¿Las amantes también lloran?

Si entre todos los roles que puede desempeñar una mujer destaca uno por mal considerado y tratado es el de su papel como amante. Esa mujer que se mete en medio de dos para destrozar la vida bucólica de una pareja perfecta sin reparos ni remordimientos. Esa mujer fría que calza tacones de aguja y vestidos de cuero, que usa lencería a prueba de bombas y que no tiene pudor ni vergüenza. Esa es la amante, reencarnación de Satanás. Y sin embargo no hace mucho escuché el testimonio de una de ellas y hoy me pregunto si todas esas mujeres que se enredan de esa manera tienen realmente genes luciferinos. Porque sí, haberlas haylas, como las meigas, pero supongo que no todas responden al mito del látigo y el desaire sino más bien al de unas pobres infelices que creen que todo lo que ese hombre les dice y les da es único y exclusivo por y para ellas.

Pero eso no es así, y aunque suene políticamente incorrecto en una sociedad machista donde la mujer es siempre la culpable, ellas también suelen formar parte del engaño.

No es fácil entender qué lleva a un hombre a buscar algo que en teoría ya tiene. Puede que la rutina en pareja lo consuma y necesite un revulsivo; puede que con su mujer no experimente por pudor o respeto más de lo establecido; puede que le urja un aumento de autoestima o reconducir su ego masculino mediante las atenciones de una fémina… Lo de sentirse más “machito”, que diríamos en mi pueblo. Quizá después de tantos años ya no está enamorado pero le atan demasiados vínculos de otra índole mucho más inquebrantable y en vez de romperlos se lanza a la infidelidad. O puede simplemente que sea un cabrón aprovechado.

¿Y ella? ¿Por qué se mete una mujer en semejante terreno pantanoso? ¿Será por curarse el despecho hacia otros? Puede que sea por diversión y sed de tentaciones. Igual es por la adrenalina de lo prohibido, el morbo o la comodidad de unos ratos de pasión sin compromiso. Quizá es necesidad de atenciones, aburrimiento o incapacidad para evitar un nefasto enamoramiento. O simplemente puede que igual que él, ella sea también una cabrona.

PIERNAS BAJO LA MESA

La cuestión es que sean quienes sean esos dos que se juntan, en realidad la sombra de ser tres nunca se extingue a pesar de los juegos, los silencios y las mentiras. Se arriesgan creyendo tenerlo todo bajo control hasta que en un descuido inoportuno la aventura se les va de las manos. Ya dicen por ahí que estas cosas siempre terminan como el rosario de la aurora y que uno, dos y tres terminarán en su soledad llorando. Cruz de navajas por una mujer, que diría Mecano.

Lo más empático en estos casos es ponerse en el lugar de la engañada, la que quién sabe durante cuánto tiempo lleva luciendo invisible su triste cornamenta. Qué terrible situación ser la última en enterarse de los escarceos sexuales de tu compañero de vida. Luego lo tenemos a él, responsable número uno de la tragedia, como perro abatido pidiendo perdón por esos estúpidos ratos de sexo sin más. Qué manera de destrozar su maravillosa y segura vida conyugal… ¿Porque sólo fue sexo, verdad?  Y luego está ella, la hija de Satanás que se metió en una cama ajena sin calibrar daños ni perjuicios, sin ni siquiera pensar. Ah, pero con alguna licencia supongo, porque nadie entra donde no le dejan entrar.

Y tras escuchar ese testimonio de tres, como tantos otros que hay, pienso en la amante, tan altiva ella y tan segura de dominar hasta el más mínimo sentimiento, si es que lo tiene. ¿Lo tiene? He ahí su problema: sentir. Sentir que duele la despedida y los días condenados al silencio; sentir que nunca llegará a formar parte de su bonita vida en familia; sentir que no es ella la que está en los amaneceres; sentir que por la calle se miran como extraños; sentir que nunca tendrá una escapada, un regalo con remite ni una simple película en el cine; sentir que es la mujer oculta, el plan B, la segunda opción. Sentir que ella no se merece los calificativos cariñosos, los “amores”, “cielos”, “cariños” y “vidas”, sino los sexuales y provocativos. Sentir, en definitiva, que ella no es nada en ese triángulo desastroso.

Y sin embargo, es mucho. Es el resorte para hacerlo estallar todo en pedazos. Es la culpable de las noches en vela y la intrusa que todo lo sabe, consciente de la situación o de buena parte de ella. Porque a veces, lo que ella tampoco sabe es que igual que él le regala los oídos y la complace con fervor haciéndola sentir especial, cuando regresa a casa también lo hace así con su mujer. Como Dios manda, como así está establecido, como tiene que ser.

Y mientras siga girando esa ruleta rusa de encuentros furtivos, amores en tercia y despecho mal gestionado, en silencio como siempre, sin derecho a la réplica y con toda la culpa apretada en su regazo, esas amantes que sienten de más seguirán llorando.

 

Mentiras, tralará!

721“Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad sino que se sitúa en su finalidad: en el vector que separa lo que alguien dice de lo que piensa en su acción discursiva referida a los otros. Lo decisivo es, por tanto, el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira.” Jacques Derrida.

 

Estas palabras del filósofo francés me han hecho reflexionar acerca de algo tan humano como la mentira. ¿Por qué mentimos? ¿Para qué?

Podemos distinguir diferentes tipos de mentiras según la situación y el contexto en el que se den. No es lo mismo mentir piadosamente que mentir con alevosía. No es lo mismo engañar para conseguir un beneficio a costa de los demás, que ocultar la verdad para evitar quizá males mayores. Supongo que eso queda dentro de la propia intimidad del ser humano. Nuestro búnker secreto, el refugio más recóndito de nuestro ser.

Sin embargo, a nadie le gusta que le mientan. Aunque a veces no queramos ver la verdad, siempre es preferible saberla, o por lo menos es preferible que nadie te robe el derecho a conocerla mintiéndote descaradamente. Tú ya decidirás si duele o no, o cómo actuar en adelante, o cómo confiar de nuevo. Pero por favor, nada peor que sentir que te toman el pelo y te tienes que aguantar. ¿Crees que soy tonta? ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que porque no monto un circo me lo trago todo? En absoluto, no insultes a mi inteligencia.

Lo peor de una mentira es, retomando a Derrida, la intención con la que se cuenta. Es eso mismo también lo que diferencia las categorías del dolor en el mundo del engaño. ¿Mentir para sobrevivir? ¿Para evitar discutir? A veces es preferible soltar esa mentirijilla rápida para zanjar molestias mayores que no influirán en el otro. Pero ¿y aquellos que viven en una mentira? Aquellos que se pasean entre la doble vida, los que ocultan deliberadamente información capital para el resto, los que de una mentira muchas veces tan absurda construyen una peligrosa bola que termina por asfixiarlos a ellos y a quienes les rodean. Pero ¿merece la pena tanto cuento? Al final todo se sabe, que como dice la sabiduría popular se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

No me gustan las excusas baratas pero las prefiero a las mentiras con ojos lastimeros y labios de miel al oído. No me gusta que me dejen con la palabra en la boca pero a veces lo prefiero a esas respuestas embaucadoras disfrazadas de segura pero falsa sinceridad. No me gusta que me digan que no pero lo prefiero a que se escuden tras las faldas de unos débiles “no puedo” que en realidad esconden tristes “no quiero”. No me gusta que me abracen con argucias que me vuelven condescendiente, porque cuando te enteras de los engaños algo en ti se rompe y es difícil volver atrás.

Puede que esté siendo injusta, yo también miento. Y tú, y ellos, y aquellos. Pero en esto, como en todo, la intención es lo que cuenta. Ya lo dijo Jacques Derrida.

 

Filtros, poses y mentiras.

482583_538763789491932_844308697_nAhora que está de moda esta especie de positivismo enmascarado me pregunto ¿es necesario recordarnos en agendas, imanes y tazas que la vida es maravillosa? ¿De verdad? Yo creo que no. Me parece, además de fingido, inquietante que adoptemos esta corriente de optimismo forzado y pseudomotivacional en la que estamos cada vez más sumergidos como estilo de vida único e inalterable.

Porque es una auténtica mentira. Y puedo parecer muy grinch con tal afirmación pero es que lo que empezó siendo algo coqueto, divertido, mono, se ha convertido casi en una religión. No niego que ciertos mensajes te llegan a sacar una sonrisa, o que incluso tengas la tentación de completar aquel cuaderno que invita a plasmar tus sueños imposibles, o a ponerle marcas de colores al mapamundi que hemos recorrido juntos, esperando lo que vendrá. Pero eso de empapelar tus paredes con vinilos para que te ayuden a ponerte en pie cada mañana o perfumar tu casa con velas que huelen a nuestro primer beso me parece puro artificio… ¿¿A qué huele nuestro primer beso??

Me dan miedo las apariencias, no confío en ellas. Y menos en estos tiempos virtuales donde reina el postureo y el Photoshop. Donde nada es real aunque así nos lo vendan, donde los filtros no son simplemente un producto de Instagram sino una coraza que nos aleja de lo auténtico para crear y recrear un mundo happyflower mentiroso y vacío que paradójicamente tratamos de llenar con likes y atenciones desconocidas.

Es cierto, somos lo que pensamos y somos responsables de qué nos afecta y qué no, de cómo gestionamos las emociones y cómo actuamos ante ellas aunque a veces nos ganen las vísceras y caigamos en los mismos errores. ¡Y está bien! Caemos porque somos humanos, no somos ese copy-paste de frases manidas y azucaradas que circulan por ahí. Somos un manojo confuso de pensamientos buenos y malos, risas y llantos, debilidades y fortalezas.

Y por eso me cansa esta especie de halo de buenrollismo que trata de imperar entre esta juventud despreocupada y egoísta que somos. Porque en definitiva si tengo un día de mierda lo quiero disfrutar, lo quiero rasgar y lo quiero llorar. Me quiero enfadar, quiero ser borde, me quiero callar. O quiero explotar, te lo quiero gritar. Es mi día de mierda y tengo derecho a él. Sin sucedáneos ni tiritas que oculten las heridas, porque eso nunca curó.

Igualmente, sin tapaderas de ningún tipo, mañana me reiré de hoy y lo haré de verdad. Porque mis enfados son tan auténticos como mis perdones, mis reconciliaciones, mis alegrías y mis emociones. No necesito mostrarle al mundo que todo va bien para creer que va bien, ni que mi vida es una fiesta continua para que me envidien esos ‘pringaos’, que seguro tienen una vida más interesante que yo. Que soy feliz los lunes a las 7 de la mañana igual que los viernes a las 10 de la noche, porque soy pura adrenalina. Que no flaqueo porque emano optimismo por cada poro de mi piel y que cada día alineo mis chakras para irradiar energía positiva. Que parezco de goma haciendo yoga con suma facilidad y que puedo merendar cupcakes cada tarde sin que la báscula se resienta, y además presumir de ello en las redes sociales.

Porque eso son puras patrañas. Ni todo está siempre bien ni lo nuestro es una fiesta sin fin, porque también somos esos ‘pringaos’ de mundo interior. Que a las 7 de la mañana todos tenemos legañas y a las 10 de la noche muchos arrastramos ojeras. Que el optimismo a veces no basta porque la vida cuando pega, pega duro y muy real. Que mis chakras están más descentrados que yo y mi energía va y viene según mi ciclo menstrual. Que el yoga me desgarra los músculos con sólo verlo de lejos y que no puedo merendar lo que se me antoje cada día si quiero seguir entrando por las puertas. Y si lo hago luego me tengo que matar a correr, sin estilo y sin nada, porque yo cuando corro sudo y se me revolucionan los pelos de la coleta, así que lo último que me apetece es tomarme fotos. Pero oye, dicen que es igualmente efectivo hacerlo así, sin que nadie lo sepa.

Al fin y al cabo esa es la realidad del día a día, de la vida que tenemos que vivir absolutamente despeinados. Disfrutando de sus más y sus menos, pero siempre con la verdad de quienes somos, y la certeza, escrita en las palmas de las manos. Porque a mí eso del color rosa me aburre y la felicidad encapsulada me aterra. Por eso reivindico los días de mierda y el derecho a la pataleta, a la lluvia que fastidia y al tráfico que desgasta. No me gusta ponerle filtros ni retoques a las sonrisas, ni tampoco a las lágrimas. Así sabrán que cuando lloro es porque padezco, y cuando río soy puro gozo.