme más cerca del treinta estás más te venden independencia y casamiento, horario de oficina e hijos por criar como algo “que ya toca”. Luego viene la segunda parte: todavía eres muy joven. Y entonces te sientes en una especie de limbo vital en el que ni tan joven como para pasar de todo como adolescente ni tan mayor como para sentir que te come la rutina y ya no hay vuelta atrás.

Porque no por estar en mis veintitantos tengo que estar pensando en mis treintas, creo yo. Esto no es una carrera por ver quién alcanza antes su estabilidad aunque Facebook cada vez esté más lleno de bodas y bebés. Al menos sigue habiendo otro gran grupo de veintitantos (y alguno más) como tú: perdidos y encontrados, con sus crisis existenciales de cinco minutos y sus arrebatos de pasiones descarriadas.

La vida da muchas vueltas y las cosas llegan cuando y como tienen que llegar. No por mucho madrugar amanece más temprano y eso es algo que me ha costado muchos años, quizá todos estos veintitantos, asimilar.

¿Destino?

Dicen que si dos personas están destinadas a estar juntas, terminarán encontrándose al final del camino. Dicen también que cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no te toca, ni aunque te pongas. Dicen que cuando deseamos algo fervientemente el universo conspira para que lo logremos.

Pero, ¿será verdad?

A veces me pregunto si todos tenemos un trazo marcado que vamos sorteando con nuestras propias decisiones según las oportunidades que vamos tomando o rechazando. A veces creo que ni siquiera existe tal trazo, que sería injusto pensar en una vida predeterminada desde el momento de nacer. Y otras creo verdaderamente que sí, que todos tenemos un destino y la clave está en que al no conocerlo no podemos actuar en relación a él ni jugar con ventaja alguna.

Tan sólo nos podemos limitar a vivir en la incertidumbre y a avanzar a través de decisiones, sumando errores y aciertos. Vivimos en constante aprendizaje un presente marcado por un pasado personal pero sin anclarnos a él, modificando las rutas sobre la marcha, creyéndonos libres. Pero esas rutas que escogemos, ¿por qué las escogemos? ¿Instinto, vocación, riesgo, seguridad, confort? O ¿destino?

Yo hoy decido salir con mis amigos o quedarme en casa según mis ganas. Decido aplicar a una oferta de trabajo u otra según mis aspiraciones. Decido viajar a un lugar u otro según mis intereses. Y todo eso no es azar, es certeza.

Pero qué hay de cuando querías quedarte en casa esa noche y en el último momento te convencieron para salir y conociste al amor de tu vida. Qué hay de cuando te dijeron “no” en aquel trabajo, y en otro, y en otro, y en otro… Y al final en la desesperanza la última llave fue la que abrió tu verdadero futuro laboral. Qué hay de cuando las experiencias acontecidas en ese viaje fueron tan fuertes que se reordenó tu escala de valores.

Y ¿qué hay de haber tomado la decisión contraria en cada momento? Si en vez de haber salido aquella noche te hubieras quedado en casa. Si en vez de haberte ido de aquel trabajo todavía estuvieras allí. Si nunca hubieras hecho aquel viaje y hubieras visitado otras culturas… ¿Qué?

No sé si es destino. No sé si lo que decidimos está de alguna forma programado. No sé si la vida nos va llevando por los puentes que tenemos que atravesar o si caminante no hay camino, se hace camino al andar.

No sé si las casualidades existen o no. Pero pienso que hay momentos y situaciones que sí pasan por una razón, aunque no seamos conscientes de cuál es esa razón. A veces el tiempo nos la dará, otras no. Pero lo que es seguro es que todo va dejando huella en nuestro trayecto y lo más importante, involuntariamente, nos lo condiciona. Aunque no queramos esperar a que el destino nos junte al final del camino porque lo bonito será que lo recorramos juntos. Aunque rechacemos la idea de que ahora no puede ser porque no nos toca, ¿y quién dice cuándo nos tocará? Aunque no confiemos en los astros, los horóscopos y la alineación de los planetas pensando que no son más que pamplinas para resignarnos.

Pero lo cierto es que aunque creamos en el libre albedrío y la causalidad, al final todos nos preguntamos alguna vez, en silencio o en secreto, si lo estamos haciendo bien, si el camino es el correcto y si todas estas vueltas que da la vida no son más que el laberinto que nos guía hacia nuestro auténtico y desconocido destino.