Qué maldito este amor

Qué juego peligroso es el que tienta rabia y dulzura en décimas de segundo.

Qué macabro espectáculo el que ven mis ojos al otro lado de la mesa actuando casi como extraños.

Qué triste canción suena de fondo mientras tú y yo ni siquiera somos.

Qué falsa inocencia la nuestra, que pretende justificar lo que nunca nos será perdonado.

Qué mentira tan dichosa esa de sentirnos amados siendo el nuestro un querer a pedazos.

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¿Qué ingrata incertidumbre nos depara esta noche?

Qué alivio no verte, qué placer provocarte, qué tortura perderte.

Qué vanidosa emoción esa que te hace volver siempre a mi cuerpo.

Qué ego más altivo pensar que todo lo quieres, que siempre te tengo.

Qué pena darme cuenta de que todo esto, así, ni es para mí ni me conviene.

Qué derroche de tiempo, de juventud, de vida.

Qué extraña valentía creernos capaces de lidiar con semejante locura rozando los límites de la hipocresía.

Qué maldito este amor, si es que podemos ponerle tal nombre, que tras de ti me desgarra las entrañas y desnuda, frágil, lo poco que queda de mi alma.

Nuestro juego de dados

Te quiero de tal manera que jamás pretenderé cambiar lo que sientes por mí aunque esa rara generosidad no me salve de nada, más bien me ahogue. Pero aprendí hace tanto a maquillar las emociones que no me tiembla el pulso al aceptar que tú ya no serás. Es cierto, claro que quisiera que todavía me amaras como una vez creí que lo hacías, vagos sueños de héroes y princesas. Pero ya no comulgo con aquello que un día me bastó y ni tan siquiera me siento orgullosa de tal credo. Patrañas. Pero es que ahí estabas tú, con tu sonrisa perfecta y ese ademán galante que inventé para ti. Y ahí estaba yo, un alma partida y necesitada. El juego perfecto para los dos.

Maldita sea, cuánto te amé. Y debo admitir que quizá a veces en mi memoria cristalina todavía te siga queriendo aunque me empeñe en camuflar con olvido e indiferencia tu recuerdo, aunque el enojo me acobarde y la culpa me comprima por una pasión que nunca fue mucho más que eso, pero tampoco menos. Te disfrazo de todo, de nada, de qué sé yo. Y te oculto en el silencio tonta e irremediablemente porque tengo miedo a perderte, a que dejes de estar incluso en esa trinchera de mi corazón que soportó más guerras que paces, pero que aún y así ondea tu nombre con honores. Qué le vamos a hacer…

593113-blowing-dice1Otras veces, sin embargo, pienso que todo este remolino de sentimientos es una ingrata confusión y que en realidad yo ya no te quiero a ti sino solo a mí. Sí, puede que todo esto solo sea el resultado de cuánto me quise siendo quien era contigo, gustándome de aquella manera tan determinada, tan capaz, tan apasionada a tu lado. Y quizá de ti ya solo queda esa excentricidad que corre por el imaginario y que me hizo enamorarme de quien creí que eras, del hombre que pensé que podrías llegar a ser, del perfecto extraño que acomodé virtuosamente para encajarlo conmigo.

Es tan caprichoso el amor y tan extraño el olvido que una nunca sabe si el azar de los encuentros favorece o castiga, si la resignación es defensa o ataque, si la frialdad es simple estrategia o si el calor de nuestros cuerpos aproximándose todavía resulta palpable. Mágico destino que nos rompe y nos corrompe con sus idas y venidas, que nos quita el aire, que nos devuelve poco a poco la fantasía de quien busca cenizas donde antes ardió el fuego y la vida. Y así, felizmente incompletos y resignados vamos ahora cada uno por nuestro lado provocando nuevos temblores, caóticos y peligrosos, apostándonos vertiginosamente algo parecido al amor jugando a los dados.