Mi viejo gran amor

Había envejecido, las tapas estaban algo arrugadas y las hojas se veían amarillentas por el paso del tiempo, pero encontrarlo de repente, entre un montón de cajas amontonadas y llenas de polvo, me alegró el corazón.

Lo cierto es que, sin saber muy bien cómo, lo había ido dando por perdido poco a poco, hasta que dejé de buscarlo. Comprendí que aquella historia ya no daba para más por mucho que la leyera de mil formas distintas buscando retenerla, tratando de hacerme feliz. A veces todo el empeño no es suficiente porque hay historias que sencillamente no tienen que ser. Cerré el libro con la delicadeza que el amor que le tuve me permitió, y lo resguardé en un rincón de mi memoria al que ya no regresé.

Hasta ayer. Allí estaba, resuelto e inesperado, como cuando llegó a mi vida sin pretensión de ser lo que más tarde sería. Conservaba el mismo espíritu, ese tan único y socarrón que hace ya tantos años me atrapó entre sus palabras, ese del que me enamoré. Sonreí al verlo, claro, sonreí sin parar. Quise acariciarle la piel, palparlo con suavidad primero, estrecharlo entre mis brazos después. Me puse nerviosa al recordar su tacto y cerré los ojos liberándome en un largo suspiro. Me dejé llevar por su olor, envuelta en un aroma que me era demasiado familiar. Hay cosas que no se olvidan.

Tenía muchas preguntas… Lo abrí con sumo cuidado, no quería estropearlo ahora, no quería volver a perderlo. Lo hojeé buscando respuestas y me las concedió todas. Algunas ya las sabía, es verdad, pude intuirlas en su momento; otras fueron nuevas, como si la lectura hubiera cambiado con el tiempo. Aunque no son las letras las que cambian, sino nuestra manera de entenderlas. Me embargó una emoción desconocida, tranquila, sincera. Ya no me temblaban las manos al sostenerlo, ni se me quebraba la voz recitando sus pasajes. Pude volver a las páginas más doloras desde la paz del aprendizaje y me sentí profundamente orgullosa de cada renglón que escribimos juntos, incluidos los más torcidos.

Durante años me hizo descubrir todas las emociones posibles, todas. La intensidad que emanaba me arrastró hacia los abismos más excitantes. Cada capítulo era una aventura impredecible, una montaña rusa de sensaciones que no siempre tenía un final feliz. Pero fueron aquellos finales justamente los que me permitieron avanzar y llegar hasta este reencuentro con la seguridad de poder releer con tierna nostalgia e inmenso cariño aquello que un día dejé anestesiado en mi alma.

Él fue mi libro favorito, aunque a veces me guste titularlo como mi viejo gran amor.

Vuela alto

El amanecer se colaba por el horizonte dibujando las siluetas de los aviones que esperaban su hora para volar. Era una imagen extrañamente bella. Esas moles torpes en tierra no parecían las mismas que ligeras surcan los cielos, pensaba. Se sentía diminuta tras la cristalera de la sala de embarque que daba a la pista de aterrizaje, como una pieza aislada en un mecano del que era imposible escapar. ¿Quería hacerlo? Ninguna partida era fácil, pero ningún regreso tampoco.

Había pasado toda la noche tumbada como un ovillo entre dos asientos, cubierta con un chal y utilizando la bolsa de mano como almohada, tratando en vano de dormir. Algún escalofrío cansado le recorría el cuerpo de vez en cuando. Estaba agotada, pero en esas circunstancias se le hacía muy difícil conciliar el sueño. Las manecillas del reloj parecían no avanzar, hasta que los primeros claros del alba la obligaron a espabilarse. Se incorporó con pesadez, sintiendo todos los huesos del cuerpo chirriar como bisagras oxidadas. Se quedó largo rato ahí quieta, con la mirada perdida en los aviones aparcados deduciendo cuál podía ser el suyo. Ninguno lo parecía. Miró la hora y vio que aún era temprano.

Un chico más joven dormía tranquilo no muy lejos de ella. Qué envidia, pensó. Se levantó para estirar las piernas y se acercó a los ventanales. La luz asomaba tenue tiñendo de naranja todo a su alrededor. Esa imagen extrañamente bella le recordó a aquellos atardeceres frente al mar. Qué tontería, esto no se parece en nada, se reprochó. De vez en cuando el estruendo de los motores allá afuera rompía el inusual silencio del aeropuerto, y el suyo propio. Tenía miedo.

Un grupo de azafatas entró al vestíbulo por una de las pasarelas contiguas, todas exquisitamente arregladas y portando sus enseres personales. Parecían salidas de una película romántica y no de doce horas de vuelo. ¿Cómo lo harán? Yo siempre llego destrozada, se maravillaba ella. Y esta vez más que nunca… Se preguntaba si estaba haciendo lo correcto, o quizá no era pregunta sino una manera de autoconvencerse. Cuántas veces lo correcto distaba de lo deseado, cuántas la razón se imponía cruel a los sentimientos. ¿Por que lo permitía? Solo quería ser libre.

Miraba los aviones que llegaban, rasgando sus ruedas contra el pavimento, a trompicones. Le parecía que estaban fatigados. Veía también, a lo lejos, los que alzaban el vuelo livianos, seguros, decididos. Quería ser como ellos, aunque olvidaba que ellos también tenían una ruta marcada, un destino necesario. Sin embargo, podían cambiarlo, ¿no? Hay muchos destinos, solo hay que tener el valor de tomar las riendas y subirse al avión adecuado, debatía consigo misma.

Un murmullo a sus espaldas la sacó de sus ensoñaciones. Los pasillos empezaban a recuperar su cadencia habitual, las tiendas subían las persianas y los pasajeros se acercaban a las salas con sus tarjetas de embarque en la mano, leyendo en las pantallas la información actualizada. Poco a poco el aeropuerto volvía a parecerlo con su ritmo frenético cargado de historias por vivir. Regresó a su asiento y acomodó sus cosas, más por nerviosismo que por desorden. Revisó en su móvil los datos del viaje y le bailaron las emociones en el estómago, pero no se movió.

La fila empezaba a formarse a su lado. El griterío de unos niños pequeños la hizo sonreír. Sus padres trataban de mantenerlos quietos y callados, aunque ellos estaban demasiado animados como para contenerse. Un matrimonio mayor discutía con los pasaportes en la mano como solo las personas de esa edad lo hacen: con cierto aire cómico que no deja de ser enternecedor. Dos chicas con macutos más grandes que ellas, una pareja de recién casados a juzgar por sus carantoñas y el resplandor de sus alianzas, un hombre de aspecto preocupado vestido con traje y corbata, un grupo de estudiantes deseosos de fiesta… Todos y cada uno de ellos fueron subiendo al avión llevando consigo su propio bagaje de aventuras, ilusiones y recuerdos. Y ella solo podía observarlos.

Los altavoces anunciaban una última llamada. Le faltaba el aire, sus pies no respondían, su cuerpo entero se había atrincherado en un clamor obsceno de rebeldía. Sabía que si no se subía a ese avión estaría fallándole a quienes la esperaban al otro lado, pero también que hacerlo sentenciaba a quienes dejaba en esta parte. ¿Y ella? ¿Qué era lo que realmente quería? Creyó que el dilema se resolvería por sí solo cuando se enfrentara al momento. No previó las consecuencias de no haberse escuchado lo suficiente a sí misma y de haber permitido convertirse en un alma mecida por vaivenes ajenos en vez de por su propia lucha.

El vuelo estaba a punto de cerrarse, ya no quedaba nadie en la sala y una azafata rezagada recogía con diligencia la documentación de la lista de pasajeros a bordo. Recordó el juego de la moneda al aire, ese que dice que cuando la lanzas, en esa milésima de segundo, tu corazón ya sabe de qué lado quiere que caiga. Rebuscó en sus bolsillos. ¿De verdad iba a cederle las riendas al azar? Quizá fuera lo mejor, quizá el truco funcionara. La moneda voló batallando los besos y los abrazos, los consejos, la memoria, los suspiros, el silencio, las promesas rotas, la esperanza, el dolor, la responsabilidad, el qué dirán, los sueños por cumplir, el deseo más irracional, la nostalgia…

—Señorita, este vuelo va a partir. ¿Se encuentra bien?

La moneda se posó sobre su mano izquierda y ella, al verla, miró a la azafata y sonrió aliviada.

Loco amante

El peor momento viene cuando ella mira el reloj y anuncia casi en un susurro y sin mirarle a los ojos que se tiene que ir, que ya es muy tarde. Y no por estar bajo preaviso del tiempo que tienen juntos a él le duele menos. Porque cuando se ven nunca es suficiente. Ya no le bastan unas horas escondidos en un hotel cualquiera, por bien que lo pasen entre besos, chocolates y películas de miedo. Él quiere más.

Quiere despertar a su lado por la mañana y que nadie tenga que decir que se va porque alguien más lo espera en casa. Quiere estar con ella en casa. No le gusta el silencio que inunda la habitación mientras se visten a solas, recogiendo las prendas y la dignidad esparcidas por el suelo. No le gusta verla todavía medio desnuda lavándose bien con jabón las manos, la boca, la cara… Frotándose cualquier rastro de él, de su olor, haciéndolo desaparecer por el desagüe. No le gusta el protocolo que adoptan cuando la intimidad se termina rota por una alarma, un mensaje o una llamada telefónica. Y tampoco le gusta el formalismo que se instala después entre ellos, como si no fueran nada más que dos cuerpos que se funden de vez en cuando por expreso placer. «Aunque a lo mejor eso somos y no me quiero dar cuenta», piensa él. Dos pieles que se atraen, que se buscan, que se prenden. Y que se olvidan al final de la noche, cuando van somnolientas en procesión a descansar a otro lugar.

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A solas se pregunta tantas cosas… «Es que piensas demasiado, te vuelves loco», como le diría ella. Sí, es verdad, loco de remate por un amor que le estalla en las manos y que le quiebra el alma un poquito más cada vez. Loco por desearla, por adularla, por querer protegerla hasta de sus fantasmas. Loco por intentar ser su todo mientras ella vive al límite de las emociones como si nada. Loco por su risa, por los lunares que surcan su espalda, por el destello travieso en su mirada. «¡Ay, qué loco estás!» sentencia siempre ella en tono burlón cuando las conversaciones se ponen intensas, y él ya no le rebate ni media palabra.

Porque la verdad es que también está loco por el desconsuelo que le causa no tenerla. Pierde el sueño, el hambre, la sed. Se queda sin energía, le flojean las piernas, se dispersa con demasiada facilidad… Le falta el aire en cada adiós que se funde en su abrazo mientras trata de no imaginarla desnudándose de nuevo más tarde para meterse en la cama con otro hombre, abrazándolo, susurrándole que ya llegó, durmiendo complaciente a su lado. Y despertando al día siguiente viendo su rostro, sintiendo su calor y jugueteando en la cama como hace también con él cuando sus obligaciones se lo permiten. Y así, mientras ella disfruta del goce de sentirse aún más empoderada a costa de los sentimientos, él recurre a las letras para mitigar el dolor que le produce ese último roce de dedos, de sentirla a ratos, de no ser más que un «te quiero, pero no puedo».

 

 

El amor en tiempos de instagram

Estoy en shock. En tres días he asistido en directo a una pedida de mano (“te diría que sí un millón de veces más”, ¿por qué sobamos tanto las frases??), a unas cuantas vacaciones idílicas, a un par de bodorrios, a cuatro fiestas de cumpleaños y por lo menos a una ruptura tan inesperada como sonada. Y no, no tengo una vida social tan ajetreada ni poseo el don de la ubicuidad. Ni siquiera he tenido que moverme del sofá. Así de fácil, así de accesible, así de aterrador.

Vivimos tan de cara a la galería que asusta. La pose, la pose, la pose. Repetimos la foto hasta conseguir que el brillante luzca en su máximo esplendor, que nuestros pies se enreden en consonancia con los de nuestra pareja en el momento exacto de una puesta de sol, que la risa parezca natural y no forzada, que el viento ondee nuestro cabello queriendo transmitir espontaneidad ante la cámara. Activamos la ubicación en los viajes y en los mejores restaurantes. Presumimos nuestra diversión en fiestas hasta altas horas de la madrugada y luego lo mucho que alguien nos ama llevándonos desayunos bonitos a la cama. Aunque eso no sea más que una invención incómoda y marrana disfrazada de romanticismo.

Convertimos nuestro día a día en una sucesión de selfies y situaciones prefabricadas con el único objetivo de subirlas a una red social y esperar aprobación. Que aprueben nuestra relación, nuestro viaje, nuestra cena saludable, nuestros logros, nuestro new look, nuestro vestido nuevo, nuestra #happy rutina . Y que con todo ello nos aprueben especialmente a nosotros. Porque somos guapos, divertidos, tiernos, aventureros, gourmets, seductores, risueños… Somos todo eso que figuramos ser pero curiosamente necesitamos que un ejército de likes nos lo confirme.

81167c311be6982546d2ed1a3878ad9bb059a6f1Jugamos peligrosamente una doble vida excedida de ego con la irresponsabilidad de no saberla manejar. Llenamos nuestros perfiles de auténtica pose y de cada vez menos verdad. Inmortalizamos momentos para que combinen con el hashtag y no para el recuerdo. Le ponemos filtro a todo, incluido y sobre todo al amor. Queremos hacerlo tan bonito que lo convertimos inevitablemente en una mentira. Cambiamos la ingenuidad de las emociones por una imagen perfecta dedicada a los demás. Perdemos la franqueza del sentir por la rigidez del aparentar. Entrelazamos nuestros dedos para la foto y nos besamos estratégicamente mientras encuadramos el beso sujetando un palo selfie. Para que todos lo vean. Para que todos nos vean. Ya no anhelamos el escalofrío de unos labios humedecidos sobre los nuestros en un acto de intimidad; ahora nos da más placer cuantificar la repercusión que con ello conseguimos y, al final, la necesidad de vivir para el objetivo nos impide sentir algo tras él. Es la era del #instalove.

Buscamos ser un reflejo de la modelo, del cantante, del futbolista, de la actriz… Una copia adaptada a nuestras posibilidades de lo que ellos hacen y de esta manera nos recreamos  posando en la playa como fulanita o conjuntando nuestro atuendo súper fashion con los colores de una fachada californiana, como hizo menganita. Imitamos patrones que creemos de éxito y ansiamos ser protagonistas de la película que viven los demás (o que creemos que viven) sin darnos cuenta de que ya lo somos de una mucho más importante: la nuestra. ¿Y qué aventura puede haber mejor que ésa? Una aventura con sus luces y sus sombras, con toda una maravillosa gama cromática por descubrir y también por qué no, por presumir sin complejos. Una aventura alejada de la frivolidad, de la pose y del qué dirán. Una aventura como la vida misma: real.

Y sin embargo, preferimos caer en la trampa de lo superfluo exponiéndonos completamente al otro. A veces siento que hemos perdido el control cediéndole a los demás el poder de opinar sobre nuestras vidas como si de telespectadores se tratara. Regalamos tanta información sobre lo que hacemos, dónde o con quién, que al final nos volvemos completamente vulnerables a la crítica convirtiéndonos en #instadependientes de aceptación. Y es realmente triste pensar que tras lo que parece un cuento de hadas hay demasiadas tomas falsas, y que tras esa sonrisa perfecta a veces se esconden muchas lágrimas de soledad y de baja autoestima que no conjugan bien con el postureo.

Que no sirva esto como crítica a algo que todos en mayor o menor medida hacemos sino como reflexión de la sociedad que sin darnos cuenta estamos creando: más preocupados de parecer que de ser, de aparentar que de sentir, viviendo la vida mirándonos en los espejos en vez de hacerlo mirándonos a los ojos. No olvidemos que lo mejor está en todo aquello que es tan intenso que ni siquiera nos da tiempo a fotografiar.

 

 

 

¡Gracias 2017!

Parece que fue ayer cuando escribí mi Gracias 2016 con la ilusión y la incertidumbre por el año que comenzaba, el mismo año que en unas horas se nos irá. Cómo pasa el tiempo… De nuevo aquí, haciendo recuento del año y los daños, de las vivencias, los aprendizajes y los momentos que nos han traído hasta hoy y de los que sigo dando por ello las gracias.

Aunque para empezar, si tuviera que reducir este 2017 a una sola palabra sería ‘convulso’ en lo personal, en lo social, en lo mundial. El 17 de agosto Barcelona vivió una de sus jornadas más tristes cuando el yihadismo nos golpeó en Las Ramblas aquella tarde de verano. Pero este año también nos ha dejado ataques en Londres y Manchester, medio millar de fallecidos en el atentado de Mogadiscio el pasado octubre y muchos miles más resultado de las guerras que no cesan. Trump cumple su primer año en la Casa Blanca con más polémica que aciertos y Corea del Norte sigue tensando la cuerda de la amenaza nuclear con los ensayos de misiles. La naturaleza no perdona y el continente americano ha tenido que hacer frente a varias tormentas tropicales devastadoras mientras México temblaba trágicamente en septiembre. España y Portugal han luchado contra los incendios igual que California, y Europa central se ha lamentado por las inundaciones. África sigue pasando hambre mientras miramos hacia otro lado y Venezuela sigue abocada al abismo de la sinrazón. Y aquí en casa, “el procés” nos ha dejado desgaste, tensión y crispación en la sociedad catalana y para con el resto de España sin que hayamos conseguido entendernos todavía en esta triste fractura.

Dejando a un lado el panorama internacional, 2017 también me ha dado sacudidas en lo personal. Algunas malas noticias que nos ha dejado este año resultaron ser mejor de lo pronosticado, pero otras se han quedado con nosotros, en familia, para seguir afrontándolas con fuerza y cierta serenidad, o resignación, o inteligencia, o como diablos se pueda. La verdad es que no, no le doy las gracias a este año por eso, no se las doy a la vida tampoco porque preferiría que la infancia de los niños fuera perfecta y fluyera con la naturalidad que ellos se merecen, lejos de médicos y de diagnósticos, pero hay cosas que no podemos cambiar y ante eso el mejor escudo es plantar cara, seguir adelante y no decaer. Si tengo que dar las gracias por esta situación lo haré entonces por el aprendizaje que los reveses nos dan para poder valorar que la vida es hoy, ahora, con todo lo que tenemos y con todo lo que podemos dar.

Lo que sí le agradezco a este año es que he podido seguir viajando y no sólo he descubierto nuevas tierras y culturas sino también a personas que me han permitido ver a través de diferentes puntos de vista. También he reído mucho, con lo divertido y con lo absurdo, me he reído incluso por no llorar, aunque en ocasiones también he terminado llorando. Y entre algunas de esas lágrimas he entendido que hay una delgada línea que separa el ego de la autoestima, el pundonor de la altivez, y el interés de la ruindad. Y he comprendido también que anteponerse cuando lo das todo y no lo valoran no es egoísmo sino amor propio, porque al final exponerse demasiado termina ahogándote la dignidad y quebrándote el alma.

Soy consciente de haber relegado a personas de mi camino a lo largo de estos últimos meses, pero en realidad esas personas ya me habían dejado antes a mí y lo que ahora se pone de manifiesto es lo que ya estaba encima de la mesa tiempo atrás. Las ganas de mantener el contacto, de estar, de dar el cariño que tienes para dar se diluyen cuando no recibes un mensaje por iniciativa propia, una llamada de vuelta, un ¿cómo estás? de corazón. Así que le doy las gracias a la vida por haberme cruzado con esas personas que me dejaron, seguro, alguna enseñanza pero le agradezco a este 2017 el haberme hecho comprender que quien no te busca en la reciprocidad es porque no te extraña, y quien no te extraña simplemente no te quiere.

Gracias 2017 por haberme permitido cumplir los objetivos más importantes que me marqué para tus 365 días aunque todavía me queda mucho por recorrer. Gracias por los amigos que permanecen conmigo, a ambos lados de mi océano tan amado como odiado. Gracias por los que a pesar de vernos menos de lo que nos gustaría, siempre están ahí como si no pasara el tiempo. Gracias por mi familia que sigue ocupando todas las sillas en Navidad y por esos ocho niños que me atrapan en su cápsula de felicidad. Gracias por el amor que me mantiene a flote, el que me hace sonreír sin proponerlo, el que me da tanta paz. Gracias por el desamor que me rasga, que me enfurece, que me hace llorar, por recordarme que de las mentiras ya no se regresa igual y que hiere mucho más una excusa a traición que la más dolorosa verdad.

Gracias por las noches en vela, las buenas, las malas, las que vivo a solas y acompañada. Gracias por los cafés a media tarde, las aventuras que planeamos, los aviones, las esperas, los reencuentros, los abrazos y las mil y una emociones. Gracias por los rincones perdidos a la vuelta de la esquina, los paseos improvisados, la inmensidad de todo un mundo que me queda por recorrer. Gracias a los compañeros de viajes y locuras, a esos planes que no salen como esperamos pero que resultan siempre mucho mejor. Gracias a todos los que se han detenido un rato durante este año para leerme, para comentarme, para alentarme en mi sueño y para aconsejarme. Gracias por los detalles, las risas, los buenos deseos, las manos que no te sueltan y los recuerdos que nunca enmarcamos.

En definitiva, gracias 2017 por haber sido un punto de inflexión en muchos aspectos, de descubrimiento personal, de crecimiento, de metas cumplidas y de soltar algunas amarras. Un año de cambios y aprendizaje, un año con sus luces y sus sombras que ya toca a su fin. Gracias a la vida por habérmelo regalado y gracias a todos los que siguen en ella avanzando a mi lado.

 

¡FELIZ 2018!2018-time-to-enroll

 

Los viejos sitios donde amé la vida

A veces vuelvo a aquella playa donde nos pasamos horas embrujados viendo el mar, caminando por la orilla bajo el cielo rosado del atardecer. Vuelvo a gritar de alegría en los estadios donde abracé incluso a desconocidos, y también a los conciertos que más me emocionaron. Vuelvo a estar presente en cada nacimiento, en cada cumpleaños, en cada reunión de amigos e incluso de amigos con extraños.

Vuelvo al avión que nos llevó de viaje juntos por primera vez y a los nervios de cada aterrizaje esperando un reencuentro, volvernos a ver. Vuelvo a quedarme atrapada en el tráfico caótico de una ciudad inmensa sólo por compartir música y confidencias un ratito más.

Vuelvo a la primera última cena, aquella de las palabras quebradas, de los adioses inciertos. Todavía recuerdo qué camisa llevabas y a qué olía tu cuello, mezcla de perfume y de tu piel.

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Pero antes vuelvo a cruzar la mirada que me hizo estallar. Y vuelvo a tus brazos, a tu pecho, al sabor de tu boca. Vuelvo al primer roce en los labios, a la primera copa, a quitarnos de nuevo la ropa.

Vuelvo a morirme de risa, a cruzar con vértigo y determinación los puentes del miedo, a acariciar los sueños que un día luché y que después logré. Hoy sigo soñando los que alcanzaré…

Vuelvo a ver esa película que nunca terminamos de ver, de la que sigo sin conocer el final. Vuelvo a escuchar mi canción favorita, y la tuya, y la de tantos otros, y vuelvo a bailar al son de la cumbia con nuestros pies tropezando como la primera vez.

Vuelvo a las salas de cine en versión original y a todos los museos que he podido visitar. Vuelvo a entrelazar mis dedos en los tuyos, a protegerme del frío acurrucándome en tu calor, a hacerte caricias secretas por debajo de la manta, a observarte dormir junto a mí en el sofá.

Vuelvo a los brindis en familia, a los veranos de mi infancia bañada de sol y de mar, a las navidades repletas de sillas, a los aromas que nos obsequia mi madre al cocinar. Vuelvo a las carcajadas de mis sobrinos, al brillo de sus ojos, a su energía inagotable y a su eterna curiosidad.

Vuelvo a las sorpresas, a los regalos que hice y me hicieron, a las cartas que escribí y envié con más alma que cuidado y también a las que nunca voy a desvelar. A los detalles que me emocionaron, a los gestos y abrazos que un día y una noche me salvaron.

Vuelvo a los libros que me dejaron huella, al misterio de los encuentros fortuitos, a la increíble casualidad de habernos conocido, al eterno agradecimiento por el tiempo a tu lado, a los cafés con amigas a media tarde, a las veladas hasta el amanecer, a los consejos dados de corazón y a los corazones rotos que me han guiado hasta hoy.

Vuelvo a sentir el pulso a mil por hora, la piel erizada, las lágrimas tranquilas brotar, la respiración cortada, las ganas de gritar. Vuelvo a cada uno de mis viajes con cada una de las personas que me acompañaron. Vuelvo a redescubrir culturas, sigo amando algunas tierras y añorando a esos amigos que tengo lejos y son como hermanos.

A veces vuelvo a los lugares, a los momentos, a los instantes que me hicieron inmensamente feliz. A la sencillez de las pequeñas cosas que hoy rememoro y a las que de vez en cuando me gusta regresar. Porque como dice la canción, uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y yo que la amé tantas veces, de mil maneras, en diversos lugares y con ciertas personas… No la puedo ni quiero dejarla escapar.