Un mar en cada gota

Qué tendrá el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas cosas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.

Gotas de nostalgia me surcan la piel dejando un reguero salado a su paso. Sonrío. El horizonte se ve muy lejos, pero ahora un poco más claro.

Gotas de esperanza salpican mi rostro, deslumbrándome traviesas. Me dicen ¡eh, tú, respira! Y me lleno los pulmones de un futuro tan incierto como retador.

Gotas de zozobra se enredan disimuladas entre mis pestañas cuando me sumerjo a solas en mis profundidades. Les doy algo de tregua, hoy no merecen contenerse con tanto empeño.

Gotas de fortaleza apuntalan mi espalda para dejar atrás un pasado que ya solo puede ser huella, camino y aprendizaje. Qué gran consuelo será poderse desprender, poderlo comprender.

Gotas de deseo nacen entre mis piernas cuando me dejo vencer por la pasión que me invade. Cierro los ojos y te encuentro siempre atrapado en un largo suspiro. Ven, te suplico. Ven…

Gotas de ilusión acarician mis labios devolviéndome el sabor de aquellos besos, como si fueran los primeros. Lo eran, quizá. ¿Y si lo intentamos de nuevo?

Gotas de indulgencia caen de mis manos en franca letanía como cuentas de un rosario. Las más difíciles, las más sangrantes. Las únicas que nos permiten seguir adelante.

Y qué será lo que tiene el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas gotas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.

Peces en el mar

Hablan por ahí de historias de peces en el mar, de clavos que sacan otros clavos, de reyes muertos y reyes puestos, de hoyos y bollos, de oportunidades perdidas y de reemplazos sin más. Así, con tremenda ligereza, como si decir adiós fuera tan fácil como cerrar un libro para empezar con el siguiente. Sin embargo, todos los que somos lectores sabemos que cuando un libro te remueve el alma no termina nunca en su última página. El poso que te deja, aunque lo cierres, no se puede disimular. Y dura. Y te azota en el silencio de la madrugada o en el bullicio de las tres de la tarde, con un recuerdo súbito, con el deseo de continuar con ese relato que a veces consideramos inacabado.

Porque historias hay muchas, sí. Pero de las grandes e inolvidables en realidad hay pocas. Y disculpa si crees que soy demasiado atrevida o insensata si digo que quiero que tú seas la mía, la que construyo a diario, la que rehúsa cualquier epílogo posible, la definitiva, la que quiero contar. No reniego de tus propios capítulos ni de los míos, al fin y al cabo ellos, trenzados y caprichosos, nos han traído hasta aquí. Tampoco lo hago de las letras que hemos trazado antes de nosotros con otras tintas y en otros cuerpos, a veces buscando la eternidad, otras siendo simplemente fugaces. Son esas palabras, esas emociones, esas experiencias, las que nos mecen por los senderos del amor y de la vida, y nos ayudan a comprender cuándo y cómo debemos escribir un poco más o, por el contrario, negociar una retirada final.

Y contigo siento que me quedan tantas páginas pendientes… Acumulamos ya borradores de sueños por cumplir, y algún que otro tachón de decepciones inevitables, pero salvables. Hemos escrito nuestros propios párrafos escondidos por miedo a destruir algo que pensamos frágil, y no lo es. Ahora me doy cuenta. Somos más de lo que podemos admitir, aunque nos guste jugar a pretender que no pretendemos gran cosa. Mucho más que las excusas que nos escupen que no podríamos funcionar, porque resulta que yo siento que sí, quiero que funcione contigo. No niego que quizá también podría funcionar con alguien más, de ahí los cuentos fantásticos de peces por descubrir. Pero resulta que llega un momento en la vida en el que una se detiene después de haber conquistado algunos mares, y siente que el que más le gusta nace en el brillo verdoso de una mirada demasiado especial. De la tuya.

Por eso quiero que seas tú quien bucee en las profundidades de este corazón que cargo rasgado por otros amores que no lo fueron. Que me conozcas en lo más oscuro, que me descubras en lo excepcional. Quiero contarte de mí hasta lo más absurdo, que sepas por qué la cicatriz de mi rodilla izquierda y de dónde mi temor a los maniquíes. Que rompas la coraza, que abras mis compuertas. Quiero que tus abrazos sean refugio y vicio, que tus manos me sostengan con fuerza cuando me sienta desfallecer, y que tus dedos me inunden trémulos hasta hacerme enloquecer.

Quiero escuchar tus historias de infancia, que te interesen las mías. Acariciar fotos antiguas, enmarcar las que vendrán. Que sigas preparándome el mejor café, que nos llueva sobre mojado una y otra vez. Quiero que seas tú quien me arrope los domingos de invierno, y ser yo quien te haga bailar al atardecer en cualquier playa en verano. Discutir cuando sea necesario, para seguir creciendo. Jugarnos a piedra, papel o tijera la próxima serie que veremos. Quiero perderme a tu lado por las calles de tantos países extraños y anotar cada beso en la piel como promesas de amor adolescente en un diario. Quiero saber de ti lo que ni tú mismo sabes y perderme en el laberinto aéreo de tu mente, aunque sé que de ahí jamás saldría ilesa. No me importa.

Estoy dispuesta a ser tu mejor misterio, compañera de risas y penas, tu mayor sorpresa. ¿Quieres ser tú el pez que navegue en mi mar?

A son de mar

Barco a la deriva entre tus dedos, furiosa, salvaje.

Perdida.

Latente de esperanza, muerta de miedo.

Ansiosa, incauta.

Me marea el vaivén de la indecisión, me aferro a cada ola sin remedio.

Busco la orilla a veces, surcando la salvación.

Pero de nuevo dejo atrás esa tierra firme, tediosa, yerma.

Y me hundo en el peligro…

Tu terreno.

Tengo sed de ti.

Húmedo deseo me embriaga azotándome la calma.

Y regreso, regreso, regreso…

Porque no hallo en el cielo estrellas más bellas que tus lunares,

ni constelación que me alumbre como haces tú.

Quiero ser gaviota errante y anidar sobre tu cuerpo,

magia eterna los besos que agitan mi mar sereno.

Instinto, razón, anhelo.

Tu boca, mi perdición y mi consuelo.

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Gaviotas

Le lanzo preguntas al viento que ondea tus rizos, como si ellos, con sus cosquillas, pudieran decirme la verdad. Y pienso en escribirte algunos versos en la arena, antes de que las olas me borren los recuerdos, y las letras.

Quisiera decirte que este es tu puerto, que yo soy tu hogar, aunque ahora ni siquiera sé si volverás. Mi espíritu migrante en un mundo sin fronteras se revela como una gaviota libre buscando su lugar, pero se queda siempre varado en la ribera de tu amor, cuando tú bebes de mi mar.

Como aves de paso perdidas, hemos volado antes que el nuestro otros cielos, algunos equivocados quizá. Buscando quién sabe qué emociones, qué delirios, qué placeres… Buscándonos el uno al otro, en realidad.

Cuántas veces, entre idas y venidas, con la marea siempre alta, nos hemos surcado el alma y la piel. Cuántas noches, como aves dormidas, nos hemos acompasado por inercia los latidos, sabiendo yo que mi refugio son tus alas, siendo ellas tu ansiada libertad.

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Busco en este atardecer de cálido bronce las respuestas que no me das, y batallo con los gélidos silencios igual que el iceberg aguanta los embistes del océano. Un barco velero traza siluetas difusas en el horizonte, y entonces cierro los ojos y me dejo llevar…

A ti y a tu risa, que resuena como un mágico eco. A ti y a tus lunares, que forman dibujos etéreos. A ti y a tus caricias, que son el bálsamo para mis miedos.

Quédate a mi lado, susurro, o llévame contigo, pero no me dejes más.

Un grupo de gaviotas blancas revolotea a mi alrededor. Se mueven agitadas, como intuyendo un adiós. La sal en mis labios me arde hiriente la ausencia de tus besos, ahora resecos. Con los ojos ciegos veo partir este amor diluido entre la bruma y el salitre, dejando atrás nuestra orilla…

Quisiera correr para detenerlo, quisiera poder comprenderlo.

Pero no puedo moverme, y el barco velero ya no está.

 

Mujeres de sal

Todo era oscuridad a su alrededor. Oscuridad y mucho silencio. La clase de silencio que precede a una tempestad feroz. De aquella noche Antsa solo recuerda ese silencio espeso, la negrura de un cielo imponente sin estrellas, el agua helada colándose por debajo de su ropa quemándole la piel… Y los gritos que vinieron después. Apenas tenía cuatro años cuando naufragó.

La recogió un barco pesquero casi al alba, cuando ya cualquier atisbo de supervivencia respondía más a un milagro que a una certeza. Había permanecido aferrada al cuerpo inerte de su madre durante horas y fue así como se salvó. La única de los diecisiete ocupantes de una patera intrépida que nunca llegó. A ella le gusta decir que fue entonces cuando su ma’ma la llenó de luz por segunda vez. Y tiene razón.

Refugees on a big rubber boat in the middle of the sea that require help

Han pasado veintiocho años y las lágrimas aún dibujan senderos de sal por sus mejillas cuando recuerda ese volver a nacer en el mar. A aquella explosión de fuerza ante la muerte le siguieron años de orfandad y resiliencia que la llevaron a una lucha doblemente férrea por ser negra, y por ser mujer. No fue fácil, no, nunca lo es. Pero pronto aprendió que de la tormenta o se sale invencible, o no se sale.

Quiso la desesperación que alguien la subiera a una barca inestable una fría noche de abril cuando ni siquiera podía comprender qué era el porvenir. Y quiso la vida rescatarla de una marea de miedos, pobreza, inseguridad y violencia para convertirla hoy en la voz de todas esas mujeres invisibles y calladas que siguen buscando a través de los mares la esperanza de poder regalarles a sus hijos un futuro digno en un mundo mejor.