Otra vez el terror

Europa vuelve a despertar atemorizada tras una noche de pánico. Una vez más, el terrorismo nos estalla en la cara sin que podamos evitarlo. Aunque en estos momentos todavía las informaciones son algo confusas, ayer pasadas las 22.30h tras la finalización del concierto de la estadounidense Ariana Grande en el Manchester Arena estalló un artefacto que ha provocado la muerte, hasta ahora, de 22 personas además de contabilizarse cerca de 60 heridos. La mayoría jóvenes y algunos niños que habían acudido a ver a su artista favorita brillar en el escenario. Nada hacía presagiar que una noche de emociones pudiera llegar a convertirse en fatídica.  Leer más “Otra vez el terror”

Hay que matar más vacas

Cuenta una leyenda que en una lejana aldea vivía una familia muy humilde. Tan humilde que su posesión de más valor era una vaca que les proporcionaba algo de leche para sobrevivir. Su casa era apenas de unos metros cuadrados destartalados donde se apilaban como podían siete personas, pero a pesar de todo su existencia parecía ser estable.

Un día pasaron por allí un joven y su maestro y pidieron alojamiento en aquel lugar. La familia los acogió con gran afecto ofreciéndoles lo poco que tenían para poder estar cómodos. Al amanecer los dos huéspedes se disponían a continuar su camino y en silencio salieron de la casa. Pero de repente el maestro se acercó a la vaca, la desató y alejándola del lugar, la degolló. El joven, horrorizado, increpó a su maestro: “¿cómo haces eso? ¿No te das cuenta de que esta vaca era lo único que tenían?” El maestro lo miró y le instó a seguirlo en su camino, sin decirle nada. El joven aprendiz no comprendía qué había pasado para que aquel hombre al que respetaba desde lo más profundo de su alma hubiera cometido un acto tan brutal. Ante la insistencia del chico, lo único que su maestro le dijo fue: “algún día lo entenderás”.

Un año después volvieron a pasar por aquella aldea y con gran asombro el joven descubrió que en el lugar de aquella casucha en la que se hospedaron había ahora una edificación sólida y un amplio terreno lleno de huertos y cosechas. Pensó con tristeza que aquella familia se habría ido después del incidente con la vaca, que habría llegado su ruina total. Sin embargo, la sorpresa fue descubrir que la familia seguía allí y que todo aquello que ahora poseían lo habían conseguido con su esfuerzo. El maestro se dirigió al padre y le preguntó qué había pasado para que tal cambio se produjera de un año para otro. El hombre le explicó que aquella mañana en la que ellos partieron encontraron a su vaca muerta y no supieron qué hacer. Durante muchos días estuvieron sumidos en la desesperación, aterrados, sintiendo que su único valor ya no existía. Pero ellos sí, y de alguna manera tenían que seguir adelante. Así que arreglaron el terreno y plantaron unos pocos vegetales para subsistir. Poco a poco la cosecha se hizo más grande y empezaron a vender el excedente. Con ese dinero invirtieron en más semillas y en algunos animales, y así, al cabo de un año, habían logrado prosperar.

El maestro sonrió al ver que el joven empezó a entender lo ocurrido un año atrás: aferrarse a aquella vaca era lo que siempre habían hecho y la comodidad de verse protegidos por la rutina no les hizo ver más allá. Pero cuando la vaca murió y su mundo se vino abajo, no les quedó más remedio que salir ahí afuera a luchar. Y el cambio les trajo prosperidad.

Este cuento popular no es más que una metáfora para entender que muchas veces la comodidad nos ciega de tal manera que sin darnos cuenta estamos dejando escapar todo un mundo de posibilidades. Que sí, lo desconocido implica miedo y el riesgo vulnerabilidad, pero también la oportunidad de que todo salga bien ¿te imaginas? Salir de la zona de confort no es nada fácil porque para empezar muchas veces no sabemos ni cómo hacerlo. Pero cuando empiezas a caminar en esa dirección y vas alcanzando tus pequeños objetivos la fortaleza crece y las ganas se multiplican.

Todos tenemos ataduras que nos impiden movernos en ocasiones como quisiéramos: una familia poco asertiva, una pareja a la que ya no amamos, un trabajo que no nos motiva… Mil cosas. Incluso obstáculos mentales que inconscientemente nos ponemos para justificar que estamos bien aunque no nos guste como estamos. Excusas personales para paliar los miedos tan humanos que nos aferran a lo “más vale malo conocido que bueno por conocer”. ¿En serio? ¿Vale más ver pasar tus días sin ton ni son sólo por costumbre? Yo creo que no. Los cambios no llegan de hoy para mañana y la vida es una carrera de fondo en la que desfallecer también esta permitido, pero siempre retomando la marcha. Y si hay que salirse del camino, adelante. A veces las mejores cosas suceden fuera de lo establecido, doy fe.

Puede que quien me lezona-de-magiaa piense que lo digo con mucha ligereza y que dar consejos es lo más sencillo del mundo, pero no es así. Porque quien me conoce sabe que para mí no es tan fácil aplicarme en mis propias palabras, que le doy muchas vueltas a lo que está bien y lo que está mal aunque a veces ni siquiera sepa por qué lo hago, si los juicios vienen siempre solos y lo que debería importar de verdad es nuestro bienestar interior. Padezco de exceso de responsabilidad y me cuesta mucho decir que no a cosas que por costumbre los demás ya dan por hecho de mí. Pero también he matado alguna vaca y sé que romper con el propio statu quo es de lo más valiente y a la vez gratificante que podemos hacer cuando realmente sentimos que es necesario para poder pasar página, alejarnos de lo que nos impide desarrollarnos y ser, y seguir adelante por nadie más que por nosotros mismos.

¡Tenemos que matar más vacas!

 

 

 

 

Me dueles, México 

“A México no se puede ir”. Esta sentencia, casi amenazadora, me encontré ayer en boca de varias personas tras conocerse el terrible asesinato de la española desaparecida hace días en la capital mexicana. Me cayó como un jarro de agua fría.

Ante todo vaya por delante mi pésame a sus familiares y mi absoluta consternación por lo ocurrido. Viendo cómo han transcurrido los hechos pone los pelos de punta pensar que le puede pasar a cualquiera, también a ti que vives allí o a mí que voy y vengo, por qué no. La proximidad emocional o el paralelismo con las circunstancias es lo que realmente te sacude el alma y te hace reflexionar. Porque esta vez no fue el temido y asumido narcotráfico…

Parece que cuando las tragedias suceden en lugares que ni nos van ni nos vienen pasan inconscientemente a un segundo plano. Los ajustes de cuentas, los crímenes en los pueblos perdidos de la sierra y las penurias de gente con la que nada aparente nos relaciona siempre suelen verse de otra manera. Distante en lo personal y egoísta en lo humano, sí. Sin embargo cuando esa desgracia se torna factible en tu propio mundo da más que pensar. Y eso es lo que me sucede con este caso, que sin conocerla a ella, sus circunstancias crean empatía. Al menos a mí, que tengo amigos trabajando en Santa Fe y viviendo en Polanco, y que yo misma he paseado por ambos lugares, como por muchos otros de la inmensa ciudad, con tranquilidad pero con ciertas precauciones. Y si es por conocer conozco hasta Toluca, lugar donde fue encontrado el cadáver. Que la chica fuera española y se confesara además enamorada de México (como leí en algunos lugares) me acerca más si cabe al dolor, la rabia y la indignación.

México no es un país seguro. Homicidios, desapariciones, secuestros, extorsión… El último informe presentado por la asociación Alto al Secuestro cifra en 7.846 el número de raptos desde que comenzó la legislatura de Peña Nieto en 2012 hasta ahora, lo que equivale a una media de seis secuestros diarios en el país, siendo en este aspecto el Estado de México el más complicado con diferencia. Pero a esas cifras hay que sumarle los crímenes del narcotráfico, las desapariciones que no se esclarecen (nadie olvida a los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014), los asesinatos a periodistas y las extorsiones a empresarios. Sin duda alguna, “a México no se puede ir”.

Y sin embargo, lo defiendo. Quizá porque no he tenido nunca por fortuna percance alguno. Porque me niego a aceptar que un país con tanto potencial sea incapaz de decir basta ya. Me niego a que la imagen más allá de sus fronteras sea la de un lugar en el que te matan por menos de nada, aunque por desgracia a veces ocurra. Me niego a ensombrecer con la crueldad de unos la bondad de tantos otros mexicanos que aman y luchan por su país, que nada tienen que ver con la violencia y que la detestan como tú y como yo. Que la condenan y que se manifiestan, pero que tienen un problema de raíz tan grave y profundo que sin darse cuenta lo asumen como intrínseco y siguen adelante como si nada un día más. Me niego a estigmatizar a mi México lindo y querido, pero con la voz que me permite el haber vivido y conocido ese maravilloso país hago un llamamiento para que sigan saliendo a la calle, pidan explicaciones y no toleren que las cosas simplemente son así porque así son.

Ay México… Cuánto te quiero y a veces cuánto me dueles.

 

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La despedida

¿A quién le gustan las despedidas? A mí no, desde luego no soy buena con ellas. Diría en realidad que soy pésima gestionándolas emocionalmente aunque suela hacer de tripas corazón más por orgullo que por creencia. Y eso que las he tenido de todos los dolores, pero no me acostumbro, y no las soporto, aunque acostumbro a lucir la coraza en su máximo esplendor.

Decir adiós duele, sea cual sea el contexto, desde el más infantil hasta el peor de ellos. Duele incluso sabiendo que tras esa despedida llega algo similar a una liberación. Aunque deseemos decirlo, el miedo a ese instante de vacío, duele. Duele porque probablemente le rompemos el corazón al de enfrente o porque nos remendamos el nuestro como podemos, sin saber y sin querer.

Decir adiós tampoco es fácil cuando necesitamos (o creemos necesitar) seguir en ese bucle que nos marea, confunde y a la vez nos divierte. Ese bucle que cronometra los ratos buenos y convierte en letanía los malos pero que todavía no los desequilibra lo suficiente como para zanjarlos. Esa especie de limbo emocional que engancha y desespera, pero que cuesta mucho dejar.

Duele cuando nos dicen adiós, como un calambre interminable que te sacude entera y te hace literalmente flaquear. Eso duele el doble y da más miedo. Más vacío, más incertidumbre, más porqués sin aliento. ¿Y qué hay de los portazos en silencio? Sin palabras de consuelo, sin explicaciones de por medio, sin tiempo siquiera, y sin ganas de hacerlo. Esas despedidas cobardes te atraviesan de verdad.

Duelen las despedidas en los aeropuertos pero más en los hospitales. Duelen las noches que no se duermen sin la compañía de los que amamos. Duelen los duelos y las miradas al cielo. Duele despedirse de quien no volveremos a ver jamás. Incluso duelen los inocentes “nos vemos pronto”, las promesas inseguras, las grietas en las amistades, los “estamos en contacto” mentirosos sabiendo que si no eres tú ellos no lo harán. Duelen los mensajes convertidos en humo y el alma cansada de inquietud cuando ya no puedes ni respirar.

Te prepoema despedidaguntas si vale la pena siempre tirar de la madeja que te deja cada dos por tres pendiente de un hilo con tu familia, con tus amigos, con tus amores y tus amantes, celando y recelando las idas y venidas. Queriendo ganar sin tener que sufrir, balanceando el columpio entre lo que está bien y lo que está mal. Y es entonces cuando te planteas la despedida final, la ruptura, el cortar por lo sano, el partir sin mirar atrás. Pero todavía no lo asumes y te resistes porque a veces, como escribió el genial Buesa, decir adiós no es sinónimo de olvidar.

Y el miedo a la pérdida sin retorno siempre duele mucho más.

Miedo

amor_miedo_osho_frasesNo es la primera vez que me siento frente a esta pantalla para intentar poner un poco de orden a mis pensamientos, sentimientos o emociones. No es la primera vez que me impulsa esta terrible y tan temible necesidad de escribir aunque ni siquiera sepa por dónde empezar. No es la primera vez que mis dedos teclean con frenesí palabras que brotan directamente de los rincones más oscuros de mi ser, quizá sin sentido ni razón. No es la primera vez que la música me envuelve hasta hacerme llorar ni tampoco es la primera vez que subo el volumen con la absurda esperanza de verme así alejada de mis propios miedos. No es la primera vez que río y lloro en la misma fracción de segundo. No es la primera vez que tiro la toalla, ni que la vuelvo a recoger. No es la primera vez de nada. No, no lo es.

Y quizá por eso palpo este presentimiento acechándome, dispuesto a saltar sobre mí en cualquier momento como presa fácil.

Miedo

Al fracaso. Al dolor. A las lágrimas. A la verdad. A la mentira. A la distancia. A volar. A saltar. A rebelarse y desgarrar. A la oscuridad. Al vértigo. Al “no te quiero más”.

Miedo a echar en falta lo que fue y lo que no, lo que es, lo que no será, lo que no debe ser. A caer de bruces una y otra vez. A seguir resistiendo día tras día el silencio que acompaña a la incertidumbre de no saber qué pensar, esperar ni creer.

Miedo a esa pseudofelicidad que no termina de cuajar, a las subidas tan apresuradas que terminan siendo descensos en picado y sin paracaídas. Trayectos de ida y vuelta mareantes acumulando noches de risa, de emoción, de deseo y de adicción. Perdiendo momentos de complicidad, sueños compartidos y fantasías para adultos. Diluyendo esperanzas, planes, locuras propias o conjuntas. Borrando palabras y emociones con un simple clic. Y así, tan fácil y tan mezquino, el tiempo avanza y los caminos se bifurcan.

Pero a la vez que estallo pido calma a gritos, paciencia, tranquilidad. Confianza quizá. Algo incomprensiblemente difuso sigue guiando mis impulsos, equivocados o no, absolutamente míos. Será que de repente igual que me lo arrancan también retomo el poder, y a eso nos aferramos mis miedos y yo dejando paso a la rebeldía. O quién sabe, a la contradicción. Al quien no arriesga no gana, al si tú me dices ven lo dejo todo, al querer es poder. Frases manidas, tópicos rotos ya de tanto usarlos.

Y la rueda gira, me eleva, me destroza y regresa con más fuerza a su punto de partida. Y aquí me veo un día cualquiera sintiendo que lucho contra viento y marea por algo que no sé qué es y que me esconde su recompensa. Quizá es que no la tiene y puede que yo no sea más que una especie de Quijote viendo gigantes donde sólo hay molinos.

Porque ¿y si nada es cierto? ¿Y si esta realidad sólo es ficción? ¿Y si la mentira eres tú?

Entonces, de nuevo el vacío, el desconsuelo, el silencio, el abismo.

Y el miedo.

Papel en blanco.

 

Miedo-a-escribir

Días y días enfrentándome a una página en blanco sin saber ni cómo empezar, temerosa de escribir, vaga hasta para inspirar. Preguntándome por qué ahora no me salen las palabras si tengo tantas emociones golpeándome la vida. Por qué, si necesito una confesión escrita, se me agarrotan los dedos y me da pánico ver que no puedo hilvanar ni dos frases seguidas.

¿Por qué?

Hablan por ahí de varios tipos de síndromes relacionados con esta patología que parece que de un tiempo a esta parte sufro. Que si el miedo a quedarse en blanco, que si el bloqueo del escritor, que si la pérdida de creatividad… Pero nadie explica por qué de repente ¡pum! El vacío.

Me atrevo a pensar que tiene algo que ver con la manera en cómo nos afectan las vivencias, las emociones y las experiencias a cada uno. A veces tenemos tanto que decir que al final no decimos nada. A veces los miedos taponan las palabras o quizá somos nosotros los que inconscientemente no queremos darles alas. Puede que todo ello acumulado termine por dejarnos secos y en silencio, aunque sintamos que vamos a estallar en cualquier momento porque hemos perdido la capacidad de canalizar.

O puede que ni siquiera exista un porqué.

Como sea, hoy me siento aquí con mucho esfuerzo para obligarme a continuar con esto, y con todo, como siempre hago, como siempre hice. Aunque me fluyan las ideas a trompicones y se me desgasten las ganas con cada borrón y cuenta nueva. Aunque me sienta torpe al hablar, aunque no me sepa últimamente explicar, aunque provoque malentendidos de la nada porque no acierto con las palabras, aunque necesite más espacio pero pida que me invadas, aunque necesite ordenar tantas batallas.

Desconcentrada como nunca me encomiendo al sinsentido para plantarle cara a este estúpido bloqueo mental, emocional y vital que me atosiga a diario. Porque como decía el gran Hemingway “no hay cosa más espantosa que una hoja de papel en blanco”.