La mujer adúltera (2)

7c8ff743780ba9ded956844deeaffb9fEsa noche cuando Tina regresa a casa los niños ya están bañados y se terminan la cena enfundados en sus pijamas. “Casi a punto de irse a dormir, menos mal”, piensa Tina. Se acerca a su marido y le roza los labios en un beso casi al aire, mientras él continua atendiendo las demandas de sus hijos, batallando con el postre que ninguno de los dos quiere probar. Su madre apenas les hace una caricia en el cabello a cada uno y se pierde por el pasillo hasta su habitación. Deja el bolso encima de la cama, el abrigo en el perchero y los zapatos bajo la cómoda. Guarda la bolsa de deporte en un rincón de su armario, su marido nunca registra sus cosas pero prefiere reordenar la lencería usada cuando él no esté en casa.

Mientras se desviste escucha a los niños corretear por el pasillo, siempre la misma actividad después de cenar, como si les dieran cuerda justo antes de irse a dormir. Sonríe levemente y envolviéndose en su bata sale a buscarlos para intentar devolverles la calma de nuevo. El pequeño, de 4 años, se agarra a las piernas de su madre para protegerse de su hermano, que a los 6 sólo le interesa jugar a caballeros y ve en él un blanco fácil de derrotar. Tina intenta zanjar la improvisada batalla haciéndoles cosquillas mientras los guía hasta el sofá. “Un rato acurrucada con ellos me hará bien”, piensa. Prefiere eso a tener que acurrucarse en los brazos del hombre al que acaba de engañar una vez más.

Pasa canales hasta que los niños se ponen de acuerdo en qué ver y se abrazan a su madre a la que, sin saberlo en realidad, algunas veces echan de menos. Es en estos momentos en los que Tina cierra los ojos y huele el dulce aroma de sus niños junto a ella, buscando sus mimos, cuando siente el arañazo más doloroso de su fingida realidad.

Cuando se da cuenta de que se ha adormilado en el sofá su marido ya se lleva al mayor en brazos a la cama. Tina apaga la televisión, y tras ir a besar a sus hijos deseándoles en silencio buenas noches, se mete en la ducha por tercera vez este día. Ajeno a todo, su marido prepara algo de pan con tomate y embutido para cenar sabiendo bien que su mujer los jueves, tras un largo día de guardias en el hospital, apenas prueba bocado cuando llega a casa. Mientras tanto, Tina se deja mecer por el agua hirviendo que le recorre la piel en un intento vano por deshacerse de cualquier aroma que no sea únicamente de ella. Pero por mucho que se frote, que se enjabone, que se inunde, nunca termina de sentirse despojada de la pasión que horas antes la envolvía. Y con ese recuerdo palpándole de nuevo las entrañas la ducha se convierte en un ritual eterno, la humedad que empaña la mampara es proporcional a la suya propia, y el vaho que cubre el espejo bien podría ser como el aliento de su amante mientras horas antes la embestía con rudeza.

Se envuelve en su albornoz y mientras rebusca en los cajones de su dormitorio un pijama limpio para ponerse, su marido se acerca preguntando si después de cenar quiere ver una película o… Tina está desnuda, de espaldas, vistiéndose ajena a su presencia. Él se queda en silencio observándola, tan esbelta, tan sensual, tan distante… Tiene ganas de abrazarla, de caer con ella en la cama riéndose de todo y por nada, de hacerse cosquillas como cuando la rutina aún no les había roto el amor. “La rutina, o lo que sea…”, piensa él.

Para cuando Tina se da cuenta de que él la estaba observando ya no hay nadie en el umbral del dormitorio: su marido cena tranquilamente viendo las noticias, como de costumbre. Con aire cansado ella se sienta a su lado en el sofá y por fin le pregunta qué tal estuvo su día. “Mucho trabajo, como siempre”, contesta él, parco en palabras. “Yo igual -responde ella- ya sabes cómo son los jueves”. Él la abraza, atrayéndola hacia su cuerpo y besándole la frente, sabiendo muy bien que últimamente ese es el gesto más cómplice que pueden compartir. Perderse en una película sin mediar más palabras, callando los pensamientos y ocultando los sentimientos. Al fin y al cabo el triste conformismo les funciona, y ya hace tiempo que los dos saben bien cómo son los jueves.

 

 

 

 

La mujer adúltera

A lo lejos asoma el tren de las 16.07, puntual. Tina sonríe ligeramente mientras avanza con paso firme hacia el andén: ya está más cerca de su destino. Desde su entrada habitual busca con la mirada el mismo asiento que siempre la espera vacío, parece que reservado para ella. Se acomoda como puede evitando a esa señora que la observa con reproche y, tras unos minutos de pausa, cuando el tren retoma su camino, Tina rebusca en su bolsa de deporte los zapatos de tacón que como cada jueves la acompañan a escondidas. Rápidamente se quita las manoletinas, que guarda con premura en la bolsa bajo la atenta mirada de una adolescente a la que no le cuadra ese movimiento en los pies. Ajena a todo, Tina busca ahora en su neceser el kit de supervivencia: colorete, rímel para aplicarse la enésima capa y un labial rojo oscuro para llamar la atención, todavía más, sobre su boca. La adolescente sigue observándola imaginando que tacones y maquillaje sólo pueden significar una cosa: Tina tiene una cita.

El trayecto dura exactamente 38 minutos, aunque por lo general a Tina apenas le sobran 15 después de tanta dedicada preparación. Mejor así, casi sin tiempo para pensar. Porque si lo hiciera probablemente bajaría en la próxima estación para coger el tren de vuelta. Pero no, nunca lo hace. Desde hace meses ya no tiene que cubrir el turno de tarde en el hospital donde trabaja pero ni su marido ni sus dos hijos lo saben.

Los jueves por la tarde se han convertido en la vía de escape a una existencia monótona que la debilita por momentos. Durante seis días a la semana es la madre ejemplar, la esposa entregada, la mejor enfermera jefa, el puntal de una familia que ama con todo su ser pero que últimamente se le queda pequeña. Ella quiere más, de alguna forma necesita más, aunque no sepa por qué y sea consciente del abismo que cada jueves la termina envolviendo e incluso asfixiando.

7c8ff743780ba9ded956844deeaffb9fCuando por fin llega a destino baja apresurada del tren y se dirige al mismo edificio de siempre: un pequeño estudio que se convierte en refugio y tormento. Taconea nerviosa mientras acomoda sus cosas en la entrada y se sirve una copa de vino. Sentada sobre la encimera repasa mentalmente el encuentro del jueves pasado en ese mismo lugar… Demasiado salvaje, demasiado intenso, demasiado doloroso. Hoy no viene con tanta actitud, aunque eso poco importa porque cuando él aparece bajan por completo las defensas.

Suena el tintineo inconfundible de sus llaves en la cerradura y un pequeño vuelco en el corazón de Tina le recuerda que todavía puede seguir sintiendo esa llama que empieza en los ojos, recorre las manos y se desboca entre las piernas.

Él entra con paso seguro y sonrisa maldita, loco como está por ella, impaciente por tenerla. El beso suave que le da en los labios es sólo el preámbulo de cortesía para una pasión que no conoce límites ni decoro. Tras varias frases galantes y su acostumbrado juego de palabras provocativo, se enredan el uno en el otro con prisa por sentirse la piel. De la encimera al sofá, del sofá a la cama, de la cama a la ducha… Que no queden rincones, parecen murmurar, ni aquí, ni en ti, ni en mí.

Los jueves por la tarde se quiebra la rutina al compás de un tictac que no quieren oír. Desnudos y abrazados se susurran quimeras mientras allá afuera la vida sigue. Viven en su burbuja de carne trémula sabiendo lo frágil que toda burbuja es, y no les importa. Tina cierra los ojos y piensa en sus hijos: siempre el mismo pensamiento después del orgasmo. Como si en vez de traicionar a su marido, los traicionara realmente a ellos con su doble vida. Y en cambio él, alma libre donde las haya, simplemente se conforma abrazando durante unas pocas horas a esa mujer que sabe bien nunca podrá poseer del todo.

A las 20.34 el tren de regreso va meciendo a una mujer desmaquillada, con zapato plano, mochila al hombro y mirada distraída. Una mujer que bien podría volver de un duro día de trabajo en el hospital, como de costumbre. Una mujer, sin embargo, que oculta su pasión celándola de cualquier juicio, con la carga de la mentira sobre los hombros pero con la adrenalina de los deseos a flor de piel. Con la zozobra moral de la infidelidad, pero con la emoción de sentirse por algunas horas tan tremendamente viva.

 

 

 

I ♥ FUTBOL

 

logo-puma-love-football-hardchorus-1Soy mujer y me gusta el fútbol. Pero no me gusta ahora que parece que se lleva eso de que las mujeres compartamos afición con los hombres para que se nos vea incluso “sexies” también en formato deportivo. A mí me gusta el fútbol desde bien pequeña, cuando en los parques me iba detrás de los mayores buscando el balón y en el patio del colegio montábamos equipos después de comer. Todo niñas y en horas de recreo, ¡lo que yo hubiera dado por tener una extraescolar de fútbol! Seguramente lo habría disfrutado más que el baloncesto al que fui, y no fui.

Me gusta el fútbol desde que a los Reyes Magos les pedía la equipación que nunca tuve. Creo que pensaban que era una tontería, total, yo era una niña… ¿Por qué me iba a gustar ese deporte tan masculino? A día de hoy creo que todavía existe esa mentalidad por mucho que hayan cambiado las cosas y el fútbol femenino sea cada vez más visible incluso en los medios de comunicación. Pero aún y así, falta mucho por hacer, y sobre todo, muchas ideas machistas por erradicar.

A mí me gusta el fútbol y lo disfruto. Recuerdo la primera vez que lloré de emoción ante la TV: el 15 de mayo de 2002, el día en el que el Real Madrid ganó su novena copa de Europa en Glasgow. Empecé a temblar con la volea de Zidane casi al descanso y me puse de pie mientras el Bayer Leverkusen encerraba a los blancos en su área en los minutos finales. Iker Casillas comenzó aquella noche su leyenda con tres paradas imposibles que le dieron al conjunto merengue el título. Él lloró, yo lloré, y todos los blancos lloramos. Tenía 15 años.

He vivido y sufrido muchos otros partidos catalogados como históricos, tanto del Real Madrid como de la Selección Española, pero si tengo que destacar alguno me remonto a la final de la Eurocopa de 2008. En aquella cita, impensable años atrás cuando nunca pasábamos de cuartos, cuando el campeonato de 1964 ya nadie lo recordaba, cuando éramos el patito feo que siempre volvía a casa antes de tiempo, nos hicimos grandes gracias a la mejor generación de futbolistas que han dado las canteras de este país. Aquel 29 de junio y frente a la siempre poderosa Alemania, “el niño” Fernando Torres se hizo hombre marcando el único gol del partido que nos dio el triunfo soñado. Aquella noche en Viena por fin lo hicimos posible y nos lo creímos de verdad.

Dos años después, con un cambio de entrenador y algún retoque en la plantilla viajamos a Sudáfrica con la mochila llena de esperanza e ilusión. Ir como campeones de Europa nos daba un plus mediático y mucha más confianza en nosotros mismos, y al compás de las odiosas vuvuzelas y sufriendo en cada partido una cardiopatía más severa, ¡LO LOGRAMOS! El orgullo patrio y sobre todo la humildad de un equipo de jugadores amigos nos dio el premio más alto al que una Selección puede aspirar: ser campeones del mundo.

Ese domingo caluroso de julio, envuelta en mi bandera y con la cara manchada de rojigualda lloré como nunca había llorado de emoción en un partido. Quizá haber crecido escuchando a mi padre decir en su pesimismo que se moriría sin ver a España campeona de un Mundial hizo de aquel momento algo todavía más único: verlo tan emocionado como yo no tuvo precio. Aquel minuto 116 y el “Iniesta de mi vida” es de esas cosas que una jamás se cansa de ver, recordar y volver a sentir. ¡Nada como ver a tu país coronarse rey del mundo!

Pero como a nosotros nos gusta seguir haciendo historia, dos años después volvimos a demostrar quién seguía mandando en Europa y ante una Italia destrozada revalidamos el título consiguiendo lo que nadie ha conseguido nunca hasta la fecha: ganar tres campeonatos de Selecciones consecutivos.

En 2013 también nos plantamos con garra en la final de la Copa Confederaciones pero la anfitriona Brasil nos pegó duro con tres goles que nos impidieron batir un nuevo récord. Con la desilusión de la derrota pero con la satisfacción del trabajo bien hecho volvimos a casa con la medalla de subcampeones. Sin embargo, 2014 nos dio el peor revés, de nuevo en tierras cariocas, cuando ni siquiera conseguimos superar la fase de grupos del Mundial. La humillación a la campeona no tuvo límites y desde casa hubo quien, como es costumbre en nuestro país, le quitó mérito a todo lo anterior. Pero no señores, que un batacazo no empañe tanta gloria.

Ahora los aficionados al fútbol tenemos otra cita: una nueva oportunidad para salir a por todas y seguir sumando emociones y sufrimientos. A falta de unas horas para el debut de España en esta Eurocopa 2016 y con algunos partidos ya disputados lo que más me importa es que todo discurra de la mejor manera durante el torneo, que nos permitan a todas las aficiones participantes disfrutar de un mes de fútbol y nada más que fútbol, al margen de amenazas y vandalismo de guerrilla. Que el deporte sea lo más importante y que los altercados que algunos indeseables se empeñan en cometer sean simplemente la anécdota desagradable a un ambiente saludable y deportivo. Que como dijo aquél, “el fútbol es lo más importante de lo menos importante”, y al fin y al cabo esto es simplemente un maravilloso juego.

 

Yo tan loca, tú tan cabrón

pulsosuperheroes1Odio el estereotipo pero hoy vamos a jugar a ser esos dos representantes de lo femenino y de lo masculino. Eso que dicen las revistas para tontas y los chistes de mal gusto. Lo que unas callan, toleran y soportan. Lo que otros justifican y de lo que se vanaglorian.

Hoy te confieso que soy una loca. Así tal cual, sin filtros. Lo soy.

Loca porque me gusta saber cómo fue tu día y compartirte el mío. Porque acostumbro a utilizar frases con sujeto y predicado y a veces hasta me atrevo con subordinadas y yuxtapuestas, será que me gusta darle vueltas.

Soy cero adicta a hablar por teléfono pero cuando marco suele ser porque tengo algo importante que contar y qué curioso, me gusta que me contesten. ¡Estoy bien loca! Tampoco dejo a nadie con la palabra en la boca en mensajes, llamadas o menciones por aquello de no hacerle al prójimo lo que no te gusta que te hagan a ti. Qué loco respeto.

Whatsappeo con frecuencia o a ratos, depende de mi tiempo y de las ganas, como todos. Pero no comprendo cómo en una conversación dinámica de ida y vuelta se puede dar un silencio repentino sin venir a cuento que te deja primero con cara de tonta y luego con un “pero qué coño…” incrédulo, rabioso e interrogativo alojado en el alma. Loca impaciente y paranoica que imagino lo que dicen que no es pero ¡ah! qué loca porque para salir de dudas luego pido explicaciones.

También estoy loca porque me interesan tus planes y tus dudas por puro cariño, aunque vaciles en todo eso. Por querer que te acuerdes de las promesas vacías, los sueños ebrios y las conscientes utopías. Loca por pretender que escuches realmente lo que te cuento y que entiendas mejor lo que callo. Loca porque espero agradecimiento en los regalos y tengo tremendas ganas de ver cómo te sientan, si acerté con la talla o si el color fue el adecuado. Loca porque necesito respuesta a mis ¿muchas? demandas y valoración en cada esfuerzo. No sé, será cuestión de ego. Pero estoy tan loca como para preocuparme hasta de tus constipados, tus resacas y los festivos de tu calendario.

Soy una loca porque me gusta divertirme de más, provocadora que prende y se prende con una chispa y sin pudor, ¿y eso te parece mal? No cuando eres tú quien quiere jugar. Loca por anidarme en un abrazo bajo las sábanas, por reír, hablar y preguntar. Loca por quererte siempre mirar, pero es que ya lo ves… Soy ese tipo de maldita mujer loca que no entiende de estrategias y olvida razonar.

Pero si tanta locura mía te asusta no olvides que de todo lo que yo tenga de loca, de cabrón tú lo tienes mucho más.

Cabrón porque te da igual compartir tu día y saber del de los demás. Cabrón por contestar con monosílabos y frases casi sin conjugar.

Cabrón por desconectar el teléfono a tu antojo y no preguntarte qué querrá. Por dejar morir los temas incómodos en azul, en blanco o en el más allá. Por desaparecer de repente, por regresar. Cabrón por protegerte en público de lo que eres en privado y por el silencio que me estalla mientras te pavoneas por cualquier red social.

Cabrón porque olvidas compartir tus planes hasta el último minuto, por darlo todo por tenido y hecho, por dejar esperando al otro sin preguntar ni consensuar. Cabrón porque te acuerdas de mil cosas que increíblemente olvidas a la vez. Cabrón por no tener la suficiente templanza para no caer en el eterno error ni el coraje adecuado para pedir disculpas cuando algo duele de verdad. No sé, quizá lo tuyo también es cuestión de ego, pero a veces las gracias forzadas y los sorrys esquivos dejan mucho que desear.

Cabrón por olvidar la importancia de la empatía y los sentimientos de los demás. Por querer juegos lejos de la responsabilidad, por buscar el propio interés y saciar esos antojos de los que luego vas a renegar. Cabrón por mancillar la vulnerabilidad y refugiarte con excusas tan manidas como vacías de verdad. Cabrón por no darte cuenta de que esta loca estará muy loca… Pero de tonta no tiene ná.

Ya lo ves, odio el estereotipo pero es que a veces nos comportamos como dos locos cabrones que se tiran y se aflojan en una guerra de egos, pasiones y peligrosa intensidad. Y en realidad lo que todos necesitamos es resarcirnos de nuevo, aflojar los motores y terminar con esta lucha de poderes sin razón que nos demuestre que al final ni yo tan loca, ni tú tan cabrón.

 

Mujeres

mafalda-el-moderadorCuando llegué a la oficina esta mañana mi jefe me felicitó. Si no es mi cumpleaños, ni mi santo, ni el Real Madrid ha ganado nada todavía… ¿Por qué me felicitas, si mis objetivos laborales ya los cerré la semana pasada? “Por ser mujer”.

No me había acordado de que hoy es ese día en el que las mujeres del mundo reivindicamos protagonismo y los hombres a su vez dejan ver su lado más feminista apoyando con likes y tópicos nuestros derechos y capacidades. Derechos y capacidades, por otro lado, que no deberían necesitar ser reivindicados a estas alturas del siglo. Sin embargo, según las estadísticas parece que algo todavía no funciona cuando sólo el 26% de los puestos de responsabilidad en España los desempeñan mujeres (cifra algo superior a la media europea que se sitúa en el 24%), cuando nuestros sueldos están aún por debajo y cuando eso de la conciliación familiar es una dificultad mucho mayor para nosotras.

Algo no funciona cuando la violencia de género bate cifras de escándalo cada año que pasa, aunque también me pregunto si el aumento se debe a una mayor visibilidad en los medios y a la valentía de las víctimas que ahora se atreven a denunciar más, porque el maltrato a la mujer desgraciadamente no es cosa nueva. Y algo estamos haciendo realmente muy mal cuando ya en la adolescencia se sufren este tipo de situaciones y el acoso escolar (en ambos sexos) empieza a cobrarse sus propias víctimas.

Algo no funciona cuando llegado el 8 de marzo se alzan las voces de la igualdad que se callan en el día a día, de forma a veces tan inconsciente. En lo cotidiano, en las relaciones personales, en la familia, en el recoge la mesa, en el cuida a tu padre, en el prepara la comida y prevé la despensa. Actitudes tan intrínsecas en los roles de género que son difíciles de erradicar. Imagino que por eso hoy las mujeres del mundo reivindicamos más oportunidades y mayor toma de decisión.

Sin embargo, por otro lado a veces me parece que en este afán por hacernos más visibles llegamos a caer en lo absurdo. Personalmente no me siento ofendida si el monigote de los semáforos es masculino o si la fachada del Congreso habla nada más de Diputados. Si seguimos así, inventando palabras como las “miembras” de aquella ministra de cuyo nombre no quiero acordarme o la última llamada de la alcaldesa Ada Colau a los “mujerajes” en detrimento de los homenajes de toda la vida, terminaremos nada más pateando el diccionario haciéndole flaco favor a lo que de verdad importa reivindicar que es fundamentalmente el estereotipo que el machismo de a pie como una losa nos cuelga de la espalda.

Como soy mujer tengo la habilidad de enojarme por todo, por nada y por si acaso. Soy una paranoica cuando me dejan en visto en whatsapp o con la palabra en la boca. Soy una intensa cuando no responden a mis preguntas, cuando me preocupo por alguien o demuestro lo que siento. Soy una fiera descontrolada que una vez al mes se da atracones de comida y llanto por mandato hormonal. Sí, perdón, pero es que estoy “en mis días”. Y como soy mujer, mis amarguras se curan con un buen polvo, porque probablemente es la falta del mismo lo que me las produce. También como soy mujer me encanta el drama y le doy la vuelta a todo, por si no quedaba claro mi grado de paranoia. Voy siempre un paso adelantada en mis elucubraciones normalmente infundadas, imagino lo que no es, pido explicaciones de más, hablo después del sexo y me gusta que me abracen por detrás. Qué complicada, ¿verdad?

Eso no es más que el ejemplo de ese machismo “inofensivo” de barra de bar y grupo de amigos que sin darnos cuenta se cuela entre las conversaciones y las actitudes de quienes nos rodean. Sí, probablemente me enfado, y tengo altibajos emocionales, y puedo reír y llorar, y me siento libre para hacerlo. Pero nunca fui a ballet y me encanta el fútbol. A los Reyes Magos les pedía barcos piratas en vez de muñecas Nenuco y prefería las aventuras de Tintín a los cuentos de hadas. Sí, soy mujer y quiero ser madre, pero respeto a quienes no sienten ese deseo en su interior sin considerarlas por ello menos féminas. Defiendo el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo bajo el amparo de la legalidad y aunque en mi conciencia no quepa el aborto eso es nada más una cuestión estrictamente personal. Sí, soy mujer y soy insegura, irracional y alocada. Pero también agarro la vida con un par de los vuestros cuando hace falta.

“Felicidades por ser mujer”. Esas palabras me mantienen todavía algo confusa. Yo no escogí mi sexo ni tampoco felicitaría a un hombre por el hecho de serlo, aunque entiendo que es una muestra de cariño hacia lo que hoy representamos tal como lo dicta el calendario. Pero en definitiva lo que cuenta en esta vida son las personas y sus valores; si de verdad estamos luchando por esa igualdad de género, no entiendo por qué hacemos siempre tantas distinciones.

 

Medias y Wonderbra

Mujeres del mundo, sé que vosotras me vais a entender. Ayer fui de compras, sí, el éxtasis de todas nosotras: comprar, gastar, comprar, gastar. Acumular ropa en los armarios para cuando adelgacemos, para cuando nos atrevamos o para cuando hagamos ese viaje que sabemos que no haremos jamás. Pero por si acaso, nosotras tenemos que estar preparadas. Siempre. Para todo.

Vistas desde fuera parecemos unos seres despreocupados y compulsivos incapaces de resistirnos a mirar escaparates y las más osadas a salir siempre con algo de cada tienda, aunque ese algo sabemos que no nos servirá nunca de nada. Pero en realidad esos seres extraños no somos nosotras aunque se nos parezcan. Porque lo cierto es que una cosa es ir de tiendas y otra muy distinta es ir a comprar cuando la necesidad realmente apremia y los comercios se confabulan contra ti. No, hombres del mundo, ir a comprar no es tan maravilloso como creéis que es para nosotras las mujeres reales. Me atrevería a decir que a veces llega incluso al nivel de lenta tortura.

Porque pantalones… ¡Qué suplicio ir a comprarse pantalones! Si tienes poco culo no los llenas y si tienes algo de más parece que vayas a reventarlos en cualquier momento mientras la cintura te baila sola. Porque o te aprietan de un lado o te sobran de otro. Te van largos o demasiado cortos. Te pruebas tres tallas diferentes de tres modelos diferentes, y al final sumas nueve intentos que no sirven todavía para descifrar el enigma de tu talla porque resulta que cada fabricante decide coser a su antojo. Y luego nos preguntan desde fuera del cubículo donde nos estamos peleando entre las prendas y el espacio que si ya estamos listas… ¡Cómo voy a estarlo si de tres pantalones me tengo que probar nueve! Eso sí, cuando encontramos ESE pantalón de culo perfecto pagamos lo que nos pidan y sin pensarlo. Que nuestro esfuerzo nos está costando…

Algo parecido sucede con las medias. Oh, ¡espera! ¿Medias? ¿Pantys? ¿Medias medias? Aquí empezamos peor, porque yo ni siquiera sé qué quiero. Bueno sí, yo sí lo sé porque para mí todo son medias ¡pero no! Ayer mismo pedí unas y tras un interrogatorio visual en el que me calibraron altura, peso y masa ósea y grasa sin ningún tipo de reparo, lo que me ofreció la dependienta fueron ese par de medias que se usan con liguero y que yo relaciono con juegos sexuales o con la sorpresa que se reservan las novias ya no tan virginales bajo el vestido. Y ni una cosa ni la otra, lo que yo iba buscando entonces eran unos simples y castos pantys. Tras esa primera prueba etimológica superada ahora tenía que escoger cómo los quería: de nailon, lycra o microfibra, con las costuras más o menos gruesas e incluso decorativas. El número de Denier (que resulta que es la densidad del tejido), brillantes o mates, con punteras o con qué tipo de talones. Milagrosos con efecto reductor, vientre plano o supuesto push-up… Al final lo resolví con un simple pito pito gorgorito y que sea lo que Dios quiera. Total, aquí ni siquiera me los puedo probar… Eso sí, deme dos que los rompo con facilidad.

Como todavía me quedaban ánimos y necesidades por cubrir decidí lanzarme al vacío y como una valiente me fui a por algo de ropa interior. Si lo de las medias fue complicado ahora se me presentaba el mayor jeroglífico hasta entonces previsto: comprar el sujetador/sostén/bra/comoloquieranllamar ideal. ¿Alguna sabe REALMENTE qué talla utiliza? ¡Esto es peor que los pantalones! Aquí además de un numerito tenemos que añadirle una letra. Letra que siempre olvido y que nunca sé si corresponde a la copa, al contorno o a otra variable que desconozco. Pero no debo de ser la única que necesita hacer cálculos para averiguarlo cuando existen tablas matemáticas para ello. ¿¿Quién demonios inventó este sistema?? ¿De verdad fue la mente retorcida de una mujer, una supuesta amiga y confidente? ¿O fue algún hombre de oscuras intenciones? No hay nada concluyente al respecto, pero quien fuera lo hizo con auténticas ganas… De complicarnos la vida.

Aquí, como con los pantalones, también te vas probando varios modelos y varias combinaciones alfanuméricas hasta dar con el deseado. Ese con aros o sin ellos, con almohadillas de relleno o deportivo, cruzado, balconette, sin tirantes o reforzado. Con copas de mil tipos y efectos “únicos e irrepetibles” a lo Wonderbra. Si tienes suerte lo encontrarás y si no te conformarás con uno que más o menos se te ajuste, regulando los tirantes y encogiendo los hombros. Porque al final esto, como tantas cosas en la vida, es cuestión de tener un buen par… De tetas.

Casi con todo ya decidido tuve la mala fortuna de tropezarme con la sección de lencería fina. Sí, esa que combina a la perfección con las medias que la chica de antes me quería vender y que rechacé. Esa misma lencería que te da hasta vergüenza quererte probar porque ¿qué pensará esa señora que no te deja de mirar? ¿Que la usas para tu propio gusto o para deleitar a alguien más? ¿A quién quieres perversamente provocar? ¿Está eso bien o está mal? Porque mira qué conjunto tan… Femme fatale.

medias guantesSí, ese tipo de lencería que no se considera una necesidad básica (aunque a veces sume puntos extra) pero que tiene la capacidad de volver a liberar a esos seres despreocupados y compulsivos en que a veces sí nos convertimos. Pero qué más da… Al diablo con el estereotipo, ¡malpensados! Ahora mismo me tomo medidas y mañana regreso por ese par de medias y varios conjuntos de encaje wonder, wonder… ¡Wonderbra!