Loco amante

El peor momento viene cuando ella mira el reloj y anuncia casi en un susurro y sin mirarle a los ojos que se tiene que ir, que ya es muy tarde. Y no por estar bajo preaviso del tiempo que tienen juntos a él le duele menos. Porque cuando se ven nunca es suficiente. Ya no le bastan unas horas escondidos en un hotel cualquiera, por bien que lo pasen entre besos, chocolates y películas de miedo. Él quiere más.

Quiere despertar a su lado por la mañana y que nadie tenga que decir que se va porque alguien más lo espera en casa. Quiere estar con ella en casa. No le gusta el silencio que inunda la habitación mientras se visten a solas, recogiendo las prendas y la dignidad esparcidas por el suelo. No le gusta verla todavía medio desnuda lavándose bien con jabón las manos, la boca, la cara… Frotándose cualquier rastro de él, de su olor, haciéndolo desaparecer por el desagüe. No le gusta el protocolo que adoptan cuando la intimidad se termina rota por una alarma, un mensaje o una llamada telefónica. Y tampoco le gusta el formalismo que se instala después entre ellos, como si no fueran nada más que dos cuerpos que se funden de vez en cuando por expreso placer. «Aunque a lo mejor eso somos y no me quiero dar cuenta», piensa él. Dos pieles que se atraen, que se buscan, que se prenden. Y que se olvidan al final de la noche, cuando van somnolientas en procesión a descansar a otro lugar.

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A solas se pregunta tantas cosas… «Es que piensas demasiado, te vuelves loco», como le diría ella. Sí, es verdad, loco de remate por un amor que le estalla en las manos y que le quiebra el alma un poquito más cada vez. Loco por desearla, por adularla, por querer protegerla hasta de sus fantasmas. Loco por intentar ser su todo mientras ella vive al límite de las emociones como si nada. Loco por su risa, por los lunares que surcan su espalda, por el destello travieso en su mirada. «¡Ay, qué loco estás!» sentencia siempre ella en tono burlón cuando las conversaciones se ponen intensas, y él ya no le rebate ni media palabra.

Porque la verdad es que también está loco por el desconsuelo que le causa no tenerla. Pierde el sueño, el hambre, la sed. Se queda sin energía, le flojean las piernas, se dispersa con demasiada facilidad… Le falta el aire en cada adiós que se funde en su abrazo mientras trata de no imaginarla desnudándose de nuevo más tarde para meterse en la cama con otro hombre, abrazándolo, susurrándole que ya llegó, durmiendo complaciente a su lado. Y despertando al día siguiente viendo su rostro, sintiendo su calor y jugueteando en la cama como hace también con él cuando sus obligaciones se lo permiten. Y así, mientras ella disfruta del goce de sentirse aún más empoderada a costa de los sentimientos, él recurre a las letras para mitigar el dolor que le produce ese último roce de dedos, de sentirla a ratos, de no ser más que un «te quiero, pero no puedo».

 

 

El amor en tiempos de instagram

Estoy en shock. En tres días he asistido en directo a una pedida de mano (“te diría que sí un millón de veces más”, ¿por qué sobamos tanto las frases??), a unas cuantas vacaciones idílicas, a un par de bodorrios, a cuatro fiestas de cumpleaños y por lo menos a una ruptura tan inesperada como sonada. Y no, no tengo una vida social tan ajetreada ni poseo el don de la ubicuidad. Ni siquiera he tenido que moverme del sofá. Así de fácil, así de accesible, así de aterrador.

Vivimos tan de cara a la galería que asusta. La pose, la pose, la pose. Repetimos la foto hasta conseguir que el brillante luzca en su máximo esplendor, que nuestros pies se enreden en consonancia con los de nuestra pareja en el momento exacto de una puesta de sol, que la risa parezca natural y no forzada, que el viento ondee nuestro cabello queriendo transmitir espontaneidad ante la cámara. Activamos la ubicación en los viajes y en los mejores restaurantes. Presumimos nuestra diversión en fiestas hasta altas horas de la madrugada y luego lo mucho que alguien nos ama llevándonos desayunos bonitos a la cama. Aunque eso no sea más que una invención incómoda y marrana disfrazada de romanticismo.

Convertimos nuestro día a día en una sucesión de selfies y situaciones prefabricadas con el único objetivo de subirlas a una red social y esperar aprobación. Que aprueben nuestra relación, nuestro viaje, nuestra cena saludable, nuestros logros, nuestro new look, nuestro vestido nuevo, nuestra #happy rutina . Y que con todo ello nos aprueben especialmente a nosotros. Porque somos guapos, divertidos, tiernos, aventureros, gourmets, seductores, risueños… Somos todo eso que figuramos ser pero curiosamente necesitamos que un ejército de likes nos lo confirme.

81167c311be6982546d2ed1a3878ad9bb059a6f1Jugamos peligrosamente una doble vida excedida de ego con la irresponsabilidad de no saberla manejar. Llenamos nuestros perfiles de auténtica pose y de cada vez menos verdad. Inmortalizamos momentos para que combinen con el hashtag y no para el recuerdo. Le ponemos filtro a todo, incluido y sobre todo al amor. Queremos hacerlo tan bonito que lo convertimos inevitablemente en una mentira. Cambiamos la ingenuidad de las emociones por una imagen perfecta dedicada a los demás. Perdemos la franqueza del sentir por la rigidez del aparentar. Entrelazamos nuestros dedos para la foto y nos besamos estratégicamente mientras encuadramos el beso sujetando un palo selfie. Para que todos lo vean. Para que todos nos vean. Ya no anhelamos el escalofrío de unos labios humedecidos sobre los nuestros en un acto de intimidad; ahora nos da más placer cuantificar la repercusión que con ello conseguimos y, al final, la necesidad de vivir para el objetivo nos impide sentir algo tras él. Es la era del #instalove.

Buscamos ser un reflejo de la modelo, del cantante, del futbolista, de la actriz… Una copia adaptada a nuestras posibilidades de lo que ellos hacen y de esta manera nos recreamos  posando en la playa como fulanita o conjuntando nuestro atuendo súper fashion con los colores de una fachada californiana, como hizo menganita. Imitamos patrones que creemos de éxito y ansiamos ser protagonistas de la película que viven los demás (o que creemos que viven) sin darnos cuenta de que ya lo somos de una mucho más importante: la nuestra. ¿Y qué aventura puede haber mejor que ésa? Una aventura con sus luces y sus sombras, con toda una maravillosa gama cromática por descubrir y también por qué no, por presumir sin complejos. Una aventura alejada de la frivolidad, de la pose y del qué dirán. Una aventura como la vida misma: real.

Y sin embargo, preferimos caer en la trampa de lo superfluo exponiéndonos completamente al otro. A veces siento que hemos perdido el control cediéndole a los demás el poder de opinar sobre nuestras vidas como si de telespectadores se tratara. Regalamos tanta información sobre lo que hacemos, dónde o con quién, que al final nos volvemos completamente vulnerables a la crítica convirtiéndonos en #instadependientes de aceptación. Y es realmente triste pensar que tras lo que parece un cuento de hadas hay demasiadas tomas falsas, y que tras esa sonrisa perfecta a veces se esconden muchas lágrimas de soledad y de baja autoestima que no conjugan bien con el postureo.

Que no sirva esto como crítica a algo que todos en mayor o menor medida hacemos sino como reflexión de la sociedad que sin darnos cuenta estamos creando: más preocupados de parecer que de ser, de aparentar que de sentir, viviendo la vida mirándonos en los espejos en vez de hacerlo mirándonos a los ojos. No olvidemos que lo mejor está en todo aquello que es tan intenso que ni siquiera nos da tiempo a fotografiar.

 

 

 

¡Gracias 2017!

Parece que fue ayer cuando escribí mi Gracias 2016 con la ilusión y la incertidumbre por el año que comenzaba, el mismo año que en unas horas se nos irá. Cómo pasa el tiempo… De nuevo aquí, haciendo recuento del año y los daños, de las vivencias, los aprendizajes y los momentos que nos han traído hasta hoy y de los que sigo dando por ello las gracias.

Aunque para empezar, si tuviera que reducir este 2017 a una sola palabra sería ‘convulso’ en lo personal, en lo social, en lo mundial. El 17 de agosto Barcelona vivió una de sus jornadas más tristes cuando el yihadismo nos golpeó en Las Ramblas aquella tarde de verano. Pero este año también nos ha dejado ataques en Londres y Manchester, medio millar de fallecidos en el atentado de Mogadiscio el pasado octubre y muchos miles más resultado de las guerras que no cesan. Trump cumple su primer año en la Casa Blanca con más polémica que aciertos y Corea del Norte sigue tensando la cuerda de la amenaza nuclear con los ensayos de misiles. La naturaleza no perdona y el continente americano ha tenido que hacer frente a varias tormentas tropicales devastadoras mientras México temblaba trágicamente en septiembre. España y Portugal han luchado contra los incendios igual que California, y Europa central se ha lamentado por las inundaciones. África sigue pasando hambre mientras miramos hacia otro lado y Venezuela sigue abocada al abismo de la sinrazón. Y aquí en casa, “el procés” nos ha dejado desgaste, tensión y crispación en la sociedad catalana y para con el resto de España sin que hayamos conseguido entendernos todavía en esta triste fractura.

Dejando a un lado el panorama internacional, 2017 también me ha dado sacudidas en lo personal. Algunas malas noticias que nos ha dejado este año resultaron ser mejor de lo pronosticado, pero otras se han quedado con nosotros, en familia, para seguir afrontándolas con fuerza y cierta serenidad, o resignación, o inteligencia, o como diablos se pueda. La verdad es que no, no le doy las gracias a este año por eso, no se las doy a la vida tampoco porque preferiría que la infancia de los niños fuera perfecta y fluyera con la naturalidad que ellos se merecen, lejos de médicos y de diagnósticos, pero hay cosas que no podemos cambiar y ante eso el mejor escudo es plantar cara, seguir adelante y no decaer. Si tengo que dar las gracias por esta situación lo haré entonces por el aprendizaje que los reveses nos dan para poder valorar que la vida es hoy, ahora, con todo lo que tenemos y con todo lo que podemos dar.

Lo que sí le agradezco a este año es que he podido seguir viajando y no sólo he descubierto nuevas tierras y culturas sino también a personas que me han permitido ver a través de diferentes puntos de vista. También he reído mucho, con lo divertido y con lo absurdo, me he reído incluso por no llorar, aunque en ocasiones también he terminado llorando. Y entre algunas de esas lágrimas he entendido que hay una delgada línea que separa el ego de la autoestima, el pundonor de la altivez, y el interés de la ruindad. Y he comprendido también que anteponerse cuando lo das todo y no lo valoran no es egoísmo sino amor propio, porque al final exponerse demasiado termina ahogándote la dignidad y quebrándote el alma.

Soy consciente de haber relegado a personas de mi camino a lo largo de estos últimos meses, pero en realidad esas personas ya me habían dejado antes a mí y lo que ahora se pone de manifiesto es lo que ya estaba encima de la mesa tiempo atrás. Las ganas de mantener el contacto, de estar, de dar el cariño que tienes para dar se diluyen cuando no recibes un mensaje por iniciativa propia, una llamada de vuelta, un ¿cómo estás? de corazón. Así que le doy las gracias a la vida por haberme cruzado con esas personas que me dejaron, seguro, alguna enseñanza pero le agradezco a este 2017 el haberme hecho comprender que quien no te busca en la reciprocidad es porque no te extraña, y quien no te extraña simplemente no te quiere.

Gracias 2017 por haberme permitido cumplir los objetivos más importantes que me marqué para tus 365 días aunque todavía me queda mucho por recorrer. Gracias por los amigos que permanecen conmigo, a ambos lados de mi océano tan amado como odiado. Gracias por los que a pesar de vernos menos de lo que nos gustaría, siempre están ahí como si no pasara el tiempo. Gracias por mi familia que sigue ocupando todas las sillas en Navidad y por esos ocho niños que me atrapan en su cápsula de felicidad. Gracias por el amor que me mantiene a flote, el que me hace sonreír sin proponerlo, el que me da tanta paz. Gracias por el desamor que me rasga, que me enfurece, que me hace llorar, por recordarme que de las mentiras ya no se regresa igual y que hiere mucho más una excusa a traición que la más dolorosa verdad.

Gracias por las noches en vela, las buenas, las malas, las que vivo a solas y acompañada. Gracias por los cafés a media tarde, las aventuras que planeamos, los aviones, las esperas, los reencuentros, los abrazos y las mil y una emociones. Gracias por los rincones perdidos a la vuelta de la esquina, los paseos improvisados, la inmensidad de todo un mundo que me queda por recorrer. Gracias a los compañeros de viajes y locuras, a esos planes que no salen como esperamos pero que resultan siempre mucho mejor. Gracias a todos los que se han detenido un rato durante este año para leerme, para comentarme, para alentarme en mi sueño y para aconsejarme. Gracias por los detalles, las risas, los buenos deseos, las manos que no te sueltan y los recuerdos que nunca enmarcamos.

En definitiva, gracias 2017 por haber sido un punto de inflexión en muchos aspectos, de descubrimiento personal, de crecimiento, de metas cumplidas y de soltar algunas amarras. Un año de cambios y aprendizaje, un año con sus luces y sus sombras que ya toca a su fin. Gracias a la vida por habérmelo regalado y gracias a todos los que siguen en ella avanzando a mi lado.

 

¡FELIZ 2018!2018-time-to-enroll

 

Los viejos sitios donde amé la vida

A veces vuelvo a aquella playa donde nos pasamos horas embrujados viendo el mar, caminando por la orilla bajo el cielo rosado del atardecer. Vuelvo a gritar de alegría en los estadios donde abracé incluso a desconocidos, y también a los conciertos que más me emocionaron. Vuelvo a estar presente en cada nacimiento, en cada cumpleaños, en cada reunión de amigos e incluso de amigos con extraños.

Vuelvo al avión que nos llevó de viaje juntos por primera vez y a los nervios de cada aterrizaje esperando un reencuentro, volvernos a ver. Vuelvo a quedarme atrapada en el tráfico caótico de una ciudad inmensa sólo por compartir música y confidencias un ratito más.

Vuelvo a la primera última cena, aquella de las palabras quebradas, de los adioses inciertos. Todavía recuerdo qué camisa llevabas y a qué olía tu cuello, mezcla de perfume y de tu piel.

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Pero antes vuelvo a cruzar la mirada que me hizo estallar. Y vuelvo a tus brazos, a tu pecho, al sabor de tu boca. Vuelvo al primer roce en los labios, a la primera copa, a quitarnos de nuevo la ropa.

Vuelvo a morirme de risa, a cruzar con vértigo y determinación los puentes del miedo, a acariciar los sueños que un día luché y que después logré. Hoy sigo soñando los que alcanzaré…

Vuelvo a ver esa película que nunca terminamos de ver, de la que sigo sin conocer el final. Vuelvo a escuchar mi canción favorita, y la tuya, y la de tantos otros, y vuelvo a bailar al son de la cumbia con nuestros pies tropezando como la primera vez.

Vuelvo a las salas de cine en versión original y a todos los museos que he podido visitar. Vuelvo a entrelazar mis dedos en los tuyos, a protegerme del frío acurrucándome en tu calor, a hacerte caricias secretas por debajo de la manta, a observarte dormir junto a mí en el sofá.

Vuelvo a los brindis en familia, a los veranos de mi infancia bañada de sol y de mar, a las navidades repletas de sillas, a los aromas que nos obsequia mi madre al cocinar. Vuelvo a las carcajadas de mis sobrinos, al brillo de sus ojos, a su energía inagotable y a su eterna curiosidad.

Vuelvo a las sorpresas, a los regalos que hice y me hicieron, a las cartas que escribí y envié con más alma que cuidado y también a las que nunca voy a desvelar. A los detalles que me emocionaron, a los gestos y abrazos que un día y una noche me salvaron.

Vuelvo a los libros que me dejaron huella, al misterio de los encuentros fortuitos, a la increíble casualidad de habernos conocido, al eterno agradecimiento por el tiempo a tu lado, a los cafés con amigas a media tarde, a las veladas hasta el amanecer, a los consejos dados de corazón y a los corazones rotos que me han guiado hasta hoy.

Vuelvo a sentir el pulso a mil por hora, la piel erizada, las lágrimas tranquilas brotar, la respiración cortada, las ganas de gritar. Vuelvo a cada uno de mis viajes con cada una de las personas que me acompañaron. Vuelvo a redescubrir culturas, sigo amando algunas tierras y añorando a esos amigos que tengo lejos y son como hermanos.

A veces vuelvo a los lugares, a los momentos, a los instantes que me hicieron inmensamente feliz. A la sencillez de las pequeñas cosas que hoy rememoro y a las que de vez en cuando me gusta regresar. Porque como dice la canción, uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y yo que la amé tantas veces, de mil maneras, en diversos lugares y con ciertas personas… No la puedo ni quiero dejarla escapar.

 

 

 

¡Gracias 2016!

Como es tradición por estas fechas una se pone a hacer recuento del año que se nos va y como es mi costumbre también no puedo más que darle las gracias a este 2016 que, como todos, me deja grandes enseñanzas. Así que ahí voy:

GRACIAS por los incondicionales que siguen estando a mi lado compartiendo momentos de todos los colores, sumando afectos desde tiempos inmemoriales. GRACIAS también por los que han dejado de estarlo, porque me demostraron que ya no era necesario tenerlos más. GRACIAS por aquellos que con su lejanía emocional y descarada hipocresía me recuerdan cuál es el sentido de la auténtica amistad, y GRACIAS por los que a pesar de estar físicamente lejos siguen siendo mis imprescindibles un año más.

GRACIAS por las lágrimas que me han hecho un poco más fuerte, por los llantos de risa que le dan sentido a la vida, por los sollozos callados cuando alguien se nos va.

GRACIAS por las pasiones que me divierten el ego y por los reencuentros que me llenan el alma. GRACIAS por los viajes que me permiten las circunstancias, por los lugares que descubro de improviso, por la mejor compañía que puedo tener a mi lado y por todas las nuevas personas que se van inmiscuyendo en mi camino.

GRACIAS por las amigas que tienen tiempo 24/7 para reír o apagar fuegos, qué más da. Amigas con las que puedes discutir y sin rencores te vuelves a reconciliar, esas amigas que sin mariconadas ni corazones virtuales, y sin fotos demostrativas de por medio, siempre te quieren un poco más.

GRACIAS a todos los que tuvieron un ratito para leerme este año, por las palabras de apoyo, por el ánimo y por la crítica constructiva. GRACIAS por los mensajes inesperados, por esos “me gusta mucho como escribes” privados y por todos los que me inspiran en el día a día para no dejar esta aventura de lado.

GRACIAS por todas esas personas que con su amor me siguen ayudando a ser quien soy, y GRACIAS por los que con su ejemplo tóxico me enseñan a no convertirme en ellos.

Escuché por ahí que la felicidad se mide en sillas así que GRACIAS infinitas por la familia que no me falta en la mesa esta Navidad, y GRACIAS a la vida por haberme permitido disfrutar de quien ya no está, porque a pesar de la ausencia sé que en nuestro recuerdo aquellos a los que amamos siempre, siempre, permanecerán.

GRACIAS 2016 por haberme dado sorpresas, abrazos, risas, silencios, gritos, penas, valores, deseo, dolor, miedo, coraje, flaquezas, ilusiones y tantas emociones vitales. Sabemos cómo empieza el año, pero la magia de todo esto es que no sabemos qué nos deparará en su camino. Así que, como siempre, lo que le pido a este 2017 a punto de comenzar es que los sueños sigan siendo fuertes, las ganas invencibles y el tiempo generoso. O por lo menos, que lo sepamos valorar.

¡¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOS!!iva-2017

 

 

Volver a nacer

Este fin de semana vi una de esas películas que de vez en cuando se topan en mi camino y de la nada me hacen reflexionar. La cinta en cuestión se llama Volver a nacer, es del director italiano Sergio Castellitto y está protagonizada por Penélope Cruz y Emile Hirsch. Vaya por delante que no soy especialmente fan de nuestra Penélope y además ni siquiera conocía la existencia de esta película que me puse a ver un poco de aquella manera, más por llenar mi tiempo que por ganas. Y la verdad es que me fue cautivando poco a poco hasta el punto de que hoy siento la necesidad de escribir sobre ella.

Bueno, no sé si sobre ella, o sobre lo que me hizo sentir, o sobre tantas cosas, o sobre la vida en sí. Para contextualizar, y en general, diré que la trama gira en torno a una mujer que viaja con su hijo adolescente a Sarajevo en busca de aquello que un día vivió, lo que la hizo feliz, lo que la rompió en el dolor, lo que la cambió. En busca quizá de unos orígenes, o del sentido de su misma existencia. Intercalando los recuerdos en los Balcanes con el presente en Roma se va tejiendo una historia de crudeza emocional y física cuyo telón de fondo es la Guerra de Bosnia acontecida a principios de los años 90. Una guerra, como todas, salvaje e inhumana que marcó por completo a todas aquellas generaciones, hasta hoy.

En la película se tocan temas como el amor, el deseo de ser madre, las expectativas de futuro, el optimismo de la juventud y los zarpazos que todo lo cambian. Y eso, supongo, fue lo que me hizo reflexionar. Lo efímero, lo soñado, lo inesperado. La vida, al fin y al cabo. Las casualidades, o el destino. El estar allí en aquel lugar, en el minuto exacto para conocer a ese alguien o para que se te clave el puñal más hondo en el alma.

Y me pongo a pepies-descalzos-caminandonsar en mi propio camino, en mi historia, en todo lo que riendo y llorando me ha traído hasta hoy, hasta ser la persona que soy. En los amores que quedaron en la cuneta, los que nunca fueron amores. En las personas que fui encontrando y olvidando. En aquellos que compartieron parte de su tiempo conmigo pero que hoy ya no lo hacen. En los que a veces extraño, en los que ni siquiera recuerdo. Todos los que me dieron algo para aprender a ser mejor, o incluso el ejemplo para no ser como ellos.

Reflexioné acerca de cómo suceden las cosas, cómo un simple momento puede cambiar tu rumbo vital racionalmente establecido. Cómo es sentirse viva y absolutamente feliz, y qué es tocar fondo para tener que volver a nacer. Lo que significa el anhelo de tus deseos que puede llegar a convertirse en obsesión, en darlo todo por todo, y por nada. En arriesgar por una idea, en alcanzar una meta y en la lucha de tus sueños aunque en la batalla se te rompan en pedazos. Quizá es porque nunca se cumplen como esperamos, pero eso no significa realmente que salgan mal. A veces lo que no se planea sabe incluso mejor.

La película me hizo pensar en el destino, en por qué pasan las cosas o por qué no. En el ritmo a veces caprichoso que te marca la vida, queriendo acelerar y frenar a nuestro antojo sin darnos cuenta de que lo que tiene que ser, será. Y que algunas veces aquello que nunca creíste que pasaría, está pasando de verdad.

Pensé en el altruismo y el amor a los amigos que cada uno escoge y que el tiempo se encarga de poner también en su justo lugar. En aquellos que nos acompañan incondicionalmente y nos ayudan a crecer. En esa clase de amor tan intenso imposible de olvidar. Amor en una simple caricia y en el inocente deseo de abrazarse en silencio nada más. En el dolor del bebé que no nació y todo lo que con él también murió: la posibilidad de tener lo que ya nunca será, no al menos de aquella forma, con su boca y sus manos.

El desconcierto del desconocimiento y los juicios de valor que lanzamos a la ligera. La desinformación, las suposiciones, las historias a medias y las mentiras que se callan. Las verdades que no se entregan, las palabras que no se dicen, los sentimientos que afloran y que matamos por miedo. O no. Lo que se padece en las entrañas y lo que arde en el alma sin desconsuelo. “¡¿A esto le llamas amor?!”, gritaba la protagonista en pleno bombardeo mientras el hombre de su vida se alejaba sin mirarla, precisamente por salvaguardarla de ella misma y poder darle su mejor regalo.

Porque a veces las cosas no son como parecen.

Muy al final de la película, en un diálogo precioso, los protagonistas se plantean cuál es la palabra preferida de cada uno de ellos, a lo que alguien responde que la mejor de todas es “gracias”. Así, un simple y llano “gracias”. Y la verdad es que pocas palabras tiene el diccionario tan completas como ésta, y qué pocas veces la verbalizamos. Y no me refiero a cuando la utilizamos como coletilla por educación, sino a dar las gracias de verdad. Gracias a quienes pasan por nuestra vida para concedernos el mayor aprendizaje. Gracias a las casualidades que nos cambian los rumbos. Gracias a los miedos y a las lágrimas que nos hacen valorar mejor los retos y las risas. Gracias a los amigos que nos exponen las verdades desde la tolerancia y el cariño. Gracias a quienes nos infravaloran y humillan porque en su desdén nos enseñan a ser más fuertes. Gracias a todos los que nos quieren bien desde el respeto a nuestra libertad y a aquellos que nos permiten con su sola existencia saber lo que es realmente amar.

Todas esas “gracias”, las que se dan con el corazón desnudo y el alma remendada, mirándose a los ojos sin velos ni estrategias, son las que de verdad importan y sin embargo las más difíciles de pronunciar.