A todos los que…

A todos los que leen en diagonal, que escuchan a medias, que miran a ciegas.

A todos los que cuestionan, que juzgan, que destierran.

A todos los que abandonan al olvido, que incitan al peligro, que desarman y envenenan.

A todos los que empujan al desastre, que provocan incendios, que se adueñan de las noches en vela.

A todos los que utilizan a su antojo, cogen cuando les conviene y luego lo desechan.

A todos los que piden sin dar, que no agradecen ni se saben disculpar, que de repente no están.

A todos los que desean en piel, que deshonran en alma, que se ahogan convenientemente en cualquier mar.

A todos los que no creen en la capacidad, que infunden temores, que envidian el potencial.

A todos los que tienen, retienen, convencen y después dejan fuera de lugar.

A todos los que juegan sin reglas, que no dialogan ni les interesa solucionar.

A todos los que hieren con conocimiento de causa, que se ríen del karma, que nunca preguntan oye qué tal te va.

A todos los que ignoran las demandas, que desprecian los aprecios porque todo les da igual.

A todos los que prometen, que desgarran, que mienten, que avasallan.

A todos los que un día sí, otro no, que oportunamente les falta memoria, que vienen y se van.

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A todos los que ven antes la paja en el ojo ajeno que la biga traspasando su umbral.

A todos los que conocen las bofetadas de la vida y ni siquiera intentan empatizar.

A todos los que creen que el ego todo lo puede y tiran de altanería para ocultar su debilidad.

A todos los que un día habrán ido tan lejos en su egoísmo que no podrán regresar…

Que ese día la soledad les perdone lo que los demás ya no les podrán perdonar.

 

 

 

 

 

 

 

‘Yoístas’ no, gracias

Ahora lo que se lleva es el ‘yoísmo’: se feliz, mira por ti, tú primero, quiérete, no permitas que te dobleguen o que abusen.

Cierto, no lo permitas ni por un sólo instante. No te pongas en el disparadero ni ofrezcas la otra mejilla, no cuando el golpe sea tan previsible y las consecuencias tan catastróficas.

Quiérete y cuídate, pide consejo pero decide por ti. Piensa, pero no le des tantas vueltas. Avanza, lucha y tira del carro antes de que te atropelle. Protégete.

No sientas culpa por decir lo que piensas, por fallarle a alguien que en realidad exige demasiado, por ponerte de malas cuando algo no te parece bien y así lo expresas. No te atormentes por lo que no vale la pena, sal a caminar con la vista en alto y siempre de frente.

No consientas que las opiniones de los demás te condicionen. Lo que piensen no es tu problema siempre que tú lo tengas claro. No trates de demostrar ni de justificarte por hacer o por sentir, a nadie tiene que importarle y es demasiado agotador manejar tanta influencia sobre tu estado de ánimo. Ten valor y pisa fuerte.

Pero ¡cuidado! Que la línea entre quererse a uno mismo y despreciar al otro es muchas veces engañosa. Así que no conviertas esa seguridad en interés ni la cambies por despotismo. No te defiendas atacando, no dejes que todo te importe menos que nada hasta que sea demasiado tarde. No llames para pedir favores si ni tan siquiera te preocupas el resto del año. Que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena…

e675e5c3acb4e432402058ffc3266bf2No quieras que te escuchen ni pidas atención si nunca ofreces tus oídos y tus silencios. No reclames el respeto que no das, ni tampoco mendigues necesidad. No abraces el mismo cuerpo que luego repudiarás. No mientas, no juzgues, no difames. No te enredes en cuentos vanos ni te pongas a vacilar a costa de los demás.

Mira por ti, sí, pero no te pases. Que cada vez nos acostumbramos más a vivir en esta sociedad egoísta donde el culto a nosotros mismos es lo que prevalece: yo hago, yo digo, yo tengo, yo soy. Primero yo, después yo y por último yo. Qué importan los demás, con sus miedos, dudas y esas necesidades de convivencia tan humanas. Al yoísta todo lo que suceda más allá de su ombligo le da completamente igual. Es más, considera que lo importante, lo correcto y lo que merece la pena nace exclusivamente en y de él.

Pero al final esa falta de empatía, esa vida altanera y esa ausencia de valores termina abriendo una caja de pandora de soberbia e ingratitud tan difícil de dominar que desemboca en soledad. La fortaleza personal basada en el menosprecio al prójimo no es sólo un signo de patética inseguridad sino también un déficit de ética, respeto y moralidad.

Gandhi dijo que “no hay que apagar la luz del otro para hacer que brille la nuestra”. Pero tristemente parece que ahora en esta sociedad de relaciones ambiciosas, estrategas e interesadas sobran los que te buscan en su provecho para luego abandonarte y escasean aquellos que por ti lo dan todo con el corazón y desde el silencio… Y tú aún sin enterarte.