Una mujer desconocida

—Si tú no crees que es prioritario estar al lado de tu padre en el hospital en estos momentos entonces no sé qué clase de hijo he criado.

La mujer cortó la comunicación con rabia y guardó el móvil en el bolso, que apretó contra su pecho. Vi su rostro reflejado en la ventana del autobús, envuelto en un halo de nostalgia por la luz del ocaso. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejándose caer en el asiento como si quisiera desaparecer. La rabia era ahora pesadumbre. Qué pena tan intensa emanaba de toda ella que no pude dejar de observarla.

Una melodía comenzó a sonar repetitiva desde las tripas del bolso al que se aferraba. Se revolvió incómoda, mirando nerviosa a su alrededor. No contestó. Algunos le devolvieron una mueca molesta por no haber tenido la decencia de silenciar el móvil en el transporte público. Pero decencia era lo que le faltaba a su hijo y no el sonido de su teléfono, pensaba yo.

Por sus manos calculé que tendría poco más de setenta años. El cabello castaño arreglado en una melena corta le daba un aspecto juvenil. Sin embargo, una corona de raíces canosas adornaba su frente como cuando no tienes ni tiempo de renovar el tinte en su fecha. Vestía un abrigo color café que no se había quitado durante el trayecto, quizá porque el aire que se colaba por las ventanas abiertas era realmente frío, o porque el frío lo sentía ella en su alma. Los ojos claros resaltaban luminosos sobre el horizonte que le enmarcaba la mascarilla ajustada por encima de la nariz. No podía ver el rictus dibujado en sus labios, aunque lo imaginaba. El brillo de sus pupilas no delataba felicidad sino lágrimas estancadas.

El trasiego de gente en cada una de las paradas no parecía perturbarla. Lo cierto es que a mí tampoco. Era como si el tiempo se hubiera detenido y el mundo vaciado, dejando a aquella mujer sola frente a su abismo de dolor y a mí frente a ella. Rebuscó en las profundidades de su bolso. Sabía bien quién la había llamado, yo también podía adivinarlo. Sus dedos temblorosos reseguían el nombre de su hijo en la pantalla. ¿Volverlo a intentar? ¿Cómo es posible que no salga de él? Por Dios, ¡es su padre! ¿Qué puede haber ahora más importante? Pueden ser sus últimos días, sus únicas horas… Hice míos sus pensamientos, pude palparlos a través de sus gestos, de sus ojos cansados. Quise decirle que tenía razón y que su hijo era un egoísta, pero en realidad no puedes decirle eso a una madre, aunque ella también sepa que es la verdad.

La melodía rompió de nuevo el silencio que, extraño, se había impuesto a los murmullos ajenos. La mujer dio un respingo y me miró durante unos segundos como quien busca aprobación y coraje a partes iguales. Asentí con mi sonrisa velada bajo la tela en un intento por infundirle lo que fuera que necesitara, y contuve las ganas de agarrarle las manos.

—Dime, hijo… No, no me han dicho nada más, que tenemos que esperar… Mal… Voy ahora para allá… ¿Cuándo?… Ah, entonces ahí te veo… Vale, hijo. 

Brotaron sus lágrimas como torrentes cargados de miedo, incertidumbre y tristeza. Cierto alivio también. Pensé en su hijo, incapaz de ver el desgarro de una pérdida inminente reflejado en su madre, deshilada por los recuerdos de lo que ya nunca sería. Puede que uno no vea lo que no quiere ver. El autobús se detuvo y abrió sus puertas dando paso a un aire gélido que revitalizó mis sentidos. Me despedí deseándole una pronta recuperación al amor de una mujer desconocida que en realidad encarnaba a todos aquellos que se apagaron en esos días de caos y terror. No sé si me escuchó, pero me pareció ver un destello de esperanza en sus ojos antes de decir adiós.

Por un puñado de duros

Siento que me muero, ahora ya sí. Desde hace meses lucho contra esta agonía que me va apagando poco a poco y aunque todos a mi alrededor me dicen que saldré de ésta, que lo he hecho de otras peores, lo cierto es que voy a cumplir ochenta y seis años y no creo que a la vida le dé por regalarme más prórrogas. No, la vida tiene cosas mejores que hacer que prolongarle los días de pesadumbre a una vieja como yo, aunque sí que me gustaría pedirle un poco más de tiempo. Por lo menos hasta el lunes que, bien mirado, no es tanto. Pero lo necesito. Manuel ha dicho que vendrá. Sin embargo, si soy sincera, hasta que no lo tenga aquí delante de mí, como el hijo con agallas que nunca fue, no lo creeré. Hace treinta y siete años que no lo veo, ¿cómo estará? A punto de jubilarse supongo, y apenas era un joven ambicioso cuando su padre lo echó de casa una fría tarde de noviembre. El portazo resonó tan fuerte que aún hoy, si cierro los ojos, soy capaz de sentirlo estremeciéndome la piel. Aquel portazo me lo dio realmente a mí en el corazón. Y hoy tengo miedo, esa es la verdad, de verlo y también de morir sin poder hacerlo. Hay tantas cuestiones pendientes batallando por ser preguntadas, hay tanto rencor anudado en el alma, tanta furia contenida, tantas lágrimas calladas. Son treinta y siete años de ausencia, de espera, de reproches, de pelea. Una guerra que empezó siendo legal y terminó enquistada en la trinchera emocional, ahí donde más pega, donde más duele.

imagesLo cierto es que Manuel fue un egoísta, y mi Antonio tenía razón. No se portó bien. La ambición que al principio nos parecía adecuada para llevar el hotel que durante décadas había pertenecido a la familia resultó ser desmedida, y cuando nosotros le dimos oportunidades y confianza, él nos respondió con engaños y deshonra. Aquella tarde, sí, la del portazo que desmoronó nuestro mundo, habíamos recibido una notificación del notario, o alguien de leyes, no recuerdo bien, en la que se nos informaba de que el hotel había sido vendido a un grupo inmobiliario por una cifra nada despreciable. Creímos que era un error, claro. Ni Antonio ni yo habíamos dado orden, ni habíamos iniciado trámite alguno, ni teníamos constancia de nada. Sin embargo, Manuel no parecía en absoluto asombrado con la noticia, es más, estaba deseando acabar cuanto antes con aquel asunto de las firmas para largarse. Eso hizo, por supuesto, después de una cruda pelea con su padre que terminó por hacernos añicos a todos.

Han pasado treinta y siete años desde entonces y mi Antonio ya no está. No sé si al final de sus días lo perdonó, pero estoy segura de que murió con la pena de haber perdido a un hijo por el tacto vil del dinero. Y ahora que me enfrento yo al mismo recuento de años y daños, no quiero irme de este mundo con esa carga de sufrimiento que durante tanto tiempo me mantuvo férrea en un hálito de esperanza. No, no puedo más, se me agotan las fuerzas. Necesito tenerlo delante de mí, una vida después, para saber si de verdad le compensó lo que nos hizo y para comprender, si es que se puede, por qué mi hijo fue capaz de robarnos hasta los recuerdos de lo que pudo haber sido por un puñado de duros.

Bueno, ha dicho que vendrá el lunes en un arrebato no sé si de decencia o de compasión. Son solo cuatro días… Le pido a Dios que me dé lucidez en esta espera, y el valor suficiente para poderlo perdonar. Si lo consigo estaré por fin lista para irme en paz.

 

Estrella fugaz

A veces siente una punzada de celos con las buenas noticias ajenas. Y no es por maldad, al contrario, experimenta una sana alegría al conocer ciertas novedades pero si tiene que confesarse confiesa que por unos instantes sus ojos se velan sin poder evitarlo. Porque cuando otras celebran el milagro de una nueva vida ella todavía lo siente adentro, como una punzada muy adentro de sí, y se pregunta qué hizo mal, ¿es que no lo merecía?

Que no era el momento, que no era la manera, que no tenía que ser así. Argumentos tan válidos como repetitivos que le ayudaron a aceptar que ya nunca lo conocería pero que no sirvieron en absoluto para olvidarlo. Todavía hoy revive las emociones que le hizo sentir, y si se confiesa otra vez, lo primero que sintió fue miedo. Pánico incluso al saber que un corazoncito diminuto crecía en su interior y todo lo que ello conllevaba, ¿estaba preparada? Tan joven y alocada, con mil expectativas y planes de futuro en su cabeza, aquello llegaba como una revolución para cambiarlo todo de la noche a la mañana. Y sí, puede que fuera un imprevisto y también un shock, pero en ningún momento lo calificó de error. No soporta esa palabra aunque todos la utilicen a la ligera en los juicios de moral y valores que acostumbran a tener este tipo de cosas. Para ella aquello fue el resultado de pasiones acumuladas y tempos impacientes, fruto del deseo y también, por supuesto, del amor. Porque amaba a ese hombre tanto como empezó a amar a ese pequeño entre lágrimas confusas la misma mañana en la que lo supo dentro, o puede que incluso desde antes… Pero, ¿qué hacer de él? ¿Qué hacer con ella? Preguntas atropelladas que la mantuvieron en vela durante todos esos días en los que paradójicamente siempre estaba muerta de sueño. Cansada a todas horas, sintiendo su pecho endurecerse por momentos, desgarrándole él las entrañas pinchazo tras pinchazo. Tenía miedo, ilusión, fuerza y más miedo. Y alternaba la triste alegría de aquellos primeros momentos en los que no sabía mucho más que lo que esas dos rayitas del test quisieron contarle, con el desasosiego de ver avanzar el tiempo ocultándose a contrarreloj.

bc19fc3b43e3d8ef273181778f19c7eePero aquel incipiente sueño tenía otros planes y cuando ella por fin lo asumió como cierto, tangible y real, él prefirió no darle tregua con las presentaciones, ni con la ilusión, ni con la verdad… Y de la misma manera en que llegó a su vida, con ímpetu y desconcierto, se le escurrió entre las piernas aquella noche en la que ya no hubo vuelta atrás. No lo pudo retener, demasiado tarde para los dos. Aquella sensación le dio mucho más miedo si cabe. Sentir que lo perdía era infinitamente peor que sentir que lo tenía, y se derrumbó. No sintió alivio y mucho menos fortuna, aunque algunos le dijeron que eso había sido: suerte. No, no pudo hacerlo, nunca lo fue, y aquel vacío que le dejó, tan irreconocible, tan profundo, tan cruel, sigue intacto en un rincón de su alma tanto tiempo después. Un vacío que la arrastra por décimas de segundo al abismo del dolor cuando sabe de otros que se agarran a la vida. Y entonces, ahí va su tercera confesión, no puede dejar de preguntarse por qué tú no lo hiciste, por qué viniste para marcharte, por qué me abandonaste, por qué no me quisiste.

Pero ella sabe bien que no hay respuestas y que es inútil intentar encontrar un porqué así que se conforma pensando que esa estrella fugaz se marchó para regalarle unas alas nuevas y dejarle una huella especial en su memoria, aunque para el resto sólo dejó constancia de su paso por este mundo en un informe médico que nunca más volvió a leer. Sin embargo, ella a veces todavía le susurra alguna nana al viento y fantasea con el rostro del bebé que ya nunca podrá ser.